Ese señor que lee. «Cuando yo era sólo un lector (más o menos lo que ahora soy), cuando sólo era un adolescente contrito y deseoso de cambiar las cosas, empecé a leer Triunfo. Hablo del año 1974, una fecha clave para un púber de quince años, pero también un momento decisivo de la historia reciente, de la historia vivida. El 25 de abril portugués me había sorprendido sin entender gran cosa de lo que aquello significaba y, más aún, la tromboflebitis de Franco había alterado el discurrir obvio, lo que se me antojaba inevitable: la duración mineral del dictador. Yo no sabía muy bien lo que nos esperaba, pero intuía que no podía, que no debía ser un franquismo sin Franco. Mi señor padre leía Sábado gráfico, con aquellas portadas comprometedoras…, y yo, distante del progenitor y pensándome más radical, comencé a leer Triunfo. Me había recomendado la publicación un profesor de Latín al que yo le tenía un gran aprecio: un docente que acudía a clase acarreando Cuadernos para el Diálogo y Triunfo. Recuerdo haberle preguntado cuál de las dos podía leer yo, con mi edad tan escasa y con mi desorientación…, dado que no quería leer lo que mi padre ya frecuentaba todas las semanas: Sábado gráfico«. Así empezaba un artículo que publiqué en El País en enero de 2006, un artículo de cuando yo aún remitía tribunas a la prensa diaria. La percha del texto era un hecho luctuoso: la muerte de Eduardo Haro Tecglen. Aprovechaba esa tribuna para rememorar mi experiencia adolescente como lector de prensa periódica, de Triunfo, por ejemplo. Pero aprovechaba la circunstancia para hablar de mi padre, de lo que me distanciaba de él: de lo que yo leía por oposición a sus aficiones o inclinaciones.
Ha pasado el tiempo: dejé de publicar en El País y estuve año y pico como columnista de Levante-emv. Ahora, tras un acuerdo que a ambas partes contenta, regreso a El País inmediatamente, a partir del 1 de octubre. Gracias a las confianza que en mí han depositado vuelvo con día fijo, los miércoles en la nueva sección de la última página de «Comunidad Valenciana»: semana, sí; semana, no. Creo que es razonable establecer esa periodicidad quincenal para un pluriempleado. Son múltiples las tareas que debo cumplir. Las enumero brevemente: 1. Atender a la familia (a los padres, por ejemplo); 2. Cumplir con las obligaciones académicas (con esos alumnos que son tan parecidos a mis hijos); 3. Mantener un blog actualizado (con el lector, ese crítico virtual: «You! Hypocrite lecteur! –mon semblable,– mon frère!, en palabras de T. S. Eliot y Baudelaire); 4. Holgazanear (con la lectura indisciplinada que es la que me inspira). Esas tareas, la verdad, me dejaban poco plazo para un artículo semanal. Cuando coincidió todo ello en Levante, cumplir me resultaba agotador y empeñoso. Ahora El País me fija –miércoles sí, miércoles no– para que escriba y me pronuncie. Están ustedes invitados a discutirme. Y no es formulismo ni mera cortesía: por expreso deseo de sus responsables quieren que el artículo conecte con mi blog, que disponga de un enlace que lleve a esta bitácora. Para así prolongar las discusiones, me han dicho.
No hace falta que insuflemos savia nueva a los «diálogos a menudo mayéuticos» y deliciosamente arcaicos que aquí se dan de cuando en cuando. Ustedes mismos admiten incluso su interés editorial. Hay vigor suficiente en las palabras que aquí se vierten. En todo caso, será interesante comprobar cómo funciona la experiencia. Me da mucha alegría regresar a la prensa diaria; me da mucha alegría regresar a El País. Quién me iba a decir hace treinta años que yo publicaría en dicho diario como un columnista habitual. Quién me iba a decir a mí que seguiría siendo un consumado lector de prensa y de volúmenes que me resultaban prohibitivos. Sólo la benemérita institución del libro de bolsillo me auguraba una dicha lectora. Treinta y tantos años después, las cosas han cambiado mucho para mí. Mucho: mi padre ha dejado de leer como leía, y eso es un síntoma que me hace daño. Si alguna vez falto al compromiso no actualizando el post, si alguna vez me ven melancólico o irritable, ustedes me perdonarán. Tengan por seguro que es por mi padre. No está bien si no lee y ahora –lo digo con ternura– me da disgustos por haber perdido la afición y la afección lectora que le han formado y que yo orgullosamente homenajeé en otra pieza que algunos ya conocen, un artículo que publiqué también en El País.
Mi hijo no me come. Escribo lo anterior y recibo inmediatamente comentarios muy generosos. Me felicitan y yo me enorgullezco, claro. Es un honor lo que me dicen pero noto algo extraño en los elogios. Este episodio menor debería formar parte de la psicopatología de la vida cotidiana que empezó a documentar Sigmund Freud. Ya saben: los lapsus, los actos fallidos, etcétera. Releo lo primero que se me escribe en el post y me doy cuenta del malentendido que he provocado: me he expresado ambiguamente (que es lo peor que le puede pasar a un columnista o a un blogger) y, por tanto, enredo involuntariamente. Tiene su gracia, no obstante. Al titular este post «Mi padre no me lee» y al vincular el hecho al otro que les anunciaba –el inicio de una nueva colaboración en El País–, se ha dado por supuesto que lamento que mi padre no lea lo que yo escribo. Pero no, mi pena no es tan narcisista: mi padre ha sabido no leerme libros y libros para afearme involuntariamente la prosa académica que me gastaba. No, lo que sostengo en este post es otra cosa.
Digo que mi padre no me lee en el sentido que decimos «mi hijo no me come». Es tu familiar, uno sobre los que tienes alguna responsabilidad, quien no se nutre, no se alimenta, y ese hecho cotidiano o trivial lo vives personalmente, como si te sucediera a ti. Mi hijo no me come: es decir, se me va enfermar. Qué curioso es todo lo que nos ocurre, incluso qué raro. Tiempo atrás, cuando empecé a publicar regularmente en la prensa de papel, el primer artículo que firmé yo solo en El País se titulaba: «Mi hijo no me lee«.
Ampliar horizontes. Cuando yo era un niño de cuatro años llegó la televisión a mi casa. La recuerdo aparatosa y central, dominando el espacio de convivencia familiar. Era un cacharro que encendíamos reverencialmente: se tapaba con un funda cuando la apagábamos y si tronaba desenchufábamos la antena para evitar los rayos. El horario de emisión era muy limitado y las horas que le dedicábamos eran pocas: que yo recuerde, entre semana no había televisión matinal y reservábamos nuestra atención al viernes, sábado y domingo. Aún puedo escuchar la voz potente y marcial de Ángel Losada, que capitaneaba un programa titulado Por Tierra, Mar y Aire , enteramente dedicado a los tres ejércitos. Aún puedo rememorar las series que nos entretenían. Seguramente, la primera que me influyó y de la que me costó desprenderme fue Diego de Acevedo, un emisión dedicada a la guerra de la Independencia protagonizada por Francisco Valladares, un héroe: como me cautivó también aquella otra emisión titulada Viaje al fondo del mar.
He tenido que leer mucho, después, para corregir la imagen de aquel conflicto antinapoléonico. He debido consultar muchas páginas para sacudirme aquella impresión que me causó el héroe antifrancés. No se me indujo ni se me forzó: la lectura era un modo acceder a un mundo más ancho que el que la televisión nos daba: incluso que el que nos daba Viaje al fondo del mar, siempre tan claustrofóbica. La ventaja que teníamos era nuestra principal desventaja. Las cosas costaban, costaban tiempo y dinero, y casi todo debía demorarse: la satisfacción, aunque también el esfuerzo se prolongaba. ¿Lo digo con nostalgia? No, lo digo como un dato de hecho.
Mis primeras suscripciones a revistas me las pagué yo mismo de mi peculio particular. Inicialmente procuré, claro, que mi padre me las sufragara, pero él me hizo repensar. Recuerdo que la primera publicación a la que intenté suscribirme fue Mundo negro. Traté de convencer a mi padre: aquella revista valía la pena, me ampliaba horizontes, me ensanchaba el mundo y me procuraba vistas e historias que la tele no me proporcionaba, le dije más o menos. Mi padre se negó rotundamente a pagarme aquella suscripción: una revista de misioneros no era, seguramente, lo más recomendable para el alma inocente de un muchacho de diez años. Años después de aquella frustración me convertí en lector habitual de Triunfo. Así he salido.
Enlaces: El blog de Eduardo Laporte: su post ha inspirado el mío.
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AVISO:
No sé cuándo podré renovar el post, si el sábado o el domingo. Lo haré en cuanto pueda y en cuanto los deberes familiares me lo permitan. Ustedes me perdonarán.


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