1. De elefantes. De partidos
¿Qué se puede decir de lo que está ocurriendo, de las informaciones políticas que nos llegan, de la campaña electoral? ¿Qué se puede decir que no hayamos dicho ya? El creciente hostigamiento es previsible; la absoluta desaparición de la cortesía, también. Se libra una guerra de agotamiento, de tenacidad (permítaseme la metáfora). En una circunstancia así, los choques se dan en todos los frentes, a todas horas y en todo tiempo. En un cierto sentido (pero sólo en un cierto sentido), podríamos pensar que esta circunstancia recuerda a lo que pasaba durante la Guerra Fría (por cierto, no se pierdan un ensayo de síntesis escrito por Álvaro Lozano, que he disfrutado: bien informado y entretenido).
Durante aquel conflicto de las superpotencias, el enfrentamiento entre los bloques se libraba en Europa, aunque también en Asia, en América y en África. El choque se daba entre dos industrias armamentistas: entre el complejo militar-industrial estadounidense y la dirección político-bélica soviética. Se daba también entre modelos políticos, sociales, culturales, que se presentaban ciertamente como alternativos, como opuestos e inconciliables. Esa guerra fría sin obligaba al alineamiento y, por tanto, a marchar todos juntos contra el enemigo: prietas las filas y sin concesiones. Ahora bien, en la Guerra Fría había unas reglas implícitas que no rigen ahora exactamente. Por muy duro que fuera el choque, el arma nuclear hacía improbable una colisión frontal. O, como dijera Raymond Aron, la paz era imposible, pero la guerra era improbable. Ello obligaba a todo tipo de negociaciones que impidieran un desenlace bélico: pero eran negociaciones con adversarios armados hasta los dientes, amenazantes.
Ahora, en plena campaña electoral, ese lenguaje de Guerra Fría lo ha sabido expresar y recuperar muy bien Manuel Pizarro. El candidato número dos del Partido Popular comentaba la última reunión de Londres a la que no había sido invitado José Luis Rodríguez Zapatero. Manuel Pizarro atribuía la ausencia de España en la reunión de las potencias económicas europeas a que «no pinta nada» en la Unión Europea. «Sólo se respeta a quien se teme, al competidor que te quita clientes, al que de verdad tiene algo que aportar», concluyó. La descripción es bien gráfica: respeto y miedo son indisociables; la política es mercadeo.
En la campaña electoral española, la paz es imposible y la guerra es más que probable. Metafóricamente hablando, claro. Por eso, los contendientes han de estar permanentemente en guardia: empleando su propio lenguaje, sus propios marcos de referencia; obligando al enemigo a combatir con elefantes o a hacerle creer que esto que ahora ves es un elefante, como diría George Lakoff en una de sus metáforas ahora más conocidas. Este autor ha sido objeto de vilipendio, justamente por haber entrado él mismo en la batalla electoral que se libra en España: es uno de los asesores internacionales del partido socialista y ello ha provocado la rechifla ignara de algunos columnistas de Abc. De Lakoff leí tiempo atrás Metáforas de la vida cotidiana, un libro complejo aunque muy útil para averiguar cómo abordamos ordinariamente la realidad valiéndonos de mapas, de imágenes, de esquemas que nos sugieren cursos de acción. Metaphors We Live By era el título original. Pero dejemos de momento a Lakoff para regresar al campo de batalla. Hay que estar permanentemente en guardia, decíamos: batallar sin desmayo, sin descanso. No debe haber descuido que pueda ser aprovechado por el enemigo: un momento de duda, un instante de incertidumbre que acabe beneficiando al contrario es el principio de la derrota. Pero tampoco puede confiarse quien obtenga esa victoria (de momento pírrica): un contragolpe puede desarbolar las defensas del oponente. Guerra…
Irreparable y presumiblemente, las metáforas con que me expreso son ésas: no sólo por falta de imaginación (que, ay, también se agota), sino porque en campaña los candidatos se combaten propiamente, se enfrentan para ganarse el favor de un público, de una clientela. Y los choques que se están dando son los propios de una guerra de posiciones y de una guerra de movimientos. Hemos ganado un territorio que no podemos ni debemos abandonar. Estamos agazapados en nuestras respectivas trincheras, aguardando el descuido del enemigo para lanzarle un obús o para azuzarle los elefantes: un choque que provocará numerosas bajas, pero no su derrota total. Al menos, de momento. Para alivio de todos y a diferencia de la guerra, el combate electoral tiene fecha de cierre: habrá unos vencedores y habrá unos derrotados y con ello se dará fin al combate abierto y a las escaramuzas.
¿Seguro? Imaginen un empate entre ambos partidos o un desenlace sin resultados contundentes. Nadie se dará por vencido y la resaca posterior al 9 de marzo aún será peor que la ebriedad electoral. O imaginen una derrota clara de uno de los dos candidatos, de su oferta: entonces la rabia, la ojeriza y el malestar serán manifiestos. Si ocurre eso, el líder vencido será inmediatamente cuestionado, viviendo su partido un período convulso, lleno de incertidumbres que a todos nos afectarán, claro: condicionará el conjunto del sistema democrático y, además, el hostigamiento y el probable rencor contra quien gane seguirán. Es una banalidad metafórica, pero resulta definitivamente cierta: los partidos políticos son maquinarias pesadas de las que oímos el ruido de sus engranajes. Mientras se gana, todo funciona como un resorte bien engrasado; cuando se pierde, todo chirría, amenazando el conjunto del mecanismo. O quizá los partidos son como elefantes (que tantos servicios prestaron en las antiguas guerras): barritando…, temibles en ataque, en sus embestidas; pero lentos y torpes cuando deben correr o rehacerse rápidamente.
Qué curioso. Digo esto y veo cuáles son las consecuencias imprevisibles de la metáfora: por una parte, los elefantes de combate lo devoran todo, pues son prácticamente insaciables (necesitando comer kilos y kilos de forraje); por otra, estas bestias tienen, además, una peligrosa tendencia a la estampida. En la antigüedad, un ejército podía quedar desarbolado precisamente por los elefantes: su estampida dejaba inermes a los soldados que los montaban. ¿Habrá estampida tras los resultados electorales?
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2. El cementerio de elefantes
Próxima la fecha de los comicios, la Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado. Su Comisión Permanente ha publicado una Nota ante las elecciones de 2008. El Partido Socialista ha respondido con dureza. Ha aprobado un Comunicado del PSOE en respuesta a la nota de la Conferencia Episcopal sobre las elecciones. Se aprecia una gran irritación entre los dirigentes de dicho partido. ¿Hay razones para ello? Resulta cansado regresar a la Iglesia. Quiero decir, a tener que tratar de moral católica cuando hace años que abandonamos el rebaño. Pero me obligo y leo el documento. Hay dos puntos que parecen especialmente redactados contra los socialistas, contra quienes con tanto malestar se han expresado. Son el 4º y el 5º. Léamoslos:
-«Si bien es verdad que los católicos pueden apoyar partidos diferentes y militar en ellos, también es cierto que no todos los programas son igualmente compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana, ni son tampoco igualmente cercanos y proporcionados a los objetivos y valores que los cristianos deben promover en la vida pública«.
-«Los católicos y los ciudadanos que quieran actuar responsablemente, antes de apoyar con su voto una u otra propuesta, han de valorar las distintas ofertas políticas, teniendo en cuenta el aprecio que cada partido, cada programa y cada dirigente otorga a la dimensión moral de la vida. La calidad y exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas. No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo«.
La moral es el criterio que nos permite distinguir el bien del mal: lo bueno de lo malo, lo correcto de lo inadecuado. Cuando emprendemos una acción, cada uno de nosotros puede y debe juzgarla de acuerdo con un criterio que siendo personal pueda predicarse para toda la humanidad. La jerarquía católica tiene derecho a dictaminar sobre la moral de los creyentes de acuerdo con sus propios criterios: punto número 4. ¿Pero por qué no señala directamente cuáles son esos partidos políticos contrarios a los objetivos y a los valores cristianos? Es aún más insidiosa, sin embargo, la formulación del punto número 5, aquella en la que se establece una acusación genérica (que, por genérica, es bien concreta): la que permite insinuar que los gobernantes no se atienen al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo. La recta razón y la experiencia histórica de cada pueblo no son metáforas… o son algo más que metáforas: son perífrasis evidentes que evitan llamar a las cosas por su nombre. Traduzcamos: la recta razón es la moral dictada por el Vaticano, y la experiencia histórica de cada pueblo es la catolicidad de España. Por eso, la auténtica conclusión de la nota electoral de los obispos es el punto 7º. Dice así:
-«No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna«.
Lo dije y lo vuelvo a repetir: estos obispos levantiscos deberían «repasar aquel librito epistolar que firmaron Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, diez años atrás. Se titulaba justamente «¿En qué creen los que no creen?». Como señalaba Eco, la dimensión ética de lo humano no comienza cuando Dios nos da la mano (por emplear las palabras de Agustín García-Gasco), sino «cuando entran en escena los demás», de los cuales esperamos aprobación, respeto, tolerancia. Pero el reconocimiento de los demás, esos a los que debo ese trato, no es evidente: nos ha costado siglos de civilización salir de Edén para considerar a los otros como próximos. «Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente», añadía Eco con ironía. Y es que tolerar a los demás, respetar en ellos lo que nos incomoda, es un fruto ético que ha exigido mucho tiempo de riego, de dique cultural y de contención metafórica».


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