Un nuevo libro
Leo las Cartas a un joven español, el libro de José María Aznar, un volumen recién aparecido que completa su trilogía para Planeta. Según me entero por un despacho de Efe, el ex jefe del Gobierno presenta el 5 de noviembre su obra, obra en la «que reflexiona sobre la libertad, la idea de España, el terrorismo, la educación o la familia recurriendo al género epistolar, en un acto en el que participará el historiador Stanley Payne». Efe añade: «el acto contará con la presencia del propio Aznar y se celebrará en un hotel de la capital a partir de las ocho de la tarde, según informaron fuentes de la editorial Planeta». Stanley Payne es un historiador estadounidense que, de un tiempo a esta parte, avala el revisionismo historiográfico: como juzga necesario abatir los mitos que la izquierda tiene del pasado, cree posible hacerlo avalando a quienes con estrépito y antiacademicismo se pronuncian contra esas visiones. Así hemos de entender la celebración que el académico norteamericano hace de Pío Moa (con quien ya polemicé tiempo atrás). Ahora, con extremismo verbal, Payne aprueba la visión apocalíptica de España que José María Aznar proclama.
El regreso de José María Aznar
¿Qué importancia tiene esta novedad editorial? Dice Soledad Gallego-Díaz que «la aparición del nuevo libro de José María Aznar Cartas a un joven español ha sido interpretada en el Partido Popular como una declaración pública e inequívoca de que si Mariano Rajoy pierde las elecciones del 9 de marzo próximo, el ex presidente del Gobierno exigirá dirigir la salida de la crisis». Es decir, que el ex presidente quiere ser influyente publicando libros, una labor que como el agua que cae gota a gota perfora, horada. Para que tal cosa suceda, la comunicación debe dirigirse a un destinatario a quien persuadir: han de cuidarse, pues, todos los detalles, ideológicos y materiales del volumen. Empiezo, justamente, por su aspecto material, un libro editado en tapadura y con subrecubierta. Como me suele ocurrir con sus obras empiezo fijándome en estas cosas, particularmente en la sobrecubierta. Como en los títulos de crédito cinematográficos, allí está todo: se condensan los datos básicos y los recursos comunicativos. Antes de acudir al interior, echen un vistazo a esa sobrecubierta.
La sobrecubierta
Veamos, por ejemplo, a quién se atribuye la autoría del volumen. La tipografía del apellido ha ido creciendo, algo que permite identificar correcta e inmediatamente a su responsable. Así hemos pasado de un «Aznar» que mide 22 milímetros, en Ocho años de gobierno, a los 27 de las Cartas a un joven español, pasando por los 25 de Retratos y perfiles. Por tanto, el tamaño del apellido crece conforme el autor publica. ¿Llegará a los 30 mílimetros? ¿Seguirá siendo con Planeta? Pero esa particularidad tipográfica no es lo fundamental de la sobrecubierta. Reparemos, por ejemplo, en el título del volumen, en esas Cartas a un joven español.
El título y el libro adoptan, en efecto, el modelo espistolar, al modo de las Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke (o, más recientemente, a la manera de las Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa): dirigir una misiva a un corresponsal que no identificamos es un expediente muy empleado…, muy empleado para expresar las propias ideas sin réplica real, documentada, verificable. El volumen que ahora comento lo componen las cartas que José María Aznar remite a Santiago –así, sin apellidos–, un tal Santiago del que sabemos por las misivas del autor pero cuyas palabras o situación personal jamás averiguaremos. Tampoco la sobrecubierta da pista alguna. ¿Es un personaje ficticio? Siempre cabe pensar que es el tipo de corresponsal que al ex presidente le habría gustado tener si hubiera podido dirigirse a él. Es decir, que se non è vero, è ben trovato. En todo caso, con él moldea a un joven inquieto, interesado, adaptado, integrado: un muchacho que se llama como el patrón de España y del que el ex presidente nos irá dando fugaces indicios.
Dicho joven no figura en la sobrecubierta, insisto. Allí, fuera del apellido creciente, domina un primer plano de Aznar. Ya no lo vemos envarado, como en Ocho años de gobierno, con una fotografía que nos los presentaba en mangas de camisa, blanca y bien planchada, apoyando los antebrazos en un escritorio, cumplimentando lo que parecía alguna tarea urgente, inexcusable. Tampoco lo vemos mayestático, como en Retratos y perfiles, sombrío y aupado a su Monte Rushmore particular. Ahora, en las Cartas, se nos presenta con aspecto easy wear, campechano: un aspecto que, sin embargo, desmiente su mirada aguda, inquisitiva, quizá interesante, esforzadamente interesante: tanto que sus ojos parecen interpelar al lector. Uf, no sé si podría sostenerle la mirada. Paso página o, mejor, paso cubierta, me adentro en el interior y… ¿qué encuentro?
El texto y los principios
Me encuentro con un texto en el que se hace una enfática profesión de fe conservadora, extremadamente conservadora, que dice ser liberal; una declaración rotundamente ideológica, muy sesgada, por alguien que cree ser ecuánime. En los distintos libros que le he leído, José María Aznar siempre repite el mismo latiguillo: no entiende por qué los demás no comparten la evidencia misma de las cosas, que es al final su forma de ver el mundo, el orden, el presente y el pasado, el porvenir, en suma. Al margen de lo que a mí me parezca su ejecutoria, creo –como lector– que el ex presidente gobierna mejor que se explica. Felizmente no se atuvo a lo que dice profesar. Me guste más o me guste menos, José María Aznar pudo tomar decisiones correctas o puede ahora tener ideas sensatas sobre ciertas cosas, pero una vez razonadas por escrito, una vez se las leo, me decepciona el nivel de su argumentación. Quiero decir: en la primera legislatura, cuando gobernaba en minoría, debía actuar como político pragmático que no se deja llevar sólo por la convicción o por los principios, sino por la ley del número. Todo, pues, no se resume en la defensa de unos valores. Tuvo que negociar con los nacionalistas haciendo guiños a sus aliados. En política no hay amigos, decía Winston Churchill; hay intereses. Si José María Aznar gobernó de acuerdo con esa lección (del admirado estadista), entonces contrarió los principios que defiende apasionadamente en sus libros. ¿Tiene sentido el reproche que le hago al político en ejercicio? No, porque nadie puede gobernar como él predica en este volumen: nadie puede hacerlo razonablemente basándose sólo en la convicción o en la pasión .
La vanidad del político
Como señalaba Max Weber, «puede decirse que son tres las cualidades decisivas para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de la distancia». ¿Qué significa eso? Weber habla de «pasión, en el sentido de darle importancia a las cosas reales», de aproximarse con tesón a la realidad tomándosela en serio. Pero no basta: «la pasión no le convierte a uno en político si ella, como servicio a una causa, no convierte la responsabilidad precisamente respecto a esa causa en la estrella que guíe la acción de manera determinante. Y para ello necesita el sentido de la distancia –la cualidad psicológica decisiva para el político–; necesita esa capacidad de dejar que la realidad actúe sobre sí mismo con serenidad y recogimiento interior». Realismo, pues. «Por este motivo, el político tiene que vencer en sí mismo, día a día y hora a hora, un enemigo muy trivial y demasiado humano, la vanidad». ¿Y qué es la vanidad en un político?, se pregunta Max Weber. Es tomarse como el centro de las cosas. La vanidad es «esa necesidad» que experimenta algún tipo de mandatario «de ponerse a sí mismo en el primer plano lo más visiblemente posible». Creo, sinceramente, que la cubierta de Cartas a un joven español revela ese pecado de vanidad: con ese apellido gigantesco que no obedece sólo a razones mercantiles; con esa fotografía desmesurada. Pero creo que la vanidad se aprecia aún más en el texto: el autor sotanea, amonesta, juzga y condena a quienes no piensan como él.
La lectura de los «otros»
Eso –el tono admonitorio– es lo que, en principio, más llama la atención. No concibe que no se pueda coincidir con lo que él piensa. Por eso, para fundamentar sus posiciones, sólo cita a aquellos autores que son de su tradición (o que él piensa que son de su tradición), valiéndose, pues, de pensadores de filiación liberal o conservadora que al final de su libro detalla. En efecto, el volumen se cierra con una lista de lecturas recomendables… Los títulos de esos filósofos o sociólogos le sirven para confirmar lo que piensa de antemano. Es decir, esos autores no le incomodan lo más mínimo ni tampoco le hacen interrogarse. Le valen para corroborar: justo lo contrario de lo que haría un pensador liberal.
Esto es precisamente lo que José María Lassalle dice de Isaiah Berlin, el gran intelectual y pensador liberal. De su muerte se cumplen diez años, y por eso Lassalle, que es miembro del Partido Popular, escribe sobre él en un artículo publicado por Abc. Según leemos, Berlin fue «alguien que sintió una fascinación inagotable por el «otro» porque -como explicó una vez- le resultaba aburrido leer a los que pensaban como él; no en balde prefería asomarse a lo que decían sus adversarios ya que ponían «a prueba la solidez de nuestras defensas al encontrar sus debilidades»…» Comparto ese punto de vista. Es impensable, sin embargo, que José María Aznar –ahora desempeñando las funciones de intelectual liberal– muestre interés por la obra del «otro», de los «otros». ¿Por qué razón? ¿En qué se basan sus nutrientes?
Las ideas
En realidad, el principal problema del ex presidente del Gobierno es que escribe como si no hubiera gobernado: como si los males que denuncia aún no hubiera podido enfrentarlos; como si los objetivos que se plantea, aún no hubiera podido acometerlos; como si los autores que ahora cita, de cuya receta se vale, aún no hubiera podido aplicarla. En su opinión –que él no sostiene como tal, sino como doctrina–, España asiste a una deriva y a una crisis, algo ahora constatable y agravado, pero que se remontaría a los años sesenta. Critica al actual Gobierno: le hace responsable de las decisiones políticas que él juzga inaceptables, y le culpa del proceso de secularización («relativismo», lo llama él) que experimenta el mundo actual, un proceso que habría destruido o relajado la disciplina, la autoridad, el orgullo nacional, justamente los cimientos de la sociedad decente. Entonces, de ser cierto lo anterior, la pregunta es inmediata: ¿y qué ha hecho el ex presidente para frenar esa deriva? ¿No le dejaron? ¿Tuvo que pactar sus decisiones políticas, buscar algún consenso con quienes no eran correligionarios?
Divide su libro en diecisiete capítulos cuyos enunciados son breves y rotundos: entre otros, «La libertad», «Liderazgo», «La nación española», «Relativismo», «La familia», «Terrorismo y seguridad». En esos capítulos, el examen tiende a ser esquemático, anémico; las pruebas, los hechos, los documentos sólo confirman lo que ya se sabe de antemano; y las conclusiones, que se proclaman con sobrante énfasis, son frecuentemente demagógicas. Por ejemplo, cuando habla de la educación, su diagnóstico es expeditivo, de un elitismo paradójicamente populista. «¿Tú crees, Santiago, que los que no quieren esforzarse tienen derecho a impedir que se esfuercen los que sí quieren hacerlo? ¿Acaso es ese otro de los nuevos derechos que tienen ahora los españoles? Antes a eso se le llamana envidia, y no estaba catalogada, precisamente, como una virtud. Claro que donde el esfuerzo termina, empieza el fracaso, y tal vez sea eso lo que se quiere», dice José María Aznar en la página 125. Si oyéramos lo anterior en otro contexto, en una tertulia, podríamos creer que es el dictamen tajante de alguien que no ha gobernado, la facundia de un tipo cualquiera que cree arreglarlo todo si se pone… O podríamos pensar que es la conclusión expeditiva que culpa a un responsable que no identifica:»…lo que se quiere». ¿Y quién lo quiere? En ciertos pasajes responde con claridad. La culpa de lo que nos acaece es de la izquierda –así, en conjunto–, un conjunto de ideas erróneas: una izquierda que se creció tras la pretendida «muerte de Dios». La culpa, insiste, es de la izquierda local, que no es más que un conglomerado sesentayochista y buenista que ha renunciado al pasado imperial de España, a los principios políticos firmes, a la convicción ideológica arraigada, aunque a la vez ese abandono pueda ser compatible con el fundamentalismo. Esa izquierda habría anestesiado a la nación, que no está muerta: sólo dormida. Hay que despertarla. Es una metáfora interesante: suelen emplearla prácticamente aquellos nacionalistas que deploran el estado catatónico de su país. ¡Despierta, patria! En el caso de José María Aznar su apego a la nación tiene, además, otra consecuencia: el repudio del hedonismo y la crítica del actual presidente del Gobierno.
Contra el hedonismo. Contra el cortoplacismo
Hemos debido leer casi doscientas páginas para llegar a la clave política de este libro. Amparándose en una interpretación algo simple de Alexis de Tocqueville, José María Aznar rechaza el materialismo que nos invade. «Más de una vez tengo la impresión de que vivimos en una sociedad que ha hecho de la evasión su principal industria», concluye dolida y resignadamente. ¿Le doy la razón? Como sostuviera Gilles Lipovetsky, desde hace décadas Occidente vive gobernándose con una ética indolora. ¿Algo malo? Es preferible esta moral materialista al libramiento guerrero y patriótico, desde luego. Por eso, el libro de José María Aznar resulta contradictorio: en primer lugar, dice profesar el liberalismo, que es una doctrina preferentemente individualista; en segundo término, hace profesión de fe nacionalista (colectivista) que él reviste de institucionalismo democrático; en tercer lugar, expresa su prevención católica, confesional, al hedonismo, que a la postre es una opción básicamente antiliberal.
Pero, en fin, no es eso lo más importante: lo decisivo es que este volumen es una justificación de lo que él entiende por la Presidencia del Gobierno. No es de recibo, dice, aceptar un jefe de Gabinete simplemente porque sea simpático o entretenido: «tiene en sus manos una tarea demasiado importante para reducirla a aspectos de imagen o aceptación popular». Hay que Gobernar al margen de los sondeos, que es cortoplacismo: «uno de los problemas no es que los gobiernos escuchen poco a sus pueblos, sino que la política se agote en la obsesión por el corto plazo, por las encuestas, por las próximas elecciones». Pues…: lo siento, pero veo una nueva contradicción. El ex presidente gobernó con sondeos del CIS y al mismo tiempo olvida ahora que su partido se presenta a los comicios venideros: olvida que su discurso no beneficia a su candidato, que esas palabras rotundas perjudican a su partido en una sociedad mediática y hedonista.
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1. Hemeroteca histórica
Los otros libros de José María Aznar. Otros artículos de JS sobre los restantes volúmenes de la trilogía de Planeta:
–Retratos y perfiles (2005).
–Ocho años de gobierno (2004).
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2. Hemeroteca actual
-«Liberales«, Levante-EMV, 5 de noviembre de 2007
Artículo de JS sobre el liberalismo… Lo que fue.
-«Epístolas a Santiago«, Levante-EMV, 7 de noviembre de 2007
Artículo de Fernando Delgado sobre las Cartas a un joven español.




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