1. La horma del zapatero (01:11, 10 de marzo)
Durante meses, qué digo meses: durante años. Ha sido durante cuatro años. El Partido Popular no ha hecho oposición, sino recreación de la realidad, tratando de ahormarla a sus deseos, como un zapatero terco. Durante dicho período, el PSOE ha acertado y ha cometido errores; ha tomado decisiones sensatas y ha adoptado otras verdaderamente discutibles. Lejos de combatir lo equivocado, en ciertos sectores del PP –y entre sus columnistas más acérrimos– creyeron posible rehacer la realidad, reacomodándola a su propia versión. Más aún, creyeron posible hacer chanza de José Luis Rodríguez Zapatero, deslegitimándolo, ahormándolo otra vez, presentándolo como un pelele, como un pérfido, como un déspota, etcétera. Todo ello a un tiempo, sin reparar en lo contradictorio de esos términos. Tanto exageraron que lograron atraer mi atención por el curso cotidiano del Gobierno; tanto denostaron que consiguieron preocuparme por asuntos de política ordinaria que generalmente no suelen interesarme. Desde hace cinco o seis años han conseguido movilizar o despertar a quienes no somos militantes ni acérrimos seguidores. Si han sido incapaces de rebasar a un Gabinete tan mediocre (en su opinión); si han sido incapaces de hacer llegar su crítica más allá de los afines…, entonces es que hay un error de cálculo verdaderamente grave: han confundido la realidad y el deseo, la base y el molde, insisto. Acabo de escuchar a distintos analistas conservadores en Intereconomía TV: sus rostros expresaban desolación e incomprensión. Unos proponían un congreso extraordinario para encontrar caras nuevas; otros propugnaban un acuerdo parlamentario del PP y del PSOE para concordar los grandes temas de Estado; otros aceptaban resignadamente el techo electoral del Partido Popular. Se les veía preocupados: Carlos Dávila, Isabel Durán, Román Cendoya, etcétera. Por primera vez no sonreían: pero no era la suerte de España lo que les preocupaba, sino el porvenir del PP. Espero y deseo que el Partido Popular encuentre su horma…
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2. Malestar, un profundo malestar (13:09, 10 de marzo)
Lees Abc o lees El Mundo y los síntomas son inequívocos: hay malestar, un profundo malestar. Han sido cuatro años de militancia activa, porfiada, de combate sin cuartel, de agitación antizapateril (¿lo llamamos así, con ese neologismo tan popular?). Desde el minuto uno, como nos recuerda José María Calleja en Cuatro años de crispación. ¿Y cuál es el resultado? ¿Una dulce derrota o un fracaso político? En este y en aquel artículo, en este y en aquel columnista, se percibe el mal: el malestar y el desastre. Pero no se acierta con su diagnóstico. Les reproduzco la retórica. El Partido Popular no ha podido superar el peor Gobierno desde la muerte de Franco. Ha sido un Gabinete de presidente aventurero y de ministros temerarios. Ha sido un Gobierno insolvente, un equipo de indigentes intelectuales que han despertado desconfianza. Ha sido un Gabinete que al tratar con los terroristas ha sacrificado la moral: un Gabinete que ha acabado adoptando medidas eficaces, sí, pero políticamente derrotistas. Ha sido un Gobierno que ha mentido, que ha ha sabido engatusar, persuadir, embaucar a miles y miles de ciudadanos: a millones de ciudadanos. Ha sido un Gabinete que ha cuarteado España, dando oxígeno a los separatistas. Ha sido un Gobierno internacionalmente poco o nada homologable, con alianzas extremistas: hasta el punto de devaluar el papel que nuestro país desempeña en el exterior. Ha sido un Gabinete que no ha creído en la nación que dirige: hasta el punto de cuestionar el concepto mismo de nación, algo discutido y discutible. España, pues, es algo discutido y discutible. Y la ciudadanía consiente.
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3. El federiquismo (11:40, 11 de marzo)
No todos consienten… ¡Queda algún bravo valiente! Un amable lector me pregunta por Federico Jiménez Losantos. Le responderé reflexionando sobre la guerrilla semiológica del locutor (¿aún maoísta?), algo que ya traté cuando analizaba La ciudad que fue.
El izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo, del marxismo-leninismo. Frente al liberalismo muelle, el federiquismo es la enfermedad senil del maoísmo, del maoísmo-liberalismo. Es un combate. «Dicho en lenguaje corriente», indica Mao, abatir un objetivo sólo «se logra ‘disparando al blanco’. Cuando uno dispara una flecha, tiene que apuntarla a un blanco», insiste el Gran Timonel. Lamentablemente, «algunos camaradas, sin embargo, ‘disparan sus flechas sin tener un blanco». Con Rodríguez Zapatero muchos creyeron hallar al enemigo único que resumía todos los odiosos y variados rasgos de los adversarios, un careto, una caricatura, un blanco al que agujerear con fácil tino. ¿Y si el contendiente responde? «Es bueno si el enemigo nos ataca, porque eso prueba que hemos deslindado los campos con él. Y mejor aún si el enemigo nos ataca con furia y nos pinta de negro y carentes de toda virtud»: es prueba de reacción herida. Libramos una lucha sin cuartel: sin olvidar cuál es el rostro del oponente.
El de Federico Jiménez Losantos es el viejo método de la simplificación: también llamado del enemigo único, según decía Jean-Marie Domenach. ¿En qué consiste? El enemigo se nos presenta con muchas caras amables y con matices sutiles que hay que descubrir (Ruiz-Gallardón, por ejemplo). No os dejéis embaucar: localizad esos rostros, pero identificad al enemigo, un solo enemigo, y combatid, pues «si tenemos una teoría justa, pero nos contentamos con hacer de ella un tema de conversación y la dejamos archivada en lugar de ponerla en práctica, semejante teoría, por buena que sea, carecerá de significación». Hay que ponerla en práctica con denuedo. Es un ejercicio de guerra popular y de guerrilla: si quieren, de inspiración «liberal» y de consumación nuevamente maoísta. «Lo que necesita España», leo en el blog de Jiménez Losantos, «es mandar a Zapatero y su cuadrilla alcantarilla abajo». Así, sin más. El militantismo bélico no puede decaer: con el 9-M «se ha perdido una batalla importantísima, pero aún se puede dar mucha guerra».
Guerra otra vez. En fechas de conmemoraciones históricas, la analogía forzada del pasado puede servir para insuflar nuevas energías: «acordémonos de nuestros tatarabuelos liberales de Cádiz», dice Jiménez Losantos. «Estaban peor que nosotros y salieron adelante cumpliendo con su obligación moral y nacional. ¡Animo, pues, liberales! No vamos a dejar de serlo porque, una vez más, hayan triunfado los serviles. Cádiz no se rinde». O Numancia… O, como dijo el presidente Mao: «valentía en el combate, espíritu de sacrificio, desprecio a la fatiga y tenacidad en los combates continuos (es decir, entablar combates sucesivos en un corto lapso y sin tomar reposo)». No vamos a flaquear: combatir al enemigo, añade Mao, «no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado». En efecto, la campaña «no puede ser tan elegante, tan tranquila y delicada, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima». En ello estamos.
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4. Hemeroteca reciente y actual
…tanto exageraron que lograron atraer mi atención por el curso cotidiano del Gobierno; tanto denostaron que consiguieron preocuparme por asuntos de política ordinaria que generalmente no suelen interesarme…
Florilegio
-Juan Manuel de Prada, «El sueño de morfina», Abc, 1o d emarzo de 2008:
«…la sociedad española está cada vez más imbuida de lo que aquí hemos denominado Matriz progre…»
-Hermann Tertsch, «Colores de Zapatero», Abc, 3 de marzo de 2008:
«Este presidente, no homologable con ningún dirigente respetado…»
–César Alonso de los Ríos, «La desgracia nacional», Abc, 29 de febrero de 2008:
«Una victoria electoral del PSOE sería una terrible desgracia…»
Continuará…
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5. Hemeroteca JS
Reseña de Duelo de titanes, de Lucía Méndez (Ojos de papel, marzo de 2004):
…Una derrota de Mariano Rajoy le permite a Ruiz-Gallardón presentarse como el candidato que no fue, como el activo que el Partido Popular derrochó a sabiendas. Un éxito del PP le permite presentarse como el militante obediente que fue, alguien a quien correspondería un pago o contraprestación a cambio de su doliente fidelidad. Es decir, su silencio siempre tiene premio… Qué historia la de Ruiz Gallardón. Es un drama, pero es también una comedia de enredo y es un juego de suma cero. Pero es sobre todo un folletín que puede narrarse como un cuento o que puede dramatizarse como un desamor. Lucía Méndez ha escrito una obra entretenidísima que, más allá del contexto o de la circunstancia, podremos seguir leyendo después del 9 de marzo. Entonces cobrará su auténtico valor.


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