1. Jaime Mayor Oreja es un político de raza (que se dice), alguien que desde hace años ocupa puesto oficial y alguien a quien no se le conoce otra dedicación. Forma parte, pues, de lo que Gaetano Mosca llamó la clase política. En principio es una expresión extraña: mezcla voces que parecen contradictorias. En la teoría de Mosca, la elite rectora se caracteriza por disponer de una fórmula política, es decir, por valerse de una concepción del orden, del pasado, del presente y del porvenir, un plan de intervención y actuación. O, en otros términos, una ideología que justifica y fundamenta su dominio sobre los gobernados o seguidores. La clase política no sólo representa demandas de una colectividad más vasta (las de un sector social, por ejemplo), sino que también se forja sus propios intereses. El apellido Oreja designa a una familia de políticos profesionales: diputados o ministros que desde años atrás se dedican a esta tarea. Desde luego se ocupan de cosas a las que la mayoría no queremos dedicar tiempo. Es un servicio, pues, el que nos prestan. Pero la clase política tiene sus propios intereses: mantenerse, conservarse, ampliar su red de influencia. El Network Analysis hace años que estudia esas redes de influencia: unas son formales y otras informales; unas se expresan a través de empleos políticos y otras a través de canales ideológicos afines. Mayor Oreja trabaja en ambos dominios: el del cargo público y el del proselitismo pío. Por eso, su dedicación no es la de un gestor inmune a los principios, o la de un técnico o la de un político sólo mediador: es la de un propagandista católico que persevera en la defensa del confesionalismo.
Su persecución por parte de los terroristas y su empeño personal en hacerles frente le han despertado la simpatía de muchos ciudadanos, de muchos ciudadanos que no son de su partido. Durante un tiempo, esas circunstancias penosas han hecho olvidar su profundo conservadurismo, un ideario confesional militante al que, por supuesto, Mayor Oreja tiene derecho y que los católicos más fervorosos celebran. En los últimos días ha vuelto al interés mediático por las declaraciones hechas a La Voz de Galicia. Leamos un extrato de sus palabras:
«-¿Qué opina de la Ley de la Memoria Histórica?
-Hacer de una tragedia de nuestra historia un elemento de división es fácil, pero es un disparate. Si hicimos un esfuerzo en la transición para que este tema no siguiera dividiendo a los españoles, ¿para qué resucitar otra vez quiénes fueron más asesinos en la guerra?
-¿Por qué le cuesta tanto al PP condenar el franquismo?
-Porque eso forma parte de la historia de España. Yo no lo he condenado, yo elogio y alabo la transición democrática. ¿Cómo voy a condenar lo que, sin duda, representaba a un sector muy amplio de españoles?
-Por esa misma lógica, tampoco condenará el nazismo o el estalinismo, porque muchos alemanes y soviéticos los apoyaron.
-En la guerra hubo dos bandos y en el nazismo solo uno.
-En el franquismo solo hubo un bando que reprimía.
-También hubo dos, porque el franquismo fue la consecuencia de una Guerra Civil en la que hubo dos bandos. No es lo mismo que el régimen nazi, donde había un solo verdugo.
-Entonces, dejando al margen la Ley de la Memoria Histórica, ¿no considera pertinente condenar el franquismo?
-No, por muchas razones. ¿Por qué voy a tener que condenar yo el franquismo si hubo muchas familias que lo vivieron con naturalidad y normalidad? En mi tierra vasca hubo unos mitos infinitos. Fue mucho peor la guerra que el franquismo. Algunos dicen que las persecuciones en los pueblos vascos fueron terribles, pero no debieron serlo tanto cuando todos los guardias civiles gallegos pedían ir al País Vasco. Era una situación de extraordinaria placidez. Dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores».
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2. Disquisiciones y memorias. Es ésta una idea muy interesante, sin duda: «dejemos las disquisiciones sobre el franquismo a los historiadores». Resulta aleccionadora la voz que emplea: «disquisición», cosa a la que –según parece– se dedicarían los historiadores. Leamos el Diccionario de la Real Academia Española. Una disquisición puede ser un examen riguroso, pero puede ser también una divagación, una digresión. No sé si los historiadores nos dedicamos a examinar rigurosamente considerando cada una de las partes que constituyen un objeto del pasado o, si por el contrario, nos alejamos del presente aventurándonos con digresiones. El pasado, en cualquier caso, no es sólo materia de historiadores ni es únicamente asunto de divagaciones.
Digo estas cosas y pienso en Antonio Elorza («Memorias históricas«, véase en la sección de comentarios). Elorza es un historiador atendible y de larga obra que perdona a Mayor Oreja: le perdona su franquismo nostálgico. El académico, que ha pasado por distintas opciones y por diferentes obediencias (desde el PCE hasta Izquierda Unida, y hoy… Unidad, Progreso y Democracia), es un resuelto defensor de la ejecutoria de este político vasco: por eso le parece un desliz la evocación que Mayor Oreja hace de su infancia franquista como si aquel hubiera sido un tiempo de “absoluta placidez”. Sin duda, nadie le niega sinceridad a Mayor Oreja: nadie le niega que él lo viviera de ese modo, que lo percibiera o lo experimentara de esa manera. Como tampoco nadie niega el derecho de Elorza a mostrar camaradería.
Salvo desdichas graves, la infancia la solemos recordar así, con absoluta placidez: ingresamos en el tiempo con miedo y desconcierto, pero la atención y el cuidado nos apaciguan. Los padres hacen de nuestro entorno un ámbito hospitalario, edénico: aquel que para muchos acabará siendo el Paraíso. Crecemos y aprendemos a tolerar la frustración y las decepciones: con ello se agranda ese tiempo como momento irrepetible… Insisto: Elorza exculpa a Mayor Oreja de lenidad franquista, como si su opinión benévola sobre el pasado del Régimen fuera un desliz que sirviera para acusar al PP. “Resulta lamentable que políticos templados como Mayor Oreja puedan hacer manifestaciones, en el marco de la campaña del PP, que les convierten en nostálgicos de la dictadura de Franco. Dar motivos para ser acusados de neofranquistas no es nada bueno para los populares”. Desde luego, desde luego. Pero el caso es que el franquismo nostálgico de Mayor Oreja no es un error dicho a bote pronto. Lo tiene escrito en su librito Esta gran nación (LibrosLibres) y aquí ya lo analizamos el pasado 18 de junio. Perdonen la autocita:
«Lo que me sorprende no es lo que [Mayor Oreja] dice del terrorismo (asunto sobre el que no tengo competencia, fuera de mi condena), sino lo que sostiene de las creencias. Repito: no es una tesis o un razonamiento aquello que me inquieta. Lo que, de verdad, me preocupa es lo que el ex ministro señala a propósito de las confesiones. Al ser creyente fervoroso desde joven, un creyente de Misa diaria, Mayor Oreja juzga la militancia religiosa como el antídoto de la barbarie o como la cura del relativismo. Cuando niño creyó haber vivido en un paraíso (donostiarra) que después se fracturó: por eso, juzga la restauración de la gran nación española como el remedio de esa pérdida. Es decir, confunde el paraíso de la infancia –algo que siempre acaba por desaparecer– con un País Vasco sin problema, un País Vasco que, en todo caso, era el de su niñez bajo el franquismo: el de 1958, por ejemplo«.
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3. Hemeroteca. Memoria y clérigos
–«La riada como metáfora«, Levante-EMV, 22 de octubre de 2007
Artículo de JS sobre el arzobispo de Valencia Agustín García-Gasco
Susan Sontag publicó, años atrás, La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Leí ambas obras con mucho interés: en la primera examinaba las analogías que del cáncer se han hecho para describir la sociedad «enferma». ¿Por qué se establecen paralelismos entre el crecimiento desordenado de las células y los desarrollos de la vida humana? Las analogías patológicas sirven entre otras cosas para condenar «el cuerpo enfermo de la sociedad» y, de paso, para ofender voluntaria o involuntariamente a los enfermos. El organicismo se ha servido de estas metáforas, que en su versión confesional asocia pecado a enfermedad. El catolicismo, además, ha empleado anaologías procedentes de los libros bíblicos. Las plagas que caen sobre la tierra o, también, el diluvio universal que castiga a los descendientes de Adán y Eva son relatos míticos que dan cuenta del mal, del origen y del castigo del mal. La riada que parece preocuparle a Agustín García-Gasco es un diluvio laico. Dios permitiría estos castigos de la naturaleza para hacernos reaccionar. Si el laicismo se infiltrara suave, blandamente, entonces el mal infectaría de manera irreparable. Gracias a que se manifiesta con estrépito lo distinguimos: como una riada bien visible que nos avisa de sus venideros destrozos. Hay señales. O se manifiesta también como una vacuna que haría reaccionar los anticuerpos. Digo esto y regreso, precisamente, a Sontag: a los malos usos de las metáforas que ella tan sabiamente diagnósticó. ¡Ay, Dios!
–«En el fondo, los miembros de Eta son revolucionarios«, El País, 21 de octubre de 2007
Entrevista a José María Setién por José Luis Barbería.
He leído un par de veces esta entrevista y la verdad es que no me repongo. No me sorprende lo que afirma el prelado (ya conocía sus ideas de otras declaraciones): lo que me choca es que pueda decir lo que dice desde el cristianismo… No sé, tal vez yo tenga un concepto más piadoso de dicha religión, un sentido más compasivo: a pesar de mi increencia. ¿El amor a un individuo sólo puede materializarse en lo colectivo? Cristo predicaba un amor universal sin distingos, una caridad que no precisa de pertenencias colectivas… Decía Jorge Luis Borges: no creo en la Providencia, pero me interesa. A mí me pasa algo semejante: no creo en la caridad cristiana, pero me interesa. De ese concepto misericordioso viene la fraternidad laica. ¡Ay, Dios!
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4. Colofón. Recuerdos de un niño bajo el franquismo





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