1. La Guerra y nosotros. Lo fácil sería decir que es pura, puritita coincidencia. Se estrena Los girasoles ciegos (2008), de José Luis Cuerda, y prácticamente a la vez Baltasar Garzón pide información para censar a quienes fueron víctimas de la represión franquista. Pero no, no es el mero azar. Más allá de que aprobemos o no las acciones del magistrado, hay un momento, un contexto que une al juez con el film. Las circunstancias no son mera chiripa y un hecho forma parte de una cadena de hechos con significado común. Sorprende que tantos casos insepultos o tantos cadáveres sin identificar estuvieran pendientes. ¿Treinta años después hemos de ajustar cuentas con el pasado, con ese horror? Juan Planas expresa su extrañeza por este prurito moral que ahora nos ha dado, por las fosas, por los muertos. Aquí ya lo tratamos en una ocasión anterior a partir de una película documental titulada Santa Cruz, por ejemplo… (2005), de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, un film que amablemente me remitió Ana Pavlova.
Comparto la sorpresa de Juan Planas, pero a la vez pienso en los hijos y en los nietos de las víctimas. Yo no tuve abuelos o padres sacrificados o represaliados en este o en aquel bando… o en la inmediata posguerra. Mi familia sobrevivió adaptándose al Régimen, formando parte de lo que se llamó el franquismo sociológico. Me libro, pues, de la herida abierta o personal que a tantos duele directa o indirectamente, pero ese hecho –que yo me libre– no permite escandalizarme por la pesquisa o por la inquisición que emprenden quienes se viven como damnificados. No es preciso invocar la memoria, fuente de contradicciones frecuentes. Creo, sin embargo, que debemos restituir a cada uno en su sitio.
Leí Los girasoles ciegos y en 2005 escribí unas palabras sobre ese libro sobrecogedor. Me sigue pareciendo un logro verbal, de un lirismo grave. Ahora quizá corremos el riesgo de agigantar el efecto de dicha obra: o por su excepcionalidad o por circunstancias ajenas al volumen. Tres o cuatro artículos de este fin de semana aludían a la versión cinematográfica o al libro del que procede la película. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, se distanciaba de este contexto para reivindicar otras novelas sobre la Guerra Civil que no son de ahora. Le sobra, quizá, algún aspaviento o generalización, pero comprendo lo que el autor jiennense decía. Hay una larga serie de ficciones publicadas tiempo atrás que han dignificado a las víctimas. No es preciso esperar hasta ahora. Igual que no es preciso limitarse a la ficción. También los documentales nos han enseñado lo que pretérito es y aún cuenta. El pasado mes de agosto pude asistir al preestreno absoluto de Hollywood contra Franco (2008), de Oriol Porta.
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2. Franco y nosotros. Hollywood contra Franco es un largometraje documental que directa o indirectamente trata el principal asunto del siglo XX: no el de la Guerra Civil Española, sino el de la potencial conversión de todo conflicto en guerra civil. No le sobra ni un minuto de metraje, todas las imágenes están plenamente justificadas y si hay algo reprochable en su desarrollo y montaje es que no haya más tiempo para recrearse aún más en el avatar personal y en el contexto histórico. No peca en ningún momento de didactismo ni tampoco deja las cosas por sabidas. No establece fáciles camaraderías con el espectador y no hace proselitismo. No hay guiños comodones ni tampoco superioridad moral del director. La suma de imágenes es exacta: este documental nos muestra filmaciones propias y clips de películas clásicas. Estos clips hay que tomarlos como retales con los que el director hace un nuevo tejido narrativo. No hay saltos injustificados ni incongruencias.
Se rescata la vicisitud de un personaje que siendo hijo de su tiempo supo, sin embargo, hacerse a sí mismo como individuo peculiar y heroico, un individuo que se obstinó en elegir su vida por encima del destino que se le tenía reservado. Para ello debió hacer frente a las injurias de la historia y de los contemporáneos, de sus compatriotas. Con ser excelente la documentación del film, irreprochable desde el punto de vista histórico, lo mejor es el punto de vista con que el relato se cuenta: el relato personal y las declaraciones recogidas son fragmentos de un todo que se reconstruye en el montaje mismo del film. El director no incurre en moralejas o en ajustes de cuentas. Hemos de agradecerle, pues, que evite la arrogancia tan común del biógrafo sabelotodo: la jactancia de quien ha vivido después sintiéndose capaz de juzgar los errores o los empecinamientos del biografiado. De hecho, el film no es una biografía: es un ejercicio de microhistoria. Microhistoria no quiere decir algo pequeño o irrelevante, sino un caso en el que observar los retos humanos, un ejemplo en el que apreciar la respuesta del individuo ante las necesidades comunes o inauditas. 
Ésa es la historia de Alvah Bessie que aquí se cuenta. ¿Pero cuál es ese asunto principal del que hablaba al principio? La conversión de todo conflicto en guerra civil, ya digo. Desde el punto de vista del derecho, una guerra civil es algo más grave que un choque entre potencias rivales. Mientras los enemigos vecinos, mientras los Estados rivales aún se reconocen legitimidad territorial, al enemigo se le concibe propiamente con derecho y con derechos. Cuando el enfrentamiento funciona como una guerra civil, entonces la principal operación de combate es deslegitimar completamente al contrario: quitarle todo derecho, reducirlo al derecho particular del oponente.
La película nos narra la historia de Alvah Bessie, guionista de Hollywood, brigadista en España, comunista norteamericano. Pero nos narra también el efecto de esa acción, la consecuencia que esos hechos tendrán en su propio país para quien los protagonizó: estigmatización, persecución al acusársele de actividades antiamericanas. De héroe pasa a ser traidor, sospechoso de una felonía política; de estadounidense solidario a antipatriota que trabaja para el enemigo cuando el enemigo es el comunismo. Ya lo dijimos tiempo atrás. En la guerra del siglo XX, la categoría del enemigo adquiere un sentido nuevo y particular. En el conflicto de antaño, en las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina por principio: se le desarma. Eso, como principio. Hay que evitar su poderío y su potencial amenaza, pero no hay que hacerlo desaparecer: hay que reducirlo hasta que deje de ser una amenaza, precisamente. Perdóneseme el tópico: la representación clásica de esa forma de conflicto es La rendición de Breda, de Velázquez. Se pone fin a una batalla como caballeros y entre caballeros. En cambio, en la guerra total del siglo XX, el sentido es otro. En época contemporánea y, especialmente, desde 1936, toda guerra es o acaba siendo una guerra civil: un choque entre los propios y los que dejaron de serlo, entre los compatriotas y los antipatriotas. En ese caso, a los enemigos ya no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones…
“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad”, decía Carl Schmitt en 1932. “Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente”: por ser malo y feo además de enemigo, de hostis. “El enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”, precisa Schmitt. Alvah Bessie, que era un patriota y un estadounidense solidario, según él mismo se veía, acaba convertido en un hostis siendo sometido un trato de una “intensidad e inhumanidad insólitas”, ya que van más allá de lo político al degradarle, al convertirle en enemigo propiamente moral.
La historia que Hollywood contra Franco nos cuenta es ésa y su pequeña –o gran vicisitud— es el paradigma de lo ocurrido en el siglo XX, de lo que, por ejemplo, nos cuenta Jonathan Glover en Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Lo que sucede a miles de kilómetros ya no nos puede resultar indiferente, hemos de afrontarlo, pero sólo unos pocos idealistas se toman en serio esa evidencia saltando por encima de la comodidad personal. Lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia no sólo tiene efectos locales: tiene consecuencias distantes por las que pagamos un precio. Lo trató Carlo Ginzburg en uno de los capítulos de Ojazos de madera: «una bomba que mate a cientos de miles de personas puede producir remordimientos en quien la ha lanzado» ¿Por qué habría de producirlos -se pregunta Carlo Ginzburg- en personas comunes que están lejos, gentes a las que no se les puede imputar directamente la acción?
Contrariamente a lo que creemos, distancia y proximidad son nociones ambivalentes y de la lejanía física no tiene por qué derivarse una falta absoluta de piedad. Alvah Bessie fue uno de esos seres morales (y no sólo políticos) que saltó por encima de la distancia sintiéndose implicado con la humanidad, uno de esos tipos comprometidos que no quiso quedar indiferente ante la inhumanidad. El siglo de la comunicación de masas le permitió enterarse, forzando su compromiso. Las imágenes espantosas que servían los noticiarios que él veía subvertían la noción de lo cercano y lo lejano habituándole a tratar con seres extraños, distantes, con acontecimientos ajenos que irrumpían en su vida: ya no hay distancias. O, mejor, su marcha como brigadista le hace saltar la última distancia que queda sintiendo el ultraje franquista como una herida propia. Él está en guerra. Por el contrario, quien vive aliviado por la «la distancia», opone Glover en otro pasaje de su obra, «no sólo reduce la simpatía. También reduce el sentimiento de responsabilidad”. No sólo eso: “al debilitar la repulsión emocional facilita el acto» a quien lo comete y facilita la desatención moral del espectador que no ha provocado personalmente el hecho atroz. Aquel que se escuda en la distancia puede vivir en la fantasía de que todo aquello que sucede en España no le concierne: por falta de responsabilidad directa. Es la indiferencia moral, es el retraimiento y es la ceguera voluntaria de aquellos compatriotas de Bessie o de otros europeos que quisieron seguir ajenos al espanto, al horror y a la muerte. Confortablemente instalados, ¿por qué deberíamos incomodarnos por algo que no hemos hecho, por algo que no tiene remedio, por algo que no sucede exactamente a nuestro lado?
La película muestra el temple heroico de Bessie: no tanto por su condición de brigadista, cuanto por su condición de resistente. Alvah fue alguien que supo oponerse a lo común, a la evidencia supuesta de la cosas, a lo que el destino, la fatalidad o el azar le tenían preparado. Supo remontar la corriente alistándose cuando muchos jóvenes no lo hacían y supo mantenerse firme cuando el Comité de Actividades Antiamericanas irrumpía en su vida, supo sobrevivir en un medio hostil y supo aceptar los efectos de sus decisiones. En pocas palabras, actuó como individuo responsable. Pero no era un sectario más. No era un militante obediente del Partido Comunista: supo abandonar sus filas cuando juzgó irrecuperable dicha organización.
Quizá en el film falte algo de autocrítica: tal vez la crítica de quien se supo un resorte más del engranaje comunista alentado por los soviéticos. Pero, a la postre, también aquí, el director evita la arrogancia de quien juzga a distancia y con el lapso de varias décadas de distancia. El punto de vista del autor está focalizado y, por tanto, es el propio Bessie quien se salva o se condena. A los héroes hay que pedirles clarividencia, discernimiento, coraje, generosidad, a la hora de tomar decisiones; no les vamos a pedir distancia, encima…: esa distancia que a nosotros nos salva para alivio general.
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Hemeroteca
1. Reseña de Justo Serna sobre El bolso de Ana Karenina, de Anna Caballé, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.
2. Reseña de Francisco Fuster sobre Paseos por Londres, de Flora Tristán, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.
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