0. Supermartes (miércoles, 6 de febrero)
Tenía la intención de comentar las incidencias del Supermartes, de extenderme sobre los resultados y su complejidad. No podré hacerlo. Una indisposición pasajera (espero) me tiene aturdido. Creo que deberé regresar sobre Obama en otra circunstancia, quizá en otro post. Ahora les dejo con lo que ya había escrito sobre su libro, totalmente insuficiente, pues son numerosos los asuntos debatibles. Otra vez me vuelve a faltar fuelle. Espero estar a tono el jueves 7 de febrero, a poqueta nit.
–El País Abc El Mundo Público La Razón
–New Yor Times Los Angeles Times
–Barack Obama Hillary Clinton John MacCain
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1. Barack Obama
Leo el libro de Barack Obama, La audacia de la esperanza (The Audacity of Hope, 2006). Es un libro extraordinariamente interesante y discutible en muchas de sus partes, como Francisco Fuster señala en una precisa reseña que publica Ojos de Papel. No siempre puede aceptársele a Obama cómo plantea las cosas y cómo espera resolverlas, pero al leerlo quedo impresionado por el nivel cultural, por la preparación, por el orden expositivo, por el realismo analítico del autor. No estamos sobrados de candidatos tan refinados y a la vez tan accesibles: de gran solidez argumental y de modestia humana, muy humana. Una lástima que la traducción y la edición de Península sean defectuosas, con errores expresivos, con descuidos imperdonables (algunos de los cuales precisaré).
Obama es un antiguo profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Chicago, luego senador y últimamente uno de los demócratas que se postulan para la candidatura presidencial. Es alguien que se toma en serio los textos fundacionales de la democracia americana, pero a la vez es alguien que no olvida la segregación, el estigma de la raza. Sus páginas revelan a un político moderado y audaz: audaz en el sentido de criticar las incercias de su propio partido y en el sentido de asumir algunos logros necesarios que habrían traído los republicanos. Desde la perspectiva europea podríamos decir que es un socialdemócrata, un reformista que, sin embargo, no quiere fiarlo todo al intervencionismo.
El título de volumen me incomoda especialmente. Ese rótulo parece el de un libro de autoayuda. O, incluso: para nosotros, en la Europa laica que el Papa deplora, esa palabra tiene resonancias previsiblemente religiosas. ¿Es así? En primer lugar, es un libro de autoayuda, personal y americana: desde luego, el volumen de Obama está pensado como un acicate tras el conservadurismo; o como un bálsamo contra las erupciones de Bush. El antiguo profesor relata su trayectoria personal, y, a la vez, detalla y sintetiza el proceso histórico de su país. En segundo lugar, esta obra tiene esas resonancias religiosas que conjeturábamos. Obama no oculta sus creencias, pero está lejos de profesar políticamente una confesión: para él, la religión es una argamasa civil, pero un mandatario no puede hacer del cristianismo su moral pública. La propia diversidad de los Estados Unidos lo exige. Por tanto, esperanza –en el libro de Obama– es otra cosa. En la Norteamérica que aguarda el fin de la Presidencia Bush, la esperanza de un cambio a mejor es un propósito político: ojalá que, además, sea un alivio. En todo caso ya veremos qué nos depara la carrera presidencial. Mientras tanto le acepto a Obama esa concesión al vocabulario credencialista: quizá esperanza sólo sea aquí un modo de exigencia, un intento de devolver la confianza política, que es algo muy distinto. En la esfera pública, la confianza es esa certidumbre que dispensamos a nuestros gobernantes porque cumplen sus compromisos, porque son sensatos, porque actúan racional y razonablemente.
La sobrecubierta
Hablando de confianza…, llama la atención la imagen con que se presenta el libro en su versión española. El severo rostro de Barack Obama, en primer plano, está partido y repartido entre la cubierta, el lomo y la contracubierta, con un fondo difuminado de colores bien patrióticos: en la portada se distinguen las barras y en la trasera las estrellas. En la edición estadounidense, por el contrario, nada es igual. Vemos al autor, también: pero ahora sentado, relajado, sin corbata, esbozando una sonrisa, como un vendedor tranquilo dispuesto a ofrecernos un producto con garantías. Esto que digo no es un tópico perezoso. En Estados Unidos, la confianza comercial es decisiva. «¿Le compraría a este hombre un coche usado?», reza un célebre eslogan político de la época de Richard Nixon. ¿Recuerdan a Lee Iacocca, aquel ejecutivo de Ford que pasó a Chrysler tras su despido? Hace muchos años leí su Autobiografía, un interesantísimo volumen en el que relataba cómo había conseguido invertir la desconfianza que despertaban ciertos automóviles de la marca tras su prolongada crisis. Tuvo una idea y la llevó a la práctica desoyendo los consejos de sus asesores y publicistas. Para vender un Chrysler, pero sobre todo para transmitir franqueza, lo mejor no era un actor comercial que desempeñara su papel en el spot de acuerdo con un guión. La mercadotecnia ideal era la que encarnó el propio Iacocca: él mismo vendía a través de la tele, asumía los valores que la marca representaba y se jugaba el prestigio haciéndose portavoz. «Si encuentra un coche mejor, cómprelo», decía Iacocca mirando fijamente a la cámara. Hoy, la puesta en escena política se parece cada vez más a un acto de mercadotecnia. Hay que despertar confianza, credibilidad, efecto de franqueza, cosa que no reprocho. Sin duda, la respuesta del electorado dependerá en uno u otro caso de la impresión que el candidato cause.
Interludio español
En España, que ya esté pasando eso (el triunfo de la mercadotecnia) provoca el malestar de analistas y comentaristas contrarios a Rodríguez Zapatero. Al candidato socialista se le presenta como un malabarista, como un seductor incluso, ducho en el arte de encubrir lo que pasa, cosa que podría vislumbrarse si los ciudadanos no fueran tan cortos de vista. O se le presenta también como un tipo capaz de cautivar en la distancia corta, de reducir la hostilidad previa con que se le interroga. Un día y otro también algunos columnistas de Abc se lamentan sin comprender por qué si el presidente lo hace tan mal aún concita tantos apoyos. ¿Será porque los españoles no votan palpándose el bolsillo? ¿Será porque sólo piensan el sufragio en términos ideológicos?, se pregunta Ignacio Camacho. Por su parte, en la entrevista que La Razón ha publicado el 3 y el 4 de febrero, los periodistas admiten la habilidad del presidente para dar siempre su mejor perfil, para salir airoso de preguntas embarazosas, para mostrarse simpático y facundo y extremadamente cortés con sus interlocutores.
Leer a Obama en español
He leído el libro de Obama y, francamente, creo que este volumen que tanto informa sobre el estado de la política americana es un texto imprescindible para entender la última legislatura española. La tensión, la crispación, la fractura entre los partidos. Francisco Fuster me hace memoria y me recuerda que él me dijo eso expresamente. Admito haber olvidado esa precisión. Sin duda, he tenido la misma impresión, pero es mejor así: a cada uno lo suyo. O como dijo Leonardo Sciascia en aquel libro que leímos cuando aprendíamos italiano: A ciascuno il suo.
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2. Lunes, martes…, Nicolas Sarkozy
Mientras escribo sobre la esperanza que profesa Obama, pienso en otro político que también hace suya esa expresión. Sin duda, con un sentido diferente. ¿Recuerdan aquel libro de Nicolas Sarkozy? Su título: La República, las religiones, la esperanza, un libro-entrevista de 2004 cuya edición española contiene un prólogo de José María Aznar. En el volumen de Sarkozy me incomodaba especialmente dicha voz, la esperanza: emplearla así, en este contexto, era darle al discurso un sentido trascendente a lo que por fuerza es o debe ser bien mundano, la laicidad republicana. La verdad es Sarkozy hacía unos extraños volatines para hacer coincidir esa virtud cívica aconfesional con la idea providencial. «El ideal republicano no da satisfacción a la necesidad espiritual, a la esperanza», precisaba. La primera vez que leí esa declaración, repetida una y otra vez en su libro, me provocó estupor, justamente porque el político mezclaba lo civil y lo religioso. Pero, releído ahora, encuentro pasajes que anticipan lo que después ha hecho el presidente francés. «La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación», añadía. «El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore», apostillaba. Veo algunas de las fotografías de Reuters que se han difundido tras el enlace de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni, instantáneas tomadas en una terraza en el jardín del palacio de Versalles cerca de París, el 3 de febrero de 2008, y no puedo más que confirmar que sí, que «el hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore».
¿Gramscismo?
Hay algo de Antonio Gramsci en el activismo de Nicolas Sarkozy, según el mandatario francés reconoce. En efecto, ahora que Anaclet Pons y yo estamos acabando nuestra antología, traducción y edición del filósofo y líder italiano, hemos podido constatar el peculiar gramscismo de su discípulo. Según confesaba Sarkozy a Le Figaro el pasado 17 de abril: »Au fond, j’ai fait mienne l’analyse de Gramsci : le pouvoir se gagne par les idées. C’est la première fois qu’un homme de droite assume cette bataille là«. ¿Gramscismo? Concebir el terreno de las ideas como frente de combate no es gramscismo propiamente dicho: es una herencia de la Guerra Fría y es lo que los neocon han recuperado ahora: el intelectual José María Aznar lo ha entendido perfectamente, según yo mismo he podido analizar. No, el gramscismo no es ése: lo que convierte a Sarkozy en discípulo paradójico del líder comunista italiano es su concepción de la hegemonía. Dominar el espacio de la comunicación política, incorporar elementos heterogéneos o adversos para desactivarlos, ejercer la dirección: algo más que agit-prop.
Los viejos bolcheviques, los viejos leninistas, funcionaban con la consigna. La consigna traduce verbalmente una fase de la táctica revolucionaria. Es un concepto movilizador que expresa clara, sintética y eufónicamente un objetivo, el más importante del momento. Todo ello bajo la forma de contraseña: una clave que reconocen los connaisseurs. El bolchevismo distinguía dos tipos de agente: los propagandistas y los agitadores, distinción de Plejánov que Lenin discutió en ¿Qué hacer? El propagandista, indicaba Plejánov, comunica o inculca muchas ideas en una sola persona o en un reducido número de personas. El agitador, por el contrario, no comunica o inculca más que una sola idea o un reducido número de ideas en una gran masa de personas.
Gramsci hizo más compleja esa distinción y su concepto de la hegemonía es la versión marxista de los marcos de referencia que hoy en día estudian los comunicólogos. En la lucha política hay que dictar la agenda, establecer el cuadro de discusión, nombrar las cosas. En la confrontación ideológica hay que ocupar el espacio. Desde luego, Sarkozy ocupa el espacio. Lo que no sabemos es si eso le hace hegemónico.
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3. Hemeroteca literaria
-La poesía y la reflexión de Miguel Veyrat en Ojos de Papel (2008):
-Tribuna de Justo Serna en Ojos de Papel (2008):
Miguel Veyrat: el fuego de la cigarra
-Grand Tour (El blog de Anaclet Pons)




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