1. Desde hace varios días, unos pocos jóvenes catalanes que se declaran independentistas han abrasado fotos de don Juan Carlos. Al parecer, con ese gesto incendiario, quieren hacer explícito, manifiesto, su repudio… Como la Corona nos asfixia –deben de pensar–, es normal que la carbonicemos en efigie. Como llevamos trescientos años de opresión monárquica –dicen algunos–, es natural que incineremos las imágenes borbónicas de hoy. Esta lógica me sugiere dos respuestas: una sobre el acto en sí; y otra sobre el sentido de la historia, sobre el significado del pasado que al parecer tienen esos jóvenes. Salvo imprevistos, el lunes 8 de octubre Levante-EMV me publicará un artículo («¿Jóvenes airados?») en donde trato ambos asuntos. Mientras tanto, adelanto con otras palabras el objeto.
Para empezar, sobre el acto de carbonizar: no parece que sea un ejercicio con grave riesgo, pues como mucho te quemas las yemas de los dedos. Gracias a cierta prensa, la posible punición penal se compensa con la fama mediática: siempre estará presente el objetivo de un fotógrafo para darte tus quince minutos de gloria. El periódico El Mundo o el diario Abc, por ejemplo, llevan a sus primeras planas las imágenes de un monigote barcelonés que representa al Rey. Lo vemos ahorcado: en su costado derecho, a la altura del corazón, le han descerrajado un balazo de pega, ficticio pero amenazador. Sin duda, es un acto sobre el que la justicia algo tiene que decir. Lo curioso es que dos diarios eleven ese hecho minoritario –por supuesto escaso, delictivo y descerebrado– a portada: si yo fuera un pirómano real desde luego estaría agradecido. Ésta es la lógica de ciertos medios.
Pero no es eso lo que me interesa analizar. Me importa más tratar ese segundo aspecto que adelantaba: el sentido de la historia de que parecen revestirse los incendiarios. Creo que hay que desmontar tal cosa…, si es que tras dicho acto hay algún sentido. Razonemos. El pasado entendido como fuente de identidad colectiva es una guerra ajena: es tedio y es el destino que nos hace epígonos y que fatalmente se nos impone. Cuando estoy con mis estudiantes, jamás trato así los tiempos pretéritos: evito tal manipulación en mis clases. La historia puede ser concebida de otro modo: como un libro en el que adentrarse sin saber lo que sus páginas depararán, como un texto en el que explorarse, buscarse y alejarse de uno mismo, de las evidencias con que uno carga. No se trata de crear buenos patriotas. De lo que se trata es de quebrar las evidencias: de romper con el pasado evidente, ese que está hecho de memoria, de derrota o de gloria nacional. Con la historia se puede ayudar a los jóvenes a ordenar el caos que llevan dentro, a concebir el pasado como un depósito u observatorio de experiencias. Igual que transitamos y admiramos los parajes que nos contradicen, también la historia tiene que ser el dominio en donde apreciar el contraste: lo que nos extraña y lo que nos trastorna. El saber y la maduración sólo son resultado del fastidio y de la sorpresa que los demás nos provocan. Cuando la realidad que tenemos enfrente únicamente nos corrobora, entonces la percepción de lo extraño es inasimilable y, por eso, tendemos a tomar a ese otro como depravado o raro o anómalo. Hay que oponerse a esto. De ahí que la mejor enseñanza de la historia no sea la mera ratificación del barro original con el que fuimos presuntamente modelados.
Tener conocimiento del pasado me exige asumir mi condición inconsútil y fragmentaria a la vez: la casualidad de mi existencia y mi limitación. Estudiar historia no es encajar cómodamente lo que soy, sino ponerme en duda: examinar mi valor infinitesimal, rebelándome contra la determinación que me niega, contra la fatalidad. Por eso, más que carbonizar habría que leer: leer las experiencias de otros que me desmienten, hacer acopio de vivencias que no son mías. La incidencia de mi vida es efímera y ese tipo que quiero ser, ese individuo que creen que soy, está condenado a consumirse dentro de lo previsible. Es en los demás y en la lectura que me extraña en donde espero hallar el alivio. Las historias que aprendo y las que me cuentan me amplían el mundo, dilatan los límites.
Hacen falta políticos sensibles que no envenenen con munición ideológica, que no erijan el pasado como el patrimonio al que te debes. Hacen falta padres que eduquen en la exigencia, en la ternura, en la ironía y en la tolerancia. Hacen falta también profesores que no se abandonen al fatalismo. Hacen falta medios que no intoxiquen, que no agiganten la bravuconada de los brutos. Pero sobre todo hacen falta jóvenes dispuestos a tomarse como individuos prometedores: individuos dispuestos a responsabilizarse de sí mismos. Lo pretérito no es destino ni justificación y frente a lo pasado hemos de rebelarnos, hecho que nos obliga a conocerlo: si lo ignoramos estaremos calcando patéticamente conductas que creemos propias y originales. Lo pretérito no tiene simetría alguna con el presente. Como diría José Lezama Lima, no podemos resignarnos a la elemental y grosera ley de simetría: no podemos ser remedo de algo ya dado o ya vivido. Punto final.
2. Hemeroteca
-«¿Jóvenes airados?», Levante-EMV, 8 de octubre de 2007


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