El Festival de Eurovisión

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1. Posguerra autobiográfica

Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Ahora, con motivo de su retirada y de su enfermedad, volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión repetía entonces y después esas poses, de marcado iconismo. Mi padre jamás se ha dejado barba ni ha adoptado ademanes revolucionarios, cosa que en algún momento llegó a molestarme: su moderación, quiero decir. Es un ciudadano muy contenido, amable y un punto gruñón, lector infatigable y persona cuidadosa. Ha sido un manitas toda su vida, muy habilidoso. Siempre le he envidiado esa capacidad que me está negada: mis manos nunca han sobrepasado el nivel de la pretecnología. Pienso en la edad de mi padre y reflexiono sobre su generación: gentes nacidas en 1926, antes de la guerra civil española, antes de la guerra mundial, antes de la guerra fría, antes de la guerra de Corea, antes de la guerra de Vietnam. Es una generación que tuvo que sobrevivir callada, abnegadamente, en un ambiente de sumisión ideológica, de belicismo real y cultural. Pero es también una generación que se hizo mayor con el desarrollismo económico, con los primeros brotes del bienestar, sin estrecheces, sin penurias. En aquellos años sesenta y setenta, esos padres pudieron cuidar y alimentar a sus hijos con bienes materiales y con productos más sofisticados: yogures, por ejemplo. 

Digo yogures y me acuerdo de Luis Quiñones. Podríamos reconstruir nuestras vidas a partir de las fotografías que retuvieron momentos, que condensaron instantes mínimos pero decisivos. Es lo que, magníficamente, ha venido haciendo Luis Quiñones en su blog (Autobiografía por escribir): no sólo con imágenes propias, de su infancia, sino también con instantáneas de sus padres, de sus abuelos, conjeturando sus estados de ánimo, los pensamientos de aquellos que se retrataban para la posteridad. Si lo pensamos bien, escribir la autobiografía de un pasado que no se ha vivido realmente es una tarea menos rara de lo que parece. Primero, porque los historiadores solemos hacer eso precisamente: rastrear nuestros propios vestigios en un tiempo que no es exactamente el nuestro. Segundo, porque los individuos crecemos con hechos pretéritos que no nos pertenecen, hechos que hemos recibido a través de la palabra y de la imagen de los antepasados. A la postre acabarán formando parte de nuestro relato personal. Eso es lo que Luis Quiñones ha escrito admirablemente en esa autobiografía por entregas y melancólica que se materializa en instantáneas: manifiesta haber crecido con imágenes y acontecimientos que sólo otros vivieron, y de ese vivero de reminiscencias secundarias está hecha su escritura. 

Rememoraba ese ejercicio de estos últimos años (ahora consumado con una novela recién aparecida) y envidiaba su autoanálisis, basado en detalles menores de un todo que es material y sentimental. Por ejemplo, un día Luis Quiñones habló de los haigas. Como le dije en su momento, cuando yo era un niño, los haigas –aquellos coches tan gigantescos– ya no iban petardeando por las calles de mi ciudad: eran cosa del pasado. Nací cuando salía el primer Mini de la factoría inglesa, vehículo modernísimo que sólo pude ver años después, en la Valencia de finales de los sesenta. Hasta entonces, hasta ese momento, por las calles que yo pisaba únicamente transitaban los Gordinis, los 850, los 600 y los 1500. Por cierto: el primer vehículo que creí pilotar –así me veía yo: como un piloto— fue un Simca 1000, “el cinco plazas con nervio”, según predicaba la publicidad de entonces. Era el Simca de mi padre, cuya tapicería de falso terciopelo estaba protegida por un incongruente forro de escay. De vehículos como éste hablaba Quiñones  en su blog: “…seguía siendo el acontecimiento social de los pobres por excelencia la llegada de un nuevo automóvil al barrio. Mientras el propietario orgulloso abría el portón para que observasen las vecinas el estampado de la tapicería y la amplitud del portaequipajes (éste era el nombre anacrónico del maletero), los niños nos inflamábamos de envidia por no poder tener uno como aquél”. 

Otro día, en la bitácora de Luis Quiñones, hablamos de los yogures. En la alacena que mi abuela tenía en su casa, yo había visto leche de los americanos (creo recordar que era en polvo), una ayuda que los estadounidenses daban…, ¿a cambio de qué? Había leche y poco más: pero no yogures… en la nevera de mi abuela. En cambio, en el frigorífico de mi casa había todo tipo de lácteos. Bueno, en realidad no tantos, sólo los que por entonces daba el comercio: yogures blancos y de fresa en tarros de cristal, por supuesto.  Y filetes de ternera, que las madres obsequiosas podían ofrecernos con legítimo orgullo tras una inacabable posguerra. Digo nevera e inmediatamente recuerdo aquellos armatostes en los que había que introducir un enorme bloque de hielo para mantener el frío, bloque que había que reponer tras su pronta descongelación. Era cansado pero, a la vez, era todo un adelanto en aquellos años sesenta. 

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2. El Festival de Eurovisión

Qué mundo. En la España franquista, esos progresos materiales también los identificábamos con el turismo y con Eurovisión: con el Festival de Eurovisión. Sorprendentemente, Luis Quiñones no ha hablado de dicho concurso en ningún momento. Si no me equivoco, la reconstrucción real y melancólica no le ha llevado a ninguna de las capitales europeas cuyas imágenes fuimos conociendo gracias al Festival. Es una referencia que en mi autobiografía jamás podría faltar. Era un certamen en el que creíamos. Sí: en el que creíamos. Para nosotros, sus primeros años coincidieron con la etapa inicial de la televisión española y con las conexiones vía satélite. Vía satélite: esa expresión aludía a algo remoto, distante y prodigioso: tenía algo de carrera espacial, de misión Apolo y del Sputnik. En realidad, aquellas emisiones sólo podía contemplarlas  una Europa aún reducida, demediada por la guerra fría, unos pocos países.  

Los jóvenes de hoy quizá no puedan llegar a imaginar el interés que aquel certamen despertaba: al menos en España. Por ser un concurso de rivalidades canoras y nacionales, la vida nos iba en ello. Éramos pequeños nacionalistas y deseábamos fervientemente que triunfara el representante español al margen de sus calidades: no estábamos en el Mercado Común y el Festival era una de esas pocas ocasiones en que nos sentíamos en Europa, uno de los pocos momentos en que rivalizábamos con Europa. 

Era motivo para reunirse en familia. Frente al televisor, aquellos aparatos gigantescos, cantábamos o tarareábamos aquellas musiquillas. Después del desfile, cuando todos los concursantes habían defendido su canción, tomábamos papel y lápiz para anotar el resultado de las votaciones: jurados nacionales severísimos que juzgaban los productos con ecuanimidad. O eso queríamos pensar. Siempre había coaliciones de hecho, votos seguros y bien amarrados, como los del pacto ibérico; como también había odios inveterados de países que no nos querían: Francia o Inglaterra, entre otros. Había un tono cursi inevitable: para triunfar, la pieza ganadora tenía que tener una presentación festivalera. Así llamábamos a la mezcla de canción ligera, coros gospel, indumentaria colorista y algo imprevisible y rompedor: un punctum que llamara la atención. 

Ahora, el Festival está muy decaído: nadie parece creer en la seriedad del certamen ni en la calidad musical de los concursantes. Incluso los procedimientos han cambiado: los cantantes se postulan y se eligen en Internet, en el portal Myspace. Los internautas sólo pueden votar a aquellos aspirantes cuyas melodías estén en la red. ¿Qué condiciones deben reunir? Podían presentarse todos aquellos que residiesen en España de dos años a esta parte (al menos), todos los que pusiesen en www.myspace.com su perfil personal, una canción inédita y un vídeo promocional. Aparte de los votos obtenidos en Internet, no sé muy bien cómo se seleccionará finalmente al representante español. Sí sé que, el 1 de marzo, TVE emitirá un programa en que el público habrá de escoger a uno de los aspirantes para acudir a Belgrado, capital en la que se celebrará el Festival el próximo 24 de mayo. Belgrado, fíjense… Hace unas semanas, una responsable de Televisión española declaró que el propósito de la iniciativa –promociones y votaciones a través de Internet– es que la selección sea “lo más amplia y abierta posible”, dando así la posibilidad de presentarse a los nuevos talentos.

De repente ha aparecido Rodolfo Chikilicuatre. Tiene su espacio en myspace y tiene página web. Canta una pieza memorablemente sarcástica: Baila el ChikiChiki. Empieza diciendo: “Perrea, perrea”. Luego propone contonearse al ritmo del chiki chiki: “lo bailan los broders y lo bailan los frikis”. No sé ahora, pero cuando lo ví encabezaba la clasificación. No creo que mi padre entienda la lógica de lo que está pasando: hasta yo mismo tengo serias dificultades para evaluar las consecuencias de este hecho. Es más: ni siquiera me he adaptado a myspace a pesar de que personas que me son cercanas tienen su propia página abierta. Sé que Chikilicuatre está apoyado y promocionado por Andreu Buenafuente, por su factoría. ¿Qué pretenden? ¿Ridiculizar el certamen? ¿Ganarse unos miles de euros con la promoción? ¿Trastocar la realidad?

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3. El Terrat. Salir en los medios

Imaginen un concurso electrónico en el que debamos elegir seriamente. Con las condiciones actuales, nunca habrá garantías suficientes: nunca estaremos aceptablemente protegidos. De momento, en un certamen que deba resolverse en Internet, la acción de los trolls, la burla de los bromistas, el boicot de los hostiles, la jarana de los adversarios, el anonimato de la mayoría y las identidades ficticias siempre podrán alterar los resultados.  “Pero es que el Festival de Eurovisión no es serio, no podemos tomárnoslo en serio”, responderá el bullanguero. Sí, te lo admito: el certamen está muy decaído, estéticamente no es nada y las canciones sólo son pegadizas durante unos minutos. Pero un Festival de estas características no es ninguna memez: nada que mueva tantos miles y miles de euros puede ser una tontada. La popularidad televisiva y la atención mediática son valores al alza. Ya lo eran cuando el Festival estaba en sus comienzos: fíjense en Massiel, por ejemplo. Pero, entonces, los medios vigentes no provocaban audiencias tan desmesuradas y capilares y, sobre todo, el éxito parecía un logro prácticamente inalcanzable.  Ahora, la idea de que la fortuna puede sonreír a cualquiera –a un chiquilicuatro, a un mequetrefe– gracias a la tele o a Internet es una certidumbre creciente: hay que caer simpático, tener alguna rareza digerible, ser moderadamente original…

Hoy en día, la suma de promoción televisiva más concurso electrónico es imbatible, pues convierte en popular cualquier cosa: en central, en referente. Desde luego Chikilicuatre no es cualquier cosa. Es un monstruo hecho con esa mezcla de contrarios que es tan característica de El Terrat: le han adherido retales reconocibles, jirones de lo alto y de lo bajo, el guiño irónico, incluso el sarcasmo, lo vulgar, lo literal. Con ello se busca el reconocimiento de sus pares y de sus partes, la identificación de públicos diversos y siempre de guasa. ¿Recuerdan al Neng? Todo era broma y caricatura, sí. Pero había bacalas que se movían al ritmo de su pedestre canción y que tarareaban su estribillo desastroso. Y había gente seria que pillaba y aplaudía una broma tan irresistible, claro: muchos reconocían el sarcasmo. La conversión en cantante famoso de alguien que no lo es, su celebridad creciente, la construcción de un personaje que concede entrevistas, su caricatura… sólo son posibles gracias la bulla de El Terrat. Se ríen de todo y mientras tanto hacen caja.

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4. Acordes y desacuerdos

El desconcierto de la prensa (Miércoles, 27 de febrero)

Guayominí du puá (blog oficial de Eurovisión)

a. De Eurovisión a Frikivisión

b. El Gato y Ozono 3 caen por tramposos

c. La Eurovisión más democrática

d. TVE expulsa a El Gato

e. El polémico Pavo Dustin representará a Irlanda

f. Eurovisión: la televisión mató a la estrella de Internet

g. Pucherazo eurovisivo

20 comments

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  1. Myspace » El Festival de Eurovisión

    […] Los archivos de Justo Serna wrote an interesting post today on El Festival de EurovisiónHere’s a quick excerpt   Mi padre tiene 81 años: exactamente los mismos que Fidel Castro. Yo nací el año de la revolución cubana, un acontecimiento político que dentro de unos meses cumplirá el medio siglo. Volvemos a ver a aquel joven barbudo que registraban y mostraban los noticiarios de todo el mundo. El cinematógrafo difundía su imagen castrense y revolucionaria: la suya y la del Che. Pero también la televisión ha reiterado desde entonces el iconismo a que se prestaban esas poses. Mi padre jamás se ha dejado bar […]

  2. Vania

    Qué puntería, Justo en el centro. Entrañable tu evocación, a medias con Quiñones. No podía fallar: me ha interesado: soy menos viejo que tu padre, pero más que tú. In mezzo del cammin.

  3. Vania

    Sigo, porque eso me ha pegado un salto.
    Me toca, no solo por edad, sino porque estoy escribiendo una especie de segunda parte de mis memorias, esta –sin tilde- de sexo y amor (¿son cosas distintas?) que acabará, lo sé, convirtiéndose en un roman à clef stendhaliano en el mejor de los casos (¿cómo ser sincero y crudo poniendo los nombres auténticos?).
    O séase: el Simca 1000, la Casita Blanca de tantos pettings y algunos polvos. La tele aquella, los festivales. Trabajaba yo entonces como locutor en TVE (entré por el primer concurso público, 500 opositores, cuatro plazas cubiertas). Hasta entonces aquello era un coto de paniaguados o hijos de paniaguados del Régimen.
    Me tocó inaugurar el UHF y Prado del Rey, retransmitir las primeras pruebas en color desde París, el enlace televisual Europa-África desde Casablanca, el festival de San Remo que ganó Gigliola Cinquetti. Mi jefe inmediato, Adolfo Suárez, me regañó porque la había cuestionado desde Teleguía cuando “ya la teníamos contratada”…
    En fin, Justo. Te pido excusas (y se las pido a tus visitantes) por esta expansión, pero es que estoy metido en harina con esa época: mi juventud, tu infancia, el yogur..
    Ah: ¿por qué “falso terciopelo”? El tercipoleo es una horterada, tanto si es de algodón (¿sería el auténtico?) como si es sintético (¿sería el falso?)
    Auguri.

  4. jserna

    Vania, le agradezco mucho sus palabras. Por mi parte, espero con interés, con mucho interés, la segunda parte de sus memorias: sería un buen momento, además, para publicar ambos volúmenes conjuntamente. Yo sé quién es usted, una persona de sutileza reconocida, intelectual y políticamente polémica: alguien, además, que de cuando en cuando frecuenta este blog dejando un comentario preciso. Pero los visitantes habituales no adivinan su identidad… ¿O sí?

  5. Pedro

    Hola hacia bastantes días que no escribía aquí pero les leo. Yo creo que hoy J Serna no ha estado fino. Mas bien creo que es una tonteria lo que ha escrito. El chiqui chiqui? Zapatero ha llenado la plaza de toros de Valencia? La campaña tambien está en la red!!

  6. Pavlova

    El terciopelo es de seda, fragilísimo, de una caída, tacto y belleza extraordinarios y hoy casi inencontrable. La pana, terciopelo del pobre llamada comúnmente, lisa, (tapicería) de canutillo (pantalones y ropa de trabajo en origen) o troquelada, también tapicería, es de algodón, de gran resistencia y resultado.

    Ambas telas se fabrican hoy de material sintético y, en aquel tiempo era de Nylon. Terciopelo de Nylon, llamaban las madres a las elegantes tapicerías de sus coches.

  7. Miguel Veyrat

    Pienso en algún compañero que me precedió en alguna de las corresponsalías en el extranjero que a mí también me tocó cubrir. No creo equivocarme, no había muchos valencianos en aquellos tiempos por Prado del Rey.

  8. Paco

    Sñor Pedro estése tranquilo. Serna empieza con el chiliquatre y termina con Zapatero. Termina hablando de Zapatero y su mitin, què grande que maravilla! Serna se te ve venir!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  9. marpop

    De nuevo,yo también irrumpo en el blog. Como dijo Jack El destripador: “vayamos por partes”.
    Primero, al leerla primera parte del escrito, me he acordado de mi profesor del instituto de Filosofía, que ante la impaciencia que yo le causaba por no parar de hablar en sus clases, preguntando dudas, filosofando, dicho sea de paso, me apodó “Fidel Castro”, jajaja, siempre he sido una persona bastante locuaz, como el dictador.
    En cuanto a Eurovisión, sí, ya no es lo que era. Me gusta la ironía con la que se trata el festival en una película de Iván Zulueta (lo siento, no recuerdo el título) muy teatral, como no, en la que diferentes grupos pretenden presentarse al evento y los protas lo evitan por todos los medios acabando con ellos, en sentido literal, ya que ninguno según ellos está al nivel de un certamen tan importante: es gracioso ver a Fórmula V, Micky y los Tonys…en ese tinglado. Aunque algunos seamos más jóvenes, también podemos recordarlo con nostalgia, nostalgia de tiempos que no hemos vivido, ya ves.
    ¿Qué decir de el Terrat? ¿quién no conoce todos los personajillos que han ido creando? es normal tal y como va la televisión que a nadie se le escapen, queramos o no, seguimos en la España de pandereta, y oye, tiene su gracia en pequeñas dosis.
    Saludos PoP

  10. Anuncio

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    LUNES 25 DE FEBRERO, A LAS 14 HORAS, NUEVO POST EN ESTE BLOG:

    CARA A CARA. CONJETURAS Y DEBATES

    (Post in progress)

  11. Kant

    ¡No puedo privarme de una maldad!… todo sea por la historia de lo cotidiano o la memoria de los sin-historia… o por la envidia de no poder tener un SIMCA 1000 (en mi familia íbamos en Vespa… sí, sí, toooooda la familia en Vespa con “sidecar” – que se nombraba tal como se escribe, si-de-car – para luego “ascender” al SEAT 600)… La campaña de promoción vehículo del padre de don Justo tenía como lema el que él señala: “con mucho nervio” y entre sus virtudes destacaba la publicidad que era un “cinco plazas”. Aquella España que aún bostezaba con hambre atrasada sacó un chascarrillo para el vehículo Barreiros (aún no se lo había “comido” Crysler)… “SIMCA 1000, la chuleta del pobre: para cinco y con mucho nervio”… que tal era la carne que por aquel entonces se podía permitir un trabajador.

    Por otro lado, no seré yo quién salga ahora en defensa de Eurovisión pero mi amigo “Tribulete” – ese ser que está creciendo dentro de mí de una forma pavorosamente esquizofrénica – siempre atento a qué pasa fuera de nuestras fronteras me dice que para los países del Este sigue cumpliendo la misma función social que apunta el sr. Serna para la España de los sesenta: sentirse integrados en Europa. Una integración, claro, más allá de la evidencia de la geografía – una evidencia que se le niega a Turquía, por ejemplo – y de la política, sentir que se comparte algo sencillo, popular y cotidiano: una cancioncilla pachanguera. En fin, que no sólo se es europeo por tener todos a Copérnico como propio sino por compartir las horteradas de Cliff Richards sin que se nos caiga la cara de vergüenza… “Congratulations”.

    Por cierto, aprovecho el momento previo al “gran debate” Zapatero adv. Rajoy (ya veremos, ya veremos…) para dejarme abducir por “Tribulete” y, en un párrafo, les doy algún dato suyo para que no pierdan comba de lo que se va cociendo por el mundo mientras nosotros nos ensimismamos en las erecciones generales (Forges, “dixit in hillo tempore”):
    (1) Peligro para el sr. McCain por su lío de faldas de hace ocho años (éste es de los que protestaba contra la indecencia del sr. Clinton) y la desvergüenza de su mujer – doña Hilaria, precisamente – al salir a cubrirlo, aunque eso sea lo que a hecho su señora esposa… “o tempora, o mores” para los republicanos.
    (2) Salida de tiesto de la sra. Clinton al enfurecerse groseramente con el sr. Obama. Este le respondió estupefacto, incrédulo y extraordinariamente cortés. Me vino a la cabeza las mismas actitudes de la señora Royal y del sr. Sarkozy en su “cara a cara”… fue nefasto para doña Segolénè… y lo ha sido para doña Hilaria. En Texas se verán las caras. Es el último cartucho de la señora Clinton.
    (3) Para salidas de tiesto, don Nicolás de Francia, llamando a un ciudadano “pobre gilipollas” por negarse a darle la mano cuando él insistía en estrechársela. Lo más gracioso de esto es que su impopularidad no deja de crecer… ¡entre la derecha! que ya lo tiene fotografiado como un “stupide” petimetre agrandado. En el “Canard Enchainé” se mueren de risa con él.
    (4) En Alemania “Die Linke” (“La Izquierda”) – la formación producto de la fusión de los socialistas del SPD, los excomunistas del Este organizados democráticamente en el PDS y los militantes verdes desengañados de “Der Grünen” – crece silenciosa pero constantemente, nos decía alarmado “Euronews”, al ver los últimos resultados electorales en los “landers” federales.
    (5) El señor Putin insiste con el asunto de Kosova en la reunión de la CEI. Si vale para desmembrar a Serbia, vale para desmembrar cualquier otro estado… Pero lo más interesante es su última cita a la violación, ya no de la Carta de Helsinki del 72 – por la cual las fronteras interestatales de Europa eran inviolables y “eternas” – si no al derecho internacional fraguado en el XVI por ilustres humanistas. Y es que, gracias a la política internacional de los EEUU de América, que tan fielmente aplica Israel y Turquía, no se ha retrocedido a periodos preilustrados, es que ya estamos en los prehumanistas. Lo dicho, entrar al siglo XXI es entrar al nuevo medioevo… preparen los cascos y las espadas…

  12. Fuca

    Pues yo también soy de los del SEAT 600; me acuerdo que mis padres nos metían a sus cinco hijos (el sexto aún no había nacido y, cuando lo hizo, a mediados de los 60, cambiaron el vehículo familiar por un Morris) y nos paseaban por todas partes. Tiempos de escasez, aunque no de hambre; a mi casa no llegaban los filetes de ternera y los yogures, nos teníamos que conformar con los de cerdo y el pan con chocolate.

    Gracias, “Tribulete”, por toda la información que nos aportas. Hillaria no tiene nada que hacer, Obama se impone y ya nada puede oponerse a su victoria. Me alegro, aunque la que pierda sea una mujer; no me gustan las mujeres que adoptan poses masculinas para intentar ganar al electorado.

  13. luis quiñones

    Querido Justo:
    Escribo con el sonrojo de quien no puede evitar darte también las gracias a ti por mencionarme. Nunca había sido cita. Y bienvenido sea este “nuevo ser”, si viene de ti. No iba a escribir porque no me parecía demasiado correcto participar habiendo sido mencionado. Pero quiero superar esta vergüenza íntima para hacer público mi agradecimiento y también mi opinión sobre esta revisión de lo que somos a través de este concurso de la canción europea.
    Yo nací diez años casi después del Lalalá. Entonces ya no había pequeñoburgueses buscando arena por debajo de los adoquines de París. No obstante, hasta que me independicé de mi familia, el ritual de Eurovisión era casi más importante que la nochebuena o las campanadas del 31 de diciembre. Y también la decepción. Tengo como soniquete en el recuerdo el “guayominí du poin”, que nadie en mi casa sabía qué coño significaba, hasta que la sensual voz de la locutora lo traducía al cristiano refutando que el Reino Unido nos volvía a dar dos puntos de mierda.
    De ahí a la cultura friky, ha mediado una década, aunque ya era friky Remedios Amaya y Sergio Dalma con su horterada de bailar pegados, cosa que desde mis abuelos en las fiestas de la romería de su pueblo no se hacía ya. El salto al Chikilicuatre no ha sido tan cualitativo; lo único que aporta es el “humor” a lo Alcorcón, porque sabiendo que no ganaremos el concursito, quizás sea mejor reírse de la desgracia. Supongo que esta es la forma española de afrontar las derrotas. Recuérdese que cuando perdimos Cuba el ganador del concurso de disfraces en los Carnavales de Madrid fue un hombre que vestido de cerdo aireaba una bandera de los Estados Unidos junto al rabito retorcido que tienen los lechones, o sea, en el culo.
    Un abrazo, amigo Justo.

  14. Cultura de masas « Los archivos de Justo Serna

    […] No quería volver a tratar este asunto, pero como para algunos analistas estamos en una situación de emergencia la responsabilidad obliga. Hay un desconcierto creciente, mayúsculo, entre las elites culturales. Con su falso tupé, Rodolfo Chikilicuatre nos empitona. Es un fenómeno -porque Rodolfo… es un fenómeno-, algo que a todos desconcierta: a los listos y a los tontos, a los cultos y a los ignaros, a los severos y a los caraduras, que no sé si son los mismos. Incluso quienes estamos dispuestos  a no culparnos, quienes estamos preparados para divertirnos con la bulla, asumiendo lo kitsch y aceptando el triunfo inevitable del frikismo, un caso como éste nos pone en un brete. En efecto, Rodolfo and Friends son un aprieto para todos nosotros. Nos obligan a preguntarnos sobre muchas cosas. Piensen: más allá del producto, la circunstancia seguirá. ¿Y cuál es la circunstancia? El Terrat, la productora que inventó a Rodolfo, se ha propuesto disolver la severidad impostada, ha decidido convertir en rentable el choteo universal. […]

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