Muchos siglos después, aún podríamos repetirlo por enésima vez. «No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad”, leemos en la Poética, de Aristóteles. En efecto, “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa”. En realidad, “la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general y la historia, lo particular».
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Convendría matizarlo. La poesía trata de lo universal, de lo que siendo general acaba teniendo una dimensión bien particular, hasta incomunicable; pero la historia, que trata de lo individual, de lo irrepetible, aborda aquello que habiendo sucedido una vez acaba teniendo un efecto universal, público, moral. ¿Es así?
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Por recomendación de Juan Planas, leo La avenida de la luz (2007), de José Carlos Llop, un bellísimo libro de poemas. El poeta es aquí de expresión diáfana: no oscurece el decir del sentimiento primero: lo que hace es nombrar sus tesoros y su desorden, las faltas y lo que soñó y ya no es, el repertorio de un individuo que recuerda. Escribe el recuerdo borroso y líquido: fluye su vida como el tiempo y fluye en la pantalla de cristal líquido, también llena de espectros, esos “fantasmas sin nombre”. Todo es tiempo y palabras, incluso en las lenguas muertas, “No como latín, arameo o griego: / nada de ellos, casi, se ha perdido”, ya que todos los días los pronunciamos. No: son otras las lenguas muertas: las babélicas con que la gente “se amó y odió, hizo la guerra, / se traicionó y puso nombre a las cosas, tomó ciudades, / construyó imperios y le habló a Dios”. Lo babélico, otra vez, que ya examinamos con Miguel Veyrat.
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Los versos de Llop tratan justamente aquello que me interesa. O porque la voz poética que aquí se expresa me resulta próxima, prácticamente coetánea; o porque los graves asuntos cantados son preocupaciones esenciales que a mí también me acucian. Su lectura es, pues, el descubrimiento que estaba pensado para mí, para mis alegrías o mis desazones. Sorprendentemente, antes de llegar a esta obra, he perdido mucho tiempo leyendo libros que no me conciernen, que no me conmueven. Quien habla es alguien que está en la cincuentena, una edad que no es exactamente el “mezzo del cammin di nostra vita”, sino un estadio de la madurez cuya duración se ignora. Hoy, en nuestra época, quien tiene treinta años aún posee una eternidad de sesenta años por vivir. No así en otro tiempo: en el pasado esas edades eran ya las puertas de la senectud. Quien canta en este libro no sabe cuánta existencia le queda, incertidumbre que no se da igual en todos. Quizá por ello se refiere a su vida con la analogía del año vencido del que hacer arqueo, pero también como una suma de dones frágiles, muy sencillos, nada ostentosos, que no desaparecen y por los que sentimos gratitud: “He amado el sol de la mañana, / las calles cuando se despiertan / y lo mejor de ti y de mí / al margen del ruido del mundo o las heridas de la convivencia. / La compañía de mis hijos le ha dado a la palabra vida / a la palabra muerte un sentido / distinto. Y el paisaje del mar / una forma insistente / de pensar en imágenes, / o la rareza de ser insular”. Ser insular no es tan raro: es la condición del individuo, la de quien necesita de los otros, de su concurso, para poder escapar. La isla es el yo rodeado, con pertrechos suficientes, pero siempre amenazado.
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El poeta no canta sólo lo que tiene, el botín. Nombra lo que no ha sido, lo que no se atrevió a ser. Ese yo potencial también es un repertorio de presentes que de los que hacer recuento. “Al salir de la librería, al otro lado / de la calle, me vi si hubiera optado / por vivir alejado de la poesía: leerla”. ¿Explorar el yo virtual? Bien pensado, “no es cosa rara verse sin ser / el que ves. No es visión del poeta, / sino algo que está en la esencia del ser”. Lo dijo Heidegger, lo dijo el filósofo: la palabra es la casa del ser, de ese ser del que el individuo es expresión limitada, parcial, finita, contingente: “ese yo que no soy y soy sin serlo”. Hasta el rostro nos desmiente: llegados a la cincuentena miramos nuestro semblante y confirmamos en qué nos hemos convertido, corroboramos que es la cara del que fuimos y del que no somos, del que sumó y del que perdió. “Miro mi rostro en una piscina de agua verde, / con hojas de bronce húmedo y un sapo / de jade que nada indiferente. Miro mi rostro / que no soporto y es otro, como la ciudad”, esa urbe tampoco la reconoce tal cual, “esta ciudad que fue mía / se deshace ahora ante mí / como si fuera de arena. / El tiempo ha desfigurado / el rostro de mis amigos / y ninguno me reconoce”, habitante de una ciudad que no es la que él recuerda haber vivido o anhelado.
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¿Angustia? Es algo común: “nosotros sólo somos arena en el cosmos / y en el horizonte, el resplandor de la tormenta”. Quien canta está en esa edad de balance, “añoranza de la juventud”. Comprueba: “pasan los años: yo sólo recuerdo”, afirma. “Llegando está la hora de las renuncias. / Mi cuerpo está hecho de pasado / y el presente es agua entre las manos: / se escapa demasiado rápido”. Pero, como la vida puede sentirse como ese arqueo de bienes y dichas, la muerte no es fatalidad temprana: no llega mientras se den lo cotidiano o aquel recuerdo gozoso, el descubrimiento de lo anal, de lo sexual, de la carne, “ su trémula densidad”. Oponemos dique y contención taponando los orificios con los pequeños dones. La muerte aún no llega. “Y eso aún no. Lo niegan la luz del día, / el silencio de la noche en tu casa, / los que amas y te aman, pese a ser / como eres y por ser como eres”. Pero a esa edad, los hijos reemplazan a los padres, y la vida es ya “el lugar del hijo”: los padres se van debilitando, consumiendo y es entonces cuando “me pregunto, quiero decir, / por la parte de mí que se muere / con ellos, o que ya ha muerto”. No vamos muriendo, sí, “Y en el destino está asumir / que por razón que tengas / jamás te va a servir de nada, / y que es el Tiempo quien concede / los plazos de lo que es verdad / y lo que no en la mente de los hombres”.
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Por eso, “Elegía” es el poema que expresa el dolor y la necesidad de sobrevivir a la muerte del padre, el poema en que, siguiendo a Zagajewski, “intenta celebrar el mundo mutilado”. Ese propósito es la cifra y el compendio de la vida, de la pasada y de la que está por venir. El mundo siempre está mutilado, es existencia de muertos que han dejado vestigio, huella de su paso: un atisbo material, pero también ese legado inaprensible de los linajes, de los patrimonios heredados. Por eso, dirigiéndose al padre, el poeta dice otra vez y quedamente: “intento celebrar el mundo mutilado sin ti”. Un mundo mutilado de muertos siempre presentes que no pudieron cumplir su vida insuficiente. Esa vida insuficiente siempre la tratan los poetas, todo escriba que quiera nombrar para exhumar. “Soy el escriba de una ciudad que no existe”. Eso es el pasado, lo irrecuperable propiamente.
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En eso se parecen el poeta y el historiador: ambos se adentran en un pasado ya desaparecido. Pero el poeta se aventura por una ciudad fabulada, fabulosa. “No hay estatuas: piedra y lápidas / son vivienda para los vivos y los muertos, / mas no para honrar la memoria efímera / de lo que ha sido y sólo es en el recuerdo / de los que lo conocieron…” ¿Es eso el pasado? “La historia es cementerio de dinastías olvidadas: / aquí no somos víctimas de los tiranos / y la maledicencia es sólo un juego más / cuando el cielo se oscurece y luego llueve”. El poeta se permite eso, ¿pero y el historiador? No sabemos, no podemos ser sólo expresión de los muertos. El poeta es un descifrador de lo dicho, de lo ya dicho; en cambio, los historiadores se alejan del documento, no recitan ni glosan. Añade el poeta-escriba: “Mi oficio son las cartas de los que no saben / decirse. Descifro sus emociones y relato / sus sentimientos. Y esas emociones / y esos sentimientos son entonces los míos. / Nunca cobro por mi trabajo: agradezco sus encargos, que me permiten sentirme vivo”. El historiador cobra por su oficio público; pero quiere elevarse friamente por encima de sus emociones; relata, sí, aquellos sentimientos de los muertos, ay, pero su palabra no es sólo la carta exhumada o el documento emocional que fue versión del pasado. Por eso, yo historiador, leo a los poetas. Para emocionarme.
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La emoción es movimiento, que no mera sacudida. Ya lo dije en cierta ocasión y lo repito: un historiador italiano, Giovanni Levi, señalaba que siempre lee a los colegas esperando oír «i rumori di cervello», los ruidos que producen los engranajes del pensamiento. O, en otros términos, lo mejor de la escritura, de toda escritura, es el acto de poiesis: el proceso de restitución de lo perdido, el proceso de intervención. Es ésta una tarea que implica una pesquisa, un rastreo, un descubrimiento de pistas, una puesta en orden…, que es lo mismo que postular un significado. Poner en orden no es agotar el sentido de lo escaso (lo presente o lo pasado documentado), sino trabar relación entre lo disperso o lo roto o lo fragmentario. Los poetas llevan haciendo eso desde el principio. Los historiadores…, lo intentan.
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Frente a lo que muchos creen, los historiadores no son portavoces de lo irrepetible, de lo singular, del acontecimiento. Ojalá. Pero tampoco se dedican a lo general, siempre inerte. El caso del poeta es distinto, al menos de entrada. Aunque el yo siempre es oscuro, el poeta puede sondear sus vestigios personales para finalmente expresar lo que no tiene parangón, que es la vida individual, consumida con lo realizado pero también consumada con lo frustrado, con esas existencias potenciales que no se han dado. El historiador acude a un archivo (o a unas fosas que se exhuman). Encuentra allí restos, algunos clasificados o fácilmente clasificables: reconocidos o reconocibles, identificados. Pero eso que encuentra no es la vida. Piénsese en el catálogo de un archivo bien ordenado: es, en parte, un cementerio en el que lo pasado está efectivamente inerte, en el que todo es carente y escaso. ¿Qué hace? O, al menos, ¿qué debería hacer ese historiador cuando encuentra vestigios? Por supuesto, dedicar muchas horas de su vida a identificar a los muertos reales o metafóricos que allí están. Exhumar, pero sobre todo reconstruir la biografía, que no es meramente fijar las intenciones del antepasado. En primer lugar, lo que sabía o pensaba el muerto, pero también lo que el antepasado no podía saber…
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Lecturas, afinidades y discrepancias: Àngel Duarte 1, 2.
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