0. Leyendo…
Una cosa lleva a otra, una lectura lleva a otra. Estar atento tiene ese riesgo: que te multipliques exponencialmente. A veces de manera demente. ¿Estás ahíto? Sí, en ocasiones, resoplas, como el tipo ese de la foto… Como vio Marx, todo tiene resonancias, todo despierta un eco de otra lectura previa, de esa biblioteca que está detrás de ti y que te exige, una biblioteca en la que cada libro reclama tu atención. Para escribir, por ejemplo. En todo caso, cuando te pones, has de evitar el diletantismo. Ya lo dije: la mera expansión, el tratamiento superficial que liquida el tema, ese picoteo que sólo busca el dato escaso. Por tanto uno debe insistir, debe volver cada cierto tiempo, procurando imponerse rigores y disciplina intelectual: leyendo cosas variadas precisamente. El mejor antídoto contra las muchas lecturas es administrarte dosis no letales de ese mismo veneno.
Los mejores blogs son conversaciones a distancia, charlas virtuales en las que los comparecientes juegan, se interpelan, se retan, se recomiendan mutuamente lecturas y, en ocasiones, hasta se prestan sus libros.
Por ejemplo, en este blog. Si no me equivoco, Francisco Fuster se citó con Marisa Bou para pasarle un par de volúmenes interesantes. En esta bitácora, quienes intervienen se organizan para no dar descanso a los lectores más ávidos, ya ven. Por ejemplo, me han recomendado expresamente a un autor del que nada sabía: Bruce Bégout. Admito mi ignorancia. Me habló de él el propio Francisco Fuster, dejándome un ejemplar de su obra más célebre, ahora recién traducida: Zerópolis. Pero no es Fuster de quien parte esta recomendación: según creo, fue David P. Montesinos quien le habló con entusiasmo de este joven filósofo francés. Y ya ven. Yo, ahora, me veo leyendo este interesante libro. La verdad es que lo he acabado en unas pocas horas, de tan breve que es: eso no significa, sin embargo, que no sea enjundioso.
1. Leaving Las Vegas
¿A qué está dedicado? A Las Vegas. ¿A Las Vegas? ¿Y a quién le interesa algo así, un volumen sobre una ciudad tan estrafalaria, tan distante? Sí, en efecto, Nevada nos queda muy lejos. Pero no creo que el exceso de esta ciudad nos sea tan ajeno: el exceso de la mezcla, de la incongruencia. Ya nos hemos habituado a esas aleaciones imposibles: forman parte de nuestras vidas. De nuestras vidas imaginadas, fantaseadas con el auxilio del cine y de la televisión. Primero, Las Vegas fue precisamente el centro del urbanismo descentrado, extremo y, también, el lugar de la incoherencia impenitente: el espacio de la mera adición; la urbe incongruente de edificios que se repelen.
Pero es también el lugar del énfasis lumínico, la sede de la luz abundosa, sobrante, con neones explícitos que desafían la indiferencia del espectador, del jugador.
Para algunos, esa incoherencia descentrada y este exceso estético son un logro insólito y posmoderno, una operación que se vale del collage y la ironía. Entre otros, esta tesis la sostuvo Robert Venturi en un libro que leí años atrás y cuyo impacto aún me dura: Aprendiendo de Las Vegas. Sabemos de los hoteles-casino y de la compulsión de los jugadores, del ruido de las máquinas. Sabemos de la presencia de una clase de servicio que atiende con prontitud y frialdad profesional los deseos del visitante. Sabemos también de su excepcionalidad urbana: Las Vegas aparece como un artificio descomunal y superficial, luchando contra el determinismo de la naturaleza, del desierto. Aún nos sorprendemos de esas copias de edificios europeos y de esa invasión de los neones luminosos que hipnotizan verdaderamente.
Pero parece también la ciudad de la incomunicación, del ensimismamiento, del solipsismo. Cada jugador encerrado en su apuesta, ajeno al mundo exterior, atento al azar, dispuesto a consumir y consumirse. Es fácil, sí, hacer metáfora de Las Vegas: adoptarla como un microcosmos de nuestro mundo. Bégout evita convertir la ciudad en símbolo de nuestro tiempo. Es de agradecer que el filósofo francés no la tome como metáfora del mundo actual. Es lo obvio, lo falso obvio. Bégout, por el contrario, la recorre con mirada atenta, con los ojos de un antropólogo europeo que no se fía de la familiaridad inmediata de las cosas, que espera entender las formas de ese gigantesco parque de atracciones, el vértigo de su impacto visual. Es, en efecto, una suerte de parque temático cuyo objetivo será siempre divertirse hasta morir o, mejor, divertirse regresando sin haber muerto. ¿Es así? El parque temático nos procura solaz y nos pone en riesgo, recrea entornos urbanos, naturales e históricos, pero a la vez nos protege con la ficción, con lo que no es verdad. Yo, al menos, lo vivo así.
Leyendo a Bégout releo indirectamente a Roland Barthes (Mitologías), a Umberto Eco (La estrategia de la ilusión), a Jean Baudrillard (América), autores que me enseñaron a mirar de cerca las pequeñas cosas de la modernidad: los gadgets, el mal gusto, el kitsch propiamente. Entre otros, Bartes, Eco y Baudrillard me mostraron cómo enfocar la perspectiva microanalítica que me revela la porosidad y la profundidad de lo meramente superficial, de lo aparente: Superman y los moteles, la autopista y el museo inacabable de la utopía americana, objetos y el espíritu de esos objetos. No hay nada irrelevante o descontextualizado si miramos bien en el mundo saturado que nos rodea; no hay nada desprovisto de significado y todo se convierte en objeto de pesquisa. Eso hizo Walter Benjamin para el París del Ochocientos y eso mismo podemos hacer ahora cuando miramos la ciudad que nos rodea. No hay que quedarse absorto… Por ello, al menos de momento, me despido de Las Vegas, que es lo que recomienda Bégout (también el final ha de ser Leaving Las Vegas): abandono Zerópolis , esa ciudad en la que se confunden lo real y su sombra, el objeto y su ficción, la nada y su expresión. La abandono para vivir y leer de otro modo y en en otro lado. ¿Y qué encontraré?
2. Continuará…
No continuará. La situación del PP es tan grave (temporalmente grave) que suspendo este post. Martes 13, nuevo post.
—————
Hemeroteca
-Enric González, «El horror«, El País, 11 de mayo de 2008
-Gustavo Martín Garzo, «Las enseñanzas de Sherezade«, El País, 11 de mayo de 2008








Deja un comentario