O. El vertedero (10/06/08)
Anaclet Pons y yo estamos acabando de coordinar un nuevo dossier para Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, una publicación que dirige Pedro Ruiz Torres. Se trata de un número que saldrá después del verano. El dossier lo dedicamos a Internet y allí reunimos artículos de expertos que tratan del desconcierto electrónico, del mundo virtual que nos envuelve. Hay que pensar Internet en términos culturales y no como mero soporte tecnológico: ¿qué significa lo que nos acaece? Les aseguro que será un número interesante. ¿Por lo sublime de los colaboradores? ¿Por la hondura de la reflexión?
Queremos pensar en la Red como el espacio sin limites: el espacio de la experimentación, de la sutileza. Pero Internet es también el lugar de la vergüenza, de lo ordinario, el lugar en el que la cantidad es un dolor o en el que la oferta es casi una ofensa: por el número de lo vertido y por lo vulgar de lo mostrado. YouTube, por ejemplo, es un hecho sociológico insoslayable, más allá del ultraje estético de tantos y tantos tantos vídeos que allí se comparten. Es un vertedero y es un expositor, el reino de lo trash y de los freakies, el lugar del excremento, el sumidero de la imaginación averiada y pobretona: también el espacio de la invención audaz. Pero sobre todo ese sitio y otros en los que se comparten o se venden textos o películas, música y fotografías son un zoco multitudinario y caótico, un bazar con trastos de desigual valor. Como lo es Ebay, un mercadillo global de objetos nuevos, seminuevos o averiados. ¿Zoco? ¿Bazar? Estamos tan desconcertados que nombramos las cosas, las nuevas cosas que nos ocurren, sirviéndonos de metáforas quizá gastadas, incluso milenarias, creyendo tal vez que lo nuevo podremos cotejarlo con lo viejo: cotejarlo y contenerlo. Pero, bien pensado, lo nuevo no es tan insólito, pues las funciones que desempeñan muchos sitios de Internet no son radicalmente distintas a las que prestaban –y prestan– otros lugares del mundo físico (o imaginado o fantaseado). En La estructura ausente (1968) ya nos recordaba Umberto Eco que un nuevo medio no sustituye al anterior, sino que se añade a los otros, se suma a los precedentes: la función se divide y, por tanto, la cubren o la comparten varios soportes o prodigios técnicos.
Lo que ahora hace diferente el fenómeno de Internet es el número, el exceso, la sobreabundancia de datos que circulan. Precisamente eso, las metáforas de la Red, es lo que planteaba hace años Javier Echeverría en algunos de sus libros más conocidos: Telépolis (1994) y Cosmopolitas domésticos (1995). Echeverría, a quien entrevistamos para ese dossier de Pasajes, es un pionero que supo ver de antemano qué era eso de Internet y con qué debíamos compararlo. Partía de la metáfora espacial más próxima, la de la casa, para extenderla después a la ciudad. Hacia 1994, la telépolis de Echeverría era ya una urbe con barrios de mala nota, con lugares selectos, con calles intransitables, con espacios comunes de visita obligada, con zonas nada recomendables. Con vertederos, podríamos añadir ahora. En las ciudades reales, los basureros están fuera del recinto. En la urbe electrónica, la cochambre y la inmundicia están junto a los barrios distinguidos, junto a las ruinas y a las joyas. ¿Cómo orientarse en esa ciudad opulenta?
Las imágenes se multiplican, como se multiplican en la Red los microrrelatos, como se desborda la escritura electrónica. La plétora, la saturación: todo amenaza con desbordarse. ¿Cómo abordar esta revolución? Todas las revoluciones (incluidas las tecnológicas) tienen su lado eximio, trágico, selecto; y tienen su parte chocarrera, vulgar, masiva. Lo ordinario y lo grosero cambian el mundo porque los efectos de esa transformación se multiplican infinitesimalmente. Siempre ha sido así. ¿Creen que el mundo del Setecientos cambió porque los grandes ilustrados fueron los preceptores de sus contemporáneos? No. Como indica Robert Darnton (del que Anaclet Pons ha escrito varias veces en su blog), la revolución del pensamiento se dio frecuentemente en lo pequeño, en infinidad de creadores chiquitos, incluso vulgares, cuyas obras se editaban en imprentas menesterosas sorteando la censura y lo correcto, lo políticamente correcto, de aquel tiempo. Eran disolventes y muchas de ellas se han perdido. Cumplieron su papel, ese papel infinitesimal, y caducaron. Por eso, Darnton insiste en lo inestable de la información ahora y tiempo atrás. Los universitarios queremos pensar el mundo en términos de canon o de paradigma. Pero la realidad de la comunicación, de las obras y de las sobras es más imprevisible. La revolución la tenemos aquí mismo, alrededor y no siempre tiene su parte egregia, sublime.
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1. La plaza (10/06/08)
Como en una plaza pública en día de mercado, no hay posibilidad de someter a control dicho espacio y ello aunque ciertas normas acaben por imponerse. ¿Se logrará? No hay aún reglas generales que obliguen ni hay un recetario práctico que nos guíe en cualquier circunstancia. Somos una muchedumbre abigarrada en continuo movimiento, sin coacciones sociales evidentes, con máscaras numerosas, bajo el anonimato protector. Ejercemos el nomadismo individual, el de sujetos embozados o desconocidos que van de corro en corro en esa plaza enorme, de grandísimas dimensiones, observando a las gentes sensatas que allí se arraciman, pero también a los locos, a los posesos que de pronto aparecen. Sin embargo, la acción es igualmente colectiva y sólo a veces programada: hay grupos que enredan e imantan. Somos una mayoría peatonal que se mueve en gigantesca manifestación sin saberlo: un acto que provoca efectos aunque como muchedumbre diseminada no compartamos un único objeto o meta. Somos sensibles a las imágenes, a los rumores y últimas noticias, a las nuevas del comercio primario, reducido frecuentemente al chisme, al trueque, pero también al regateo. Cada uno cree disponer de su propio tenderete en el que exponer su plétora, existencias variadas, en ocasiones valiosas, útiles que podremos usar o simples baratijas: metáforas, incluso. Pero el espacio tiene unos límites difusos y es normal perder el campo visual, abigarramiento en el que algunos difunden especies interesadas.
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2. Delete (11/06/08)
La gente más inquieta se pregunta sobre Internet. Los videos subidos a YouTube o los blogs y fotologs alojados en distintos servidores se caracterizan por su inestabilidad, por su provisionalidad, por su caducidad. Se crean miles de bitácoras que expresan seguramente una urgencia personal: tienen incluso una función terapéutica o se conciben como espacios de intervención. Pero esos tenderetes no siempre arraigan y, si dependen de un público generalmente escaso y voluble, de esos corros que avanzan y giran por la plaza, entonces el expositor puede quedar vacío. Si no hay que renovar el puesto, si la mesa sólo tiene un objeto que queda para uso de interesados ocasionales (en YouTube, por ejemplo), entonces la mercancía gratuita seguirá al alcance. Pero si ese escaparate de existencias ha de actualizarse frecuentemente, entonces no será raro que el responsable se canse: no obtiene gran recompensa por acudir a la plaza si resulta que esos corros se desplazan como público volátil o si resulta que otras mesas exponen lo mismo. Es más, su decepción puede que sea mayor si descubre que, en efecto, hay esos manipuladores que, como decía, enredan e imantan a la clientela.
Júcaro, por ejemplo, que es un blogger muy interesante y contumaz parece interrogarse sobre la continuidad de su casa: la mayor parte de lo que decimos los bloggers es prescindible, precisa. Nada cambia sustancialmente si un día esta o aquella bitácora dejan de actualizarse, añade. Una pena. Pero lo escrito en la Red puede ser copiado, duplicado, multiplicado y, por tanto, esa plétora sobrante y, a la postre, prescindible puede permanecer más allá de la voluntad del autor y ser como una ganga gigantesca o como una materia viscosa. Ya sabemos que los periódicos sirven al día siguiente para envolver el pescado y los libros, transcurrido un tiempo, se descatalogan, se relegan o se guillotinan. ¿Pero qué pasa con lo escrito y publicado en la Red, eso de lo que el autor se desprendió y quiso olvidar? Puede, desde luego, destruirlo. Yo mismo eliminé cada una de las entradas de la primera etapa de este blog. ¿Pero qué sucede con esas páginas o comentarios denigrantes en donde se nos veja, esos que circulan por ahí y que no podemos borrar? A pesar de la tecla del, la plétora crece.
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3. Cardenio virtual (11/06/08)
Y todas estas reflexiones –triviales, seguro– me las provoca el medio en el que estamos, el soporte de que nos valemos, el expositor de que nos servimos, el dossier que estamos preparando para Pasajes: pero, sobre todo, a estas ideas sobrevenidas llego tras la lectura del último libro de Roger Chartier: Escuchar a los muertos con los ojos (Katz, 2008). En otro blog muy interesante, Grafosfera, también se da noticia de este pequeño volumen, que recoge su lección inaugural en el Collège de France, en octubre de 2007. ¿Qué es lo que trata Chartier que tenga que ver con lo virtual? Este gran historiador francés es un sutil erudito, un brillante analista: pero, más allá de esto, Chartier idolatra a Jorge Luis Borges e, incentivado por su lectura, investiga sobre las nociones de autor, de texto y de obra, sobre la creación y sobre el artefacto material llamado libro. Se pregunta sobre el Quijote, sobre Cardenio. Toda la obrita de Chartier gira en torno al célebre personaje de Cervantes: el loco Cardenio. Este bien pronto se independiza de la novela cervantina hasta convertirse en protagonista de obras teatrales representadas, por ejemplo, en Inglaterra hacia 1613: el Cardenio, de John Fletcher y William Shakespeare. Pero esa comedia como tal no se publicará, al menos no en 1653, que es cuando estaba prevista su edición: es decir, habiendo sido llevada a las tablas no podrá leerse…. Como un Pierre Ménard redivivo, Chartier emprende una búsqueda borgiana: «escribir un ensayo sobre una obra que no existe». Pero sobre todo Chartier se pregunta a lo largo de sus páginas por la inestabilidad de lo escrito (de Cervantes a Shakespeare); se pregunta por su materialidad, por las variaciones accidentales de los textos, que son el producto final que nos llega; se pregunta por los personajes que se emancipan de sus creadores, flotando en un mundo virtual del que otros autores se apropian como mayor o menor acierto en libros posteriores.
Lo inestable, lo efímero, lo valioso o lo caduco estaban ya en la gran literatura, que era a la vez parte sofisticada de lo popular. Si en la alta cultura ya se daban estas desapariciones o presencias viscosas, qué no pasará en lo electrónico y perecedero. Creemos que lo digitalizado dura y reemplaza lo material y antiguo. Chartier defiende el mantenimiento de lo pasado y arcaico en su propia materialidad. Los incunables no desaparecerán, admite, «pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones sean o no periódicas», con los libros de bolsillo, con los volúmenes populares, la morralla y lo pulp. Esas obritas son artefactos que fueron editados, comprados, usados. Su sustitución por una biblioteca virtual y borgiana, presuntamente infinita, sería una pérdida.
Cuando Don Quijote está en Sierra Morena con Cardenio, le ofrece su biblioteca: «quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí le podré dar más de trescientos libros que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de los malos y envidiosos encantadores». Eso leemos en el capítulo XXIII de la Primera Parte del Quijote. ¿Trescientos libros? ¿Qué queda? Muchos de esos volúmenes fueron importantes y hoy son insignificantes. Y al revés: muchos que fueron irrelevantes luego alcanzaron la dignidad del canon. Qué raro es todo esto. Internet nos hace soñar con lo importante y con la biblioteca universal: en ella también debería quedar la plétora de lo prescindible, esas mercancías nuestras cultural y materialmente significativas, históricas: lo que existe o lo que creemos que no existe
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4. Colofón (12/06/08)
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Variedades
-De YouTube a MySpace. «…la enorme difusión que supone para los artistas noveles, el uso de diferentes canales de Internet, entre los que destacan sin duda, Youtube (como principal reproductor de vídeos en línea) y MySpace.com (un portal web de interacción social que incluye redes de amigos, blogs, fotos, música). El caso de Youtube es tan paradigmático, que nadie duda ya en nuestros días de su potencial como un medio de promoción…». Leer más.
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-Generación Me. «De entrada es falso que los jóvenes españoles sean más inteligentes. Es mejor su alimentación, disponen de más medios de todo tipo -no solo de comunicación- y están creciendo con una capacidad de acceso a las fuentes de información que nos hace pensar a los que tan solo hemos alcanzado los cuarenta años que crecimos en el neolítico. Y sin embargo, nosotros fuimos tan tecnológicamente mutantes como ellos, pues nada hasta el PC ha transformado tanto las líneas de convivencia en los hogares y los referentes del conocimiento como en su momento lo hizo la televisión, que por cierto lleva como quien dice cuatro días entre nosotros… aunque no lo parezca». Leer más.
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