El malestar de Freud

freud1909.jpg                               

    1. Primera lectura, primera interpretación

Permítanme decirlo así: el psicoanálisis es una concepción del alma humana, una concepción  del sujeto sexual y de sus impulsos libidinosos; es una terapéutica de sus malestares emocionales, un procedimiento basado en la palabra, en la exhumación oral de lo que nos angustia, nos mueve y nos conmueve. El diván en el que se acuesta el paciente para relajarse es también el instrumento que facilita la verbalización de dichas desazones, la narración del dolor. El habla incluye verdades y mentiras, pero sobre todo transmite datos y significados, deseos y padecimientos que han de interpretarse. El terapeuta escucha y de acuerdo con su experiencia clínica busca el sentido de las palabras y de los silencios, de las omisiones, de los errores.

Pero el psicoanálisis es también una teoría de la cultura, entendida ésta como ley, como represión de lo instintivo que hay en cada uno. Entre las pulsiones primitivas y la contención  civilizada se mueve el individuo concebido por Sigmund Freud. Su obra y su lenguaje han tenido una influencia enorme en el siglo XX: desde que en 1900 apareciera La interpretación de los sueños lo que empezó como una corriente judía y vienesa pronto se convirtió en fenómeno occidental y cosmopolita. Su difusión se debe, en parte, al éxito norteamericano. Es de allí, de Estados Unidos y en particular de Nueva York, de donde proceden su renombre así como algunos de sus estereotipos. Desde el principio, desde 1900, Freud intentó extender los beneficios de la terapéutica por él ideada. También desde los inicios trató de universalizar su creación estableciendo seguidores y corresponsales europeos y americanos.

Curiosamente, el autor de La interpretación de los sueños manifestó una temprana animosidad hacia los Estados Unidos. ¿Por qué razón? No lo diré. Por otra parte, Freud sabía a la vez que la suerte del psicoanálisis iba a depender de Norteamérica. Hay una anécdota con motivo de su desplazamiento a Nueva York, en 1909, que es sintomática a este respecto. Advirtiendo lo que se avecinaba, Freud comentó a Carl Jung y a Sandor Ferenczi, sus compañeros de viaje: si supieran los norteamericanos “lo que les traemos…”. Lo que les llevaban era, en palabras del propio Freud, la peste: una pasión por el psicoanálisis que aquejó a una parte importante de la sociedad neoyorquina.

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Sobre esa anécdota, Jed Rubenfeld ha escrito una novela entretenida, un best seller repleto de referencias cultas, al modo de El nombre de la rosa. Su título: La interpretación del asesinato. Transcurre precisamente en el Nueva York de 1909 y, entre otros, sus protagonistas son Freud, Jung y Ferenczi. La circunstancia de dicho viaje es histórica, cierta, la que antes mencionábamos: Rubenfeld ha sabido documentar con precisión el contexto de su novela evitando los anacronismos y las ligerezas. Se nota su erudición, su exactitud: no en balde, según reza la solapa del libro, Rubenfeld hizo la tesis doctoral sobre Freud…, además de ser –cito literalmente– “el escritor de temas jurídicos más elegante de su generación”. De entrada, estos datos no auguraban su éxito como narrador: ni el conocimiento del psicoanálisis ni el academicismo son garantías de triunfo, de triunfo como novelista, quiero decir. Felizmente, conforme leemos, confirmamos que lo histórico no asfixia la imaginación: el manejo del elemento ficticio –aquello que el autor añade más allá de lo documentado– es lo que  prueba su pericia: un repertorio de crímenes, de escándalos sexuales, que un psicoanalista imaginario ha de aclarar según los cánones de la novela policial. Conjetura tras conjetura, desechando o corroborando, este detective arroja luz sobre los delitos cometidos hallando cierta clave interpretativa en las relaciones libidinosas. El narrador es él y su pesquisa es un psicoanálisis primitivo y audaz.

En toda esta peripecia, Freud no sólo es comparsa: es el referente y el modelo de dicha búsqueda, un pionero que –por razones que no revelaré, insisto— siente esa ojeriza hacia los Estados Unidos. Jed Rubenfeld entretiene y enseña. Quizá, para mayor deleite narrativo, el académico que es podría haberse ahorrado el capítulo final, una erudita “Nota del autor” que sólo nos produce malestar y tedio: más que a las exigencias de la ficción se debe al prurito del academicismo documental.

13 comments

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  1. Jaime

    Prof. Serna: el psicoanálisis “una concepción del alma humana”? No suena eso muy cristiano para un filósofo que era ateo? Por otra parte parece que la novela es interesante. Es intersante para quienes no sabemos nada del psicoanálisis?

  2. Kant

    Acabé de leer el “post” del señor Serna con la mente repleta de dudas sobre su visión del psicoanálisis freudiano y la intervención de don Jaime me decanta hacia un aviso para navegantes al respecto.

    Sea la bondad de la novela que, tal como la plantea don Justo, me dio unas ganas tremendas de leer. Pero alto cuando nos aproximamos al psicoanálisis y al señor Sigmund Freud.

    El paso del tiempo y la tozudez de los hechos han hecho que su sistema esté más que cuestionado en el mundo de la psiquiatría y de la psicología y quien en él persiste lo trate ampliamente corregido e infinitamente más restringido que aquella especie de panacea universal en la que creyeron, especialmente, estadounidenses y argentinos, con más fe que razón. Obviamente, también hay freudianos ortodoxos e irreductibles, son fáciles de descubrir: terapias largas, caras, pretenciosas y de escaso, si no nulo, resultado incluso al cabo de los años.

    Entiéndanme, no le niego al psicoanálisis su valor pionero (en los tiempos modernos), pues, cierto es que permitió el acceso a la mente humana a través de otra puerta que no fueran la del “alma” y quiso hacerlo – quiso, sólo – decantarse por la ciencia en vez la religión. Pero, al final (o desde el principio) no pasó de la creencia. Generó toda una serie de conceptos científicamente imposibles de probar, de dogmas presentados como axiomas, de terapias carentes de criterios de rigor empírico, de hipótesis que nunca se han convertido en ley y de unos peligrosos, e incluso inmorales, juegos de relación humana entre el médico y el presunto enfermo.

    Vean que es curioso como en el mismo viaje que narra la novela aparece el señor Carl Gustav Jung, un psiquiatra suizo-alemán de origen cristiano que ha sido especial y obsesivamente vapuleado y minusvalorado por los freudianos. Sin embargo, el paso del siglo XX ha ido dándole la razón y confirmando empíricamente sus hipótesis más arriesgadas. De la mano de otras ciencias, ya puras (física, mecánica cuántica) ya humanas (antropología, arqueología), sus postulados sobre la sincronicidad, los fenómenos extrasensoriales o el inconsciente colectivo, han adquirido concreción científica tangible. Las del señor Freud, no. Ninguna.

    Lo señalo porque parece un lugar común el adjetivar al señor Freud como “judío vienés”. Dicha adjetivación parece que lo “redime” de su condición germánica – al disimularla en su gentilicio local, de Viena – y lo corona de ciencia infusa a partir de su judaísmo (parece que hasta el más lerdo de los hebreos es más inteligente que cualquier otro ser humano). Así pertrechado don Sigmund, se entiende, consecuentemente, que dispone de patente para especular a su libre albedrío sin tener que atender a los rudimentos más elementales de la ciencia y sin que nadie que osara criticarlo se librase de ser linchado públicamente o, peor, ridiculizado por cuestionar lo que ni él ni ninguno de sus acólitos han podido demostrar empíricamente nunca.

    ¿El señor Jung, sí, el señor Freud, no? Eso sería demasiado simplista planteárselo de esa manera. Por eso me parece tan interesante la novela que nos propone don Justo. Los dos hombres se conocieron en 1907 y sólo dos años después, precisamente, durante el viaje a América, rompieron su, hasta entonces, intensísima relación. Tras el dicho viaje, don Carl Gustav, sin el aparato social, mediático y económico del que dispuso el austriaco, pasó de ser “el príncipe del psicoanálisis” y “mano derecha de Freud” – como así lo llegó a calificar el propio don Sigmund – a ser “un excéntrico” que tenía, por todo valor, su infatigable curiosidad y su trabajo incansable… fuera de los círculos sociales de la burguesía occidental.

    ¿Qué ocurrió en ese viaje? No he leído la novela, claro, pero sí sé que ocurrió en la vida real. Un señor Jung, que cuanto más conocía el método freudiano, más escéptico se mostraba con su pirotecnia, comenzó a analizar los sueños del señor Freud de una manera psicoanalítica, sí, pero “diferente” a la de éste. Y don Sigmund se sintió amenazado: el “príncipe” era más eficiente que “el rey”, la “mano derecha” más que el “cuerpo”. Y él no lo iba a permitir. De hecho, llegó a verbalizar su sentimiento de pérdida de autoridad ante don Carl Gustav. Un reconocimiento que lo honra tanto a él como permite cuestionar la validez del psicoanálisis freudiano desde su misma gestación.

    ¿Cómo encontraremos a ambos personajes/personas retratados en la novela? Parece que todo apunta a la magnificación del presunto judío (si es judío, no es ateo) y la minimización del suizo, a engrosar la patraña idealista y adelgazar el materialismo, como siempre. Espero equivocarme.

  3. Pedro

    Creo que el señor Kant comete un error. Jung y Freud no rompieron precisamente, durante el viaje a América, su, hasta entonces, intensísima relación. Fue después. Una precisión tonta pero una precisión!

  4. David P.Montesinos

    Inútil insistir en las razones del descrédito histórico en que ha caído el psicoanálisis, que parece insalvable incluso desde aquella revolución -yo creo que quedó en algarada- del freudomarxismo, a pesar de que merece todavía la pena leer a Marcuse. Presentada como psicoterapia, esta doctrina parece un interminable despliegue de formulismos protocolarios y juegos retóricos sin transitividad clínica. Nada peor que tomarlo como una religión, aunque quizá no sea raro, pues es prerrogativa de las religiones insistir hasta el fanatismo en la Verdad Revelada, precisamente porque es mentira.

    Es otro el sentido en que la lectura de Sigmund Freud puede seguir diciéndonos algunas cosas. Freud se instala en lo que algunos historiadores de las ideas han venido en llamar “escuela de la sospecha”, donde nos encontraríamos también a Marx y a Nietzsche, pensadores que fueron capaces de poner entre signos de interrogación la lógica de la ratio occidental, más encumbrada que nunca en aquel tiempo entre siglos como consecuencia de la fe iluminista en la felicidad que iba a reportar al hombre moderno el imperio de la tecnociencia.. Freud lanzó una mirada de sospecha sumamente profunda y osada sobre los ideales que sostuvieron la constitución del Sujeto heredadados de la Ilustración. “Racional”, dijeron, y Freud descubrió la irracionalidad de los impulsos que sublimaban la conducta, “Autoconsciente”, y descubrió el continente negro del inconsciente y las fuerzas reprimidas”… Freud descubre que el Sujeto de la Modernidad es antes un horizonte, una promesa y acaso una sublimación que una realidad cerrada y definida. Por encima de todo puso en duda la certeza de la autotransparencia . “Yo no soy yo, yo soy otro”, dijo Rimbaud. El de Freud es pese a todo un discurso inquietante. Discutible desde luego, quizá obsoleto en muchísimos aspectos, pero creo que deberíamos esperar aún un poco más para darlo por muerto.

    Por lo demás pienso seguir sin psicoanalizarme, aferrado a mis habituales neurosis.

  5. Arnau Gómez

    Que el psicoanálisis triunfase en los USA no es casual.Es el país más intransitivo y donde la incomunicación interpersonal es la peor del mundo.Entonces,como no hay suficientes curas para confesarse (poder hablar y escuchar), se recurre, (los que pueden pagar), a un psicoanalista, que por un puñado de dólares escuchan tus fantasmas familiares,tus obsesiones, tus problemas reales o imaginados.Y ,por supuesto, nunca te ofrecen una solución, porque si te la dan, se les acaba el momio.
    Nada más alejado de la teoría psicoanalítica de Freud y sus sucesores.

  6. Kant

    No, no, don Pedro, no es una tontería lo que ud. apunta. En efecto, es una precisión y como tal he de disculparme, lamento haberme expresado mal, queridos contertulios, no quise decir que en ese viaje se produjese una ruptura brusca entre ambos caballeros si no que fue en él donde comenzó a distanciarse su relación personal y profesional. Evidentemente, la cita de George Boeree será más clara que la mía y en ella se leerá mejor el espíritu de mi torpe letra:

    “Pero Jung nunca se apoyó en su totalidad a la teoría freudiana. Su relación empezó a enfriarse en 1909, durante un viaje a América. En este viaje, ambos se entretenían analizándose los sueños de cada uno (aparentemente de manera más desenfadada que seria), cuando en un momento determinado Freud demostró una excesiva resistencia a los esfuerzos de análisis de Jung. Finalmente, Freud le dijo que debían parar, ya que él se sentía con temor a perder su autoridad. Evidentemente, Jung se sintió insultado.”

    Por otra parte, coincido plenamente con don David Montesinos. Especialmente porque tampoco yo daba por muerto intelectualmente a don Sigmund. En efecto, sigue siendo una importante mina de sugerencias para el conocimiento – para “la sospecha”, como tan apropiadamente trae a colación – a la cual no hay que dejar de descender cuando se plantean temas como los que nos propone don Justo o casos como el que plantea la novela del señor Rubenfeld.

    A colación de lo que apunta don Arnau, creo que sería muy interesante que algún contertulio argentino – que sé que los hay – aportase su propia opinión sobre el fenómeno del psicoanálisis en Argentina por su condición de cultura latina. He vivido alguna temporada en aquel país y nunca dejó de asombrarme como el estereotipo del “psiquiatra argentino” es, allá, una realidad tangible aunque substancialmente diferente al caso estadounidense.

    Por último, he de disculparme también con todos uds de nuevo, reconocerles que hice mi intervención anterior todavía excitado por una lamentabilísima charla – llamémosle charla – sobre la cuestión – la falsa cuestión – de la “superioridad de la raza hebrea” (¡¡señoras y señores, en este mundo hay de todo!!) contrapuesta a la “barbarie germana” y darles una explicación por ello pues el colmo sería que algún lector me considerase judiófobo.

    Les cuento, si me lo permiten. Lo que comenzó como un comentario más o menos anecdótico sobre la auténtica importancia del señor Max Planck (alemán, gentil y sereno, aunque pétreo, antinazi) para la ciencia actual, pasó a ser un despropósito de vanidades al argumentárseme la “superioridad” del señor Albert Einstein (alemán, judío y perseguido por el nazismo), al final, sencillamente, por su misma condición hebrea. Como en el caso Jung-Freud, en el binomio Planck-Einstein la tozudez de los hechos contrastados ha objetivado la real importancia de cada uno y de su legado y en esa tozudez se destaca que han sido los occidentales los que se han llevado el gato al agua. Sencillamente eso (¡¡ahora no me tomen por germanófilo!!): que las condiciones intelectuales de las personas dependen de si mismas y sus circunstancias, no de unas razas inexistentes, ni de unos pueblos elegidos por alguna deidad borracha.

  7. jserna

    Resulta extraordinariamente interesante y discutible lo planteado por el señor Kant y lo que apostillan Pedro, Arnau Gómez y David P. Montesinos: la tensión entre Jung y Freud y la pertinencia o impertinencia del psicoanálisis, su vigencia o no. Popper y Wittgenstein fueron críticos tempranos del freudismo. Para el primero, era pseudociencia porque no respondía a los cánones de ensayo-error y a los procedimientos ‘falsables’ que la ciencia requiere. Para el segundo, era un lenguaje poético que trataba del sentido (como haría la literatura o la religión o la mística), algo a lo que no puede acceder la ciencia. En todo caso, Wittgenstein le daba a los lenguajes poéticos una enorme importancia porque nos permiten tratar (aunque sea toscamente) aquello que nos preocupa, aquello que inquieta desde el principio a los seres humanos. Intentamos expresarlo, pero el lenguaje se muestra incapaz de abordar lo inabordable… No soy yo quién para determinar la vigencia o no del psicoanálisis (como tampoco el conductismo o el cognitivismo consiguieron eliminar a Freud del mapa de las psicologías). Hay un elemento en Freud que se mantiene con vigor, la del relato como expresión de la inquietud humana, la del ensayo de prospección.

    Toda memoria es relato y todo recuerdo –por personal y cercano que sea— es evocación con sentido. El problema es confirmar y corroborar el significado que atribuimos a los hechos que hemos vivido, que nos han contado o que hemos leído. Un gran cognitivista, Jerome Bruner, decía que vivir es siempre un repertorio de ‘actos de significado’ (tiene un libro con ese título): citaba los ‘Annales’, citaba a Freud, entre otros. Yo creo que la clave está en esto: no hay evocación sin narración, confusa u ordenada, como no hay hecho sin sentido.

    En cuanto a Carl G. Jung, leí tiempo atrás sus Recuerdos, sueños, pensamientos (Seix Barral) y dicho libro me pareció simplemente soporífero y místico (en el peor sentido y en el sentido más wittgensteiniano). Todo intento mío de abordar sus ideas me ha conducido al más profundo escepticismo y tedio. Pero, bueno, es problema mío: seguro.

    En la novela, Jed Rubenfeld se toma ciertas licencias: hace que la ruptura entre Freud y Jung se dé en ese viaje a Norteamérica (1909), cuando “en realidad tuvi lugar a lo largo de un periodo de tres años que culminó alrededor de 1912”, dice el novelista en su “Nota del autor”. “He agrupado en el tiempo los sucesos importantes y he traslado algunos de ellos a Norteamérica pese a haber sucedido en otros lugares”. Esa decisión me parece simplemente inadecuada: la bondad de la pesquisa novelesca no habría perdido nada si la estancia norteamericana de Freud y Jung hubiera sido la que históricamente fue. Los datos documentados son suficientes para poder montar una ficción entretenida y aleccionadora sin necesidad de manipular lo cierto o lo que se sabe. Pero…

  8. PPiPPi Olo

    Serna a nadie le interesa tus palabritas sobre sicoanálisis. Esto què es. Escapas de la realidad para darte un meneìto en el subconsciente?

  9. Pedro

    ¡Que no le interese el psicoanálisis o no sepa nada no le da derecho a decir tonterias Pipiolo! ¡Los problemas psiquicos no son un escape!

  10. J. Moreno

    ¿Cree Ud. Sr. Serna que la animadversión de Freud hacia USA tendría algo que ver con éste párrafo de “El porvenir de una ilusión” en el que nombra de soslayo a la Revolución de Octubre?

    “No quisiera despertar la impresión de haberme desviado mucho del camino prescrito a mi investigación y, por lo tanto, he de afirmar explícitamente que no me he propuesto en absoluto enjuiciar el gran experimento de cultura emprendido actualmente en el amplio territorio situado entre Europa y Asia. Carezco de conocimiento suficiente de la cuestión y de capacidad para pronunciarme sobre sus posibilidades, contrastar la adecuación de los métodos alicados o estimar la magnitud del abismo inevitable entre el propósito y la realización. Lo que allí se prepara, inacabado aún, elude, como tal, una precisa observación, a la cual ofrece, en cambio, rica materia, nuestra cultura, consolidada hace ya largo tiempo.”

  11. jserna

    Sr. Moreno, yo creo que no: que la animadversión de Freud hacia EE UU no tiene que ver con lo que el bolchevismo le inspiraba… De todos modos, ese párrafo que reproduce es extraordinariamente interesante: hace varios años que leí por última vez ‘El porvenir de una ilusión’ (la gran crítica antirreligiosa). Releeré esta obra y veré en qué contexto dice Freud lo que dice. Y ello a pesar del sentimiento antifreudiano que aquí veo reflejado. Muchísimas gracias…

  12. Paco

    Lo de serna tiene mérito. Escribe sobre cosas que a nadie le interesan. PERO ESO SI, ESCRIBE MU FINAMENTE.

  13. Roberto Scalfaro

    Paco, es raro que diga usted eso sobre Justo Serna y a la vez se de a la tarea de leer sus artículos y luego escribirle comentarios.

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