1.Deliberación
Meses atrás, justamente cuando nos disponíamos a votar en las elecciones municipales y autonómicas publiqué un artículo en el que citaba al pensador estadounidense John Dewey. Ahora, cuando estamos tan cerca de otros comicios y cuando la experiencia americana de las Primarias nos hace redescubrir el valor deliberativo de la democracia, regreso a sus palabras, extraídas de una recopilación que pude leer años atrás: Liberalismo y acción social.
John Dewey hablaba de democracia creativa para referirse a la deliberación ciudadana: el proceso de discusión, el procedimiento compartido y aceptado que nos permite debatir las ideas a partir de un marco común, exponiendo, argumentando, razonando. Seguramente no es preciso llamarla así: democracia creativa. Inquieta esa calificación. Lo creativo en política no siempre da buenos resultados: las ideaciones más audaces en lo público y lo colectivo se fundamentan en convicciones, y los principios están muy bien siempre que se acompañen de responsabilidad. Debemos calcular cuáles son las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, en Dewey, la democracia creativa no es mero utopismo: es la acción responsable de quien se implica, expone sus ideas y sus principios (políticos o incluso religiosos) esforzándose en argumentarlos. O, en los términos de Barack Obama, «lo que sí exige nuestra democracia deliberativa y plural es que los que están motivados por la religión», o por otras creencias o fundamentos, «trasladen sus preocupaciones a unos valores universales en lugar de específicos. Se requiere que sus propuestas estén abiertas a debate y sean permeables a la razón».
Por eso, deberíamos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo», había escrito Dewey en 1939. En efecto, deberíamos adquirir «el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, insistía el norteamericano. Leídas hoy y aquí, tal vez esas palabras nos resulten excesivas. En España, la implicación deliberativa de los ciudadanos no es algo relevante. A ello han contribuido, sin duda, los pésimos ejemplos que nos han dado algunos de nuestros representantes: la corrupción pública o los enriquecimientos escandalosos retraen a los ciudadanos políticamente honrados. Pero también desmotivan el estrépito mediático, la estigmatización del contrario, la destrucción semántica del rival: eso es algo bien distinto del debate civil.
“Me inclino a creer», decía otra vez John Dewey, «que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey. Hace unos pocos días estuve con otras personas… en una reunión libre de vecinos. Nos congregamos unos sesenta comensales con el fin de discutir sobre la circunstancia política. Era una convocatoria hecha a través de Internet, por correo electrónico: en red, pues. Tres ponentes debíamos iniciar las intervenciones con nuestra reflexión o crítica. Yo hablé de la manipulación, de la mentira, de la ganga oral que en campaña tan frecuentemente nos rodea. Tras los primeros parlamentos llegó el momento de la cena; después, la serie de preguntas y discusiones que completaban la velada. La tertulia en la que participé tenía algo de conspiración entrañablemente antigua y contradictoriamente liberal. Liberal, en la acepción de Dewey: comunitaria, republicana, progresista. Y liberal en el sentido propiamente español y decimonónico: el espacio público del primer Ochocientos comenzó con tertulias menesterosas en tabernas municipales en donde los ciudadanos hacían comensalismo y liberalismo.
Pero estamos en otro tiempo: estamos en la época de la mediatización absoluta de la experiencia. Nada hay ya que no pase por la comunicación masiva y por la globalización, por la representación, por la televisión.
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2. Televisión
Acaba de hacerse público un Manifiesto… en el que se critica la manipulación, el mal uso de ciertos medios públicos: concretamente, en la televisión valenciana. Un manifiesto: nos fuerzan a volver al primer liberalismo, a los inicios del liberalismo revolucionario, cuando los ciudadanos levantiscos vejados debían publicar hojas volantes para denunciar el mal gobierno del absolutismo. En fin… Pero regreso a la actualidad. Cuando tuve conocimiento de que se estaba elaborando dicho texto, lo firmé sin rechistar. Desde luego, siempre hay aspectos con los que no estás exactamente de acuerdo o que habrías expresado de otro modo. Ahora bien, es tan insoportable esa manipulación (que ya se prolonga muchos años, prácticamente desde sus inicios), que me he guardado mis pequeños reparos. No suelo firmar manifiestos, pero el escándalo de Canal 9, de sus programas informativos, supera lo visto en cualquier televisión pública. Ya escribí sobre este asunto años atrás: como otros muchos, que se han pronunciado sobre las manipulaciones de la tele valenciana. Sin ningún resultado, claro, y con un creciente escepticismo: la prueba de que los artículos que uno publica no sirven para gran cosa es que el motivo de las críticas sigue vigente mucho tiempo después: pero ahora peor. ¿Tiene remedio la televisión? Punto y aparte.
Para quienes impartimos clase en la Universidad; para quienes hablamos en público; para quienes escribimos en prensa o en Internet, la intervención deliberativa supone siempre un esfuerzo: un esfuerzo de razonamiento, de contención, de moderación… en una reunión libre de vecinos o en las aulas. Hoy mismo me lo reprochaba un alumno que cursa estudios de Comunicación Audiovisual: «es usted muy moderado, parece que no se moja», me decía. ¿Que no me implico? Una cosa es la cortesía, la formalidad, que nunca han de perderse; y otra distinta es la reflexión crítica, que también ha de hacerse con toda la sutileza de la que seamos capaces. Desde luego, uno no siempre consigue hacerse entender, pero tampoco se trata de abandonarse a la agitación o a la intoxicación: como tampoco se trata de sumar adhesiones pronunciándonos sectariamente. Hay que argumentar, trasladando preocupaciones particulares y legítimas a unos valores que puedan universalizarse, que puedan ser discutidos por quienes no comparten nuestros juicios. Eso es el espacio público democrático, el lugar en el que el disidente es respetado.
Por eso no puedo sino condenar los ataques sufridos por María San Gil, por Dolors Nadal, por Rosa Díez en distintos recintos universitarios. En distintos recintos universitarios. En una democracia no hay derecho alguno a reventar actos legales, a amenazar. Jamás me ha parecido bien que unos vándalos puedan impedir actos de expresión, de reflexión: convengamos o no con lo que allí se expone. Por otra parte, como estamos en la sociedad mediática que todo lo retransmite, la violencia y la intimidación de unos cuantos gritones o matones son muy apetecidas por las televisiones… hasta que las próximas amenazas reactiven o actualicen el deplorable espectáculo. Parece inevitable: la televisión y el periodismo dan cobertura informativa a quien con estrépito agrede.
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3. El primer debate televisivo. Pizarro vs. Solbes (jueves, 22 de febrero)
A las 21 horas, Pedro Piqueras entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero en Tele 5. Se inicia oficialmente la campaña electoral y los candidatos van a multiplicarse concediendo interviús y enfrentándose en debates. Corremos el riesgo de la saturación: el peligro de quedar anegados por el exceso. ¿Hay alguien que todavía precise más datos y más información? Al parecer, las cadenas de televisión, los periódicos, las emisoras de radio necesitan alimentarse con este material previsible: los espectadores nos congregamos y subimos las audiencias. Por otra parte, quizá el empate que registran los sondeos pueda romperse según cómo queden los candidatos, en entrevistas y en debates. Pero lo que da bien en televisión no es necesariamente la argumentación. O la verdad o la deliberación: lo que da bien en tele es un efecto de representación (que no es necesariamente falso). ¿Cuál es ese efecto?
El que se logra con el dominio de la escena, con la seguridad expositiva, con el sosiego, con la mesura. Son las 23:30 horas del jueves 21 de febrero. En el debate que he seguido en Antena 3, como espectador he tenido la sensación de que Pedro Solbes manifestaba equilibrio y contención, un control de las cifras y de los datos realmente imbatible. Es la impresión, insisto. Tanto es así, que Manuel Pizarro ha debido adaptarse a los términos de una discusión que siempre ha marcado el candidato del Partido Socialista. No me pregunten por la materia económica, de la que tengo pocos conocimientos. No me pregunten por grandes cifras, cuyas magnitudes frecuentemente ignoro. Pregúntenme por los términos de la representación televisiva. Cuando el contendiente debe acoplarse a lo que tú dices, entonces es que llevas la delantera. A un inquieto Pizarro, Solbes le ha dado lecciones de serenidad. La prueba es que la contundencia o el ataque del candidato popular sólo han asomado en dos ocasiones y más bien parecían una rabieta o malestar ante el bastión inconmovible de Solbes. A la postre, el debate ha discurrido con cortesía y con poca verbosidad. ¿Cómo lo percibirán los espectadores?
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4. Las reacciones (viernes, 22 de febrero)
–Según la encuesta de Antena 3, el 47,4 % de los espectadores da la victoria a Pedro Solbes frente a un 37,1 %.
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5. Hemeroteca-Biblioteca
El bosque de la información, por Anaclet Pons, miércoles, 20 de febrero de 2008.


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