1. El criticón. «Un periodista cultural me preguntó recientemente sobre el futuro de la crítica literaria», dice Germán Gullón en Una venus mutilada (2008), «sugiriéndome que con tanto blog los críticos éramos una especie a extinguir». ¿Es así? Gullón, que publica reseñas en El Cultural de El Mundo, dedica dicho libro a La crítica literaria en la España actual, que es como reza el subtítulo. Destina el volumen a ese objeto, a defender lo legítimo de la profesión: la de crítico literario, me refiero. Y dedica igualmente esa obra a mostrar su perplejidad ante la avalancha de lo electrónico, ante la popularización del juicio y de la opinión gracias a Internet, ante la mercantilización de lo cultural (el triunfo del best seller, vaya).
«Le contesté simplemente que se equivocaba. Bien es verdad que el Web 2.0, la segunda generación de Internet, ha originado una proliferación de bitácoras escritas por aficionados, repletos de críticas y reseñas de libros, pero la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas, donde por lo general la ambición personal pisotea cualquier posible juicio objetivo». Citando un par de libros, Gullón defiende al lector profesional frente al crítico amateur, ese aficionado que se expresaría en blogs y las restantes plataformas electrónicas. Por eso, añade tajante: «nada conseguirá en el inmediato futuro, y mi convicción es firme y fundamentada en la mejor investigación sobre el tema, sustituir a nuestros mejores periodista o crítico, que llevan tiempo leyendo y enjuiciando libros».
¿Y la mercantilización de la literatura, el dominio del best seller? «Añadí después que tampoco la narrativa de entretenimiento, a la que en las páginas siguientes dedico bastante atención, las novelas negras o las históricas, acabarán con la literatura». La conclusión a la que llega está establecida de antemano: «los malos presagios permanecerán incumplidos si atendemos a lo esencial, cuidar de que la calidad cultural sea respetada en el espacio público».
Leo y releo lo anterior: me interesa y me inquieta. Me perdonarán si les dejo: si dejo sin responder esta cuestión…, de momento; y si este post también se alarga. Me voy a completar la lectura del volumen, que trata de las cosas que más me preocupan ahora, afirmadas –eso sí– en un tono apocalíptico que no puedo compartir. ¿Cómo podría compartirlo si soy blogger y lector, si escribo reseñas para publicaciones en papel y para medios electrónicos? ¿Qué puedo replicar si me gustan el refinamiento literario y, a la vez, la cultura de masas? Todo ello, además, practicado a tiempo parcial, según las apetencias que yo tenga este o aquel día. Las páginas de Gullón «van dirigidas a debatir sobre la crítica española, que en mi opinión necesita un reajuste». ¿Qué reajuste es éste? Insisto: me perdonarán que ahora calle: el sábado 12 de julio, a poqueta nit, regreso aquí y les cuento. Mientras tanto, les dejo con el blog de Germán Gullón…
2. Demora. Es sábado, poqueta nit, y tras mi desconexión veo que Àngel Duarte aborda cuestiones que tienen que ver con este post: la crítica y el amateurismo. Tenía previsto desarrollar aquí mi lectura del volumen de Germán Gullón. Me permitirán no precipitarme. Deseo leer esa reflexión aparecida en El tinglado de Santa Eufemia. Retraso, pues, hasta el domingo la conclusión de mi post o, quién sabe, la redacción de uno nuevo…
3. Críticos ejemplares (domingo, 13 de julio). El libro de Germán Gullón se titula Una venus mutilada aludiendo con ello a Marcel Proust cuando éste afirmaba que la belleza periodística de un artículo de prensa no está en la literalidad de lo escrito, sino en la forma en que cada lector actualiza dicha pieza. Hasta que los destinatarios no hacen suyo el texto (lo dicho y lo no dicho, captando y comprendiendo su objeto), ese artículo está incompleto, separado, mutilado. Es el lector quien actualiza lo que tan escuetamente se escribe y, por tanto, es el receptor quien entiende y se atiene, quien entiende y añade, quien entiende y, eventualmente, corrige o se corrige. El crítico informa y dictamina, proporciona datos y enjuicia. No puede hacer eso desde la arbitrariedad, desde la pura subjetividad, desde el mero individualismo, avanza Gullón. Debe obrar con prudencia porque sabe que orienta el destino de un libro; debe empeñarse porque antes que él otros se esforzaron para materializar un volumen.
En realidad, el protagonista del libro de Gullón no es uno, sino dos: el crítico y, también, el lector, ese lector que en el siglo XXI degusta obras propiamente literarias y libros de entretenimiento. Todo su volumen es un búsqueda denodada de una figura imprecisa: la del lector informado, la del lector con gusto, con juicio, con criterio. Todos podríamos ser ese lector, pero no todos podemos ser el crítico que se expresa en los medios: ese crítico es un lector especial que, por ser reconocido como mediador, se convierte en guía de numerosos destinatarios que lo siguen, que aprecian sus evaluaciones, que las aceptan. Ése es un momento de gran poder. La influencia hace del crítico una especie de oráculo –podríamos decir–, alguien cuyas palabras siempre breves y condensadas se interpretan, convencen o refuerzan, cambian u orientan. Contrae una gran responsabilidad, añade Gullón, porque escribe en medios masivos: los suplementos de novedades literarias que publican los periódicos o las revistas culturales.
Lo que propone Gullón es seriedad, entrega, formación, contención y dedicación, cosa con la que convenimos; lo que postula es que el crítico sepa asumir su responsabilidad actuando de mediador cultural: no habla desde el solipsismo o desde el egotismo, sino desde un grupo humano amplio que espera sus dictámenes y eso le exige ser muy riguroso, muy escrupuloso con sus propios juicios, con sus críticas, unas críticas que han de ser ejemplares. También en esto convenimos. Pero este propósito es muy difícil de cumplir, de alcanzar, pues la tarea del crítico se desarrolla en un medio que no es la cátedra, sino la columna periodística. Es la suya una tarea pedagógica que debe ser entretenida y competente, ejercida además en prensa: con una mercantilización creciente del campo cultural, con una competencia de –y entre– los mass media cada vez más decisiva. ¿Qué hacer con los intereses de los grupos editoriales y con los objetivos de los periódicos?
Resulta un libro ambivalente. Por un lado, propone seriedad y rigor al crítico, alguien que debe escribir con cuidado, con entrega y con claridad, que es la cortesía no sólo del filósofo. Por otro, incumple su propio precepto: la obra que leemos está escrita con un metalenguaje que difícilmente entenderán quienes no sean universitarios; está redactada con sobreentendidos, con citas crípticas, con supuestos, especialmente dirigidos a connaisseurs, a enterados; tiene numerosas erratas que emborronan páginas y páginas…, páginas frecuentemente lúcidas y sensatas, algunas apocalípticas y otras razonables. Es una pena que la editorial Biblioteca Nueva haya publicado un volumen formalmente descuidado. No me sorprende, sin embargo, ya que tengo experiencia con ellos: mi libro sobre Antonio Muñoz Molina, publicado en la misma editorial, tiene algunas erratas (y errores del autor, que también hay, por supuesto) que son un verdadero espanto. Días atrás decíamos que un momento decisivo del proceso de escritura es, precisamente, cuando corregimos. Los autores deben mejorar su mecanografía nerviosa, pero los editores deben reinventar la figura del corrector. Digo reinventar, porque en el pasado los correctores formaban una divertida fauna que hoy ya no podemos consentirnos.
Recordaba Roger Chartier un viejo volumen del siglo XVII en el que se enumeraban los diferentes casos. Los había de cuatro tipos: «los graduados de las universidades, que conocen la gramatica, la teología y el derecho pero que, al no ser impresores, lo ignoran todo de las técnicas del oficio; los maestros impresores, que son suficientemente exactos en lengua latina; los cajistas más expertos, aunque no sepan latín, porque pueden pedir ayuda del autor o de una persona instruida; por último, los ignorantes, que apenas saben leer, empleados por las viudas de los impresores o por los libreros que no son ellos mismos impresores». No sé a quién deberían emplear los de Biblioteca Nueva, pero los lectores (y los autores) nos merecemos un mejor trato. Y no basta con echar la culpa a los ensayistas que publican con precipitación: también en la Edad Moderna que estudia Chartier los escritores grandes eran muy libres y descuidados. Como dice Jorge Luis Borges en La supersticiosa ética del lector, «la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba». Pero que aceptemos eso no significa que toleremos el fatalismo de la errata. También Borges zanjaba: «ni quiero fomentar begligencias ni creo en una mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano».
Seguro que en este blog y, concretamente, en este post hay erratas dolorosas y errores que son imputables a mi ignorancia, pero en la blogosfera –esa que sentenciaba Germán Gullón con condena general– nos lo podemos consentir: la actualización frecuente nos lleva a esa escritura nerviosa que antes señalaba. Pero lo que no acabo de entender en el volumen de Gullón es lo expeditivo de su juicio antiblog: inicialmente, el autor parece mostrarse contrario a las bitácoras literarias (lugares «repletos de críticas y reseñas de libros» en donde «la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas…»); enuncia ese dictamen para no desarrollarlo o razonarlo. Eso no es una errata: eso es una inconsistencia. En su blog, Àngel Duarte nos hablaba con tino y con ironía melancólica de José Ortega y Gasset, de la filosofía en la prensa, con palabras que hago mías. Precisamente, el filósofo madrileño decía: «El crítico tiene que operar a la intemperie y a campo traviesa; al mismo tiempo que juzga una obra tiene que conquistar autoridad para la ley general que aplica». Los bloggers deberíamos someternos a ese precepto. También Germán Gullón, que es crítico, que es blogger: es él quien cita este pasaje de Ortega al principio de su obra, un libro tan interesante y con el que tanto me he irritado en dos días de lectura provechosa.
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Aviso
Para el jueves 17 de julio por la tarde, como cierre de temporada en este blog, estamos organizando una «quedada» con las personas que lo frecuentan: tomaremos una horchata o cualquier otro refresco que ustedes quieran. Invito yo, por supuesto. Se celebrará en Valencia. Les anunciaré oportunamente el lugar y la hora.
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Nuevo post, martes 15 de julio, por la mañana.

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