1. Leo París: suite 1940, de José Carlos Llop. Me maravilla la habilidad de su autor: me sorprende otra vez la destreza con que retiene al lector. O, mejor aún: prefiero este libro a los anteriores que de él he leído.
Suele ser un piropo ultrajante cuando a un novelista más o menos prolífico se le dice esto: «Oye, ¿sabes que me gustó mucho tu primera novela?» Dicho así, ese elogio suele ser, en efecto, un insulto que podría traducirse con estas palabras: «Oye, ¿sabes que desde tu primera novela no has mejorado?» En el mundillo literario y académico, entre los letraheridos, no son infrecuentes estos dardos, a veces justos y a veces debidos a la inquina, a la envidia, a la ojeriza que los éxitos ajenos provocan.
En el caso de Llop, mi lectura de su último libro, breve pero intenso, me convence y me entretiene, me hace interesarme por su protagonista: por César González-Ruano, un tipo que nunca despertó mi predilección, un creador que se consumió escribiendo notas periodísticas, literatura de diario. Llop me convence, me entretiene y me interesa. Lo digo como viejo lector de novelas a quien no es fácil sorprender con las obritas que ahora se llevan, con las anemias narrativas que tantos padecen. Lo digo como lector que no tiene interés en leer aquello que no le seduce. Lo digo como lector que no puede sacudirse su profesión histórica. En efecto, he de cargar con mi condición de historiador cuando disfruto de una novela, y eso me obliga a leer la ficción como si de un documento extraño se tratara: como si me las viera con un manuscrito de significado impreciso. La buena lectura no es necesariamente la que suma páginas y páginas hasta hacer un libro monstruosamente extenso, un novelón decimonónico. Jorge Luis Borges decía que el género permite los tiempos muertos: que las novelas, precisamente por su extensión, pueden ser prolijas, abundosas, excesivas. La buena lectura tampoco es, necesariamente, la escueta, la económica. Las elipsis son imprescindibles: lo no dicho, lo intuido, lo oculto, lo ignorado forman parte de la novela, por supuesto, pero los autores menos refinados corren el riesgo de no decir nada a fuerza de silenciar.
Llop ha escrito una obra sutil, cargada de ironía: hay páginas con mucho humor, y eso que se narran circunstancias históricas bien espantosas. ¿Una incongruencia? No: hasta el horror puede contarse con distancia irónica. ¿Recuerdan el Doktor Faustus, de Thomas Mann? También allí el narrador se hacía presente en el relato revelando sus estados de ánimos, sus enfados, sus dificultades y sus malestares, y su tono episódicamente irónico nos hacía mucha gracia…
2. Pero regresemos a José Carlos Llop. La voz que cuenta las vicisitudes de González Ruano en París se expresa en primera persona, como si de un biógrafo se tratara. Pero no es exactamente un biógrafo: repetidamente nos avisa de las hipótesis que aventura, de las invenciones que imagina, de los rellenos con que tapa los huecos de la información. El narrador se basa en las memorias de CGR: Mi medio siglo se confiesa a medias, un grueso volumen repleto de datos en el que la información es cifra más que noticia, cosa que le obliga a rastrear otras fuentes. Obra, pues, como un periodista que husmea las fuentes para informarse; pero obra también como un historiador que consulta textos y más textos para leer mejor, para documentarse. Ahora bien, ese narrador se hace múltiples preguntas que no puede responder, razón por la que una y otra vez ha de admitir su derrota: tiene que fabular, tiene que añadir lo que no se sabe o tiene que imaginar los hechos probables. No se trata de abandonarse a la pura fantasía, sino de completar el trazo que el dibujo no muestra. Al contar así ese narrador me obliga a interrogarme sobre los géneros de escritura. ¿Qué es una novela o qué una investigación periodística? ¿Qué es un libro de historia y qué es aquella ficción que recupera y exhuma lo pasado para conocimiento y averiguación’
Llop añade cuando no sabe y, a veces, cuanto no sabe pero podría ser. ¿Obra así un historiador? No exactamente. Porque esta novela se presenta como un reportaje periodístico, como una investigación. Pero no lo es o, al menos, no lo es en determinados pasajes. El reportero se ciñe a lo sabido y a lo documentado. Como hace el historiador que se quema las pestañas en un archivo. Llop ha consumido horas y horas acopiando datos, fatigándose –supongo– con innumerables lecturas. Una parte de esas obras se incorporan en la bibliografía final, pero este repertorio no documenta los pasajes que el narrador imagina y nos dice que imagina: la bibliografía provoca sobre todo un efecto de verdad, de empeño erudito. Por supuesto, al investigador académico esa libertad creativa le está vedada: a falta de documentación no podemos rellenar los huecos con la licencia de la imaginación copiosa; como tampoco podemos precisar una efigie exacta con el trazo hipotético. Forzosamente debemos ceñirnos, someternos. ¿Una limitación? Sin duda: una limitación que es el marco de posibilidad de la disciplina histórica. No, no podemos confundir los géneros, aunque éstos linden o, en ocasiones, se solapen.
3. Microhistoria. Dos personas comienzan a investigar sobre César González Ruano o sobre otro antepadado de vida escasa, aventurera o irregular. Uno de ellos acopia información y hace de la ignorancia fuente de su imaginación. Juega con las posibilidades, tantea las probabilidades. Lo que desconoce y no puede documentar es objeto de conjetura y de recreación. Es objeto de ficción, de ficción probable. El resultado es redondo: el lector futuro ya no podrá abandonar el volumen…
El otro investigador, por el contrario, se atiene exclusivamente a lo que puede consultar en libros, en manuscritos, en la correspondencia, etcétera: en todos los vestigios que de aquel individuo sobreviven. No sólo los papeles que él escribió, sino también los testimonios que sobre su figura otros dejaron. Son versiones congruentes o contradictorias, difíciles de casar: no son piezas que encajen. Pero ese investigador no se rinde: en su fantasía más erudita y alocada sabe que al final siempre podrá completar lo que de entrada es enigmático o insuficiente. Esa esperanza le anima y así consume sus horas consultando legajos, por ejemplo.
Me imagino a mí mismo en esa circunstancia… Sentado al pupitre, espero el legajo prometedor. Qué palabra tan querida para los historiadores. Cuando acudí a un archivo por primera vez, aquello que inicialmente me sirvieron fue eso: un legajo añoso, con un tapiz polvoriento. Desanudo cuidadosamente las cintas rojas que luego seré incapaz de atar igual, abro las tapas de cartón, se desprenden ácaros…, ¿y qué encuentro? Expedientes. Cada uno de ellos es información y es enigma. ¿Por qué están en ese legajo y qué relación tienen entre ellos? Un legajo siempre es una suma de posibilidades. Un hallazgo imprevisto te da nuevas pistas y, a la vez, agranda tus ignorancias. También es, por tanto, una suma de datos inconexos, de documentos cuyo significado desconoces. Podrías inventar, pero no, no debes hacerlo: esa felicidad está reservada al novelista. ¿Qué haces, pues?
Inicio un tanteo. Por ejemplo, un nombre propio puede ser el punto de partida. ¿Quién es ese individuo que ahí firma, ese que suscribe…? Puedes tomarlo anónimamente, como un número más de una totalidad más vasta; o puedes tomarlo como un enigma a descifrar. El microhistoriador, en concreto, emprende una pesquisa a partir del nombre que rotula una identidad que debemos averiguar. Ese dato menor es un indicio que has de llenar de significado, un cabo que te lleva a otros datos: con ellos forma una totalidad que debes reconstruir, algo que debes constituir con los propios documentos del archivo y con los conocimientos históricos previos, esos que te han proporcionado tus colegas, tus predecesores. ¿Se trata de hacer una biografía? No exactamente. Se trata de documentar una acción humana que ha dejado huella y que tiene un determinado sentido para el actor y para los espectadores. Comienzas a rastrear las huellas de un individuo en su contexto, con motivaciones que no son las tuyas, con una identidad que sólo en parte conocerás: comienzas a analizar esas acciones. ¿Cuál es el error que puedes cometer? La presunta o excesiva familiaridad del investigador con el investgado, la supuesta transparencia del individuo observado. Carlo Ginzburg siempre nos ha advertido contra ese riesgo o fatalidad. Luminosas palabras de Ginzburg que Anaclet Pons reproduce en su blog: «Bisogna superare l’idea illusoria che il rapporto con i testi o con le persone sia facile: la trasparenza è un inganno. Il primo aiuto forse ci viene dalla nozione di straniamento, che è stata evocata prima: un atteggiamento che ci fa guardare a un testo come a qualcosa di opaco. È un atteggiamento che può essere spontaneo; più spesso, è il frutto di una tecnica deliberata: non capire un testo come premessa per capirlo meglio, non capire una persona come premessa per capirla meglio. Diffido profondamente delle metodologie che trapassano i testi come un coltello taglia il burro. La loro apparente potenza è illusoria».
Luminosas palabras.
4. José Carlos Llop. En París: suite 1940, el narrador subraya la distancia que le (nos) separa de CGR: no hay inmediatez ni transparencia en los textos de Ruano. La verbosidad de CGR es tinta… de calamar, en efecto: un modo de emboscarse y una manera de designar el mundo y las acciones propias. El narrador se formula una pregunta tras otra, mostrando su extrañeza ante lo que lee, ante hechos confusos o poco documentados. Es incisivo por no corta ni saja. Lee, interpreta, conjetura y, en ocasiones, cuando cree que es necesario imagina la situación real, recrea las palabras que se pronunciaron, los diálogos que los personajes mantuvieron. ¿Podría hacer esto un historiador? Quien lo hace en París: suite 1940 no es el escritor: es el narrador, esa voz que nos relata a tientas y a ciegas la vicisitud de CGR. Sería fácil decir que esto no podría hacerlo un historiador: en la obra histórica, narrador e historiador coinciden. ¿Resuelto? ¿Punto final?
No nos precipitemos. El viejo Tucídides, el historiador clásico, predicaba la verdad, el rigor de lo narrado: deploraba la credulidad y los embustes. En su Historia de la guerra del Peloponeso ya indicaba la dificultad de reconstruir la «historia antigua», ya que no era posible –decía– conceder autenticidad a cualquier testimonio. Más aún, deseando establecer los límites de la escritura histórica oponía resistencia «al canto de los poetas, que exageran los hechos para embellecerlos». Tampoco atribuía gran valor a los cronistas: «más inclinados a encandilar el oído que a contar la verdad», esos cronistas que solían tomar «como tema de sus obras unos hechos que no pueden comprobarse con rigor». Dicho eso, sin embargo, Tucídides se aventuraba por el terreno de la imaginación. ¿Incumplía sus propios preceptos?
«Resultaba prácticamente imposible reproducir las palabras literales con que se expresaron» quienes capitaneaban cada bando de aquella guerra. Justamente por eso, dice Tucídides, «me he limitado a poner, en labios de cada orador, sencillamente los términos en que me parecía que debieron manifestarse en cada caso a tenor de las circunstancias, ajustándose lo más estrictamente posible al sentido general de sus declaraciones». Eso no es exactamente inventar: es rellenar, es completar lo que jamás podrá reproducirse tal cual; pero es recrear ajustándose. Muchos siglos después, el narrador de París: suite 1940 hace lo mismo.
Permanece, pues, la pregunta: ¿qué podría hacer un historiador actual?
5. Mónica Bolufer. Esta historiadora ha escrito un volumen inteligente, muy bien documentado por el que habría que felicitarla. Lo dedica a Inés Joyes, una dama burguesa del Setecientos… Antonio Castillo se nos ha adelantado dando noticia de este libro y contribuyendo a su difusión, que se merece. Habría que felicitar a la autora, me decía. Aunque, ahora que lo pienso, no habría que hacer tal cosa. ¿Por qué deberíamos alabar a quien sigue una norma que es de obligado cumplimiento para todo investigador riguroso? Decía E. H. Carr en ¿Qué es la historia? que, entre historiadores, la precisión es un deber, no una virtud.
Mónica Bolufer obra como debe: con precisión cuando delimita su objeto, cuando consulta un repertorio documental ingente, cuando escribe un texto depurado y elegante, cuando administra su información con intriga adecuada, con una trama narrativa en forma de pesquisa. No da por obvio al personaje y, por tanto, no sigue «metodologie che trapassano i testi come un coltello taglia il burro», por decirlo otra vez con Carlo Ginzburg. Pero su libro es un homenaje a la imaginación, a la obligación de imaginar, de recrear las circunstancias concretas de un personaje: con lo que sabe y con lo que no está documentado, con lo que no puede estarlo. Mónica Bolufer formula numerosas preguntas al archivo (vamos a decirlo así). Se responde con prudencia, con cautela, diciendo: «podemos imaginar», fórmula expresiva que no le da pie a sobreinterpretaciones incontrolables, sino a conjeturas sensatas. No reproducirá verosímil o probablemente el discurso de un orador, como hiciera Tucídides, pero al igual que él no se niega el atisbo potencial de lo que efectivamente ocurrió.
¿Hay algo que relacione a su personaje, Inés Joyes, con César González-Ruano, el cronista del siglo XX? ¿Obran igual la historiadora y el narrador? Hay proximidades. Al margen de la ficción que los separa, en ambos casos, quienes investigan y escriben –el narrador de Llop y la historiadora Mónica Bolufer– no ocultan sus ignorancias y nos transmiten el progreso de sus respectivas pesquisa. Tenemos el resultado de la investigación como un proceso en el que un yo se ve implicado y desvelado en parte. Con ello se muestran las destrezas y las limitaciones de quienes averiguan y ponen orden en las vidas de otros, siempre remotas, de significado confuso.
“Non bisogna portare la cucina a tavola” ammoniva da qualche parte Lord Acton. Abbiamo cercato de trasgredire il più possibile questo precepto d’etichetta storiografica», decían Carlo Ginzburg y Adriano Prosperi en Giochi di pazienza. «Anziché un pollo arrosto con contorno di patate fritte il lettore si troverà sul piatto un pollo vivo e starnazzante, provvisto di penne e barbigli; fuor di metafora, non una recicerca rifinita e compiuta ma gli andirivieni della ricerca, le false piste seguite e scartate prima di arrivare al
risultato ritenuto accettabile. Ci auguriamo che tutto ciò no risulti ‘indigesto’…»
Llop y Bolufer, cada uno a su manera, se esfuerzan por llevar «la cucina a tavola»: se esfuerzan por mostrarnos los «andirivieni della ricerca»: unas investigaciones respectivas que deben arrojar luz sobre los actos oscuros de un varón que deja huellas, grafómano y evanescente; o sobre la vida misma, también oscura y no documentable, de una mujer singular y previsible, lectora y escritora.
6. ¿Ahora toca callar? Avanzo en la lectura y relectura, en la comparación de dos obras distantes, por género, por objeto, y ciertos lectores me reclaman cambiar de post o guardar silencio. Pues no. Aún no. La lectura me procura un placer incomensurable: es hacer hablar a sujetos que estaban inertes. Se trata de seguir las instrucciones de los autores que están impresas en sus libros, de ser un destinatario obediente que entiende lo que se le dice, el género bajo el que se le dice, los efectos que se buscan con lo que se dice. Pero quiero ser también un lector aventurado, alguien que mezcla soluciones distintas, que busca parentescos insospechados entre libros que no tienen nada que ver entre sí para después escribir sobre ellos. Carlo Ginzburg, precisamente, es un maestro en este quehacer…
He leído las obras de Llop y Bolufer así. Quiero ser un tipo que disfruta con el juego intelectual, ese que nos permite burlar el género y hacer hibridaciones, libre e indisciplinadamente. Y quiero ser a la vez un tipo que respeta las normas de la investigación, esas que tanto aprecio porque nos permiten el examen y la comunicación. Son dos formas de leer. Para referirse a ellas, Richard Rorty habló en cierta ocasión de lecturas inspiradas y lecturas metódicas. Yo deseo deleitarme con ambas. En la obra de Llop y Bolufer, mis colegas, mis hermanos lectores, veo realizado ese juego, el que más valoro: el de interpretar ordenada y audazmente los actos de figuras opacas o histriónicas que se emboscan. ¿Alguien da más? ¿Ahora toca callar?

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