0. Feliz año nuevo para todos.
1. La sobrecubierta
Leo Zaplana. El brazo incorrupto del PP, un libro de Alfredo Grimaldos. Lo publica la editorial Foca (Grupo Akal). Puede adquirirse en distintas librerías, pero no en la página electrónica de El Corte Inglés. Leo en distintas webs que el volumen ha sido retirado de los anaqueles de novedades de sus edificios. He verificado que en Valencia no es así: que al menos en el centro comercial de Colón el libro figura en la columna de actualidad política junto a las Cartas a un joven español. ¿Puede hablarse de censura si no lo hallamos en su librería virtual? No puedo pensar tal cosa; no puedo creer que una gran empresa cometa esa torpeza electrónica. Ya lo dijo Voltaire en la tercera de sus Cartas filosóficas: el efecto de la intolerancia es aumentar el interés de lo censurado. «Las persecuciones no sirven casi nunca más que para hacer prosélitos», para incrementar su atractivo. De ser cierta, la noticia de la retirada forzosa de un libro agigantaría el deseo de poseerlo.
Pero, claro, la sobrecubierta del volumen es llamativa, bufonesca o hiriente. Podría entender el malestar del protagonista. Como podría entender también la desazón de aquellos que no quisieran indisponerse con el ex ministro de José María Aznar. Desde luego, ese frontis reclama la atención del espectador. Porque de eso se trata: de atraer al espectador, de convertirlo en comprador y luego en lector. De interpelar al visitante ocasional o habitual de la librería con una imagen y con un título suficientemente espectaculares. El biografiado aparece con gesto pícaro. Es un primer plano del protagonista que dice mucho: con la mano izquierda se tapa la boca, una boca que esboza una sonrisa; y a la vez, con ojillos desafiantes, examina a alguien que está fuera de campo. ¿Quizá un periodista inquisitivo? Las patas de gallo revelan un gesto chistoso y retador a un tiempo, la exacta mezcla de guasa y desdén. Pero no es esto lo más significativo: lo sorprendente es el reloj que aparece en dicha fotografía. Todo un Hublot Chrono.
¿Y por qué sorprendente? El reloj es una pieza carísima de varios miles de euros (no les diré cuántos): un objeto que podría figurar en un certamen de lujos cotidianos. Distingue a su portador, lo distancia, lo eleva y lo separa del resto con su «diseño elegante y deportivo», según leo en su página web. Mostrar ese adminículo sólo es posible para unos pocos. No es la pieza clásica o antigua de la familia: esa herencia, ese apreciado reloj del abuelo que todos los nietos ambicionan. No: este reloj suizo, famoso por su pulsera de caucho con «un delicado aroma a vainilla», es una maquinaria que sólo se remonta a 1980. Se trata, pues, de un ingenio reciente, una pieza muy valorada que triunfa entre las nuevas clases emergentes y entre algunas celebridades: Quincy Jones o Maradona o… Zaplana.
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2. Lujos ostensibles
«La posesión de riqueza confiere honor; es una distinción valorativa», decía Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa (1899). En las sociedades antiguas, la actividad depredadora era la tarea cotidiana y el hábito de las gentes. En las sociedad modernas, añade Veblen, «la propiedad acumulada reemplaza cada vez en mayor grado los trofeos de las hazañas depredadoras como exponente convencional de prepotencia y éxito». No es que ya no se conceda valor a la depredación: es que hay menores oportunidades de obtener esos trofeos bélicos, ese botín fruto de la rapiña. El hombre quiere distinguirse, pero en las sociedades modernas esto no suele lograrse con el hecho heroico o notable de la guerra. De ahí que la acumulación material consista, entre otras cosas, «en alcanzar un grado superior, en comparación con el resto de la comunidad, por lo que se refiere a fuerza pecuniaria». O, en otros términos, lo que es insaciable en el hombre no es la necesidad material, sino su reputación, su estima, su comparación valorativa: y éstas se logran en la sociedad capitalista con la riqueza ostensible, con esos lujos que prueban la calidad de su poseedor. No se trata de ahorrar, cosa que más o menos siempre hacen los seres humanos: de lo que se trata es de mostrar los logros personales, que son conquistas materiales.
El libro de Alfredo Grimaldos se habría beneficiado mucho si su autor hubiera empleado a Veblen para recrear la figura de Eduardo Zaplana, alguien que en sus páginas aparece como un nuevo rico. Si es cierto lo que leemos en Zaplana. El brazo incorrupto del PP, entonces tenemos a un caudillo moderno que hace de la acumulación y del derroche vicario su lógica. No se trata de destruir riqueza como gesto desprendido, sino de organizar la política como un potlach: como una fiesta exuberante en la que quien da espera recibir duplicado. Según esa lógica, se trata de invertir bienes y recursos públicos para ejemplificar y repartir dádivas, para prosperar personalmente, para tejer un red de beneficiados y paniaguados, de amigos políticos. ¿Es así Eduardo Zaplana? Si hemos de creer lo que Grimaldos dice de él, entonces buena parte de la descripción vebleniana se ajustaría a su figura. El autor nos muestra la suma de rapiñas, el repertorio de gestas depredatorias que hacen del personaje un George Duroy de nuestros días: un Bel Ami, ya no de Maupassant, sino de sí mismo. Es tal la retahíla de logros materiales, de beneficios vicarios, de gestos instrumentales, de maniobras indirectas; es tanto lo denunciado y lo condenado por algunos tribunales y medios, que sorprende la capacidad de dicho personaje para salir indemne. ¿Falsas imputaciones? Desde luego, el libro de Grimaldos habría ganado si no le hubiera puesto ese subtítulo escandaloso y enfático, innecesariamente sarcástico. Los contenidos del volumen son prueba abundante de lo que el autor quiere mostrar y demostrar.
Iba a continuar, pero qué quieren: regreso al volumen de Grimaldos y vuelvo a ver una versión moderna de los trepas del siglo XIX. En ese caso, vuelvo a pensar lo que escribí para Levante-Emv en mayo de 2007. «Yo no creo que Eduardo Zaplana sea un calco de esos personajes novelescos; tampoco creo que la suerte venidera del ex president de la Generalitat sea la de regresar a la cuna humilde de la que partió. Pienso que el señor Zaplana es un ciudadano intrépido que concilia envidiablemente provecho y utilidad, alguien que supo granjearse la admiración de sus correligionarios y al que su partido y los periódicos afines ahora pretenden postergar (…). Yo no creo que el señor Zaplana merezca esta suerte que le reservan sus antiguos partidarios: sería muy reparadora si viviéramos en un folletín, pero es tremendamente injusta si pensamos el empeño real que a todos sus amigos mancomunó». Insisto: ¿es Zaplana un personaje de folletín? Tengo la impresión de que estamos intoxicados por la literatura, razón por la cual aún vemos a nuestros contemporáneos con los perfiles de nuestros héroes alfabéticos. Seguramente, la vida es más simple y, por tanto, los políticos como Eduardo Zaplana se parecen más a personajes televisivos. Él mismo es un personaje televisivo… ¿A cuál de ellos encarna?
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3. Zaplana, entrevisto
¿Recuerdan Eduardo Zaplana, un liberal para el cambio en la Comunidad Valenciana, aquel libro de 1995? Su coautor Rafa Marí, el periodista que entrevistó al político, me interpela en Las Provincias. Supongo que su mención se debe al comentario que hice de su libro en un reciente artículo en Levante-Emv. Leo: «Entrevisto a Suso de Toro, autor de Madera de Zapatero (RBA), un ensayo sobre la personalidad del presidente del Gobierno. Es un libro que interesará mucho al profesor Justo Serna, muy atento a lo que él llama subgénero literario. Lo es. Rara vez tienen vuelo dialéctico estos volúmenes. Suelen ser productos de compromiso. Pero no está de más precisar que en algunos casos se trata de libros sobrios e informativos publicados hace 12 años sobre políticos en la oposición, y otros son entusiastas loas bien recientes de políticos en el poder. En ese punto, hay diferencias. Serna, librepensador inteligente, sabe ver esos matices. En sus crónicas los analiza siempre con objetividad. Estoy ansioso por conocer su opinión sobre Madera de Zapatero. Seguro que si algo no le gusta, lo dirá, igual que hizo la semana pasada Antonio Elorza. El problema somos nosotros y nuestras ambiciones».
Respuesta: Apreciado Sr. Marí, le remito la lectura que de Madera de Zapatero he hecho. Espero no decepcionarle con mi escueto análisis. Decía usted en Las Provincias que estaba ansioso por conocer mi opinión sobre Madera de Zapatero. Aquí la tiene: en Levante-Emv no va a poder ser. Ni en corto ni en largo. Pero sí en este blog.
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4. Hemeroteca histórica de Justo Serna sobre Eduardo Zaplana:
-«La retirada de Zaplana«, Levante-Emv, 19 de noviembre de 2007
-«Zaplana«, Levante-Emv, 4 de mayo de 2007
-«Route Zaplana«, Levante-Emv, 29 de agosto de 2006
-«Eduardo Zaplana, ficción y dicción«, El País, 9 de abril de 2004
-«El portavoz«, El País, 23 de diciembre de 2003
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5. Colofón de Alfons Cervera sobre Eduardo Zaplana:
«El tiempo dirá si al final prescriben los posibles delitos del honorable presidente o se celebra el juicio que decidirá dónde habrá de pasar el tiempo que vendrá después de la sentencia: si en su casa de lujo o en la cárcel. Minuto arriba o abajo de donde se ubica el tiempo de Zaplana: quizá cuando ya no mande nada a partir de marzo lo veamos metido en los berenjenales de algún juzgado valiente, pues valiente ha de ser quien se meta a desinfectar el lodazal de sus aviesas andaduras. Queda para el testimonio el libro “Zaplana. El brazo incorrupto del PP”, del periodista Alfredo Grimaldos. Da gusto y repelús a la vez leer la vida y milagros del portavoz de Aznar en el Parlamento…» Levante-Emv, 30 de diciembre de 2007.
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6. ¡Viva el laicismo disolvente!
«Los clérigos no tienen derecho a convertirse en jueces de quienes no formamos su rebaño, no tienen derecho a dictaminar sobre lo que creemos quienes no creemos y no tienen derecho a imponernos sus metáforas. Resulta sorprendente que estas cosas tan sabidas tengan que ser recordadas… Quizá García-Gasco o Carles, tan dispuestos a enojarse con los laicos, debieran repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente ¿En qué creen los que no creen? Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica».



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