Todos empezamos alguna vez como colegiales. Con el inicio del curso se repiten los temores y las expectativas. Aquí al lado, en un blog vecino –el de Berta Chulvi—, que acabamos de descubrir, se detallan esos momentos que preceden a la primera clase, al primer día de lección.Todos recordamos a nuestros condiscípulos. Tan decepcionantes como los manuales eran los compañeros. Mi infancia escolar es la fatalidad de estudiantes repetidos según tipos o moldes y predecibles (yo mismo, entre ellos): cada cual parecía obligado a asumir un papel, a desempeñarlo. Estaban los fuertes, los musculosos, que eran quienes capitaneaban los inevitables equipos de fútbol; estaban los débiles, los patosos, que eran desechos atléticos; estaban los bordes, esos malasombras… Etcétera.
Todos podemos rememorar aquellos años de aprendizaje, pero no todos podemos relatarlos valiéndonos del arte, de la imaginación. No basta con tener esos recuerdos: puestos a contar literariamente ese pasado, hay que reelaborarlos para darles su cifra y su misterio, para extraer de ellos una lección: sin énfasis, con sutileza. Coincidiendo con el inicio de curso escolar he leído, por fin, El informe Stein, de José Carlos Llop. Digo por fin porque la novela tiene trece años y sólo ahora me hecho con un ejemplar: azares de un lector desordenado, qué quieren. La obra de Llop es ya un libro de culto, una nouvelle de aprendizaje, que ahora reedita RBA. Acaba de recibir un prestigioso galardón. Les recomiendo vivamente su lectura (o su relectura). Apenas sobrepasa las noventa páginas y eso, para mí, no es un mérito: detesto las novelas anémicas. Pero ésta no es una novela anémica: es un relato con las páginas que tiene que tener la rememoración de la infancia, de la primera pubertad. Contar la adolescencia en setecientas páginas es, seguramente, una ofensa que se le inflige al lector. Narrar esa etapa en un centenar es una cortesía. Pero no se engañen: El informe Stein no son unas memorias o una autobiografía. Es novela y, por tanto, el autor recrea experiencias propias de su etapa colegial hacia 1968 valiéndose de la imaginación, de la invención literal: sirviéndose también de una amplísima tradición que va de Robert Musil a Mario Vargas Llosa, de Marcel Proust a James Joyce.
Todos podemos contar el pasado escolar: por ejemplo, aquella competición que llamábamos Roma y Cartago, esas batallas que el profesor de Latín nos organizaba para acicatearnos. Todos podemos contar, ya digo, pero no todos podemos hacerlo con arte: menos aún sabiendo compendiar las grandes angustias a las que cada individuo debe hacer frente en esa edad. ¿A qué angustias me refiero? No voy a diagnosticar (no soy competente), pero me permitirán enumerar algunas, algunas muy frecuentes entre quienes fuimos escolares por esas fechas y en todo tiempo.
1. La rivalidad entre los condiscípulos, la organización académica de la competencia en un colegio religioso. Leo en esta novela: “Caballeros –el padre Ribas siempre nos llamaba caballero–, a mí me gustan las naumaquias (…). A lo largo del curso cada uno de ustedes tendrá una flota”.
2. El enigma de los nuevos (“Guillermo Stein llegó al colegio a mitad de curso…”), portadores de un pasado ignoto: “Mi padre fue amigo del conde Ciano y yo soy agente secreto de Su Santidad”.
3. La necesidad de aventura, las fantasías compensatorias: “Y Stein parecía darse cuenta de que yo quería vivir en un relato de Kipling cuando fuera mayor y a mí me daba la impresión (…) de que él ya vivía en un relato de Kipling o en un pasaje de Chesterton”.
4. Los sueños lascivos del adolescente, la carne vista o entrevista: “la cama olía a almendras amargas, no a meado de gato, y yo aún sentía entre mis dedos la piel de Paula Stein”.
5. La necesidad de ver y de conjeturar lo poco que se ve: “buscábamos paseantes con aspecto de sospechoso y les inventábamos una historia”.
6. El secreto, la novela familiar, la lejanía de de los padres, la falta o el despego (“Mis padres eran postales color ámbar”), la ignorancia.
La fotografía de la sobrecubierta es de Henri Cartier-Bresson. Es enigmática y a ella alude el narrador, Pablo Ridorsa. En la página 38 de esta novela se describe la escena de dicho retrato. Está fechado en Singapur y, por lo que parece, éstos que aquí vemos son los padres… del narrador. ¿Del narrador? Muerto de ganas, lleno de nostalgia, enfermo de ignorancia, Ridorsa habla de ellos. Nadie conoce a nadie. Lean esta novela y verán lo que es bueno. Si no pueden leerla, si no pueden olfatearla, contemplen al menos su bellísima sobrecubierta, esa fotografía: «En ella mi padre llevaba un traje claro, de hilo, y una corbata desanudada sobre la camisa blanca. Estaba consultando un plano, con la cabeza gacha y el ceño fruncido. Mi madre, a su lado, llevaba un vestido flores…«
La escasa información agrava las cosas, aumenta la cantidad exacta de lo que no se sabe y nos desconcierta. No es magra lección.

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