1. El Valle de los Caídos
Lo escribí y no tengo nada más –ni mejor– que añadir hoy, 20 de noviembre. Ustedes sabrán perdonarme. Quizá mañana pueda decir algo nuevo y significativo.
Franco, Lennon y Sinatra…
En 1959, John Lennon comenzaba a organizar en Liverpool el cuarteto que acabaría llamándose The Beatles. Por esas mismas fechas, yo nacía en una España de capitalismo intervenido y agropecuario, la España de la copla en la que los tecnócratas únicamente estaban empezando a proyectar un plan que nos sacara de la autarquía. Llegábamos tarde a casi todo y las bases del mercado libre que traería la sociedad de consumo, el rock, el pop, los adelantos y el bienestar material sólo estaban fijándose. Franco inauguraba el Valle de los Caídos con una alocución en la que la idea y la realidad de la Cruzada seguían siendo el estribillo más repetido, su cantinela.
“Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante”. Se trató de una batalla en la que hubo “mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva en que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?”, añadía Franco sabiéndose aureolado. Pero, a finales de los años cincuenta, esa batalla era una ofensiva inacabada, una acometida que ahora debía hacer frente a una peligrosa especie: los intoxicadores de la juventud. En Madrid se habían registrado las primeras manifestaciones estudiantiles y de fuera, del exterior, llegaban sones envenenados. “La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta”, advertía el Caudillo. “Periódicamente la vemos levantar cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretende envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”.
¡Ah, las novedades, esos afanes de los jóvenes que les hacen ser siempre curiosos! “Por ello”, concluía el Generalísimo, “es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. La España que estaba por abrirse y que, finalmente, lo haría gracias al fin de la autarquía y gracias al turismo aún estaba, sin embargo, seriamente vigilada y la lucecita de El Pardo iluminaba la senda moral del país. El Caudillo mostraba con sus advertencias hechas en Cuelgamuros, en el Valle de la Muerte, una gran perspicacia, consciente del cambio cultural que ya se atisbaba (esa música…) y que, de aceptarse, podía arruinar el espíritu de una raza, la Cruzada. Las cosas parecían empezar de nuevo para muchos…, ¿pero y para mí?
Cuando crecimos quienes habíamos nacido en 1959 tuve la impresión de que llegábamos tarde a casi todo y así, cuando yo descubría la música de los Beatles, sus hits y sus mejores logros, cuando yo advertía con asombro infantil qué gran pieza era Let it be, justamente en ese momento el grupo se separaba entre el rencor y el tedio de un éxito insoportable. Muchos años después, el ocho de diciembre de 1980, asesinaban a John Lennon, precisamente en el instante en que el cantante estaba reiniciando su carrera musical con un disco Double Fantasy, en la que se incluía una canción de titulo premonitorio y exacto: (Just like) Starting Over. Era ése el último año de la licenciatura que yo cursaba, justo cuando avizoraba mi futuro. Otra vez tuve la sensación de que la fatalidad me impedía disfrutar de mis contemporáneos, de ese Lennon tan sorprendente; tuve la impresión de que mi conocimiento sólo podría ser evocador, rememorativo, y con un significado distinto. La muerte…
La muerte siempre llega demasiado pronto, siempre acaba lo que aún estaba por desarrollarse. Pero la muerte reviste de sentido lo que se hizo en vida, pues parece darle a la existencia y a sus avatares desordenados, caóticos un valor retrospectivo. Hasta tal punto es así que se nos hace evidente, sucesivo y lógico todo lo realizado: como si su cierre, su consumación o su acabamiento invistieran con un significado particular aquello que se emprendió justamente contra la muerte, sólo pensando en prolongar la vida. La muerte, natural o violenta, convierte nuestras vidas en ‘casos’, en expedientes de los que sería posible saber todo aquello que conduce a ese final, de modo que las existencias particulares, sus aciertos y sus fracasos, pueden releerse como esos procesos que tienen el cierre previsto. Si lo pensamos bien, esta forma de hacer biografía es paradójica y dudosa: concebimos al individuo como un embrión en el que ya estarían prefiguradas las acciones que desarrollará, acciones que en conjunto tendrán sentido precisamente porque conocemos el final.
Si los Beatles llegaron a lo más alto, entonces la reconstrucción retrospectiva que hagamos de sus vidas sólo retendrá o detallará aquello que los llevó a ese cenit. Si Lennon murió asesinado por la chifladura mesiánica de un criminal, entonces todas sus letras y todas rebeldías parecerán anticipar ese final adelantado, esa muerte incomprensible. Justamente porque la muerte es incomprensible, un escándalo (como acostumbro a decir), es por lo que nos exigimos encajar las piezas y los pasos que le quiten absurdo al cierre, al acabamiento. Pero no hay nada que explicar, nada. Simplemente es eso: el fin.
El 12 de diciembre de 2005, si le hubiera ganado la batalla a la muerte, Frank Sinatra habría cumplido noventa años. Para mí, para mi gusto personal, The Voice es más importante que Lennon: a él le debo el mejor silabeo, las canciones con más swing, el concepto mismo de álbum, la noción estricta de la elegancia, con esos impecables trajes a medida que le hacían los sastres más afamados, con ese sombrero Fedora, con ese toque Borsalino, en fin, que yo siempre envidié y al que, lamentablemente, también llegué tarde. Sinatra nunca le tuvo simpatía a Franco, y de sus correrías con Ava Gardner en Madrid –en el Castellana Hilton– queda su vida disipada: esa que ya envenenaba y avivaba “de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de nuestra juventud”, como dijo después el General Franco. Por ello, como precisaría el dictador en 1959, era “necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones”. Franco no lo consiguió, no logró reducir a aquellas generaciones que irrumpían en los años sesenta, pero Frank supo educarnos en el vicio elegante, aunque fuera retrospectivamente. Con Lennon, además, aprendimos a soñar, a imaginar… Con ambos nos pudimos dar una nueva oportunidad. Había vida después de Franco.
Salud, camaradas.
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2. Otros comentarios A) B) y C)
A) Franco y Sinatra, 21 de noviembre de 2007
Qué diferentes son las sensaciones que transmiten las fotografías que encabezan. En un caso, vemos a un militar uniformado; en el otro, vemos a un crooner bien trajeado. Al primero le queda estrecha la guerrera; el segundo luce suelta la americana, que se adivina de buen paño. Mientras Franco da sensación de incomodo indumentario, Sinatra transmite liviandad: el primero lleva preceptivamente abotonada esa guerrera; el segundo ha aligerado el nudo de su corbata. Ambos hacen algo con sus extremidades superiores, como en espera. El militar parece estar en jarras (al menos, así pone su brazo izquierdo): retando o arengando, en tensión (pues no está propiamente en descanso, sino afirmándose ante una tropa que no vemos). Dirige sus ojos hacia el suelo, como evitando la mirada de alguien que está fuera de campo. Por el contrario, el cantante cruza los brazos, provocando un efecto de relajación: parece estar en silencio; parece estar en las nubes, aguardando que algo acabe en la sala de grabación. Dos formas de vida…
B) Otra foto del Caudillo que ya comenté apoyándome en Javier Marías (21 de noviembre de 2007)
C) Fernando Fernán Gómez, 22 de noviembre de 2007
El padre y el monstruo
Fernando Fernán Gómez nunca encarnó mejor la figura del padre que en El espíritu de la colmena (1973), un padre enigmático, silencioso, entre huraño y tímido, con un pasado que ignoramos: el padre de Ana, la niña que al ver la película de James Whale queda fascinada con el monstruo de Frankenstein. ¿Quién es el monstruo? ¿Son buenos los monstruos u obran mal porque son desdichados? En El espíritu de la colmena estamos en algún pueblo de Castilla en la temprana posguerra. El personaje que encarna Fernán Goméz se llama, precisamente, Fernando. En su figura se expresa el silencio: el dolor y la fatalidad de una dictadura.
De ese personaje dice Jorge Latorre: “Le suponemos un intelectual republicano, pues aparece retratado entre Unamuno y Ortega y Gasset; que se encuentra estancado en un contexto de exilio interior, en un entorno que no es el suyo, y que además parece regido por una leyes sociales que acepta porque no tiene más remedio, o simplemente, porque las ve inevitables, por puro fatalismo (como parte de la naturaleza,de la que no escapa el hombre). En su abulia intelectual, Fernando se aísla de la colmena social y la vez es parte de ella; finalmente quedará identificado con ese orden, al menos para su hija Ana, perdiendo así su ‘autoridad’ sobre ella”.
Fernando es un tipo derrotado que ha renunciado ya a toda rebelión en un contexto de puro aislamiento. Ana, la hija, descubre merodeando por su pueblo a un fugitivo que, en su inocencia, confunde con el monstruo bueno que ella quiso ver en Frankenstein.
La actitud entreguista o callada del padre resulta inexplicable para Ana. No sabemos si, tiempo después, la hija se reconciliará con el padre.
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3. Hemeroteca
Julián Casanova sobre el Valle de los Caídos
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4. Gratitudes
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Mañana viernes, 23 de noviembre, ‘a poqueta nit’, nuevo post





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