0. Os recibimos, americanos, con alegría… (23 de mayo)
«Independientemente de toda opinión política, desde un simple punto de vista imaginativo, pienso que la mayoría de nosotros preferiría que fueran los americanos los primeros en llegar a la Luna. En efecto, a los americanos en la Luna nos los imaginamos», decía Umberto Eco en un artículo de 1959, recogido después en Diario mínimo. ¿Que por qué nos los imaginábamos? Porque para aquellas fechas toda una literatura de ciencia-ficción había facilitado esa posibilidad aún pasmosa e irrealizable. ¿Y los rusos? También los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor de la Tierra? Aquello abatió a los norteamericanos, dicen: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apolo. ¿Recuerdan? Diez años después de que Umberto Eco escribiera ese artículo, los norteamericanos llegaban a la Luna. El Apolo 11 consumaba un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias. Recuerdo ahora el artículo que escribí sobre El viento de la Luna, la obra de Antonio Muñoz Molina: el novelista supo recrear con belleza y sofisticación esa hazaña que a tantos nos deslumbró.
Pero regresemos a 1959. ¿Y los rusos?, se preguntaba Umberto Eco. “Los rusos… Hay que hacer un esfuerzo para imaginárselos allí”, se respondía el ensayista italiano. Situémosnos. Estamos a finales de los años cincuenta. La literatura de la que habla Eco ha creado una experiencia de lo imaginario (la llegada a la Luna) y una expectativa de lo posible: el triunfo de los americanos en lucha contra la amenaza roja o contra el ataque exterior. O dicho en otros términos: las novelas –el cine y el curso histórico– han creado un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas de lo que es probable, temido o deseado (por emplear expresiones de Reinhart Koselleck). Y en la ciencia o en la técnica también lo probable, temido o deseado, suele ser lo que ya creemos saber con las narraciones: nuestra imaginación alimentada por las novelas o el cine.
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1. Esperando a Indiana Jones (23 de mayo)
Años después, la última entrega de Indiana Jones, de Steven Spielberg, de Georges Lucas, de Harrison Ford, está ambientada en esa época, justamente en 1957, recreando la Guerra Fría. Como indican las crónicas, los villanos ya no son los nazis, sino unos temibles soviéticos. Leo en un despacho de la Agencia Efe que algunos comunistas de San Petersburgo han mostrado su indignación por la imagen que de Rusia se da en la película de Spielberg. “El film describe de forma caricaturesca y miserable la actuación de los soldados soviéticos, de nuestros agentes de inteligencia, liquidados cínica y despiadamente por el superhéroe americano Indiana Jones”, dicen esos militantes agraviados. Pero continúo.
“Semejantes mentiras fomentan en los rusos de las nuevas generaciones un estado de ánimo decadente, inseguridad en el poderío de su país y un sentimiento de idolatría por Estados Unidos”, añaden. “La película tiene como objetivo denigrar a los comunistas soviéticos, engendrar una nueva ola de antisovietismo y crear entre la juventud actual un concepto tergiversado de la política exterior de la URSS de los años 50 del siglo XX”, precisan. Pero, para acabar, los actuales comunistas rusos recuerdan a Spielberg que “en 1957 (año en que transcurre el film) la URSS no enviaba terroristas a Estados Unidos, sino que lanzó una cohete artificial al cosmos, lo cual provocó la admiración de todo el mundo”. Etcétera, etcétera.
Como comprenderán, con una polémica así, muchos espectadores arderán en deseos de ver la película. ¿Será tramposa, como dicen los comunistas de San Petersburgo? ¿Con qué criterios juzgan estos críticos? Estoy demorando la espera, aguardando el mejor momento de acudir al estreno. No por falta de interés, desde luego. He visto el tráiler, he visto las imágenes promocionales y he leído algunas críticas. ¿Recuerdan las primeras películas de la serie? Con Indiana Jones estamos, por supuesto, ante un relato característico de la literatura popular, un relato probablemente poco respetuoso con la historia real pero muy fiel al pasado fantasioso de héroes y villanos: alguien que lleva una vida de rutina tiene que sacar coraje para enfrentarse a malvados en una circunstancia excepcional. El personaje encarnado por Harrison Ford es, sin duda, nuestro arqueólogo favorito, imaginario, irreal: lo que quieran, pero atractivo, sobre todo porque hace parodia del heroísmo que él encarna. Es un profesor: es difícil imaginarse a un docente como un personaje de acción. Spielberg, Lucas y Ford lo lograron: desde luego no hay que tomarse muy en serio esas hazañas improbables.
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2. Nunca te enamores de tu propio zepelín (23 de mayo)
Tengo la impresión de que los comunistas de San Petersburgo dan mucha importancia a la ficción. Al idolatrar el pasado de la URSS han confundido el Sputnik con un dirigible. ¿Recuerdan lo que ocurrió cuando se inventó dicho ingenio? «Qué cosa más maravillosa, pensó la gente, poder viajar por el aire como los pájaros. Y entonces se descubrió que el zepelín era un invento sin porvenir. El invento que sobrevivió fue el aeroplano. Cuando aparecieron los primeros dirigibles, la gente creyó que se produciría una progresión lineal a partir de ahí, un avance hacia modelos más refinados y más rápidos. Pero no fue así», nos cuenta Umberto Eco, nuevamente, en una de las páginas de Predicciones, un libro colectivo que en España publicó Taurus. ¿Por qué razón? Porque lo más lógico no se cumplió: lo lógico era ser más ligero que el aire para poder surcar los cielos. En realidad, resultó que había que ser más pesado que el aire para volar mejor y más rápido. La sensata moraleja que extrae Eco es la de que en ciencia –pero también en filosofía y en historia– no hay que enamorarse del propio zepelín: en poco tiempo, ese ingenio puede ser quincalla o pieza de museo. Punto y aparte.
Incluso en una ficción está feo que los norteamericanos se mofen de los soviéticos o que los describan básicamente como villanos sanguinarios y temibles. Eso es generalizar: aunque, ahora que lo pienso, ya se sabe que en la cultura popular los malvados son siempre de una pieza: como los héroes. Antonio Gramsci tiene páginas memorables dedicadas a ello que harían bien en repasar los comunistas de San Petersburgo: quizá para que puedan tomarse a guasa lo que no puede tomarse en serio. Aunque peor que la literalidad es la melancolía: seguir enamorado del Sputnik en… 2008 es un grave error, una ficción. ¿Por qué? Es meláncolica, arcádica, la imagen que esos rusos tienen de dicha época y de los esplendores de la URSS hacia 1957. La melancolía es ese estado de añoranza por algo pasado que nos hace creer en cosas que realmente no sucedieron o, al menos, que no sucedieron tal como imaginamos.
Como nos recuerda Álvaro Lozano en La Guerra Fría, para el líder soviético de 1957, Nikita Kruschev, que el Sputnik hubiera sobrevolado el cielo de Norteamérica era la prueba o el vaticinio de la que la URSS vencería en la disputa bipolar. «No hacía falta ser un experto en cohetes para predecir cuál sería el paso siguiente: dotar a este tipo de misiles de cabezas nucleares capaces de alcanzar cualquier objetivo en territorio estadounidense en tan sólo media hora», precisa por su parte John Lewis Gaddis en su clásico volumen dedicado al tema, también titulado La Guerra Fría. En todo caso, el optimismo de Kruschev era un error de perspectiva y, sin duda, el lanzamiento del satélite ruso provocó efectos contrarios a los deseados, pues fue un acicate para los estadounidenses. Como consecuencia de ello, el Gobierno norteamericano puso en marcha el programa National Defense Education Act , una misión no espacial, sino intelectual: de batalla intelectual. Y es en ese frente de la Guerra Fría cultural en donde los estadounidenses ganaban sobradamente: con Hollywood, con la televisión, con la literatura de ficción. Y eso es lo que no acaban de comprender los comunistas melancólicos, enamorados de su zepelín…
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3. El héroe y sus sombras (24 y 25 de mayo)
Yo también caí rendido al contemplarlo. Pero dejemos momentáneamente los años cincuenta. Regresemos a una época más cercana. Un domingo de 1982, en Sevilla, yo también me enamoré… del Dr. Jones: no era mi zepelín; era el superhéroe, un calco, una ficción. Todo ello ocurría en una tarde inacabable, sin perspectivas de nada, sumido en tedio. Por casualidad había ido al cine. No tenía nada mejor que hacer. Estaba en la capital andaluza sirviendo al Rey y unos conmilitones algo toscos me dijeron que aquella película –de la que yo lo ignoraba todo– parecía entretenida. Cuando abandoné la sala notaba mi euforia reparadora, la compensación de una historia trepidante e irónica de buenos y malos. A aquellos soldados algo romos, sin ínfula intelectual alguna, sólo les podía estar agradecidos. Persecuciones, chicas empeñosas, villanos detestables y un héroe que rendía homenajes constantes a los personajes de antaño. En busca del Arca perdida (1981) la descubrí así, sin referencias, con ingenuidad de espectador antiguo. Nunca he olvidado cómo me consoló de mi tristeza y desarraigo.
Qué me quedó de aquel momento eufórico y solitario. La imagen de un héroe que sólo lo es a veces y la de unos malos siempre acechantes y taimados. ¿Un profesor de arqueología convertido en hombre de acción? ¿Unos nazis de tebeo, pérfidos y crédulos a la vez? La película admitía ese toque irónico pero –eso sí– cumpliendo con el precepto básico de todo film de aventuras: hay que entretener sin dejar que el espectador se apoltrone. La música de John Williams subrayaba admirablemente esa trepidación. Muchos años después, la cuarta entrega de Indiana Jones responde a los mismos criterios: ahora, además, con parodias cinematográficas más explícitas, con citas literales de la cultura popular, con autohomenajes del propio Spielberg. Como dijo hace unos años el propio Harrison Ford, «echaré de menor todo lo que significa el personaje. Para mí siempre fue un placer interpretarlo. Me encanta el sentido del humor de las películas. Me hace sentirme como un niño».
Humor, en efecto: algo que me permitió reírme en 1982 y reírme ahora. La cuarta entrega es más preciosista, con una fotografía espléndida que reproduce muy bien las películas rodadas en los cincuenta. Pero… yo tengo veintiséis años más y soy un espectador más resabiado: aunque -eso sí- no he perdido las ganas de entretenerme con un producto eficaz, en ciertos momentos deslumbrante. No me descubre nada que no haya visto antes, pero me permite recrearme con lo que ya conocía siguiendo a un Dr. Jones talludito y solvente. En esta última película –como en toda la serie– cabe todo o casi todo, retales o trozos, reescrituras: como un centón en el que se borra y se reescribe para hacer del film una historia de la madurez y del aprendizaje, una ficción ya vista en la que un impetuoso joven se inicia y un experimentado abuelo se tienta. Juzguen la película así, admitiendo el puro goce del hedonismo impenitente: déjense llevar por su fotografía, por sus imágenes, inspiradas en parte en Norman Rockwell; déjense llevar por sus lances sabiendo que se basa en un guión imperfecto, a veces confuso, a veces resuelto; déjense llevar por el deleite sin culpa. Spielberg no abusa de los efectos digitales ni de la fantasía…, al menos hasta un determinado momento en que ciertas criaturas acuden en su auxilio. Ahora bien, las fantasmadas o las marcianadas han de ser verosímiles y congruentes, como los buenos cuentos. También en este caso, la historia de Indy es un cuento, en efecto. Pero que sea un arqueólogo empeñoso (o un hombre de acción) no le ahorra a nuestro héroe el esfuerzo baldío o los errores. Sabemos que ha tenido que rehacerse en varias ocasiones, que ha debido remendarse y recomponerse, dando muestras de arrojo, de audacia, pero también de camaradería y de humor socarrón. Tiene cicatrices, llega a la vejez y, a pesar de ello, aún se debe a su padre, que supo exigirle.
Como en todo relato popular, hay, por supuesto, villanos: gentes que esperan robar un tesoro o que desean dominar el mundo. Los soviéticos son malos de tebeo o malvados de cuento. Históricamente increíbles, desde luego: pero tampoco el perfil que Spielberg trazaba de los nazis en las anteriores entregas era respetuoso con lo documentado, con lo cierto. Eran, insisto, villanos de escenografía: un héroe ha de probarse contra ellos; y hacia 1957 no había mejores malvados que los pérfidos soviéticos aún herederos de un Stalin muerto años atrás. Contra ellos, el héroe envejecido emprende una lucha sin cuartel, pero con humor, sabiendo que le admitimos lo improbable de su fantástica proeza sólo por cariño y nostalgia. Cuenta con viejos y nuevos amigos y aliados, pero también con traidores a los que hacer frente. Siempre hay un traidor, un socio que no es tal. No revelo más, pero no se pierdan al agente del MI6. Como en todo cuento hay personajes fantásticos y hay corredores: corredores que le llevan a lo más profundo y por los que debe adentrarse como un nuevo profesor Lidenbrock. Por momentos parece que nos aventuramos al centro de la Tierra. Hay pasadizos, sí, que son la vía de acceso a lo ignoto, a ese objetivo que se ambiciona…
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4. Colofón (26 de mayo)
Pero el objetivo que se ambiciona no es la posesión material: esas riquezas inauditas y finalmente inservibles. Frente al expansionismo rapaz que caracterizaba al protagonista de Las minas del rey Salomón, un clásico de aventuras; o frente a la caza arqueológica del joven Indy, ahora el Dr. Jones y sus amigos sólo desean restituir la pieza a su lugar, con una generosidad sobrevenida: para así acceder a lo ignoto. Y lo ignoto a lo que hay que llegar es el conocimiento o el reconocimiento de lo que somos y de nuestras identidades confusas, que es lo que los individuos de verdad añoran desde el nacimiento: ¿de quiénes somos hijos? Hay una inocencia original que hemos perdido, una época en que las cosas eran más simples (hasta los villanos): ese Edén al que sólo se puede regresar gracias a la ficción. Es la infancia de Spielberg, esos cincuenta que son los de la Guerra Fría. Pero son también los años del expansionismo yanqui, de la sociedad de consumo, de la cultura del rock. Hacia 1957, Spielberg tiene once añitos y para entonces ya han triunfado lo joven y los jóvenes, los rebeldes con mayor o menor causa, los muchachos más o menos airados. Pero, atención, siempre habrá un Indy casi anciano que resista bravamente, que no ceda el sombrero coqueto, elegante, protector: su Fedora.
Fin
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Variedades
-A. Día del Orgullo Friki. Acabó el Festival de Eurovisión. Un magno evento, sin duda, porque da dinero y porque lo retransmite en directo la televisión. De ese certamen algo decaído, ya escribí en febrero de este año: mi estadística me dice que tuve numerosas visitas en aquel momento. Tantas como votos le faltaron a Rodolfo Chikilicuatre para ser ganador. Obtuvo un honroso décimosexto puesto. En su actuación definitiva le vi nervioso. La canción es ingeniosa y pegadiza pero para poder disfrutarla le pasa lo que al reggaeton o al agua tónica: hace falta escucharla y bailarla varias veces, haciéndola propia, con desenfreno infantil. Será la bomba en las verbenas del mes de agosto. Dentro de unos meses, nadie se acordará de la musiquilla rusa que ganó el certamen, en cambio el himno de Chikilicuatre perdurará en la memoria sonora y gamberra de todos nosotros. Periodista Digital, que es un diario online muy serio, muy grave, muy severo, aún no se ha repuesto de nuestra representación eurovisiva: «Un ridículo continental«, resume. Vaya, ahora cuando salgamos a Inglaterra o Francia, los extranjeros nos dirán: «Perrea, perrea». Y, claro, será un bochorno. Es verdad, qué razón tienen los vigías de Occidente… (25 de mayo)
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-B. La France. Para mi gusto, la mejor canción del Festival –respetuosa con sus tradiciones canoras y sonoras, y con reminiscencias sesenteras– fue la pieza interpretada en representación de Francia. Divine, se titula y la canta Sébastien Tellier. Sólo tiene una pega: es breve, demasiado breve e intelectual para un certamen que premia hoy copias degradadas del modelo Abba. Tellier no oculta su frikismo consciente (y no involuntario como Rusia, Europa oriental o los países escandinavos), y tiene unos coros que le dan excepcionalmente la réplica: como si recreáramos en una nueva balada el tonillo de Rocky Sharpe & The Replays. Su look es inquietante y canta en inglés (25 de mayo).
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-C. ¿Mariano Rajoy en el diván? Leo en El Mundo: «Una semana en el diván. El líder del PP padece el ‘efecto Crespi’. Consiste en la asimilación de la derrota convirtiéndola en victoria. Así interpreta el psiquiatra Adolf Tobeña la singladura de Rajoy, en la semana en la que Ortega Lara dio el portazo y a Eta se le vieron otras caras». ¿Psiquiatrizar al candidato repudiado? ¡Cómo somos los universitarios! He de leer ese informe. Ya les cuento… Leo el artículo de Tobeña y compruebo que la precisión de esa entrada editorial (las palabras entrecomilladas) poco o nada tiene que ver con lo que el psiquiatra dice. Si nos fiáramos de la impresión, que es la que en El Mundo quieren provocar, deberíamos pensar que Rajoy es un tipo averiado, con serias dolencias psíquicas. El informe de Tobeña no confirma esas palabras: contrariamente al periódico que le ha encargado ese diagnóstico, le tiene simpatía. Pero lo curioso es que ese informe se haga a distancia. Es un psiquiatra que examina de lejos. Su diagnóstico se hace a partir de impresiones y de datos insuficientes, imprecisos: los que cualquier lector o espectador pueden obtener. Llama la atención que un experto pueda atreverse a eso sin un tratamiento del paciente. Más aún, carece de sentido el tópico que emplea el periódico: ese diván que aquí no se ha utilizado: no hay escucha del analista ni hay verbalización del analizado. ¿El diván como metáfora? Ya estamos otra vez con los símbolos… Días atrás era una mosca posada en la nariz de Ibarretxe. Hoy es el diván en el que no se recuesta Rajoy (25 de mayo).
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Martes, 27 de mayo, a las 14 horas, nuevo post









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