El poeta y el historiador

Muchos siglos después, aún podríamos repetirlo por enésima vez. “No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad”, leemos en la Poética, de Aristóteles. En efecto, “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa”. En realidad, “la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general y la historia, lo particular”.
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Convendría matizarlo. La poesía trata de lo universal, de lo que siendo general acaba teniendo una dimensión bien particular, hasta incomunicable; pero la historia, que trata de lo individual, de lo irrepetible, aborda aquello que habiendo sucedido una vez acaba teniendo un efecto universal, público, moral. ¿Es así?
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Por recomendación de Juan Planas, leo La avenida de la luz (2007), de José Carlos Llop, un bellísimo libro de poemas. El poeta es aquí de expresión diáfana: no oscurece el decir del sentimiento primero: lo que hace es nombrar sus tesoros y su desorden, las faltas y lo que soñó y ya no es, el repertorio de un individuo que recuerda. Escribe el recuerdo borroso y líquido: fluye su vida como el tiempo y fluye en la pantalla de cristal líquido, también llena de espectros, esos “fantasmas sin nombre”. Todo es tiempo y palabras, incluso en las lenguas muertas, “No como latín, arameo o griego: / nada de ellos, casi, se ha perdido”, ya que todos los días los pronunciamos. No: son otras las lenguas muertas: las babélicas con que la gente “se amó y odió, hizo la guerra, / se traicionó y puso nombre a las cosas, tomó ciudades, / construyó imperios y le habló a Dios”. Lo babélico, otra vez, que ya examinamos con Miguel Veyrat.
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Los versos de Llop tratan justamente aquello que me interesa. O porque la voz poética que aquí se expresa me resulta próxima, prácticamente coetánea; o porque los graves asuntos cantados son preocupaciones esenciales que a mí también me acucian. Su lectura es, pues, el descubrimiento que estaba pensado para mí, para mis alegrías o mis desazones. Sorprendentemente, antes de llegar a esta obra, he perdido mucho tiempo leyendo libros que no me conciernen, que no me conmueven. Quien habla es alguien que está en la cincuentena, una edad que no es exactamente el “mezzo del cammin di nostra vita”, sino un estadio de la madurez cuya duración se ignora. Hoy, en nuestra época, quien tiene treinta años aún posee una eternidad de sesenta años por vivir. No así en otro tiempo: en el pasado esas edades eran ya las puertas de la senectud. Quien canta en este libro no sabe cuánta existencia le queda, incertidumbre que no se da igual en todos. Quizá por ello se refiere a su vida con la analogía del año vencido del que hacer arqueo, pero también como una suma de dones frágiles, muy sencillos, nada ostentosos, que no desaparecen y por los que sentimos gratitud: “He amado el sol de la mañana, / las calles cuando se despiertan / y lo mejor de ti y de mí / al margen del ruido del mundo o las heridas de la convivencia. / La compañía de mis hijos le ha dado a la palabra vida / a la palabra muerte un sentido / distinto. Y el paisaje del mar / una forma insistente / de pensar en imágenes, / o la rareza de ser insular”. Ser insular no es tan raro: es la condición del individuo, la de quien necesita de los otros, de su concurso, para poder escapar. La isla es el yo rodeado, con pertrechos suficientes, pero siempre amenazado.
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El poeta no canta sólo lo que tiene, el botín. Nombra lo que no ha sido, lo que no se atrevió a ser. Ese yo potencial también es un repertorio de presentes que de los que hacer recuento. “Al salir de la librería, al otro lado / de la calle, me vi si hubiera optado / por vivir alejado de la poesía: leerla”. ¿Explorar el yo virtual? Bien pensado, “no es cosa rara verse sin ser / el que ves. No es visión del poeta, / sino algo que está en la esencia del ser”. Lo dijo Heidegger, lo dijo el filósofo: la palabra es la casa del ser, de ese ser del que el individuo es expresión limitada, parcial, finita, contingente: “ese yo que no soy y soy sin serlo”. Hasta el rostro nos desmiente: llegados a la cincuentena miramos nuestro semblante y confirmamos en qué nos hemos convertido, corroboramos que es la cara del que fuimos y del que no somos, del que sumó y del que perdió. “Miro mi rostro en una piscina de agua verde, / con hojas de bronce húmedo y un sapo / de jade que nada indiferente. Miro mi rostro / que no soporto y es otro, como la ciudad”, esa urbe tampoco la reconoce tal cual, “esta ciudad que fue mía / se deshace ahora ante mí / como si fuera de arena. / El tiempo ha desfigurado / el rostro de mis amigos / y ninguno me reconoce”, habitante de una ciudad que no es la que él recuerda haber vivido o anhelado.
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¿Angustia? Es algo común: “nosotros sólo somos arena en el cosmos / y en el horizonte, el resplandor de la tormenta”. Quien canta está en esa edad de balance, “añoranza de la juventud”. Comprueba: “pasan los años: yo sólo recuerdo”, afirma. “Llegando está la hora de las renuncias. / Mi cuerpo está hecho de pasado / y el presente es agua entre las manos: / se escapa demasiado rápido”. Pero, como la vida puede sentirse como ese arqueo de bienes y dichas, la muerte no es fatalidad temprana: no llega mientras se den lo cotidiano o aquel recuerdo gozoso, el descubrimiento de lo anal, de lo sexual, de la carne, “ su trémula densidad”. Oponemos dique y contención taponando los orificios con los pequeños dones. La muerte aún no llega. “Y eso aún no. Lo niegan la luz del día, / el silencio de la noche en tu casa, / los que amas y te aman, pese a ser / como eres y por ser como eres”.  Pero a esa edad, los hijos reemplazan a los padres, y la vida es ya “el lugar del hijo”: los padres se van debilitando, consumiendo y es entonces cuando “me pregunto, quiero decir, / por la parte de mí que se muere / con ellos, o que ya ha muerto”. No vamos muriendo, sí, “Y en el destino está asumir / que por razón que tengas / jamás te va a servir de nada, / y que es el Tiempo quien concede / los plazos de lo que es verdad / y lo que no en la mente de los hombres”.
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Por eso, “Elegía” es el poema que expresa el dolor y la necesidad de sobrevivir a la muerte del padre, el poema en que, siguiendo a Zagajewski, “intenta celebrar el mundo mutilado”. Ese propósito es la cifra y el compendio de la vida, de la pasada y de la que está por venir. El mundo siempre está mutilado, es existencia de muertos que han dejado vestigio, huella de su paso: un atisbo material, pero también ese legado inaprensible de los linajes, de los patrimonios heredados. Por eso, dirigiéndose al padre, el poeta dice otra vez y quedamente: “intento celebrar el mundo mutilado sin ti”. Un mundo mutilado de muertos siempre presentes que no pudieron cumplir su vida insuficiente. Esa vida insuficiente siempre la tratan los poetas, todo escriba que quiera nombrar para exhumar. “Soy el escriba de una ciudad que no existe”. Eso es el pasado, lo irrecuperable propiamente.
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En eso se parecen el poeta y el historiador: ambos se adentran en un pasado ya desaparecido. Pero el poeta se aventura por una ciudad fabulada, fabulosa. “No hay estatuas: piedra y lápidas / son vivienda para los vivos y los muertos, / mas no para honrar la memoria efímera / de lo que ha sido y sólo es en el recuerdo / de los que lo conocieron…” ¿Es eso el pasado? “La historia es cementerio de dinastías olvidadas: / aquí no somos víctimas de los tiranos / y la maledicencia es sólo un juego más / cuando el cielo se oscurece y luego llueve”. El poeta se permite eso, ¿pero y el historiador? No sabemos, no podemos ser sólo expresión de los muertos. El poeta es un descifrador de lo dicho, de lo ya dicho; en cambio, los historiadores se alejan del documento, no recitan ni glosan. Añade el poeta-escriba: “Mi oficio son las cartas de los que no saben / decirse. Descifro sus emociones y relato / sus sentimientos. Y esas emociones / y esos sentimientos son entonces los míos. / Nunca cobro por mi trabajo: agradezco sus encargos, que me permiten sentirme vivo”. El historiador cobra por su oficio público; pero quiere elevarse friamente por encima de sus emociones; relata, sí, aquellos sentimientos de los muertos, ay, pero su palabra no es sólo la carta exhumada o el documento emocional que fue versión del pasado. Por eso, yo historiador, leo a los poetas. Para emocionarme.
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La emoción es movimiento, que no mera sacudida. Ya lo dije en cierta ocasión y lo repito: un historiador italiano, Giovanni Levi, señalaba que siempre lee a los colegas esperando oír “i rumori di cervello”, los ruidos que producen los engranajes del pensamiento. O, en otros términos, lo mejor de la escritura, de toda escritura, es el acto de poiesis: el proceso de restitución de lo perdido, el proceso de intervención. Es ésta una tarea que implica una pesquisa, un rastreo, un descubrimiento de pistas, una puesta en orden…, que es lo mismo que postular un significado. Poner en orden no es agotar el sentido de lo escaso (lo presente o lo pasado documentado), sino trabar relación entre lo disperso o lo roto o lo fragmentario. Los poetas llevan haciendo eso desde el principio. Los historiadores…, lo intentan.
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Frente a lo que muchos creen, los historiadores no son portavoces de lo irrepetible, de lo singular, del acontecimiento. Ojalá. Pero tampoco se dedican a lo general, siempre inerte. El caso del poeta es distinto, al menos de entrada. Aunque el yo siempre es oscuro, el poeta puede sondear sus vestigios personales para finalmente expresar lo que no tiene parangón, que es la vida individual, consumida con lo realizado pero también consumada con lo frustrado, con esas existencias potenciales que no se han dado. El historiador acude a un archivo (o a unas fosas que se exhuman). Encuentra allí restos, algunos clasificados o fácilmente clasificables: reconocidos o reconocibles, identificados. Pero eso que encuentra no es la vida. Piénsese en el catálogo de un archivo bien ordenado:  es, en parte, un cementerio en el que lo pasado está efectivamente inerte, en el que todo es carente y escaso. ¿Qué hace? O, al menos, ¿qué debería hacer ese historiador cuando encuentra vestigios? Por supuesto, dedicar muchas horas de su vida a identificar a los muertos reales o metafóricos que allí están. Exhumar, pero sobre todo reconstruir la biografía, que no es meramente fijar las intenciones del antepasado. En primer lugar, lo que sabía o pensaba el muerto, pero también lo que el antepasado no podía saber…
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Blogsfera:
Lecturas, afinidades y discrepancias:  Àngel Duarte 1, 2.

37 comments

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  1. Miguel Veyrat

    Nel mezzo del cammin di nostra vita
    mi ritrovai per una selva oscura
    ché la diritta via era smarrita.

    Es exactamente lo contrario de lo que piensas que te ha sucedido, Justo. Dante comienza su Commedia con esta terceta donde resultaba que había perdido el camino en medio de la oscura selva de la edad. Te dije un día que debías considerar en serio a la poesía como fuente de la historia. Tú has encontrado el camino a mitad de tu vida, cuando piensas poco generosasmente contigo mismo que sólo te quedan otros treinta o cuarenta. Has encontrado la smarrita via, comenzaste a leer poesía en serio. A hablar de ella en serio, a tratar de “entender” por qué la poesía es el “género de géneros”, la quintaesencia que diría un alquimista, pero también un filósofo como María Zambrano, esencia del pensamiento: La modulación de la primera emoción humana antes de romper a hablar y razonar. Donde el aullido de dolor o amor del primer hombre se convierte en canto al pie del primer dolmen alzado para expresar la pérdida y la esperanza fálica en la renovación de la vida en el humus palpitante y húmedo, femenino.
    Adelante, querido Justo. No conozco a Llop, quizás lo lea si me llega por azar, hace tiempo que sólo leo ya a los clásicos donde como sabe el propio Llop por las palabras suyas reproducidas, se encuentra ya todas las palabras de la sabiduría. Pero seguro que merece la pena conmoverse como él hace ante lo cotidiano y su hondo sentido. Me gusta que escriba para quienes no sabríann hacerlo, y que no cobre nunca por su trabajo. Es de los míos, jamás gané un duro con la poesía,ni lo pretendí, no he buscado premios ni practicado el oficio de poeta profesional. Y como consecuencia he debido hacer mío el epitafio que creó Bertolt Brecht para sí mismo, exponiéndome por deseo propio al ostracismo de los críticos, a no ser leído sino por aquellos a los que mi poesía llegase por azar:

    No me expuse a los tigres
    Me comieron las chinches
    Fui devorado
    Por la mediocridad.

    Deseo para Llop que siga así.En ese oficio de pontonero entre el mundo y lo que late por debajo: siempre el fuego.

  2. Miguel Veyrat

    Posdata para germanófilos, como Pavlova:

    EPITAPH

    Den Tigern entrann ich
    Die Wanzan ernährte ich
    Aufgefressen wurde ich
    Von del Mittelmässigkeiten

    B.B.

  3. Juan Planas

    Poso mi mirada -ahora, mientras nado, frágil, sobre la línea densa del agua donde dejo reposar mi fatiga- sobre las palabras reconocidas, leídas, releídas, palpadas, y de nuevo se me aparece otra avenida de luz -no la misma, otra- por entre las sombras. Saludos.

  4. Alejandro Lillo

    Hablamos de un mundo mutilado, que ya no reconocemos como propio, de una ciudad que fue nuestra y que ahora se nos antoja extraña, de un rostro que nos resulta familiar pero que cuando lo observamos frente al espejo no reconocemos como propio, también extraño, distinto y distante.
    Bueno, yo creo que eso es la vida, la imposibilidad de poder cerrar el círculo, la perpetua coexistencia con la mutilación, y también la danza, macabra y lasciva a un tiempo, con la pasión y el vacío, con la vida y la nada. Es conocer (y por tanto sufrir) la fragilidad de lo dado y sentir cómo el tiempo nos lo arrebata, cómo vamos pasando por este mundo sin querer, sin conocernos nunca del todo, entre asombrados y aterrados, entre admirados y horrorizados ante lo que ven nuestros ojos, exactamente igual a como aparece Justo en la última fotografía realizada por Monigote.

    Porque siempre nos falta algo – siempre ha de faltarnos algo -, nunca dejamos de sentimos extraños. Con el mundo que creíamos nuestro y con nosotros mismos. Es una sensación algo paradójica en la que reside – si se la aprecia adecuadamente – uno de los secretos de la vida, pues la inquietud que nos provoca nos impulsa más y más a disfrutarla. Para eso, también, está la poesía.

    Yo es otro, dijo Rimbaud.

  5. Marisa Bou

    Sí, Alejandro. Pasamos por el mundo sin llegar a conocernos. Y tampoco reconocemos la imagen que nos devuelven los espejos. Quisiéramos saber, curiosos como somos, quién nos mira fijamente desde el fondo. Yo me llevo muy mal con los espejos. Y ellos, vengativos, se niegan a engañarme: eso es lo que hay -me dicen- y cuando más tardes en aceptarlo, más te costará reconocerte, querida. Porque el tiempo es poco y los espejos muchos…

  6. Eduardo Laporte

    Estimado Justo, el amigo Llop debe de estar feliz con este doble homenaje, vaya que sí. Leí hace un año su “París suite”, sobre las andanzas de César González-Ruano y la verdad es que disfruté mucho con esa biografía novelada, cortita, recomendable.

    Luego me he leído muy buenas referencias sobre sus Diarios, la última, en el “dietario voluble” de Vila-Matas.

    Y qué decir? Que los poetas son los descifradores del futuro? Quizá, pero aquello me reducir un poco la cualidad del poeta, que es traducir a palabras lo que él ve y otros no ven: sea futuro o pasado, sean tigres o chinches. Saludos.

  7. Miguel Veyrat

    Quería aclarar una afirmación mía anterior. Sí que leo a los poetas actuales, quiero decir que no sigo rabiosamaente la actualidad de la llamada “vida literaria”: el azar, como dije, me trae de regalo, a veces en la mesa de una librería, otras por medio de un amigo un libro como don precioso: esta ha sido una de las ocasiones. Leo y releo sobre todo, pero cuando llega a mí de modo casual,el placer es doble. No, Eduardo, los poetas no son los descifradores del futuro, mal podrían serlo, no son adivinos, pero sí ponen sus manos temblorosas sobre las personas y sus actos, sobre el mundo,notan cómo vibra todo y a ello le ponen palabras —no cualquier palabra—, y sobre todo música. Poesía y música son inseparables. Es como si poesía fuese la simbiosis perfecta entre música y metafísica

  8. Eduardo Laporte

    Ya, Miguel, sí a mí tampoco me convencía, pero lo decía en referencia a lo de “No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder”.. Me gusta más lo que dices de poner palabras a las vibraciones -a veces tenues- del mundo.

  9. Juan Planas

    Ah, y acabo de colgar en mi blog unos apuntes -fragmentos, a su vez, de otros de igual condición, el fragmento sucesivo- que quizá algo digan sobre la condición de poeta. Sólo algo y con demasiadas palabras.

  10. jserna

    Corrijo en el post la cita apresurada…

    “Nel mezzo del cammin di nostra vita”. Gracias a Miguel Veyrat por la precisión.

    Si lo he reproducido mal es, seguramente, por mi apresuramiento. Por otro lado, mi uso de la expresión es instrumental.

    Les leo.

  11. Pavlova

    Es sólo una coincidencia y una broma, pero estaba leyendo y me he acordado de éte hilo:

    “Gracias a los caprichos del destino he trabado amistad con muchas de esas personas inestables, soñadoras, ausentes de la realidad a las que se suele llamar ‘poetas’”.

    Informe de Henri Claude, psiquiatra, sobre Jean Genet
    Genet
    Edmund White
    Ed. Debolsillo, 2005. Pag. 235

  12. Miranda

    He devorado poesía, hace de esto mucho tiempo.
    Ahora, de cuando en cuando, releo poemas musicados para encontrar ese otro ritmo que trasciende al de la música.
    Bien, dicho todo esto.

    Me dan miedo.
    Siempre me han dado miedo los poetas y los que se tienen por tal.
    Pavor diría.
    Y no se la razón, la verdad, no me siento capacitada para analizarlo.
    Sólo se que me inspiran temor.

    M.

  13. Miguel Veyrat

    Lo comprendo, Miranda, los poetas detectan los movimientos telúricos de la humanidad, y también de la tierra que los sustenta, pero no son “medium” como cree mi amigo Juan Planas, me parece una demasía con todo respeto por su opinión, porque los poetas no “anuncian”, no podrían, como denuncia sabiamente Eduardo Laporte “lo que podría suceder”, no son sacerdotes de dioses o semidioses, son simplemente decidores, enunciadores de aquello que otros, y aquí encontramos a Llop de nuevo, no saben o no pueden o no alcanzan a decir. Decidores, anunciadores, compiladores e historiadores, Justo, eran los bardos que recorrían aquél mundo que luego llamamos griego y que ayudaron posteriormente mediante las reconstrucciones de sus cantos a los historiadores (no perderse “El mundo de Odiseo” de M. I. Finley- Breviarios-Fondo de Cultura Económica, México) a saber algo de ellos y reconstruir lo que era su vida, sus instrumentos, su economía, sus dioses, ritos y emociones, su microhistoria primero, para después “globalizar”, etc., ejem.
    Lo decían cantando y rítmicamente, de modo rimado porque eran largas historias que habían que recordar y transmitir a las gentes que hacían corro y las aprendían de memoria. Así, y con esas lagunas y transformaciones involuntarias o tergiversaciones voluntarias se pudo ecribir la primera historia de la humanidad cuando esos cantos pasaron a tablilla de barro o a papiro. No hubo otras fuentes. Incluso el domnento fundacional de la filosofía, como sabe nuestro amigo David Montesinos, es un poema, y lo escribió Parménides.
    Después de esa poesía utilitaria y que servía, como amaba Platón, a la paideia, llegó la poesía lírica —denostada por el propio airado Platón—, la que hablaba directamente al corazón, Safo, Alceo, todos los que tradujo admirablemente Quasimodo de la Antologia Palatina (Siglo V a.d C.) y no precisaban ya rima ni ritmo, solamente la música nacida directamente del corazón conectado con la noche. Como le gustaría a Pitágoras.
    Sí, Miranda, la poesía da miedo. Ser poeta es angustioso. Terrible a veces. Los poetas se suicidan a menudo. Se inspiran temor a si mismos. Pero más miedo dan como bien dices, los que se creen poetas o son siervos o lacayos del poder —el que sea.
    Y además, Pavlova, qué equivocado podía haber estado el psiquiatra Henri Claude. Gênet ha sido el escritor que de modo más crudo y cruel ha reflejado la realidad sórdida del hecho de existir, arrastrando su existencia por las cárceles donde se apaleaba todavía su homosexualidad valientemente confesa. Su contacto, a ese hijo del lumpen, con poetas y soñadores le sirvió para aprender a escribir y “decir” y contar del modo más terriblemente bello aquél infierno en que tuvo que crecer.
    Y ahora, tras dar la bienvenida a tantos y tantos amigos, ¿dónde está nuestra Fuca, perdida en las galaicas brumas? Prometió leernos desde Perbes, pero no podía participar por la lentitud fraguiana de la wi-fi inexistente local. Espero que no sea un tema de salud el que nos prive de su opinión sobre estos temas iniciales sobre los que tanto puede aportar.
    Salud, Fuca, se te necesita.

  14. Miguel Veyrat

    Y una cosa más, Justo: ¿Lees a los poetas, como historiador sólo para emocionarte? ¿No los lees, como especialista en microhistoria, para estudiar el mapa emocional de su tiempo reflejado en sus poemas? Seguramente esto no tiene nada de científico, claro.

  15. jserna

    Les sigo leyendo. Y les contesto poco a poco.

    Miguel Veyrat me dice: “comenzaste a leer poesía en serio. A hablar de ella en serio” a mitad del camino de mi vida. No, yo empece a leer en serio, poesía y otros géneros, hace mucho tiempo. No se puede hablar de ella en serio si no hay un fondo de armario. Y, más adelante, Miguel Veyrat me interpela a partir de una afirmación mía: “¿Lees a los poetas, como historiador sólo para emocionarte?”. Por supuesto. Leo la poesía como leo otros géneros: como fuente de provocación, de estímulo, de acicate. Lo siento… Leo, como decía Nabókov, con “la precisión de la poesía y la emoción de la ciencia pura”.

    …La emoción es movimiento, que no mera sacudida. Ya lo dije en cierta ocasión y lo repito: un historiador italiano, Giovanni Levi, señalaba que siempre lee a los colegas esperando oír “i rumori di cervello”, los ruidos que producen los engranajes del pensamiento. O, en otros términos, lo mejor de la escritura, de toda escritura, es el acto de poiesis: el proceso de restitución de lo perdido, el proceso de intervención. Es ésta una tarea que implica una pesquisa, un rastreo, un descubrimiento de pistas, una puesta en orden…, que es lo mismo que postular un significado. Poner en orden no es agotar el sentido de lo escaso (lo presente o lo pasado documentado), sino trabar relación entre lo disperso o lo roto o lo fragmentario. Los poetas llevan haciendo eso desde el principio. Los historiadores…, lo intentan.

    Volveré.

  16. Miguel Veyrat

    Sí, por favor, vuelve con más de esas razones exactas y hondas que acabas de exponer. Ahí, sí que nos encontramos.
    María Zambrano, en su “Filosofía y Poesía” publicado en México en el 38, decía que “el filósofo busca, el poeta ecuentra”. Quizás sirva eso también para otras disciplinas. Un abrazo.

  17. Juan Planas

    Tiene razón Zambrano, Miguel, pero búsqueda y hallazgo van tan de la mano que siempre consideré que la filosofía y poesía son dos formas de lo mismo, dos variaciones de un único tema: el ser que ha perdido su nombre y busca otros con los que calmar su pérdida. O así… Nunca se cierran ni se agotan la eterna búsqueda y el frágil, asombroso hallazgo.

  18. jserna

    …Frente a lo que muchos creen, los historiadores no son portavoces de lo irrepetible, de lo singular, del acontecimiento. Ojalá. Pero tampoco se dedican a lo general, siempre inerte. El caso del poeta es distinto, al menos de entrada. Aunque el yo siempre es oscuro, el poeta puede sondear sus vestigios personales para finalmente expresar lo que no tiene parangón, que es la vida individual, consumida con lo realizado pero también consumada con lo frustrado, con esas existencias potenciales que no se han dado. El historiador acude a un archivo (o a unas fosas que se exhuman). Encuentra allí restos, algunos clasificados o fácilmente clasificables: reconocidos o reconocibles, identificados. Pero eso que encuentra no es la vida. Piénsese en el catálogo de un archivo bien ordenado: es, en parte, un cementerio en el que lo pasado está efectivamente inerte, en el que todo es carente y escaso. ¿Qué hace? O, al menos, ¿qué debería hacer ese historiador cuando encuentra vestigios? Por supuesto, dedicar muchas horas de su vida a identificar a los muertos reales o metafóricos que allí están. Exhumar, pero sobre todo reconstruir la biografía, que no es meramente fijar las intenciones del antepasado. En primer lugar, lo que sabía o pensaba el muerto, pero también lo que el antepasado no podía saber…

  19. Miguel Veyrat

    La filosofía dispone de método, que se convierte a veces en sistema, para conocer la realidad y organizarla de la mejor manera para entenderla y extraer consecuencias que puedan convertirse luego en normas o pautas de pensamiento y vida, o convivencia. Platón fue un maestro en ese último sentido, y pedestal de las religiones que hoy conocemos. El poeta crea la realidad. El mundo que crea es distinto al que el filósofo reconoce, conoce, estudia y organiza. Es intuitivo pero también es real cuando el poema (lo mismo vale para la obra plástica o, arquitectónica o musical) es escrito, leído sobre todo y ocupa su lugar espacio-temporal en la mente individual o colectiva. Irían de la mano, filosofía y poesía, siendo géneros distintos de pensmiento, en cuanto que ambas participan del mismo asombro ante el mundo con que Aristóteles, en el primer capítulo de la Metafísica”, califica la actitud del filósofo. Y ambas se unen,se reunen en un mismo vuelo en el grito desgarrado de Kant: ¡Aude sapere!, atrévete a saber. Pero al conocimiento se llega por distintas vías. Creo yo.

  20. Miguel Veyrat

    Eduardo, Picasso fue sobre todo, como todo genio, un gran compilador de conocimiento plástico. El “encontraba” sí, mediante la inspiración istilada desde el depósito de toda la tradición, fuese europea, oriental, americana o africana, que su mente privilegiada captaba, transformaba y actualizaba tragando millas, kilómetros luz de experiencia desde que aquellos originales del pensamiento humano fueron creados y puestos a nuestra disposición. El abrió y cerró a lo largo de su vida, muchas etapas de la pintura, él creó la más prodigiosa “intertextualidad” plástica que jamás pudiera darse. Pero sus encuentros eran también reales, tanto como los objetos de su inspiración. Y nuevos, por supuesto.

  21. Pedro

    No es por jorobar pero el post es un lio. J. Serna deberia escribir para los que no leemos sus libros y ¡de temas generales! El de las fosas y Garzón.

  22. jserna

    Pedro, con todo el respeto, la poesía es un tema general. La historia es un tema general. ¿Y las fosas? Pues las fosas son un caso particular más otro caso particular (más otro caso particular) que producen efectos generales. Los restos personales que han de ser identificados recibiendo, además, una sepultura digna son algo demasiado doloroso. No quiero tratar este asunto superficialmente. No sé cómo enfocarlo. Sé cómo lo han abordado los periódicos este fin de semana. Podría, pues, analizar su tratamiento periodístico. Pero el dolor ajeno que unos verdugos provocaron, un dolor que aún perdura es muy difícil de abordar sin banalizarlo. Ya lo intenté cuando escribí ‘Un cementerio de huesos‘.

    Por otra parte, sobre poesía y fosas, le remito al blog de Àngel Duarte, que trata ambos aspectos (Àngel Duarte 1, 2.) y con cuyo tratamiento esto parcialmente en desacuerdo. Me he centrado en José Carlos Llop… y aún no he podido responder a Duarte, ya ve qué descortesía.

  23. Miguel Veyrat

    Le doy la razón a Justo Serna en su respuesta al quejica Pedro, que muy bien podría sacar un blog propio (hoy en día es muy fácil) para tratar de los temas que juzgue importantes.Ya ve, los demás nos conformamos con lo que hay.

    Para terminar con el tema entre poesía y filosofía (al menos por mi parte) y dando de nuevo la razón a Justo, la emoción que capta, siente y plasma el poeta en un momento filosófico personal, se transmite, se expande hacia otros corazones que han podido verse, encontrarse, sentirse en un “momento”,un “lugar” semejante o idéntico. Y es materia personal y de trabajo para un historiador, quiero insistir, pues los estados de ánimo colectivos reflejados por la poesía en cualquier época son representativos de la historia de los pueblos y sus clases y categorías sociales. Y la experiencia propia de la época aumenta y matiza los universales que nos persiguen desde que escribieron los que hemos dado en llamar “clásicos” (de cualquier siglo de antes o después de esta era convencional.

    En el caso de las fosas, se agregan nuevos elementos. ¿Se identificarán los enterramientos de los partidarios de Andreu Nin fusilados o exterminados por otros medios por los estalinistas de la época? ¿Qué hay de los ajustes de cuentas entre “camaradas” disidentes de los partidos de izquierda o derecha, trotskistas, largocaballristas, anarcosindicalistas etc. etc. en aquellos tiempos de gatillo fácil?
    Lamento introducir un nuevo tema polémico, pero que me parece necesario ya que claridad pedimos: Pidámosla a todos. La claridad tiene la benéfica manía de ser difusa y expandirse. Y hablo, como ustedes saben, desde la izquierda. Una izquierda que ya no sabría hallar apellidos…

  24. Miguel Veyrat

    Addenda En otro orden de cosas, comprende, Justo, la dificultad de debatir o discutir, salvo con ideas generales, a un poeta que sólo Planas y tú habéis leído. El lo ha propuesto y tú lo has comentado. Lo mismo sucedía cuando comentabas mi obra y tuvo el efecto benéfico de que muchos lectores t4yos se procurasen mis libros. Yo sé que a Llop lo leeré pronto, pues el azar hizo que él me leyeses gracias a un libro mio que le llevó hace un tiempo mi editor de la Lucerna. El azar me llevó a él, yo voy a forzar el azar objetivándolo, procurándome la avenida de la luz. Sugestivo título que promete tesoros.

  25. Kant

    Les diré, que, si doña Miranda me lo permite, en cierta medida, me ocurre lo mismo que a ella: me dan miedo los que se tildan de poetas. No sé si por sus mismos motivos – fue muy parca en su exposición – y tal vez me excedo en mi propósito pero, en todo caso, el temor, mi temor, está ahí. Ello se debe a que discrimino entre las personas que hacen poesía y la sociedad los reconoce como poetas – caso, sin ir más lejos, del sr. Veyrat (y no creo que me pierda la pasión) – y los que se empeñan en que se les considere como tales aunque sólo le apliquen el título un grupito de amigos del que no escapa algún editor. Los primeros llenan de poesía el mundo, los segundos suelen rellenar las fosas con muertos (especialmente, de poetas). España es un país rico en esta especie, de ahí mi temor pues, lejos de ser extinta, mantiene una preocupante vitalidad.

    De historiadores… me sumo, sin duda, a la visión de don Justo. Incluso reivindicando una especie de “regreso a los orígenes”, a esos primeros historiadores occidentales precristianos, libres de creencias mágicas cristianas y de determinismos económico-mecanicistas, en los que el antropólogo, el geógrafo y el historiador conforman un uno inextricable. La disfunción entre un sistema de aprendizaje erudito (que comporta un tipo de trabajo personal) y la ausencia real del trabajo en equipos interdisciplinares (ay, el ego…), ha generado un fraccionamiento tal del conocimiento que, en demasiadas ocasiones, se obtienen productos intelectualmente estériles (aunque egoísta e ideológicamente, los mismos, sean muy suculentos). Creo que a demasiada gente le resulta pintoresco poder entender el pasado en la integridad efectiva que recorre la vida cotidiana del individuo inmersa en su universo colectivo. Considero que sin la percepción íntegra de los elementos interactuantes interactuando – lo personal y lo colectivo, el ámbito y el entorno, lo microhistórico y lo macrohistórico – y tenidos éstos como una unidad intrínseca, inseparable y dinámica, la comprensión final y total de la historia, se hace imposible por incompleta y, como tal, deviene abstrusa, y de ahí, inaprehensible y, por lo tanto, inasequible a la crítica. Y sin razón crítica, no hay historia.

    Sra. Zarzuela, lamento no haberle enviado la presente anteriormente. Reciba, pues, ahora, también ud. mis más afectuosos saludos en respuestas a los suyos amables. Permítame, así mismo, transmitirle por igual los del sr. Vila, con quien estuve ayer mismo jugando una briosa partida de billar a tres bandas, y que, enterado por mí de su cita explícita a él, me hizo el encargo. Su compromiso en ser, al menos, tan asiduo como ud. en esta nueva temporada del “blog” de don Justo, no mengua, pero sus ocupaciones no son menores y este mes de septiembre lo mantiene alejado de Internet. Descuide que también él participará.

  26. Miguel Veyrat

    Gracias, Kant. Los poetas regresamos a los orígenes a cada instante. eso es lo que nos hace etéreos e impertinentes en grado sumo.

  27. Miguel Veyrat

    Como colofón, pues me temo, y me da mucha pena, que no hayamos sido capaces de motivar lo suficiente a nuestros amigos, quizás azacanados con la difícil rentrée, quiero resumir —pues nos anuncian otro tema para ahora mismo— con la frase final del post del profesor Serna, que como siempre, pero hoy en especial, me parece de una prístina clarividencia —acaso él ni lo sospeche— al aunar el debate pasado de las fosas con esa búsqueda afanosa de los poetas entre las brumas de los abismos interiores donde yacen también los antepasados:

    “Exhumar, pero sobre todo reconstruir la biografía, que no es meramente fijar las intenciones del antepasado. En primer lugar, lo que sabía o pensaba el muerto, pero también lo que el antepasado no podía saber…”

  28. jserna

    Querido Miguel, nuevamente agradezco tus generosas palabras. La frase que reproduces y que, deliberadamente, no he concluido está pensada en efecto para “aunar el debate pasado de las fosas con esa búsqueda afanosa de los poetas entre las brumas de los abismos interiores donde yacen también los antepasados”. Es eso, es eso.

    Seguramente habrá que volver esto y, por ello, no lamento haber dejado sin concluir esa idea.

    Paso a publicar un nuevo post.

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