9 d’Octubre. Pasé buena parte del 9 de octubre en familia y en el interior: en Valencia, es día feriado pues se celebra la festividad cívica del 9 d’Octubre. Evité pasear por las calles de mi ciudad para no tener que sumarme a la celebraciones locales, las del 9 de octubre, fecha en que se conmemora la fundación del Reino de Valencia: este año con una procesión en honor de la senyera y con un cabalgata en memoria del rey Jaume I, de cuyo nacimiento se cumplen 800 años.
No son precisamente actos que me interesen. Se pueden contar con los dedos de una mano –de una mano– las veces en que me he sumado a los regocijos públicos: siempre a cargo de presupuesto… A lo largo de mi vida he evitado las multitudes y, sobre todo, las multitudes vociferantes, exaltadas, sobrecogidas, emocionadas, entregadas a la pasión del sentir colectivo. Siendo joven e indocumentado recuerdo haber ido a algún Aplec. Mi incomodidad física crecía conforme avanzaba el acto y las voces enérgicas y varoniles rugían a la vez, como un solo hombre. Detesto las aglomeraciones, el poderío social del número, la muchedumbre físicamente reunida. Sé que las multitudes emprenden acciones colectivas no necesariamente dañinas: desde un baile hasta una manifestación. Pero, qué quieren, la proximidad tumultuosa me produce aversión: tanto si es una fiesta popular con verbena y santo patrón, como si es un levantamiento masivo contra la opresión. Lo siento: si yo hubiera sido un madrileño del 2 de mayo de 1808, la trifulca me habría sorprendido en casa. ¿Por cobardía? No exactamente. Por rechazo físico: por el rechazo físico que me provoca la violencia multitudinaria y orgiástica: esa liberación de fluidos emocionales. También es una liberación de fluidos emocionales la vivencia de los mitos colectivos.
El día 9 de octubre, en el Quadern valenciano de El País, Joan Francesc Mira publicaba una columna con la que no puedo convenir. Se titulaba «Un mite fundacional» y su razonamiento era el siguiente: todos los pueblos mitifican su pasado y, en particular, sus orígenes. ¿Qué hay de malo en ello?, se preguntaba. En realidad, mitificar es rastrear un sentido histórico, global y coherente, a lo que hoy nos ocurre o somos o creemos ser. Es hacer del pasado más o menos remoto un símbolo originario. Es convertir el nacimiento en relato legendario, heroico, religioso. Admite Joan Francesc Mira que la historiografía desmitifica: «que les creences d’aquest tipus no resisteixen ni l’anàlisi empírica ni la crítica històrica«, pero no es eso lo que cuenta. Lo que cuenta es el mito: los mitos «són creences, són allò que la gent creu, i això és el que compta«. Si todos los pueblos lo hacen, si es lo normal, ¿por qué no deberían hacerlo los valencianos cuando festejan la fundación del reino por Jaume I? «Així els valencians seríem un poble de tants, com els altres: amb un bon mite fundacional. I seríem, portser, alguna cosa clara. O creuríem que ho som, que és tant como ser-ho i que ens fa molta falta«, concluía Mira.
O en otros términos que ahora parafraseo o imito: festejemos, y yo el primero, el sentimiento colectivo y la creencia común, aunque este sentimiento y esta creencia sean dudosos o inverificables. El mito colectivo nos constituye, nos aúna y nos ahorma, nos hace experimentar lo compartido. Entonces, ¿por qué deberíamos evitar aquello que nos dota de una identidad? Si nos sumáramos, los valencianos seríamos «alguna cosa clara» y no esta mezcla heterogénea: ¿invertiríamos la decadencia tal vez? Joan Francesc Mira parece envidiar la homogeneidad política de los estadounidenses o de los franceses, esa homogeneidad que se muestra sin claroscuros ni tenebrosidades, y que tanto se parece a la unanimidad. Para él, somos un pueblo confuso, de aleaciones insolubles y, supongo, de abdicaciones penosas. Echa en falta, supongo, una nación bien constituida, con sus unanimidades y sus mitos. Si de verdad creyéramos en un buen rey remoto, entonces un fluido y un nutriente nos irrigarían: nos irrigarían emocional y capilarmente.
No saben cuánto me cansa esta prédica bienintencionada y colectivista. Mira nos previene: la mitificación colectiva no es un vicio peculiar de los nacionalismos: es una condición universal. Desde luego, se lo admitiré: que sea universal no la hace mejor. También es universal la religión y eso no me la hace más simpática o deseable. La religión te auxilia en el trance de la vida y de la muerte: te da trascendencia, que es una promesa reparadora; te ofrece una colectividad con la que compartir la vida eterna, que es un premio de consolación; te une a cierta comunidad moral, que es un alivio de la soledad y de la pérdida. Lo siento, pero no me gustan los colectivismos y, sobre todo, los colectivismos que se manifiestan físicamente, con pompa y circunstancia. No me van a doblegar.

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