El horror y el humor

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1. El horror, el horror

En poco tiempo, con una intensidad que no me recordaba, he leído un libro breve pero sobrecogedor. Es el Cuaderno de Fontilles , de Vicente Sorribes Santamaría. Se trata de la edición de un dietario firmado por un joven médico valenciano, un manuscrito que abarca desde el 3 de julio hasta el 6 de septiembre de 1943: unas pocas semanas, pues. Es el diario íntimo, personal, angustiado, exasperado que el galeno lleva mientras cumple con su destino en el Sanatorio de San Francisco de Borja para Leprosos, situado en Fontilles. Sus páginas son un viaje al fin de la noche, como el que emprende el joven médico Ferdinand Bardamu en la obra de Céline. Pero lo que en la novela francesa es malditismo y autodestrucción, en el dietario de Sorribes es empeño y decepción, la materialidad misma de la corrupción. 

El joven Bardamu se había alistado voluntario en 1914. Muy pronto descubrirá la irracionalidad y la sordidez de la guerra, algo que le derriba, víctima del aturdimiento, de la insania: será conducido a un sanatorio-prisión igualmente sórdido, miserable, del que saldrá abandonándose a la incredulidad, evacuando sus pruritos morales. Sorribes no obra así, con el cinismo de Bardamu. El médico valenciano se duele crecientemente, avanza a tientas, contempla la podredumbre de la carne, el despedazamiento, y detalla sin novelería alguna la repugnancia que la patología le produce, la hostilidad que le rodea.

No hace metáfora de la posguerra, ni generaliza el caso. No convierte el recinto sanitario en símbolo de la España autárquica y violenta. La leprosería no es un microcosmos de algo mayor, no. El lugar es el infierno particular, sin exageraciones literarias ni proyecciones exteriores. Frente a la tentación del lector actual –pensar el sanatorio como espejo de aquella España–, el documento se nos muestra como testimonio de una experiencia irrepetible que ha de enunciarse para ser soportada. Eso es lo que tienen los documentos: nos enseñan algo que no está y que el lector, el historiador exhuma; son versiones de una vivencia sentida subjetivamente pero expresada con los recursos colectivos que un individuo recibe. El dietario es un género con normas particulares: entradas breves escritas, por ejemplo, al final del día; anotaciones cronológicamente ordenadas con información e impresión, con datos y sentido, con descripción y moraleja, tal vez; minucias personales y profesionales, una enumeración de lo que pasa. ¿De lo que pasa? En realidad, en el diario, como en cualquier testimonio escrito, es más importante lo que no se dice: o bien porque el autor se censura, se reprime, temeroso de sí mismo, de lo que sería capaz de expresar, de desear, de criticar si no se contuviera; o bien porque el escritor juzga ciertas cosas como evidentes y redundantes, un innecesario detalle para ese primer lector (quizá único lector).

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Pero regresemos a Sorribes, a 1943. El lector se deja llevar por su prosa escueta y precisa, sabiendo de la brevedad e intensidad de sus confesiones. Poner en orden sus experiencias –sus impresiones, sus ideas, sus decepciones– es una forma de atribuir sentido a las cosas espantosas que suceden, a la mediocridad: un contraste entre el joven animoso que llega al sanatorio esperando ser un auxilio, un profesional eficaz, y la miseria moral y material que todo lo detiene. La contradicción entre esos empeños iniciales, esas fuerzas que le llevan a resistir (que tienen raíces religiosas) y esas frustraciones, esas impotencias que lo frenan, me recuerdan las tribulaciones del joven licenciado que protagoniza El árbol de la ciencia, y  me recuerdan también la vocación abnegada de Santiago Ramón y Cajal en una sociedad miserable y raquítica. Por su parte, Pío Baroja había hecho de Andrés Hurtado un médico resistente en el medio hostil de la España finisecular. “¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?”, le pregunta Iturrioz a Andrés Hurtado. “Ninguna de las dos cosas”, responde el protagonista de El árbol de la ciencia. “Yo era allí una bacteridia colocada en caldo saturado de ácido fénico”, confiesa Hurtado.

En Fontilles, Sorribes se esfuerza cada día por no experimentar el puro abatimiento. Conmueve la lucha del médico valenciano por entender lo que le rodea, esa enfermedad que desfigura, el mal que amputa, que destruye, una dolencia a la que tradicionalmente se le achacaba una perversión moral. Conmueve su amor propio, ese esmero por hacer las cosas bien, por oponerse a la indolencia administrativa, a la incuria institucional. Conmueve su esfuerzo, finalmente baldío, tratando de enfrentar el abandono y la desolación del enfermo desahuciado. Él es un profesional que desea desempeñar su cometido, atender a sus pacientes, cumplir sus obligaciones administrativas. Pero nada de lo que le rodea funciona verdaderamente, como en la España barojiana de Andrés Hurtado: ni la dirección del centro, ni los empleados que allí trabajan, ni los religiosos que han de velar por las almas de los internados.

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Todo se le opone, hasta la belleza natural que circunda, esas montañas abundantes que son encierro, separación. Hay propiamente una muralla elevada que mide cinco quilómetros de diámetro, nos dice. Hoy, cuando a la mínima pretextamos incapacidad, deberíamos repasar la confesión de Sorribes: sus palabras son un antídoto contra la pereza. Fue una persona religiosa y eso, sin duda, le mantuvo con fuerza en los momentos de mayor abatimiento. Pero en esas páginas Dios es siempre una referencia lejana, incluso silenciosa y hasta ausente. Sorribes sobrevive como un náufrago y, como Robinson Crusoe, ha de empezar un diario para mantenerse, para dialogar consigo mismo, para documentar sus pequeños logros, para dictaminar sobre las desesperanzas y sobre los motivos de las desesperanzas. Vive en un encierro vegetal, entre montañas que le oxigenan y le ahogan. Como el personaje de Daniel Defoe, tampoco Sorribes puede comunicarse propiamente, razón por la que permanecerá silencioso, mudo, precavido: no puede volcar sus sentimientos en un proceso de transferencia imposible con internados hostiles o con un personal administrativo o médico desinteresado. Necesita, pues, llevar un diario en el que realizar esa transferencia. Robinson tardará días y días en escribir, cosa que sólo hará cuando el medio artificial que  había construido –aquella empalizada, aquella techumbre menesterosa– empezó a procurarle un entorno más hospitalario. “Fue entonces cuando empecé a llevar un diario de mis tareas cotidianas”, dice el personaje. “En un principio había estado demasiado ocupado, no solamente con mi trabajo sino con los confusos pensamientos que pasaban por mi mente, y mi diario hubiera aparecido lleno de cosas torpes y melancólicas”, leemos en la versión de Robinson Crusoe que hiciera Julio Cortázar. Vicente Sorribes no espera: inicia la escritura conforme emprende el viaje, conforme se adentra entre aquellas montañas abundantes y opresivas, con un dolor creciente.

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Y allí escribe. No son páginas esterilizadas, con datos clínicos, sino registros objetivos y emocionales, a un tiempo; anotaciones precisas y subjetivas en las que el médico trata de sobreponerse al asco: propiamente al espanto que el rostro del leproso le refleja y le provoca. Pacientes sin tabique nasal que expelen arrogantemente el aire, humedeciendo la cara del interlocutor; enfermos que esputan descuidadamente al hablar, salpicando las mejillas de médico con gotitas de saliva infecta. Leprosos retadores de los que no hay vestigio o fotografía en el libro, gentes que nada agradecen, incluso dementes, y que el médico ha de contener: de ellos espera extraer experiencia clínica, con ellos cree poder investigar. En ese punto, el diario muestra irritaciones varias con aquellos a quienes auxilia y con aquellos de quienes se informa. Ese tono dolido, avinagrado, me hace recordar vagamente alguna página de un gran dietario, el de otro finísimo observador, también airado con sus informantes, igualmente harto de sus circunstancias: el Diario de campo en Melanesia, de Bronislaw Malinowski, aquel diario en el sentido estricto del término que tanto escandalizó a sus colegas científicos, incrédulos ante las irritaciones del respetado antropólogo. Pero eso que digo es excesivo: fruto de la angustia de influencia, probablemente. Quizá no sea sensato comparar a Sorribes con Malinowski: al fin y al cabo, las estancias de ambos entre nativos o leprosos poco tienen que ver, más allá del viaje metafórico, humanamente incómodo, emocionalmente perturbador.

Si hubiera que buscar referencias, entonces tal vez deberíamos considerar La montaña mágica, de Thomas Mann, como un caso inevitable. Vida de sanatorio; vida en la montaña; vida mórbida, patológica. Pero inmediatamente me corrijo: tampoco la novela de Mann sería el ejemplo con el que cotejar el Cuaderno de Fontilles. En La montaña mágica, doctores y pacientes se abandonan lánguidamente a la enfermedad, deseosos de alcanzar la lucidez que las dolencias pulmonares provocarían. Hans Castorp, la criatura de Thomas Mann, se adapta bien a la vida en Davos, a la existencia ordinaria del Sanatorio Internacional Berghof. El establecimiento de la novela sí que es una transfiguración de la Europa de preguerra, una metáfora de las naciones enfrentadas, un lugar en el que disputan Naphta y Settembrini, entre otros: o sea, Davos es un espacio en el que se representa el choque entre la razón y la naturaleza, una naturaleza de la que también forma parte la propia enfermedad…  Pero Sorribes no es Castorp: como tampoco lo son los médicos que allí atienden. El sanatorio de Fontilles no permite la reflexión demorada o la languidez mórbida: en ese establecimiento no hay lugar para la melancolía sin objeto.

El libro que tengo en mis manos es el compendio breve de una vida aún incompleta, inacabada, hacia 1943. El joven médico abandonará el sanatorio en septiembre de ese mismo año, marchando a Madrid para rendir exámenes del doctorado. El juicio que Sorribes anota sobre los catedráticos no es muy favorecedor y, como en Fontilles, se siente igualmente maltratado por la incuria, por la pereza institucional. El Diario de un nuevo médico incompleto, que es el título original del manuscrito, ha llegado hasta nosotros. ¿Cómo? ¿Por qué?

Ruzafa Show Ediciones lo ha publicado en la colección Los libros de la memoria. Y ello ha sido posible gracias a los herederos del autor, que han puesto el manuscrito en manos de especialistas: de los editores; de Josep Lluís Barona, catedrático de Historia de la Medicina, que ha escrito una introducción breve pero imprescindible a Fontilles, a la lepra; de Francisco Gimeno Blay, catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas, que ha revisado minuciosamente la transcripción del manuscrito; y de Ignasi Mora, periodista y escritor, que ha reflexionado sobre la dimensión literaria del diario. Por supuesto, toda obra de edición es mejorable. Habría sido preferible que Barona se hubiera extendido más sobre las condiciones históricas de la enfermedad, sobre el fenómeno de las leproserías. Habría sido preferible también que Gimeno hubiera sido menos respetuoso con ciertas incorrecciones ortográficas de Sorribes: no es ésta una edición erudita o académica y, sin duda, ciertas mejoras del texto finalmente impreso no habrían traicionado el manuscrito original. Habría sido igualmente preferible que Mora no lamentara tanto el estado deplorable de las letras valencianas: el diario no necesita una novela para agigantar el valor de lo que allí se cuenta, precisamente sin intenciones literarias.

Leo Cuaderno de Fontilles y les recomiendo vivamente su lectura. Allí descubrirán el horror. El horror, el punto final.

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2. El humor, el humor

Acaba de aparecer una reseña que he firmado. Es una aproximación a El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza. La protagonizan un patricio romano lenguaraz de vientre suelto y un jovencito de pronto avispado. Transcurre en el siglo primero de nuestra era… Al leer dicha novela, lo fácil es asimilar esta broma genial a las locuras de los Monty Python,  aquel film que tanto nos divirtió: La vida de Brian (1979). Por supuesto que hay una afinidad más o menos explícita entre ambas obras, pero he preferido pensar esta novela como un precipitado de otras tradiciones propiamente literarias. O mejor: he querido leer esta obra buscando y hallando el sentido del humor, el gamberrismo, la corrección burguesa que Mendoza aplica a materiales narrativos ya ensayados y por él renovados con el recurso posmoderno.

¿Qué es lo posmoderno? Aceptar la carga del pasado con ironía: dado que los contemporáneos siempre estamos en falta, dado que nuestros antepasados siempre parecen exigirnos, el posmoderno acarrea lo pretérito rebajándolo, alterándolo, haciendo collages, parodias explícitas y citas encubiertas. Mendoza asume la gran tradición, incluso las tradiciones menores de la literatura: se hace cargo de ellas con libertad, con broma, con ironía. Presta homenajes aunque, a la vez, rebaja el determinismo del pasado mezclando lo insoluble, sumando lo egregio y lo chusco, lo impostado y lo humilde, lo monumental y lo menesteroso, lo culto y lo chabacano. Eso produce un efecto humorístico generalmente irresistible.

Pero, efectivamente, no es sólo la literatura lo que anima a Mendoza. El cine, sí, también está presente. Ahora bien, más que Monty Python son los hermanos Marx (o Groucho, concretamente), expertos en mezclar lo insoluble, aquello que le inspira: los Marx, capaces de hacer payasadas y de lanzarse tartas y, al mismo tiempo, capaces de soltar un parrafada jocamente erudita y pedante. Este Mendoza cortés, elegante y gamberro podría ser sensible ante un virtuoso del arpa, aplaudiendo a la vez la ocurrencia escatológica. Así quiero ser yo… Siempre he admirado a los que no son sofisticados todo el tiempo. ¿Imaginan qué pesadez? Pomponio, tan reflexivo y culto tiene, simultáneamente, problemas intestinales: flatulencias que no oculta en su relato, en esa confesión epistolar que hace a su destinatario, Fabio. Digo Fabio y digo correspondencia y pienso en la Epistola moral a Fabio. Sí, ya sé que nada tiene que ver la nouvelle de Mendoza con esta obra del barroco sevillano, pero fue leer ese nombre y recordar una obra que, no sé por qué, me remite a un momento concreto de mi adolescencia. Ha sido leer la epístola de Pomponio e inmediatamente preguntarme qué he hecho en mi vida: qué he hecho de mi vida si no soy capaz de escribir algo así.

Ajá, eso es lo que me ocurre: que no soy capaz de hacer reír, de hacer parodias o payasadas reflexivas con estilo y buena prosa, con registros varios. Y, en efecto, no tengo esa virtud, pero creo ser poseedor de una cualidad muy saludable que me libra de mí mismo: la de procurar divertirme. Mi pronto es severo, grave incluso. Pero, a poco que se me conozca y a poco que intime, lo que intento es reírme. Mendoza me hace reír frecuentemente: no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho. Oigan, aprovechen. Dejen de leerme y vayan a las páginas de Mendoza: son un antídoto contra lo inauténtico, contra la mala leche. Son también un homenaje juguetón a las clases menesterosas: qué homenaje tan deliciosamente burgués. Para quienes vivimos consumidos por el rencor de clase contra los pijos, un señor de Barcelona tan elegante como Mendoza nos reconcilia con el mundo.

Fin…

Mendoza y yo

La Cataluña real“, Levante-emv, 23/3/2007

Si no lees te quedas tonto“, El País, 9/3/ 2002

Baroja y yo“, Ojos de Papel, 1/12/2001

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Selecciones

Hemeroteca, fonoteca y blogosfera del mes de mayo

–Justo Serna, Reseña de El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza, en Ojos de Papel, mayo de 2008.

–Francisco Fuster, “Barack Obama y tres precursores“, Claves de razón práctica, núm. 181 (abril de 2008). Texto completo en pdf, aquí.

–Francisco Fuster, Reseña de I Love Your Glasses, de Russian Red, en Ojos de Papel, mayo de 2008,

–“Éste no es otro artículo sobre el Dos de Mayo“, El náufrago digital. Blog de Eduardo Laporte.

–“Martillo de infieles“, La grieta en el cristal. Blog de Small Blue Thing.

–“Una historia de violencia“, La cueva del gigante. Blog de David P. Montesinos

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Convocatoria de Cursos de verano en Santander. Palacio de La Magdalena

Escribir a solas. El diario íntimo en el siglo XIX“, UIMP, 18-22/08/2008.

Viernes 22, 9:30 horas:

Original burgués. Reflexiones sobre el diario en el siglo XIX

Ponencia de Justo Serna

54 comments

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  1. siboney

    Los cien mil hijos de San Luis no encontraron oposición porque venían a restaurar la legalidad imperante en Europa contra las derivas jacobinas en España. Vean este artículo (en “El economista”):

    LOS AFRANCESADOS
    Pio Moa
    Es ya vieja, y certera, la constatación de que los afrancesados constituían una élite quizá no muy brillante, pero sí preparada y capaz, cuya contribución a la reconstrucción de España habría sido muy deseable. Menos aceptable resulta pintarlos, según algunos pretenden ahora, como los españoles más ilustrados y lúcidos, víctimas del fanatismo y la incomprensión. Si de algo fueron víctimas fue de sí mismos.
    Los afrancesados, recuerda Cuenca Toribio, optaron por apoyar un régimen impuesto por las bayonetas de los invasores, aceptando incluso, aun si a regañadientes, la desmembración del país en beneficio de Francia. No lo hacían por nada, claro está, sino por dos razones esenciales: creían que los ejércitos franceses eran invencibles, lo cual haría inútil la resistencia; y esperaban, lógicamente, que los — a su juicio– inevitables triunfadores les pagasen la colaboración otorgándoles posición, riqueza y poder sobre los demás españoles. De otro modo está claro que no habrían colaborado con el invasor. Practicaban lo que en todos los idiomas se llama traición.
    Bastante a menudo tiene su recompensa la cínica lucidez de este tipo de personas, pero en este caso, como sabemos, no ocurrió así. España se convirtió en un infierno para Napoleón, cuyas tropas terminaron batidas por las fuerzas combinadas del resto de Europa. En consecuencia, los colaboracionistas españoles encontraron, en lugar de las ventajas que esperaban, el destierro y la persecución: el destino reservado a los patriotas si hubieran ganado los afrancesados y sus patronos.
    Fue el antepenúltimo episodio de un ancestral donjulianismo (no exclusivo de nuestro país, desde luego: basta ver lo sucedido en más de media Europa durante la II Guerra mundial). Y hoy, lo advertía César Alonso de los Ríos, vivimos en plena reivindicación de los donjulianes y denigración de España. Desde el propio gobierno.

  2. siboney

    Y este otro artículo, que también es breve:

    LOS AFRANCESADOS Y LA RAZÓN
    Pío Moa
    Al gobierno le gustan los afrancesados, se identifica con ellos, les llama defensores de la razón y la libertad, y ve en los españoles que defendieron a España de la invasión francesa la personificación del atraso y el oscurantismo.
    No es solo que los afrancesados colaborasen con el invasor extranjero al modo como muchos franceses colaboraron con los nazis, y aceptasen la desmembración del país planeada por Napoleón. En realidad, pocas cosas más retardatarias y oscurantistas que la invasión napoleónica misma: esta rompió la evolución pacífica y natural del país, que por tendencia habría seguido la vieja tradición pre liberal hispana sin necesidad de grandes convulsiones; y ocasionó al país tan brutales destrucciones y saqueos de su patrimonio cultural que solo cabe considerar con ironía lo de la ilustración y las luces de los invasores y sus compinches hispanos… tal como el “progreso” de sus sucesores republicanos de un siglo y pico después, que se estrenarían con una magna pira de bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza. Pura cultura.
    Los afrancesados dejaron escuela y crearon tradición: la de aquellos grupos políticos llamados no sin razón exaltados, creyentes ciegos en una solución al estilo de la Revolución francesa para los problemas de España. Y de la Revolución francesa nada les parecía mejor que la persecución religiosa: la Iglesia tenía “la culpa” de todo (todavía oímos a menudo la misma sandez) y la solución consistía, finalmente, en matar curas. Mataron bastantes durante el siglo XIX, aunque solo en el XX pudieron realizar a fondo su programa. Otra faceta de su actividad fueron los golpes o pronunciamientos militares. Contra lo que imaginan hoy muchos, el golpismo militar procedió muy mayoritariamente de las logias de exaltados o progresistas en el ejército. He aquí la “Razón” de nuestros afrancesados y sus herederos.

  3. Kant

    Ignoro porqué el sr/sra. Siboney trae a colación en este “post” materia del pasado.

    Por mi parte, lo siento pero no les leí a algunos de uds (don Lázaro, don Pedro, don Alejandro) hasta que el presente ya estaba colgado, así que los remito a aquel para aclararles algunos aspectos.

  4. jserna

    Siboney, eso que usted hace –colgar artículos que nada tienen que ver con el objeto del post– es obrar como un troll.

    “En la jerga de Internet, un troll (a veces trol) es un mensaje u otra forma de participación que busca intencionadamente provocar reacciones predecibles, especialmente por parte de usuarios novatos, con fines diversos, desde el simple divertimento hasta interrumpir o desviar los hilos de las discusiones, o bien provocar flamewars, enfadando a sus participantes y enfrentándolos entre sí…”

    “Los mensajes de un troll de un solo golpe intentan ser disruptivos y tienden a ser muy obvios para asegurar que reciben respuestas enfadadas. Trolls disruptivos. Mensajes fuera de tema — Irrelevantes para los usuarios interesados en el foro en cuestión: «¿Puede ayudarme alguien a hacer una página web?» «No: esto es un foro de música.» Esto también puede hacerse a la mitad de una discusión ya existente en un intento por secuestrarla, o al menos cambiar el tema de discusión.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Troll_(Internet)

  5. siboney

    Ah, perdone don Justo, era uno de los temas de ayer. Pero hoy es más difícil discutir, a menos que uno haya leído esos libros, supongo que no pretenderá usted que todos los leamos, ¿no? Y en cuanto al horror de las guerras y las posguerras, son temas muy viejos y muy manidos, es difícil decir algo nuevo u original sobre ellos, y no me parece que usted lo diga y sospecho que el libro mencionado tampoco. Sobre el humor, bueno, he leído alguna novela humorística de Mendoza, y me parece un humorista discreto, vamos, medianillo.

  6. jserna

    Dice Siboney: “Y en cuanto al horror de las guerras y las posguerras, son temas muy viejos y muy manidos, es difícil decir algo nuevo u original sobre ellos, y no me parece que usted lo diga y sospecho que el libro mencionado tampoco”.

    ¿…?

  7. Paco

    OH serna se pone profundo y se pone a hablar de enfermedad. Pero que sabrás tu!

    Y se pone a hablar de humor y no dice nada de Acebes. Venga hombre leña al mono! que es lo tuyo.

    Acebes: un caballero

  8. Miguel Veyrat

    Kafe, a los trolls no se les contesta. Están ahí para provocar, pero veo que el propio Justo dialoga con ellos, craso error a mi juicio. Una cosa es Paco, que ya es casi una sana costumbre para recordarnos que los extaterrestres coexisten con nosotros, y otra es abrir la puerta a la invasión de acólitos, que amenaza de nuevo. ¿Recuerdan la infección de hacer un par de años?

  9. Kalinka

    A mí me parece que lo de Siboney está muy puesto en razón, y que Acebes no es fascista y sí quien se lo llama. Por cierto, ¿por qué no se llama troll a este tío y otros que se apartan del tema? También me parece que Serna disfruta mucho haciéndose el virtuoso y horrorizándose del horror, ah, qué gusto, pero como dice Siboney, está ya muy visto.

  10. jserna

    Oiga, Kalinka, no sea botarate: “También me parece que Serna disfruta mucho haciéndose el virtuoso y horrorizándose del horror, ah, qué gusto, pero como dice Siboney, está ya muy visto”. ¿Usted no se horroriza ante la lepra? ¿Horrorizarse ante el dolor está muy visto? Pero de qué madriguera ha salido usted, que además me ataca con nick. Venga, atrévase, valiente.

  11. Kalinka

    Yo no le ataco a usted, señor Serna, coincido solo con Siboney en que lo que dice es bastante vulgar y obvio. Claro que la lepra y tantas otras cosas causan horror, todavía está por escribir un buen testimonio sobre el sida o sobre la adición a ciertas drogas especialmente destructivas, aquí, en España. La vida está llena de cosas horribles y usted no es el único que se horroriza, pero eso no es lo mismo que decir algo interesante sobre ello. Y ya ve usted que nadie comenta su escrito, ¿son todos trolls?

  12. Marisa Bou

    Efectivamente, casi todos los que han intervenido hasta ahora son trolls. Los asiduos a este blog, estamos esperando a que desaparezcan estos indeseables para poder comentar a gusto la lectura.

  13. jserna

    Oh, Dios mío, la verdad que me estaba vedada: veo, por fin, la luz. He estado confundido escribiendo cosas que creía que tenían algún interés. De repente, me han quitado la venda viendo lo que por obstinación o ceguera voluntaria no quería ver: que lo que escribo no le interesa a Kalinka.

    Oiga, valiente, le hago la pregunta del millón: ¿qué hace aquí, padeciendo tanto? Váyase a otro blog. Allí quizá encuentre cosas menos vulgares y obvias.

  14. David P.Montesinos

    Davos es para mí el lugar de la enfermedad “exhibida”. La melancolía sin objeto, los paseos prescritos -recordar a Nietzsche en Sils Marie-, los baños de sol, las conversaciones filosóficas, la depresión, el vacío interior, el dolor del alma. En Davos hay enfermedades reales -esos que llegan para una pequeña cura de balneario y se quedan para siempre- pero son tergiversadas para sublimarse, y hay afecciones solo del espíritu…en cualquier caso es un lugar para pudientes. Fontilles es más bien el residuo de una sociedad todavía empobrecida y pre-moderna. La vocación impuesta al leproso desde la antigüedad es el ocultamiento. Su enfermedad – todas las enfermedades de la gente pobre- es “indigna”, está llena de secuelas físicas, no se transforma en discurso ni legitima el abandonarse a las contradicciones de la vida como en el interno melancólico de La montaña mágica.

    Y pese a todo, ninguna afección con tanto valor de símbolo a lo largo de la historia. Recordar al Foucault de “Historia de la locura”: el leproso es rechazado, figura excluida sí, pero fronteriza, es decir, situada en los bordes de la comunidad para denotar nuestro propio destino. El leproso es la prueba del poder de Dios, su figura es maldita, pero su utilidad absoluta, encarna el miedo a la condena infernal.

    Bella reseña la de Serna, y nada fácil, por cierto. Resulta más divertido y ocurrente meterse con Acebes y compañía… así todos escribimos post opinando sobre tipos tan olvidables y hacemos un poco de reporteros del corazón. Dejen ya a Pío Moa de una vez. ¿No se dan cuenta de que es un cínico y solo dice lo que los fracasados de la democracia quieren escuchar? Yo también puedo forrarme escribiendo para los frustrados sexuales “demostrando” que las mujeres son malas, para los anticatalanes escribiendo libros diciendo que Companys y Tarradellas eran en realidad amigos de Stalin… ¿qué sé yo? puedo decir todas las burradas que ustedes quieran que diga solo porque necesitan un tipo disfrazado de listo para hacerles creer que las imbecilidades que ustedes piensan tienen todas base científica. En el siglo XIX se demostró científicamente que los negros y las mujeres eran inferiores en base a “rigurosos” estudios craneales. Lean algo que merezca la pena, tengo la biblioteca llena de cosas y no encuentro tiempo para leerlas. Aún no he leído el trabajo de Fuster sobre Obama. Discutamos con alguien que merezca la pena.

    No pierda el tiempo, Serna, no les interesa su blog, solo quieren fastidiarle. El porqué no lo sé, pero tampoco sé por qué hay gente que maltrata a los gatos. Tenga mi promesa de que el día que deje usted de gustarme desapareceré de su vida y de su blog. Lo demás me resulta incompresible. Olvídelos.

  15. jserna

    Sr. Montesinos, le agradezco mucho sus generosas palabras. Pero sobre todo le agradezco los dos primeros párrafos de su comentario. Para mí, son exactos: los suscribo de principio a fin.

  16. Marisa Bou

    Ahora que parece estar esto más tranquilo, les comentaré que yo, más que el horror real, que ya bastante nos ofrece la prensa diaria, prefiero el horror-ficción de Poe y Lovecraft, entre otros. Pero incluso para eso, he de tener el ánimo dispuesto. En estos momentos estoy más por las lecturas cómicas, que lo es, y mucho, la irreverente historia de Pomponio Flato con la que Mendoza nos ha obsequiado. Los personajes bíblicos son aquí mucho más “divinos” que en el relato bíblico, más acordes con la realidad. Y el de Pomponio, no sé a quién me recuerda más (tal vez a Hércules Poirot) y, desde luego, durante toda la lectura del libro me estuve remitiendo, imaginariamente hablando, a la genial “Vida de Brian”. Hacía tempo que no me reía tanto, lo cual me vino de perlas para desintoxicarme un poco de mi obstinación en entender a Nietzsche, cosa esta de la que no desespero, tras el intermedio humorístico.

  17. Pavlova

    Tengo muy poco tiempo y vengo aquí, al blog de una persona que me gusta cómo piensa, cómo actúa y cómo es; jamás he pasado por el blo de gentes delirantes que argumentan liándose a golpes con personas pacíficas y ecuánimes como Molina Foix y me molesta mucho ir saltándome comentarios insultantes y estúpidos de quien nada pinta aquí, a no ser que sea masoquista.

    Justo, por favor, haga caso a Veyrat.

  18. Kant

    Me van a encontrar uds del lado de doña Marisa. Y eso que soy bebedor – más que lector – de Poe y Lovecraft, pero, así como la literatura fantástica me resulta de todo punto grata, incluso en los peores momentos (o tal vez entonces, son las más apropiadas), cuando nos aproximamos al abismo de Fontilles – un lugar que estuvo a punto de cerrarse pero que, como el Sanatorio de Portaceli, dedicado a tuberculosos, inconcebiblemente sigue abierto y con pacientes – el corazón se encoje y el espíritu se achica. No es literatura, es realidad. Es vida. Y una realidad, una vida, terrible. Tuve el honor de conocer a don Ricardo Calvo – leprólogo alcoyano y uno de los pocos maestros internacionales que ha dado el ajedrez español – que ejerció su oficio de forma desinteresada en dicho centro durante décadas tras la guerra del 36 así que imaginen si don Vicente Sorribes quedó impactado por lo que presenció durante unas semanas, qué no vería el dr. Calvo durante años…

    Por cierto, si pasan uds por sus proximidades, verán el muro kilométrico que rodea el Sanatorio. Sólo su imagen ya impresiona a pesar de estar enclava – y ahí difiero de la visión del autor del diario – en un lugar magnífico, verde, sano y repleto de arboleda (al menos, hoy día). Parece ser una especie de frontera intratable entre la “normalidad” y lo rechazado, lo repulsivo, lo denostado y, sobre todo, lo temido. De ahí mi admiración hacia las personas que trabajan en ese centro con unas condiciones que, sin ser las de postguerra, siempre escuché que eran manifiestamente mejorables.

    Sin duda, como apunta don Justo, el ambiente de entonces, de cuando se escribe el diario, debía ser el mismo de “El árbol de la ciencia” – una obra que no por más breve me fue menos impactante – y ya, adentrados en ello, en ese ambiente denso, esa sordidez me acogota, esa impotencia me supera. En fin, que como dice la sra. Bou, prefiero, en este “post”, la mirada del sr. Mendoza y su impagable Pomponio Flato, al gélido mirar de la angustia del enfermo. Ojo, la historia de amor de la obra de don Pío es bellísima – al menos para mí – y es la luz que desgarra el clima decadente del mundo que viven Lulú y Andrés. No quisiera que creyeran que la obra del sr. Baroja es oscura.

    Yo, ya me puse mis cáligas para acompañar a Pomponio en su periplo. Estoy leyéndolo actualmente y divirtiéndome como esperaba. Me da a mi que este Flato es el ancestro del “Sugrañes” – el protagonista de la trilogía del “Misterio de la cripta embrujada” – pero, claro, la construcción de la obra y del personaje, como apunta don Justo, además de la genial “Vida de Brian” tiene otras fuentes literarias de indudable interés.

    El autor, en “La Ventana” (Cadena SER) confesaba a la sra. Gemma Nierga algunas de ellas… yo, sin embargo, creo que ha habido más. Ya les daré, al menos una, cuando el sr. Serna concluya esta parte, no vaya a ser que estemos diciendo lo mismo.

    Por lo demás, vista la anomalía de este “post”, trufado de paletos, rogaría el respeto adecuado para don Paco – sin él estaríamos desorientados – y una invitación al silencio para con los otros. Me uno, pues, a las propuestas ya realizadas en ese sentido por las sra. Pavolova y Bou y el sr. Veyrat.

  19. Kalinka

    Señor Serna, cuando uno escribe para el público se expone a que la gente le critique, se ve que le duele mucho, pero debería darlo por cosa natural. Y yo no veo, don Montesinos, que Moa sea un cínico. Por mucho que les pese a algunos, sus tesis no han sido rebatidas y él, en cambio, ha rebatido a sus críticos. Merece la pena leerle, créame, lo que no siempre puede decirse de nuestro amigo Serna

  20. Kalinka

    Habla Kant, en relación con los leprosos, de “una especie de frontera intratable entre la “normalidad” y lo rechazado, lo repulsivo, lo denostado y, sobre todo, lo temido”

    Dejemos lo de denostado. Debo sacar en conclusión que a Kant le encantaría vivir con leprosos. ¿Lo hace?

  21. Kalinka

    Miranda, no sea usted vulgar, ha gando las elecciones, por lo que veo, ¿no debiera estar contenta? En cambio se le nota como resentida. Y no llame invasión al comentario libre y crítico. Ustedes soportan muy mal la crítica, mala cosa.

  22. Kalinka

    Ah, ya veo doña Miranda, esos son chiflados del blog que antes era de Arcadi Espada, unos han ganado las elecciones y otros las han perdido, pero todos o casi todos son chiflados, eso sí puede decirse.

  23. Miguel Veyrat

    Me uno, por supuesto a la intervención de David Montesinos, alabando la alusión a Sils María, pero lamentando sin embargo que haya olvidado un comentario del olvidado Hans Castorp y el Sanatorio de Davos, claro que “La Montaña Mágica” quizás no forme parte ya del curriculum de lecturas obligado de los jóvenes cultos como él. Et pour tant… Der Zauberberg y en general la obra de su genial y ejemplar autor, Thomas Mann debería ser de lectura obligada en las escuelas…
    Y en efecto, don’t feed the trolls, gracias Miranda, Pavlova y toda la gente sensata. Ignórenlos, acabarán marchándose a evacuar a otra parte, blogosfera por ejemplo.

  24. Miguel Veyrat

    He de pedirles excusas, a ustedes, a don Justo y a don David; debido a que ando ahora de salto en salto por algunos pueblos de Andalucía, la fatiga me impidió leer completo el texto de don Justo. ¡Claro que hace alusión a La Montaña Mágoca! ¿No la iba a hacer? Lo siento, prometo enmendarme y ser menos hiperactivo.

  25. Kant

    Gracias por el nexo, doña Miranda, es muy ilustrativo.

    Visto lo cual, no sé si darle la razón al Gran Wayoming (“¡la que está liando Zapatero!”) o reflexionar sobre las vidas de aquellos que viven en perpetua insatisfacción sexual. Por el momento, seguiré con don Eduardo Mendoza.

  26. Kalinka

    Kant, reflexione sobre eso de la perpetua insatisfacción sexual, aunque no sé si podrá decir algo serio de ella alguien como usted, que visiblemente siempre ha vivido inmerso en la satisfacción, ah, hombre feliz y satisfecho.

  27. Marisa Bou

    Yo creo que la tal Kalinka es quien debería reflexionar, y mucho, sobre cuál es su misión en este mundo… o si estaría mejor en algún otro.

  28. Kalinka

    Doña Marisa, no paro de reflexionar en eso que dice usted, supongo que sigo su ejemplo, ¿no?

  29. Fuca

    ¡Ti estás toliño, Migueliño! ¡“La montaña mágica” como lectura obligada en las escuelas! Deja que los mozos maduren, después podrán disfrutar de esta magnífica obra, sobre todo si la leen (los que no sepan alemán) en la traducción de Isabel García Adánez.

    No he leído el “Cuaderno de Fontilles” de Vicente Sorribes pero me gusta el comentario del sr. Justo Serna, también a mí me recordaba “La montaña mágica” a medida que iba leyendo el “post”.

    Sobre “El asombroso viaje de Pomponio Flato” seguramente discreparemos, pero espero a que acabe el comentario nuestro anfitrión.

  30. Fuca

    Ya he escrito en varias ocasiones que me gustan las grandes novelas de Mendoza, en especial “La ciudad de los prodigios” y “La verdad sobre el caso Savolta”. Las llamadas novelas menores de Mendoza me sirven para pasar un rato agradable, para recomendarles alguna de ellas a mis alumnos adolescentes, para ocupar un espacio en mi biblioteca…, pero una vez leídas las podría regalar, no pienso releerlas. De todas estas novelas menores destacaría “El misterio de la cripta embrujada”; creo que el personaje narrador protagonista, ese que se hace llamar “Sugrañes”, consigue intrigarnos con sus pesquisas; al mismo tiempo, la obra profundiza en la sociedad barcelonesa del posfranquismo, mostrándonos su corrupción. Diversión y crítica social. Estos dos componentes no los encuentro en “El asombroso viaje de Pomponio Flato”, sólo veo una novela simpática, sin más pretensiones. No entiendo por qué Mendoza escoge la estructura de la epístola, será para que no la comparemos a “El misterio de la cripta embrujada”, con la que tiene más de un paralelismo, como bien señaló nuestro amigo Kant en un comentario anterior. Sabemos que es una epístola porque así empieza la novela, pero su estructura se ajusta más a la de un narrador protagonista. La escena en que Pomponio y Jesús van a la villa del rico Epulón y la examinan es exactamente igual que el primer examen que “Sugrañes” hace del colegio de las madres lazaristas de San Gervasio.

    Señalas, amigo Justo (ya no te llamo señor, no soy nada rencorosa y ya se me pasó el enfadillo por lo de la cantinela), la variedad de registros en esta obra, pero ¿dónde ves esta variedad? Para mí es uno de los mayores defectos que tiene, todos los personajes hablan igual, Pomponio, el niño Jesús, el mendigo Lázaro, la prostituta Zara… ¿Cómo es posible que un personaje, que sólo sabe leer y escribir, hable como una persona culta e ilustrada? ¿Y un niño, puede hablar como un adulto? Creo que ahí reside la diferencia con las grandes novelas de Mendoza, en ellas sí hay variedad de registros, sí están trabajadas (en esta hasta hay errores gramaticales y aquí no podemos echarle la culpa al traductor), no como las pensadas como meros divertimentos.

  31. jserna

    Insisto: “…no hay obra suya en la que no encuentre una página genial. En Pomponio he visto lo mejor: Groucho y Fabio, lo grosero y lo refinado, donde lo grosero es Fabio y lo refinado es Groucho”.

  32. David P.Montesinos

    Sí forma parte La montaña mágica del currículum obligado, don Miguel, pero dígame a qué comentario de Hans Castorp se refiere.

  33. Miguel Veyrat

    A ninguno en concreto, querido David, lo que me fascina es el personaje, pero el personaje que desaparece finalmente engullido por el pantano ensangrentado de la guerra. Abrazos.

  34. Kant

    Bueno, doña Francisca (Fuca para uds) me la encuentro a ud. muy trascendente. No le negaré que alguna de sus observaciones son interesantes (la escena trasladada de las pesquisas de “Sugrañes” a las de Flato) y aún preocupantes (esos errores gramaticales que me gustaría que me indicase pues o no los vi, o no llegué todavía a ellos) pero, señora mía, ¿quejarse del humor?… Una de las gracias de “El asombroso viaje…” es el lenguaje unidimensional de los personajes. ¡Por eso es cómico! el letrado y el iletrado, el niño y el adulto, todos hablan igual, de forma ampulosa… pomposa… Pomponio. Evidentemente, si supiéramos que el autor no da para más, bueno, en efecto sería un defecto pero sabedores del autor, conocemos que lo hace a plena conciencia, que no es defecto ni casualidad, si no que así lo busca: ¡por eso es gracioso!

    Lo que me resulta preocupante – y eso no es sólo achacable a ud – es la visión unidimensional de las producciones culturales, esa tendencia a crear una especie de canon intelectual por la cual si una película, una novela, una obra gráfica, se plantea y desarrolla como divertimento, si le interesa hasta a los adolescentes y/o público general y familiar, es condenada a “lo intrascendente”, lo fútil, la obra menor, incluso castigadas a no volver a ser leídas, vistas… disfrutadas. ¿A qué esa actitud? No la entiendo. En alguna ocasión he hablado del sr. Verne y su impacto en la crítica del XIX francés… ¡pobrecito, cómo lo pusieron!… autor para cadetes, obras insubstanciales y prescindibles, infantiles… Hoy día basta asistir a cualquier congreso sobre don Julio para apreciar el valor de esa literatura – de esa obra cultural – que lleva haciendo disfrutar a la gente con su intelecto desde hace más de cien años, que transmitió y sigue transmitiendo pasión, risa, intensidad, aventura… pensamiento fluido… cuando las “obras mayores” de los “grandes autores” de su momento yacen en el olvido más absoluto, generalmente por ser sólo productos de la pretenciosidad de editores y críticos y un auténtico ladrillo para los lectores. Obras, esas que denosta, que dan acceso a la lectura, o el arte, o los audiovisuales, a millones de personas, que permiten un reposo intelectual a cualquiera sin por ello dejar de poner las neuronas del lector a trabajar.

    No le digo que “La ciudad de los prodigios” sea mejor o peor que “El laberinto de las aceitunas”, lo que le digo es que una es para un momento (un lenguaje, una expresión, un “tempo”, un tratamiento, un argumento) y otra es para otro. Y no por eso se invalidan mudamente, al revés, se revaloran, muestran a un autor dúctil, polivalente, buen escritor. Algo que no podemos decir de los que sólo saben escribir de lo que leen en el periódico, ven por la ventana o les apuntan los cotillas de su comunidad de vecinos para tedio y suplicio de lectores.

    Pero si llega a decirnos “sólo veo una obra simpática, sin más pretensiones”… ¡¿le parece poco?!… En este mundo – el de la literatura española – de fantoches e impostores, de simulacros de autor, de editor y de lector, que alguien nos regale una obra sin pretensiones pero tan simpática como para tenernos a todos enganchados en su lectura, caramba, no me parece precisamente un mal ejemplo. Riamos un rato, por favor, riamos un rato y si es con el gracejo y buen hacer de don Eduardo Mendoza, pues, mire, mejor que mejor.

  35. jserna

    Estoy completamente de acuerdo con el señor Kant. Lo digo porque no suele ser habitual que coincidamos. Suscribo de principio a fin lo dicho por Kant. Me parece tan exacto y tan bien medido que no renuevo el post esta tarde (como tenía previsto y ya escrito). No lo renovaré hasta mañana sábado, ‘a poqueta nit’. Para que así puedan leer a nuestro colega: no sea que se nos escapen unas palabras tan entradas en razón.

  36. Fuca

    Todas las palabras de nuestro querido Kant, Justo Serna, son razonables, exactas y bien medidas, pero no sólo cuando habla sobre literatura, también cuando escribe sobre política; es en este campo en el que yo coincido casi siempre con nuestro amigo.

    En sus comentarios literarios discrepo, como ya lo expresé en un “post” anterior a propósito de una obra de JRJ, “Platero y yo”. Me parece muy bien que estés en contra de cánones intelectuales, amigo Kant, que pongas al mismo nivel todo tipo de obras literarias, es tu punto de vista; el mío es que la vida es limitada, los libros magníficos que hay que leer son muchísimos y yo no puedo perder el tiempo con una obrilla que me hace reír pero que no me aporta nada más; para reírme prefiero salir con mis amigos o ver una película, la lectura la restrinjo cada vez más a la gran literatura. ¿Y quién es el que dice que una novela es una gran obra? Aquí tendríamos que distinguir entre las obras de siglos pasados y las actuales, en muchos lugares podemos encontrar el canon de estas obras que resistieron el paso del tiempo; una de ellas “La montaña mágica” de T. Mann, de la que se habló en este mismo “post”. Sobre las obras actuales, me fío de mis intuiciones y de lo que me recomiendan mis amigos y las personas con cuyos criterios literarios coincido.

    No niego que Mendoza sea un buen escritor, ya lo escribí en un comentario anterior; tampoco niego que sus “obras menores” sean del agrado de algunos, lo que digo es que no se pueden comparar, unas perdurarán y otras caerán en el olvido. Yo intento leer obras que, aparte de hacerme pasar un buen rato, me ayuden a entenderme mejor, me planteen problemas, me intriguen, me deslumbren por su ritmo o por su estructura o por la caracterización de los personajes, etc., etc. Nada de esto encontré en “El asombroso viaje de Pomponio Flato”. ¿Así que lo cómico, amigo Kant, brota del lenguaje unidimensional de los personajes? Una cosa es que se expresen de forma ampulosa y pomposa y otra es que un iletrado pueda utilizar un registro formal similar al letrado; es totalmente inverosímil y una novela sin verosimilitud no puede ser nunca una gran obra. Como ya mostré bastante pedantería en lo que llevo escrito, no te señalo los errores gramaticales, dejemos la obra en paz. ¡Allá cada uno con sus gustos y con sus tiempos!

  37. Marisa Bou

    Lo siento, Fuca, pero no tengo más remedio que ponerme, en este tema -porque en política solemos disentir, aunque poco- de parte de Kant. Yo creo que no es necesario ser tan “trascendente” todo el tiempo, porque la vida, salvo imprevistos, no es tan corta como usted cree. Sobra tiempo para leer, de tanto en tanto, un divertimento, que nos aporta sentido del humor, relax físico (la risa es una gran terapia) y mental, que las neuronas también hay que relajarlas, no vaya a ser que se nos fosilicen.
    Debo irme ahora, pero ya seguremos hablando de esto.

  38. Miguel Veyrat

    Vivir y leer, y para mí también escribir, con la misma importancia, vienen a ser lo mismo. Y lo que también quiero afirmar ahora, apoyando a nuestra amiga Fuca, es que vivir es mucho más importante que lo que llamados “La Vida” misma, y leer y escribir mucho más que lo que llamamos la propia “Literatura”. Entiendo pues que lo que a ella importa es vivir leyendo y si acaso un día, ojalá lo intente, escribiendo. No hay mucho tiempo que perder, querida Marisa, salvo tu mejor criterio, y puestos a “perderlo”, que si se pone en práctica el sabio consejo latino —carpe diem— y se vive a fondo el instante sin preocuparse del pasado ni del porvenir personal, puede ser extraordinariamente grato, solo o acompañado. Y aquí, puestos a recordar a nuestros sabios antepasados romanos y su lengua, recordarle también a Kant la conseja que recomendaba insistente su homónimo don Emmanuel: Sapere Aude, atrévete a conocer. Y en los libros y la observación de la naturaleza se encuentra todo el saber.

  39. Fuca

    Debería creer en la telepatía, amigo Miguel, porque te estaba leyendo hace unos minutos y pensaba copiar un párrafo de tus “Fronteras de lo Real” (ya ves que voy paladeándola poco a poco) para intentar expresar lo que espero yo de una obra literaria. Escribes en esta obra:

    “Cuando el poeta es verdadero, y no un agente de cualquier poder que haya tratado de utilizarlo desde los comienzos del lenguaje humano, ciertamente actúa como un ‘àgent provocateur’. Mediante su ‘experiencia’ lógica añadida al ‘conocimiento’ radical tergiversador, desidentificador, paradójico y seductor, fruto de su acción existencial de ‘caminar conociendo’ y contándolo-cantando, se dirige valientemente, por la necesidad del deseo, a la acción de crear una realidad nueva a cada paso. Ahora no se trata de que pues está visto que ‘necesitamos’ (consumir e intercambiar) nombres apasionada y continuamente. Necesitamos nombres nuevos” (p.99).

    Sí, Miguel, me importa vivir leyendo (no escribiendo, nunca tuve anhelos de ser escritora, me conformo con ser lectora), caminar conociendo, y para ello necesito nombres nuevos, obras literarias que me creen una realidad nueva a cada paso, eso que no encuentro en la última novela de Mendoza.

    Y no, Marisa, no sobra tiempo, ni para leer ni para nada pero, puestos a perderlo, “carpe diem”, como nos aconseja nuestro querido Miguel Veyrat.

  40. Fuca

    No sé por qué no sale completa la cita de Miguel Veyrat, la virtualidad se “comió” un sintagma, por lo que no se entiende el final. Así lo escribí:

    “Ahora no se trata de que pues está visto que ‘necesitamos’ (consumir e intercambiar) nombres apasionada y continuamente. Necesitamos nombres nuevos” (p.99).

  41. Fuca

    Ya entiendo por qué no sale completa la cita, los corchetes los elimina y “nombres” iba entre ellos; los borro.

    “Ahora no se trata de que no tengamos nombres pues está visto que ‘necesitamos’ (consumir e intercambiar) nombres apasionada y continuamente. Necesitamos nombres nuevos” (p.99).

  42. Marisa Bou

    Miguel, Fuca, creo que ustedes deben saber muy bien que, incluso cuando “se pierde el tiempo”, éste no se está perdiendo del todo, sino que se está empleando en una actividad que -vale- podríamos llamar “menor”. Pero también éstas actividades forman parte de la Vida.
    No me malinterpreten: desde el momento en que les estoy leyendo (y contestando) a ustedes, es, precisamente, porque leer es lo más importante para mí, y ya bastante tiempo perdí, por cirunstancias que no vienen al caso, para perderlo ahora. Ése es el motivo de que lea este blog, y no otros, porque aquí la lectura me dá mucho más rendimiento. Por fortuna, me han hecho recuperar el placer de leer, de escribir y de intercambiar pareceres con personas con las que me sento unida, precisamente porque nuestros placeres son comunes. Cada día que paso con ustedes me aporta un poquito más de conocimiento, y es por eso que espero disfrutar de una larga vida (de todos nosotros) para así poderme llevar a la “otra” un buen bagaje de conocimientos.
    He de buscar la fecha en que empezó mi relación con ustedes, para celebrar en ella mis aniversarios.
    ¿Qué puedo hacer, entonces, sino amarlos?

  43. Kant

    Doña Francisca, no soy yo quien pone a todas las obras literarias en el mismo nivel. Parto del hecho que cada momento requiere su propia lectura. Las lecturas no se dan desconectadas del estado anímico del lector, salvo que éste sea una máquina o un profesional del medio literario. No habré de indicarle que prescindo por completo de cualquiera de esos dos casos, no los considero lectores, todo lo más leedores. Así que establezco un primer vínculo lector-momento-obra.

    En segundo lugar introduzco la variable cultural. Obviamente, no es lo mismo para un joven que comienza sus lecturas, para un adulto tardolector, para un lector convulsivo, un licenciado en románicas o un jubilado, el hecho de la lectura. Qué es leer, qué busca en la lectura y qué le reporta son cuestiones que cada uno de ellos le responderá de forma bien diferente.

    La tercera variable es la de la plena subjetividad. Lo que para ud. es una “gran obra” para otro puede ser una perfecta cataplasma. Me viene a la cabeza un bodrio al que llegué a modificar el título para su propio escarnio pero que supongo que reconocerán el título original: “La insoportable, insoportable, levedad del ser”. Como era joven y alocado traté de defender lo impresentable de aquello, lo cual me valió la reprobación de los sesudos del momento. El tiempo, justiciero, me dio la razón. La obra, “la gran obra”, no aguantó ni una década. Hoy, afortunadamente, ya ni se recuerda. Y eso que en sus días tuvo ventas masivas, claro, de personas que querían demostrar socialmente su modernidad introduciéndolo en la librería de casa, a la vista de las visitas, el tomo; pero lectores, lectores, bien pocos tuvo. Y de ahí su olvido. Sí, el triunfo de lo subjetivo. En intangibles siempre triunfa lo subjetivo, ya les advertí.

    Las cosas no son como son, son como se perciben. Pero los hechos, son tozudos y por más que tilde ud (o quien fuere) una obra de “grande”, como no le den soporte los lectores, lo tiene claro. ¿Qué hace una obra grande?, se pregunta. No me atrevo a darle una solo respuesta. Hay muchos factores… dependen del lector, del objetivo de la cuestión, de la sagacidad del analista, de lo subjetivo ya hablado. No lo tome a mal, pero lo considero una pregunta vacua si no la contextualiza. Don Emilio Salgari pudo ser el más grande autor de las más grandes obras jamás escritas para una población española malnutrida, explotada, cenicienta y a duras penas alfabetizada pero que gracias a él, leyeron. Se maravillaron descubriendo el placer de leer. ¿Es por eso, el sr. Salgari, inferior al sr. Chateuabriand? ¿o tal vez, por eso, será superior?… de nuevo lo subjetivo…

    Respecto a aquello de perder el tiempo riendo, dadas las imprescindibles lecturas serias que aún debe hacer, en fin, no pude dejar de pensar en “Momo”. Me temo que le está haciendo ud. demasiado caso a los “hombres grises” de su vida. Mi humilde consejo es que se lo replantee. Con todo, si ud prefiere la risa para determinadas ocasiones (por ejemplo, las que cita), no lo dejo de comprender, aunque no lo comparta. ¿Ve? he aquí otra subjetividad

    Es más, precisamente por eso entiendo ahora que no le guste “El prodigioso viaje…”: por su particular percepción de lo risible en la literatura y por su propia búsqueda limitada de la risa. Sí, es algo muy propio, personal e intransferible, como el Carnet de Identidad. Por eso, finalmente, coincido con su conclusión, que es, por cierto, mi primer argumento: cada uno con sus gustos y sus tiempos.

    Ah, y no he considerado que hubiera hecho ud. ninguna gala de pedantería en ningún momento.

    Don Miguel en eso que me recomiendo estoy, en la lectura y en la natura. Por eso leo y por eso voy recorriendo la península de risco en risco y de oquedad en oquedad, andando y trepando inmerso en lo poco de natural que aún nos queda. Pero no por eso me desespera el tiempo. Dado lo imposible del conocimiento total, tratar de aprehenderlo es inútil (y doloroso). Sin embargo, considerado como un placer que puedes adquirir hasta el último de los días, se transforma en algo mágico y placentero. No tengo prisa. No tengo ansia. Leeré hasta donde pueda leer y trotaré por la montaña hasta que las piernas me den de si. Y lo no leído y lo no visto será como ese armañac que quedará en la bodega cuando me funda con el Universo. Reiré satisfecho.

    Por último, contrariamente a lo que doña Francisca niega a doña Marisa, considero que sí, que sobra tiempo para leer, sobra tiempo para todo… lo que siempre falta es vida… ese es el auténtico “carpe diem”… eso es vivir el momento, no la angustia de ese “vivir leyendo”, se trata de vivir, sencillamente, de vivir. La vida está ahí fuera, en las personas. “Panta rei”.

  44. Fuca

    Estoy de acuerdo contigo, amigo Kant, en que cada tiempo requiere su propia lectura; en mi caso ya pasaron los tiempos de lecturas intranscendentes, ya no me provocan placer (lo que sí pasó en otras épocas). Esto se relaciona con tu segundo punto, con la variable cultural; tienes razón, no se me ocurriría recomendarles a mis alumnos algunas obras que a mí me apasionan, cada libro tiene su momento, ya llegarán a leer esas magníficas novelas. Cómo no soy alumna ni tardolectora (mis padres dicen que nací leyendo) ni jubilada, yo sé lo que busco en la lectura y, desde luego, no busco sólo pasar un buen rato. Y mira en lo que coincidimos, la obra de Milan Kundera que citas la tengo en mi biblioteca y la leí hace muchos años; no me gustó (a pesar de que era difícil defender esta postura en aquel tiempo), por ello no volví a comprar nada de este autor, que aún hoy tiene muchos seguidores.

    Creo que cada uno nos vamos a quedar con nuestro criterio en esta discusión, cada cual que lea lo que quiera y que pierda o gane su tiempo de la manera en que le plazca; es difícil que yo me deje aconsejar por hombres grises, no dejo que se me acerquen; mis amigos reales son risueños, cultos, inteligentes, de grises nada. Y sí, Kant, creo que se debe “vivir leyendo” (no sólo se lee en los libros, yo suelo leer mucho en los ojos de las personas que me rodean e interesan), “caminar conociendo”.

    Ps. ¡Menuda contradicción! No me interesan las “obras menores” de Mendoza y las compré y leí todas. A una persona tan contradictoria no le debéis hacer mucho caso.

  45. Pavlova

    Vivir leyendo y morir leyendo, sí, pero a veces…

    No tengo un criterio claro sobre lo que hablan, pero sí en el poco o en el mucho tiempo que tenemos, que nos queda para vivir-leer y, una vez más, iré a lo personal, ustedes perdonen, pero más o menos descaradamente todos estamos en eso, todos lo hacemos.

    Mis padre eran las personas más lectoras que he conocido nunca; en mi casa lo normal era el silencio absoluto de cuatro personas que leían en el cuarto de estar, roto, de tanto en tanto por el entusiasmo de todos nosotros y cada uno, que, de pronto, quería compartir lo que le entusiasmaba o indignaba: “¿Os puedo ler una cosa?”, decíamos cualquiera de nosotros y siempre había alguien que decía la frase más oída por mí en casa: “Espera que llegue al punto”. Cuando todos estaban en el punto, el que había llamado la atención leía el fragmento de marras y se comentaba largamente.

    Mi padre, que fue profesor de lengua y literatura y de preceptiva literaria, mantenía el criterio de que había cosas que “había que leer”; mi madre y yo discutimos muchas veces con él eso y los tres quedábamos siempre convencidos de nuestra razón. Y llegó el verano de 1988. Todos veraneábamos en la misma casa, para felicidad de los que ya no compartíamos la vida diaria de mis padres y mi padre llegó con su maleta de libros. De uno de ellos no se explicaba cómo había llegado a los 79 años sin leerlo porque era de esos que “había que leer” y, en lineas generales, le parecía que ya había leído lo inprescindible para ser la persona culta y prepara que se debe ser, pero ese no y, nada menos que Cervantes lo recomendaba en su Quijote. Era Tirant lo Blanch de Joanot Martorell. Durante muchos días mi padre leyó en silencio hasta que, de pronto estalló, comenzó a despotricar (sin dejar de leer). Aquello era un peñazo insoportable, le parecía inexplicable que una obra así fascinara a Cervantes y elucubró largamente sobre la época, el momento y cómo una obra prescindible podía isnpirar otra genial. Todos insistíamos en que lo dejara y nos miraba con horror ¡qué disparate, cómo lo iba a dejar aunque le aburriera soberanamente, si era un libro esencial!

    Yo regresé a primeros de septiembre, antes que mi familia, pero dejé a mi padre con el libro concluído y a mi madre riéndose de él. “Esa manía tuya de que hay que leer determinadas cosas; ya ¿para qué?”. Ellos volvieron a Madrid a finales de septiembre. El 29 de octubre, tras una agonia atroz de diez y siete días, murió mi padre. Mi madre lloraba en silencio junto a él y le oí decir bajito: “¿Lo ves? es lo último que has leído y no te ha servido para nada.

    En principio pienso que mi madre tenía razón, pero nunca olvidaré ese verano último y la pasión de mi padre, tan lúcido y brillante como siempre, equivocado o no, comentando el Tirant lo Blanch. Verdaderamente, si pensamos en que vamos a morir, casi no haríamos nada, pero, sin ir tan lejos, cada vez que comienzo un libo, pienso que puede ser el último y que, fundamentalmente lo que tiene que hacrme es disfrutar. Quizás es que tenga un concepto de la falta de imprtancia de lo que yo haga o deje de hacer

  46. Pavlova

    Perdón, me he puesto tan pesada (estaba pensando mientras escribía que tenía que reducirlo) que se me ha colgado repentinamente (con lo que cuesta otras veces). No es que corrija mucho nunca, pero esto ha salido sin revisar, perdón y hay dos ler por leer, un líneas sin acento, un imprescindible con ene (hay la proximidad en el teclado), un isnpirar por inspirar, un hacerme por hacerme y un imprtancia por importancia. N fin, sabrán disculparme.

    Decía que quizás es que tenga un concepto de la falta de importancia de lo que yo haga o deje de hacer con respecto a los demás e incluso a mí, que me permite leer el Tirant, dejarlo si no me gusta y el humor de Mendoza sin ningún cargo de conciencia. No voy a trascender y eso es un descanso.

    Y ya que tengo que colgar éste final, aprovecho para comentar algo sobre lo que no quería decir nada, con respecto al artículo de Serna, porque el libro que iba a mencionar lo leí siendo tan niña que casi no lo recuerdo, sólo que me impresionó vivamente y que creo que tiene algo que ver. Hablo de Lourdes, de Zola y de la tremenda impresión que produjo en el escritor su peregrinación a la gruta de Masavielle con un tren de enfermos desahuciados. Recuerdo que era casi periodístico, terrorífico y demoledor. Hablaba más de la fe de aquellos pobres desgraciado que de la enfermedad misma que padecían. No sé, el comentario de Justo sobre el horror de la enfermedad me ha traído a la memoria aquella lectora mía casi infantil y que fue como un mazazo; leí ese libro porque tenía en la portada el nombre de mi madre y me dejó hecha polvo…

  47. Alejandro Lillo

    Creo que aún me dará tiempo a expresar mi opinión en este post antes de que Justo introduzca su nueva entrada. Primero de todo, agradecer al señor Kant, aunque sea con retraso, su recomendación literaria (“Imposturas intelectuales”, le aseguro que la leeré con sumo interés) y sus explicaciones sobre el post anterior, también muy interesantes.
    Ahora, intentaré ser breve.
    El sanatorio de leprosos me parece un lugar horrible, y el trabajo de ese médico valenciano del que nos ha hablado Justo, admirable. Admirable la convicción de sus principios y su esfuerzo por cumplir con su deber, aunque le repugnen sus pacientes. Muchos ejemplos de esa abnegación podríamos citar con igual reconocimiento.
    La intervención del señor David P. Montesinos me parece muy acertada. Por eso me gustaría añadir una pequeña reflexión a lo que dijo: la lepra de nuestros días, esa enfermedad que se quiere ocultar y a cuyos enfermos se les rechaza constantemente, es la vejez y la muerte (entendida ésta como consecuencia última de aquélla). Vivimos en una sociedad que no acepta el paso del tiempo y los estragos que causa en nosotros, no sólo por las operaciones de cirugía estética y esa cultura de lo eternamente joven que el señor David P. Montesinos tan bien conoce y nos ha explicado, sino por la ocultación social de la muerte, de la muerte como lo cotidiano, como una parte de la vida… justamente lo contrario que sucede en “La montaña mágica”.
    A ese respecto debo decirles que llevo unos meses leyendo la novela del señor Mann (hize una pausa cuando iba por la mitad que aproveché para leer al Pomponio de Mendoza y una policiaca de Fred Vargas bastante recomendable) y creo, don Miguel, que la señora Fuca tiene razón (por cierto, señora Fuca, estoy leyendo la traducción de Mario Verdaguer y me interesaría saber si existe mucha diferencia entre ésa y la que usted comenta de Isabel García Adánez). Como decía, don Miguel, esa novela es demasiado para los adolescentes. Es más, a veces dudo de si es demasiado para mí, tal vez no esté maduro del todo.
    Y aquí entro en el debate sobre los momentos de lectura y los gustos literarios. Creo que la señora Fuca y el señor Kant llevan razón. Los dos. A nivel general estoy de acuerdo con doña Fuca. A mí tampoco me gusta perder el tiempo con lecturas insustanciales, aunque también creo que lo mismo les sucede a la mayoría de los contertulios de este blog. Respetando a los autores enormemente, pues imagino la dificultad que entraña la creación literaria, no me atrae para nada la lectura de Ruiz Zafón, del autor de la “Catedral del mar” (ahora no recuerdo su nombre) o, para hablar de un peso pesado de la literatura actual, Arturo Pérez Reverte. No se lo que me pasa con él que me aburro con sus novelas, que me da la sensación de que estoy perdiendo el tiempo, que no me aporta nada.
    Otra cosa muy distinta es lo que cada uno considera que es perder o no el tiempo, y en ese sentido Mendoza siempre tiene algo que enseñarme. En este caso particular coincido con el señor Kant.
    Dicho esto, me gustaría distinguir entre la buena literatura y la mala literatura, porque creo que ahí es donde descansa el malentendido. Ambas, la buena y la mala, pueden distinguirse con un grado de objetividad bastante alto. Para la mala literatura nunca voy a tener tiempo; para la buena, sí considero que tiene sus momentos y sus épocas, sus estados de ánimo y las circunstancias emocionales por las que cada uno atraviesa.

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