0. Actualidad… De principio a fin son cinco los puntos numerados que aquí trato. De la Actualidad del Periodismo a la Actualidad de Galdós. ¿Y qué tienen que ver todas esas cosas que abordo? Hay una misma noción que se impone en el discurso contemporáneo, la de la actualidad: esas novedades que nos cambian y que sería una lástima desconocer. La idea de actualidad nos ha transformado, en efecto; y, desde hace un par de siglos, los occidentales vivimos con las urgencias de lo novedoso, con la última mejora o con el penúltimo desastre.
“Hacia 1982, yo remitía notas de prensa desde la Capitanía General en la que estaba destinado. Como no era buen mecanógrafo me habían encargado labores de menor brillo: debía hacer de ordenanza, de oficinista y de reportero en aquella covachuela. Redactábamos, archivábamos y enviábamos escritos breves a los periódicos locales informando de juras de bandera, de paradas militares. ¿Cómo redactarlos si uno no había asistido a los actos de ésta o de aquella localidad? “Muy sencillo, soldados´´decían. Con imaginación. “Del archivo sacáis el expediente del acto que se celebró el año pasado en esa población. Copiáis la nota de prensa, modificáis dos palabras, los nombres propios y ya está”. Fantástico.
En una se decía que Blasco estaba rodeado de estudiantes de la Universitat Jaume I; en otra se indicaba que quienes se fotografiaban eran representantes “de distintos colectivos de jóvenes de la Comunidad Valenciana”. ¿Un error? ¿Dos campañas diferentes? No sé. Lo que sí sé es que las personas retratadas parecían comparsas o figurantes de decorado: todos muy compuestos. Vistas ahora las fotografías de fechas anteriores, esas poses tienen también el mismo aire de campaña, de orquestación. No sé: imagino a periodistas de la consejería redactando aplicadamente ambas noticias, con empeño escolar, e imagino al retratista repartiendo provechosamente los cromos repetidos. ¿De verdad son como niños?”. Hasta aquí, mi artículo.
2. Actualidad de Internet. “Imaginemos qué pudo suponer el tren para los europeos del siglo XIX, para aquellos que vieron por vez primera un convoy ferroviario, una máquina humeante, vagones que transitan por un camino de hierro. Jamás se había visto algo así.
Por un lado era un gran avance que podía materializar esos sueños milenarios de libertad de movimientos, un adelanto que podía incrementar la interconexión, las relaciones de los distintos y extraños; por otro, precisamente, alteraba la seguridad de lo obvio, de lo heredado, una auténtica irrupción de lo externo en las ciudades históricas, frecuentemente amuralladas. Ya no hay barreras, decían los más optimistas; ya no hay confines, ya no espacio, por alejado que esté, que no se pueda franquear.
Todo un Continente se abría al tránsito y obligaba a los contemporáneos a cambiar sus modos de mirar la realidad. Es ya un tópico asociar el impresionismo y el ferrocarril: la velocidad que podía alcanzar la maquina de vapor aplicada al transporte no sólo era un logro material; era, particularmente, un cambio en la percepción del paisaje, en la idea misma del tiempo, de lo accesible, de lo distante. De algún modo, para nosotros, Internet tiene consecuencias tan profundas como las del ferrocarril para los europeos del siglo XIX. Nos altera la percepción y también nos modifica la idea del tiempo, de lo accesible, de lo distante”. ——————————–
3. Actualidad de la Historia. Por impartir una asignatura dedicada a la Historia del mundo actual, no podía dejar pasar una breve reflexión sobre esos conceptos que sirven de rótulo a una materia que a muchos les parecerá evidente. No lo es. Para empezar hay que desfamiliazarse. Lo obvio, mirado de cerca, con detenimiento, con detalle, empieza a ser extraño, revelador, significativo.
¿Qué conceptos son esos de Historia, mundo y actualidad, puestos en relación sin que su vínculo sea evidente? Convenimos en que la historia es rastreo del pasado, la exhumación de sus fuentes con el fin de documentar hechos que perduran y que aún nos intrigan o conmueven, que todavía nos afectan o influyen. Porque la historia bien fundada, en efecto, no es el seco interés erudito por un mundo cronológicamente desaparecido o geográficamente distante, algo lejano por lo que ya no tendríamos interés. Por ejemplo, Roma y su cultura, su organización y sus avances civilizados, siguen estando en el centro de nuestras preocupaciones. Roma, en fin, me sigue ocupando porque en sus historias apreciamos conductas que perduran, vestigios de lo que ahora somos. Les invito a visitar un blog, el de Isabel Barceló, en el que se rememora ese pasado romano con inspiración y conocimiento, con audacia creativa, acercando al presente lo que al presente mismo pertenece.
O pueden leer un libro documentado y divertidísimo, de Terry Jones y Alan Ereira, titulado Roma y los bárbaros. En algún momento, sus autores se preguntan “qué aspecto habría tenido el mundo si, en vez de amamantar a Rómulo y Remo, la loba los hubiera devorado. ¿Cómo habría sido todo de no haber existido Roma? ¿Qué habría sucedido si únicamente hubiera habido bárbaros?” Los autores de esas preguntas, inspiradas en el humor de los Monty Python, se interrogan, se basan en la erudición para mejor entenderse. Se formulan desde la historia virtual pero su objeto es la historia comparativa. Lo virtual, lo comparativo. Así es: porque el objeto de la historia no es conocer lo distante, sino averiguar qué nos hace distintos, qué nos separa de los antiguos.
En realidad, los historiadores tratan sus objetos con el mayor interés, con la mayor cercanía. Es una estupidez pensar que abordamos el pasado desinteresadamente. Es necesario tratarlo con rigor, con esfuerzo documental, valiéndonos, sí, del ideal de la imparcialidad. Pero el mundo que estudian los historiadores es el entorno propiamente humano, intersubjetivo, ese espacio de relaciones, percepciones e intervenciones en el que los individuos nacen, crecen y maduran: esas relaciones, percepciones e intervenciones se dan en un espacio local o universal cuyos límites no siempre están claros. ¿Cuál es el contexto de las acciones humanas? Pensamos que lo cercano es la circunstancia, pero lo universal o lo distante influyen de modo diverso sobre lo local. Ahora, en el tiempo de la globalización, pero también en épocas anteriores: por ejemplo, en aquella Roma que conquistó el mundo en defensa propia… La actualidad, en términos aristotélicos, es aún una realidad que se materializa, que se convierte en acto. Aquello que estaba como posible, como probable, como meramente eventual, se consuma adoptando una forma que estaba por definir. Pero lo actual suele tomarse también como lo que está sucediendo o teniendo efectos. Roma es actual, la Revolución francesa es actual: o, como decía aquel mandatario de la China comunista al que le preguntaron sobre 1789, la Bastilla está demasiado cerca para hacer un balance definitivo de sus efectos. Más aún, no hay balances definitivos: cada generación, cada grupo humano, debe saldar cuentas con lo pasado porque esos efectos varían y lo presuntamente muerto regresa en acto para afectarnos nuevamente.
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4. Actualidad de Juan José Millás. El autor de El mundo ha recibido el Premio Nacional de Narrativa. Esta novela es una de las últimas obras que leyó mi padre. Se la recomendé pensando en sus preferencias literarias. Le dije: trata de una infancia que no es la tuya pero recrea un mundo al que tú perteneciste; no es un volumen muy extenso y aborda con humor y ternura la vida urbana, la de barrio, en aquella posguerra inacabable. Los tipos humanos te serán reconocibles. 
En dicho libro, Millás combina bien la autoficción con la soltura del columnista: esa habilidad tantas veces demostrada para recrear el ángulo exterior de la realidad inaprensible. El autor sabe hacerlo con datos materiales, con información contrastada, con pormenor verificable; pero también con los artificios de quien inventa historias llamadas novelas.
No siempre me gusta el Millás columnista. Sin ir más lejos: días atrás, el autor perpretó un artículo contra Esteban González Pons. Se le fueron la mano, la ira y el rencor contra alguien que frecuentemente busca la bulla y la bronca, contra alguien que parece merecer los varapalos. No niego que el personaje puede hacerse antipático y sobre él ya me pronuncié, cuando el político popular tenía un blog. Pero el mejor Millás, el mejor observador, no necesita el vituperio. Eso, al menos, es lo que yo veo cuando he leído sus textos más logrados: como articulista y como novelista. Así lo creo (véase mi página dedicada a Juan José Millás).
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5. Actualidad de Galdós. En el blog de Eduardo Laporte sigue el debate sobre José Luis Garci. Sobre la fidelidad y calidad de la adaptación que el cineasta hace de Pérez Galdós.
En dicha bitácora, quien firma como Mario Moliner sostiene: ”Discrepo en extremo. Acabo de ver la peliculita de marras de José Luis Garci y me ha parecido una deliciosa adaptación -libérrima, diría alguno- de los textos de don Benito. Una película familiar, entrañable, que recuerda a don Carlos Dickens, con esas chicas guapetonas que alegran la vista de los ojos demasiado tristones y esas estupendas batallas que rememoran con fidedigna recreación las penas que sufrió nuestro pueblo madrileño en tan difícil tesitura: conservar la honra patria pero expulsar los aires de renovación, oh, cuán cruenta circunstancia. Recomiendo vivamente asistir al cinematógrafo a ver este magnífico filme”. No puedo estar en mayor desacuerdo.
Garci aparenta ser un retratista antiguo, aunque en el fondo altere y retoque para fines actuales. Y así lo he hecho constar y aquí añado… ¿Es Sangre de Mayo “una deliciosa adaptación”? En todo momento tenemos la impresión de estar asistiendo a teatro filmado, sin movimiento, con declamación enfática. Pero podemos convenir en que la factura técnica de la película no es exactamente reprochable. Como dijimos aquí, los actores salvan el film y la dirección de actores es lo menos criticable. Pero la ideología y el punto de vista estropean grandemente la película. Y ahora añado algo más. La novela está narrada en primera persona, con un tono zumbón, por Gabriel de Araceli. Los avatares nos los relata, ya anciano, hacia 1873, con gran escepticismo y su punto de tristeza, claro. En cambio, la película de Garci está contada en tercera persona con la perspectiva de Gabrielillo, un Gabrielillo que muere fusilado en Moncloa por las tropas napoleónicas para así dar realce patriótico a la historia: cualquier atisbo de ironía –que hay en Galdós, por supuesto– ha desaparecido en Garci. ¿Una deliciosa adaptación?

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