1. La sociedad del riesgo (29 de septiembre).
Hay días en que uno tiene la impresión de que el mundo es indescifrable, de que todo resulta oscuro. No sólo es un estado de ánimo baqueteado. Es la suma vertiginosa de hechos: la propia dificultad de explicarlos congruentemente. Es como si la actualidad –lo que aún está en acto– impidiera asimilar el acontecimiento, un acontecimiento al que pronto le sucede otro igualmente incomprensible. Es la impresión de que todo puede acabar sin que tú puedas hacer gran cosa, percibiéndolo además. Desde luego, esa impresión no tiene por qué estar causada por lo real, sino por lo que creemos que es real.
Imaginen que tengo una máquina. Pongamos un automóvil. Imaginen que sé accionar su maquinaria. Conduzco ufano por la carretera, luciendo el coche de última generación con toda clase de extras. Imaginen que se me estropea una conexión o un chip o un rodamiento, qué sé yo. Desde luego será un pequeño desastre, una catástrofe particular. Pero no por el posible accidente, sino por el desconcierto que me provoca que las cosas no funcionen. Me explico. Sé cómo hacer funcionar ciertas cosas, incluso ese automóvil: sé hacerlo marchar. Pero no me pregunten cómo funciona. Pues bien, tengo la impresión de que de un tiempo a esta parte nos pasa eso cuando observamos la marcha del mundo. Sabemos accionarlo cada día pero muchos ignoramos cómo funciona: cómo funcionan el mundo y sus cosas. Eso nos crea una sensación de ansiedad creciente. Un leve contratiempo nos deja desarbolados, con esa impresión de desamparo.
“En la oscuridad de las siete de la mañana, el ordenador entró en un salvaje estado de completo desorden”, anota Enrique Vila-Matas en una página de su Dietario voluble (2008). “Un contratiempo terrible”, añade, “porque disponía yo de sólo tres horas para entregar unas páginas. Esperé a las ocho, cuando hubiera ya clareado, para llamar a un servicio técnico de urgencias. Tenía que terminar de escribir mi artículo sobre la inseguridad y la crisis de sentido en el mundo actual, pero si había algo realmente inseguro para mí en aquel momento era el ordenador. En cuanto al mundo, éste podía esperar”, prosigue Vila-Matas.
En efecto, el mundo siempre está a punto de acabar. Eso mismo le decía Guillermo de Baskerville a Adso en El nombre de la rosa. Y añadía: cuídate de los agoreros que predicen el desastre. Está bien. Es buena recomendación. En la Edad Media imaginada por Umberto Eco siempre puedes refugiarte en una abadía o en una pequeña aldea, alejado del mundo. Cierto. Pero el problema es que estamos en una sociedad de riesgo de la que no es fácil escapar. Sucede un cataclismo financiero y, qué quieren, sólo con dificultad conseguimos saber qué nos está pasando. Y no sólo eso: qué es lo que nos puede pasar. Los economistas vaticinan retrospectivamente, dice el tópico. Y los historiadores anticipan el pasado, podríamos añadir. ¿Y los sociólogos? Pues los sociólogos hacen como que saben o enuncian lo que todos vemos. Uno de los grandes sociólogos que adelantó lo que nos ocurre fue Ulric Beck cuando distinguía entre peligro y riesgo. Estamos en peligro cuando la máquina tiene una avería que se puede solucionar. Arreglando el desperfecto podremos prevenir futuros accidentes. ¿Pero qué pasa cuando la máquina produce efectos incontrolables? Que estamos en riesgo… Su marcha no depende sólo de ella, sino de un sistema cuyos factores no siempre pueden prevenirse. En ésas estamos: dándonos cuenta de que no sabemos cuáles son los efectos de nuestras acciones. Corto y cierro.
0. El mundo al revés (29 de septiembre)
Es ésta una semana de inversión informativa. Era previsible. Después de atender a la familia (aún continúa esa tarea); después de leer y glosar a José Carlos Llop, a Mónica Bolufer; después de practicar la nostalgia periódica (rememorando revistas de nuestra adolescencia), ¿qué esperaban? ¿Que me entregara nuevamente a las eximias letras y en orden? Me reservo para otro día… Ahora, por el contrario, prefiero darle la vuelta al blog: prefiero regresar a lo real. ¿A lo real? ¿Cómo? ¿A través de qué medios? Creo hacer eso si me sumerjo en los periódicos de estos días, cuya lectura tengo retrasada o por empezar. ¿Han probado alguna vez a leer la prensa al revés? La operación es difícil y muy selectiva, lo admito. Se te achinan los ojos y sólo lees lo importante o placentero. Una rareza. Olvídenla, pues.
Como la dificultad a vencer es muy grande, prueben en ese caso a leer los periódicos caducados, que es otro modo de invertir las cosas. Seguro que entonces se fijan en aspectos aparentemente secundarios que son la clave de lo que nos ocurre hoy o de lo que nos ocurrió ayer: una nota breve, un inserto escueto, una noticia secundaria que ya no son actualidad, un aspecto menor. Estoy seguro de que una parte de esa lectura me devolverá a lo real, a su lado evidente o a su aspecto insólito. No sé si esas lecturas invertidas o retrasadas te enajenan, te distancian de lo sucedido, o por el contrario te acercan de otro modo al mundo. Como ya hice alguna vez –y esto comienza ser un género de este blog–, escribiré inversamente. Es decir, iré sobreponiéndome y sobreponiendo: colocando una encima de la otra las reflexiones que las últimas lecturas me produzcan. Formarán un tapiz de tejido común, los nudos de una urdimbre imprevista. «Tutto c’entra con tutto«, decía un personaje loco de Umberto Eco. Pues eso: tejeremos la actualidad inversa, que no sé si es el reverso de la actualidad o los reveses de la actualidad.

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