0. Stephen King
Stephen King no tiene buena prensa. A pesar de estar influido por H. P. Lovecraft (o tal vez por eso), sus ideaciones suelen ser repudiadas por los intelectuales de postín. Yo, qué quieren, he leído historias suyas que son recreaciones terroríficas muy refinadas. Pero no me engaño: no conseguirá librarse de la mala fama. En efecto, de este escritor se dice que es rudimentario, algo así como un tipo tosco que sólo sabría concebir historias poco sofisticadas. Insisto, yo no creo que todo King sea así. Bien mirado, muchos de sus relatos son sutiles. O con esa impresión quiero quedarme. ¿Recuerdan El resplandor, de Stanley Kubrick? Pero, claro, digo Kubrick y debo disculparme… En su momento, esa película fue vapuleada por ciertos críticos. Vista y vuelta a ver, hemos de convenir en que dicha historia es igualmente sofisticada. O, quién sabe, quizá sólo sea una película irreparablemente kistch. Días atrás hablábamos del kitsch.
Indicaba Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados, que esa categoría estética alude al mal gusto, entendiendo por tal la prefabricación e imposición de un efecto artificiosamente culto. Es decir, un producto kitsch es aquella creación dedicada a confirmar las preferencias y reconocimientos de quienes tienen una cultura media (midcult). Deseosos del menesteroso y redundante buen gusto, los espectadores o lectores medios se dejarían llevar por un producto enfático, destinado a consumidores poco exigentes. Mozart en El Corte Inglés, o Vivaldi en el Metro, Goya en el kiosco: todas las formas del esteticismo o de referencia esforzadamente culta. ¿Es así? ¿Son así Kubrick o King? Quizá, no lo niego. Pero hay veces en que a uno le gusta abandonarse a lo medianamente culto, incluso a lo que carece de sofisticación…
Cuando estuve en Roma la última vez, pude recrearme con la Exposición alemana dedicada a Kubrick. Fui un par de veces para abandonarme a una sugestión, la que tuve en aquellos momentos de los respectivos estrenos: el de 2001 o el de El resplandor, momentos que me dejaron absorto, sin palabras, ajeno a las críticas justificadas o rencorosas que denostaban el estilo grandilocuente de Jack Torrance, así como otros gadgets. ¿Se imaginan? En Octubre de 2008, esa muestra llegará a Valencia. Por supuesto volveré a verla, irracionalmente. Sí, ya sé: este director era pomposo y desmedido y algunas de sus películas, como Eyes Wide Shut, provocaron una legión de contrarios. Pero, qué quieren, este cineasta me produce una fascinación que no puedo justificar. Dejemos, de momento, al cineasta fallecido y volvamos sobre el terror o al puro miedo, a lo inminente, a lo que está a punto de sucedernos: eso que se cierne sobre nosotros, eso que no tiene explicación. Quiero comentarles varios casos.
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1. La niebla
No sé ustedes pero yo, cuando olfateo una película de terror que pueda ser aceptable, no me la pierdo. Me gusta pasármelo de miedo… Bueno, miento: me he perdido algún film reciente por puro estremecimiento, sabedor de que no podría aguantar el pánico que el tráiler anunciaba: sabía que no podría soportar tanta realidad, tanto terror. Me refiero a [Rec] (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Hace meses vi una película espléndida, 28 semanas después, film sobre el que escribí un artículo en el que apenas podía expresar el impacto que esa historia me había ocasionado: «Terrores londinenses» lo titulé. Ahora mucho tiempo después voy al cine con el mismo fervor infantil.
El pasado fin de semana se estrenaba en las pantallas españolas La niebla (2007), un film de Frank Darabont basado en un relato de Stephen King. En muchas de sus imágenes recuerda otra película evidente (y contemporánea de El resplandor): La niebla (1979), de John Carpenter. La de Darabont parece un producto de serie B, pero bien realizado, con medios. Sin abandonar un toque menesteroso, los monstruos que allí salen son la encarnación del mal y tienen el aspecto de aquello que nos atemoriza desde niños: los tentáculos de pulpo, las garras de ave rapaz, lo viscoso, las larvas, los insectos, los híbridos. Un monstruo es algo informe o gigantesco; pero también una figura con alguna de sus partes anormalmente alterada. Este exceso es lo que nos trastorna y lo que nos inquieta, lo desmedido: si además esa figura nos acecha y nos amenaza en un medio conocido (o precisamente por ello), entonces el horror se despierta. En dicha película, la mayor parte de la acción transcurre en un supermercado, uno de esos lugares comunes a los que acudimos, un espacio reconocible. Es en un sitio así en donde el terror puede llegar a la angustia absoluta. El miedo, decía Lovecraft en frase mil veces repetida, es «la emoción más antigua y más intensa de la humanidad», sí: «y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido».
Allí, ante la tienda o entre sus pasillos, está el mal. Es algo inconcreto, esa niebla inespecífica que por carecer de forma se adapta, se filtra. Pero tiene fuerza y de su interior invisible salen monstruos. La niebla es como una pesadilla infantil, en efecto. En nuestros malos sueños hay un vapor que vela, un vaho que oculta, unas nubes que no dejan ver: en principio, de allí procede lo que nos amenaza. Así sucede en la película. Si estoy solo me muero de miedo, pero si estoy en compañía de otros formo un agregado con el que defenderme y defendernos. Los consumidores que accidentalmente están en el supermercado no son únicamente individuos: tienen la fuerza del número. ¿Pero qué pasa si los otros son el infierno, si hay una locura contagiosa que nace de la religión fanática? Vamos a morir, ¿no es cierto? Pues esto sólo puede deberse al pecado, a los numerosos pecados que hemos cometido contra Dios, dice algún personaje. ¿O acaso se debe a alguna extraña manipulación científica?, conjeturamos. Lovecraft tiene una página en la que habla del miedo relacionándolo con la ciencia expansiva y la misticismo religioso. Parece escrita expresamente para esta película.
¿Hay posibilidades de un horror sobrenatural? ¿Lo favorecen la religión o la ciencia en este mundo cada vez más racionalizado?, se preguntaba Lovecraft en los años treinta. «Combatido por una ola creciente de tedioso realismo, cínica petulancia y sofisticado desencancanto, recibe el aliento, sin embargo, de una corriente paralela de misticismo cada vez mayor, debida tanto a la reacción cansada de los ‘ocultistas’ y a los defensores de los fundamentos religiosos frente a los descubrimientos materialistas, como a la estimulación del asombro y la fantasía a causa del ensanchamiento de las perspectivas y la ruptura de barreras que la moderna ciencia ha provocado con su química intraatómica, sus adelantos astrofísicos, su teoría de la relatividad y sus tanteos la biología y el pensamiento humano», concluye Lovecraft. Más allá de las imprecisiones del narrador o más allá del sentido apocalíptico final que le da a sus palabras, lo cierto es que el terror preternatural que hoy aún se cultiva tiene esas fuentes. De ahí que, como en otros momentos, la alegoría sea el discurso cinematográfico de La niebla. El supermercado es, sin duda, la sociedad humana, tan frágil, tan expuesta a la acometida bestial de los seres monstruosos; pero es también el microcosmos en el que toda relación se agrava, en donde todo fanatismo tiene su asiento. Ahora bien, el héroe y algunos de quienes le acompañan no se resignan al temor cerval: se proponen hacer frente al hostigamiento de lo inaudito, a la amenaza del determinismo, del fatalismo… El coraje, la supervivencia de la humanidad, el valor de lo humano: todo ello está en juego para una sociedad que vive un pánico justificado e infantil. Y hasta aquí puedo leer…
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En cambio, en El fundamentalista reticente todo adquiere un tono de gravedad tremenda, de tesis, con una severidad enfática políticamente correcta, sin pizca de humor. Tanto es así que parece la confesión de un ex adolescente desengañado que mezcla su dolor personal y el del resto del mundo. ¿Alguien de tez oscura educado en Harvard descubre de repente que Norteamérica puede ser un sitio poco hospitalario? Parece muy obvia la respuesta, como obvias son sus llamadas; como obvio es algún guiño cultural abiertamente kitsch, reclamo para cultos: «desde entonces me he sentido un poco como un Kurtz esperando a su Marlowe», dice en algún momento con errónea transcripción. «He tratado de vivir con normalidad, como si nada hubiera cambiado, pero me he visto asediado por la paranoia, por la sensación recurrente de que alguien me observa». Uf, con una confesión así habríamos denostado a Lovecraft por simple y por explícito…
En Lahore (Pakistán), un joven local se dirige a un norteamericano allí presente. Transitan por la ciudad y paran en un bar. La novela es un diálogo del que únicamente tendremos una parte, el parlamento de uno solo de los interlocutores, de aquel que se constituye en narrador. Quizá ello sea lo más notable de la novela: que sólo podamos acceder a lo que para nosotros es monólogo, el monólogo de un acto en el que en realidad dos hablan, dos escuchan, dos se interpelan, dos se interrumpen. ¿Quién amenaza? ¿Quién está dispuesto a infligir el mal? Me permitirán que no siga. No me ha dado miedo alguno y la tesis que sostiene ya me la conocía, luego… poco he aprendido. Hay veces en que las novelas te provocan tal tedio, que sólo puedes curarte leyendo otra ficción. Espero que sea de miedo. Buenas tardes.
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Hemeroteca
Nuevo artículo de Justo Serna
Reseña de Lugar común. El motel americano, de Bruce Bégout
Descubrí a este autor gracias a tres personas: gracias a David P. Montesinos, Francisco Fuster y Alejandro Lillo. Uno lo mencionó con sutileza, provocándome un interés que yo no tenía; otro me prestó su ejemplar de Zerópolis, demostrando otra vez ser un fino lector; y otro me habló con entusiasmo de Lugar común mientras lo disfrutaba, que es lo que debe hacer el mejor lector, el mejor librero. A los tres les debo algo: les dedico esta reseña-artículo. Gracias.
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Blogosfera
El blog de Àngel Duarte ha cambiado de sitio. Ésta es la nueva dirección:
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ESTA TARDE, MIÉRCOLES 4 DE JUNIO, NUEVO POST



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