Todo son preguntas

0. Todo son preguntas. Veo imágenes de actualidad, leo noticias de última hora. Es un desconcierto creciente. Ah, la actualidad, siempre regresamos a ella: incluso cuando ejerzo de historiador…,  no puedo dejar de observar el pasado para distinguir qué nos pasa ahora justamente. Toleramos mal la incertidumbre y nos interrogamos no para incomodarnos, sino para prevenir y para dar sentido a las amenazas de lo azaroso o de lo insólito. La ciencia nos explica el funcionamiento de las cosas, pero los sabios que la practican no pueden resolver los principales enigmas que nos acucian. Los enigmas son principalmente morales, interrogantes acerca del sentido último, acerca de la coherencia final o no que la realidad pueda tener.

En pleno siglo XIX, los positivistas nos enseñaron a dejar de lado la búsqueda de lo absoluto. La ciencia no tenía recursos para plantearse esas cuestiones… En las fases totalitarias del pasado siglo, sin embargo, algunos de esos sabios creyeron posible identificar ciencia y moral resolviendo presuntamente nuestros problemas más profundos: un saber fundado sobre técnicas matemáticas nos permitiría sortear todos nuestros obstáculos. Indudablemente, una idea de este tipo es tóxica: hay numerosas cuestiones que, de verdad, los científicos no pueden plantearse, entre ellas, como Ludwig Wittgenstein dijo, la del sentido. En realidad, los científicos no se preguntan –no pueden preguntarse– por el porqué de las cosas, sino por su mecanismo o por su causalidad. Pero nos acucia lo desconocido… Por eso, la ciencia se desarrolla con la meta de la predicción: no hay ciencia sin capacidad para anticiparse a lo venidero. No es extraño, pues, que habiendo dejado de interrogarse acerca del sentido, los científicos aún esperen averiguar las leyes de funcionamiento de lo real, de un fragmento de lo real. ¿Podemos decir que hay leyes sociales como decimos que hay leyes físicas, químicas o biológicas?

La capacidad de predicción que demuestran las ciencias sociales es realmente menuda: tan numerosos son los factores incontrolables…, factores que no pueden someterse a las condiciones de un laboratorio. Más aún, la sociedad no es un laboratorio ni los individuos somos autómatas: el resultado frecuente es el incumplimiento de las expectativas que sobre nosotros se han formado. Somos decepcionantes y no hay manera de que el corsé nos enderece. Desde luego, el tratamiento estadístico permite hacer pronósticos probables, pero no es raro que un leve cambio imprevisto provoque un trastorno no anticipado. La sovietología se aplicó durante décadas a predecir el comportamiento de los líderes moscovitas. La caída del Muro y la propia disolución de la URSS son ejemplo de que la conducta humana aun siendo observable, medible, previsible, siempre sorprende. Preguntar, preguntar cuanto más mejor: eso es lo que hace el investigador: todo son preguntas se dirá el historiador ante el archivo, ante la masa ingente de papeles, ante el expediente que contiene información. Pero ese atadijo de documentos es también lo no enunciado, lo vacío, lo elidido, lo callado, lo dado por evidente. Cuando digo esto, ¿adónde quiero llegar?

1. ¿Repeticiones? Un amable estudiante me ha hecho llegar un artículo que publiqué en El País hace cinco años. Justamente hace cinco años, el 16 octubre de 2003: también es casualidad, vaya. Digo que me lo ha hecho llegar, porque yo lo había olvidado y esa persona lo ha descubierto por azar. Me indica la referencia y me señala algunas frases que le parecen significativas. Quizá sí, quizá  haya algún acierto en dicha tribuna, aunque eso lo digo ahora, cuando aún no lo he releído: lo digo antes…, con gran escepticismo. La verdad es que me da pánico releerme. Y ello por dos razones. En primer lugar, por constatar lo  ignorante que era, que soy, cuando escribo lo que escribo. No mejoras con el tiempo. Al contrario: en realidad, el paso de los años te empeora, pues te muestra exactamente cómo eras o lo poco que sabías cuando te proponías escribir. En segundo lugar, me da miedo volver sobre lo escrito porque ese paso del tiempo quizá también pruebe que no mejoro, que lo que ahora digo, mejor o peor, ya lo había dicho. En ese caso, uno tiene la sensación de que la lectura no le aprovecha, de que las cuestiones básicas siguen siendo las mismas, de que la información de que ha hecho acopio no le ha modificado ni un ápice. Empiezo a releer aquella tribuna, dedicada a Reinhart Koselleck, ¿y qué descubro? Que no tengo nada que añadir. O tal vez sí… Ahora podría estar básicamente de acuerdo con la formulación de aquel artículo, aunque con matices. ¿Y en qué consistía el argumento? En la dificultad hacer pronósticos que adelanten los hechos verdaderamente significativos.

2. ¿Rutinas? Hay, sí, rutinas que diariamente se obedecen: por los individuos y por las instituciones. Nos sirven para ir tirando y para ir cumpliendo parte de nuestro quehacer cotidiano. Ya que estamos en la tradición alemana, podemos decirlo: la racionalización que describió y predijo Max Weber parece cumplirse inexorablemente. ¿Racionalización? Les cito de memoria. Con esa feísima palabra me refiero a las relaciones fijadas de antemano, secundarias e instrumentales: por ejemplo, las que mantienen los funcionarios con los administrados. Estas relaciones son propias de los sistema burocráticos, que son los nuestros: sistemas en los que se tiende a despersonalizar la conducta para hacerla dependiente de la función y no del individuo. Cuando acudo a un negociado para hacer valer un derecho como ciudadano, espero que el empleado público no me trate como amigo ni como enemigo: espero que me trate con la corrección y la distancia que todos merecemos, pero sobre todo con la corrección y la distancia que le imponen el reglamento, la competencia o la atribución. De igual modo, el funcionario espera de mí que me conduzca como un administrado más que acude a tramitar, no a chalanear o a obtener ventajas particulares. Si uno y otro obramos así, según reglamento y sentido común, se cumplirán las expectativas y los resultados de nuestra acción no dependerán de la simpatía o antipatía que nos profesemos, del linaje o la familiaridad que tengamos. 

La extensión de este tipo de relaciones es un gran invento moderno, propiamente legal-racional, que hace público el trato, y no personal o patrimonial: una circunstancia moderna, ya digo, que fija las conductas. Se basa en la expectativa: en el cumplimiento de las expectativas de acuerdo con reglamentos y códigos que fijan funciones y derechos. Insisto, ahora, en otro caso: cuando acudo a El Corte Inglés espero que el dependiente me trate según el reglamento. No quiero que me quiera, ni tampoco espero que me sorprenda con su desazón o con sus ocurrencias. Igualmente, el empleado, que debe atender a distintos clientes, espera de nosotros que no le demos el día con peticiones insólitas o con familiaridades que le comprometen. Estas relaciones que se han extendido por todo el cuerpo social enfrían, desde luego, nuestras interacciones, pero nos alivian de la angustia que nos producen lo inesperado y  lo incierto.  Las cosas parecen encajar y no hay grave asunto que altere el orden de dichas expectativas. O eso creemos. Una relación previsible entre ciudadanos que cumplen expectativas parece darse, en efecto, en un mundo pequeño y cerrado: por ejemplo, aquel enaún vivió el propio Max Weber: la Primera Guerra Mundial deshizo ese mundo de la seguridad y el siglo no ha hecho más que agravar o acelerar el curso del devenir, introduciendo numerosos factores incontrolables que Reinhart Koselleck.

En las bellísimas memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, se describe precisa y melancólicamente la quiebra de ese orden y de esa expectativa. Cito un párrafo célebre. “Todo en nuestra austríaca casi milenaria parecía asentarse sobr el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad”, señala. “Todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabia cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, co toda seguridad podía encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría”, prosigue. “Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para su hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un lactante dormía aún en la cuna, le depositaba ya un óbolo en la hucha o en la caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña ‘reserva’ para el futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste moría, se sabía (o se creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden”.

Salvo en el período de la Guerra Fría, la vida en Occidente ya no funciona exactamente así. El desorden periódico y azaroso acompaña a la racionalización germánica, a la burocratización. La estabilidad o la inestabilidad no dependen sólo de nosotros, de esos ciudadanos fríos que pensara Weber, o del orden impuesto. Dependen también de las pasiones personales o ajenas, de las utopías domésticas o extranjeras, de los deseos particulares y extraños, de los anhelos de cada uno, de las desazones internas y externas, propias o extraoccidentales: esos ingredientes emocionales que nos hacen soñar o temer; que nos hacen ser inconstantes y decepcionantes; que nos hacen anhelar lo inalcanzable; que nos hacen mudar según lo que sabemos o lo que creemos saber, según las informaciones nuevas, según los rumores, según la envidia que profesamos a quien más tiene. Dependen, en fin, de unas circunstancias geopolíticas, económicas y comunicativas en las que han aumentado los flujos y el oleaje, las crisis y los cataclismos que a todos nos afectan (a unos, más; a otros, menos). Es precisamente lo que Ulrich Beck llamaba la sociedad del riesgo o lo que Anthony Giddens denominaba el mundo desbocado…  Hoy, por ejemplo, con  Internet, lo cibernético no es exactamente lo frío o la relación fría, pues no siempre hay protocolos que fijen las expetativas o los comportamientos de miles, de millones de individuos diseminados y dueños de unos poderes decisivos: el de la información, el de la opinión, el del rumor. Los individuos se han vuelto más conscientes del poder que tienen, un poder que puede ser destructivo. Igual que la sociedad se ha vuelto más reflexiva: sus miembros saben o creen saber qué cosas pasan y cómo deberían acoplar sus conductas para sobrevivir o acomodarse. La sociedad reflexiva.

3. Pronóstico cumplido.  ¿Pero qué digo? Con la extensión de este post y con las cuestiones graves y complejas que atolondramente planteo, estoy incumpliendo uno de los pocos protocolos que hay en Internet: no alargarse más allá de un párrafo o dos o tres. Me callo, pues, después de haberme excedido: previsiblemente. En ese sentido, al menos, cumplo la expectativa que de mí pueden formarse: inexorable, aburridamente me extiendo.

33 comments

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  1. Marisa Bou

    Gracias, señor Kant, es usted sumamente amable. Tanto, que me sabe mal decirle que lo de anoche era una pregunta retórica, algo así como “un grito en la noche”, puesto por escrito para evitar que los vecinos se alarmaran y avisaran a las fuerzas de orden público. Conocía la respuesta a la pregunta, aunque no tan detallada como usted la da y yo le agradezco.
    Afortunadamente, al poco rato de mi alarido gráfico, recibí una respuesta que actuó como bálsamo de fierabrás que ayudara a restañar mis heridas.

    Y cómo no, querida Pavlova, gracias por su abrazo, que correspondo, y por sus buenos consejos. Hoy he dedicado el día a la reflexión (estoy de vacaciones) y mi primera conclusión (¿o, tal vez, la segunda) ha sido tomar la vida con mucha, mucha más calma.

    Y la segunda (o, tal vez, la primera), dar gracias a los dioses porque todavía quedan personas que se preocupan por los demás, incluso sin conocerlos.

  2. Marisa Bou

    Pincho el enlace que nos lleva al artículo de Justo de octubre de 2003 y ¿que me encuentro? Un artículo que recuerdo haber leído, que me había gustado y del que, durante algún tiempo, tomé prestada una frase que colocaba siempre que tenía oportunidad, aunque fuera traída por los pelos. La recupero con gusto. Es su frase final, que dice:

    …”pobres de nosotros: ni la historia nos redime ni el futuro nos apaciguará.”

  3. Marisa Bou

    Gracias, amigo Justo. Apreciado y distinguido caballero, de cuya amistad me enorgullezco. Mi entrada anterior se cruzó con la suya.

    No se preocupe, ya me siento mejor. Si nos reponemos de ataques mucho más duros -y eso bien lo sabe usted- estos sufrimientos menores que, encontrándonos tal vez desprevenidos, nos afectan tanto, a la postre nos fortalecen (o nos vuelven cada vez más escépticos, que viene a ser lo mismo).

  4. Miguel Veyrat

    Marisa, tiene razón, las heridas fortalecen aunque de momento no lo parezca. Sobre todo las morales, las que proceden del Super Yo, y adelanto el debate que nos ha anunciado Justo. Pero el escepticismo del viejo no es malévolo sino sabio, plácido y entero. Y no la llamo vieja sino en el sentido de la experiencia.
    No le deseo ánimo, porque sé que usted lo saca de todo el bagaje recibido del agón (KAnt) vivido por usted hasta llegar aquí. La lucha en la Naturaleza y por la naturaleza es la que nos identifica al fin y al cabo, como decía la señora de Byron.

  5. Miguel Veyrat

    Síp querida Pavlova, pero tanto vos como Marisa y cada quisque sabemos que lo rico es arrancarlas cuando están casi a punto de cocción, las buenas costras… Al menos en mi memoria de niño, con los codos y rodillas llenos de porrazos de diversa etiología. Sigo practicando ese vicio solitario.

  6. Pavlova

    Aaaaaaaaah, qué recuerdos y el: “¡No te la toques, que te quedará cicatriz!”. Lo lmalo es que, al arrancarlas, uno vuelve a quedar en carne viva, predispuesto a otra coz, por más años que tenga ;-)

  7. Alejandro Lillo

    Efectivamente, todo son preguntas, y muy pocas respuestas, ninguna completa, ninguna plenamente satisfactoria. Todas son insuficientes. Será que siempre queremos más, que nuestra curiosidad, nuestro deseo de saber es infinito. A veces tanta pregunta llega a obsesionar, se convierte en una carga demasiado pesada que soportar. Al menos eso es lo que me pasó a mí en una época, y es una sensación que de vez en cuando regresa, como las repeticiones del punto 1 de Justo. Afortunadamente he aprendido a convivir con ellas, a controlarlas, a no hacerles mucho caso, aunque intento saciar ese pozo profundo que, como la biblioteca del señor Kant, parece no tener fin. ¿Son todos los totalitarismos iguales? ¿Quién era Lenin? ¿Y Marx? ¿Quién lleva la razón, los liberales, los marxistas o un híbrido entre ellos? Se que en el fondo es un proceso de búsqueda de la propia verdad, pero que sin ayuda puede ser una tarea muy solitaria, pesada y cargante y esto es solo un ejemplo. Pero sí, Justo, todo son preguntas, demasiadas preguntas. Y tenemos que aprender a vivir en el silencio de sus respuestas. Como decía Roland Barthes ¿o era Romain Roland?, infinitos son los relatos del mundo.

    El artículo de Koselleck me recuerda el sentido de una frase genial pronunciada no se por quién (tal vez Walter Benjamin), que venía a decir lo siguiente: Si vivimos en un mundo acelerado, de cambios rápidos y constantes, en el que los humanos ;-) apenas tenemos tiempo de reflexionar ni pensar hacia donde nos dirigimos; si vivimos en un mundo desbocado, ¿lo revolucionario no será, negarse a seguir avanzando? ¿Detenerse a pensar un rato? Nada de cambios rápidos, sino el sosiego y la reflexión, bajar los brazos. No se trata de añorar un tiempo pasado, como parece que desea Koselleck, sino combatir el sistema con su opuesto, es decir, dejando de acelerar, e incluso frenando, entendiendo que eso es lo único que el capitalismo no quiere que hagamos, convirtiéndose, por tanto, en la única opción verdaderamente revolucionaria.

    Con respecto a la capacidad de predicción de las ciencias sociales, recuerdo que en la Trilogía de la Fundación de Asimov, Hari Seldon había desarrollado un sistema de cálculo probabilístico, basado en el estudio del comportamiento de enormes masas de población, que era capaz de prever la conducta de toda esa masa y los grandes cambios que afectarían y con los que se enfrentaría la humanidad en el futuro. ¡Qué idea tan fascinante!

    La rutina da seguridad, pero también produce apatía. Todo lo contrario que sus posts, don Justo. Largos o cortos, versen sobre un tema u otro, siempre aportan algo, siempre enseñan cosas. Algunas veces demasiadas, más de las que puedo asimilar de una tacada, pero todos resultan muy inspiradores. Tal vez algún día le cuente algún ejemplo concreto para que me entienda mejor… Pero aburrido, ¡por Tutatis!, para nada.

    Doña Marisa, le envío in fuerte abrazo esperando que la herida no sea demasiado profunda.

  8. Marisa Bou

    Gracias, Alejandro. Tengo un buen índice de cicatrización y la consabida corteza, que tanto deleitan a nuestros amigos Veyrat y Pavlova (y a mí también, claro) está ya recubriendo la herida. Pronto podré arrancarla (sí, sí, me encanta) y la nueva piel estará dispuesta para nuevas heridas.

    En el fondo, creo que es para eso para lo que sirve la piel, el órgano más grande de nuestro cuerpo. Acumulamos heridas que son como tatuajes, cada uno de ellos para recordarnos algo que, tal vez, no debió suceder. O sí, porque son lecciones de vida. Y nunca es tarde para aprender.

  9. Miguel Veyrat

    Hace días que llevo citando el Agón, y veo que no ha sido en vano. Justo ha descrito exactamente aquello que en la agónica lucha del hombre enfrentado a la naturaleza “ayer”, como tanto complace contastar a Zweig en la la descripción de aquello que su Austria pretérita, amada y regulada, que entraría pronto en el caos primigenio de la barbarie, había creído conseguir: estabilidad, seguridad, confianza,probidad, todo aquello que parece que en un golpe huracanado también “hemos perdido” —algunos— en manos de un sistema que muchos ya sabíamos viciado de antemano, organizado solamente para el enriquecimiento de los más osados y amorales.

    Bien, ya ha sucedido. ¿Y qué? El Agón, la lucha nunca terminó, al margen de ese sistema seguían muriendo de hambre, enfermedad y angustia millones de hombres entre la indiferencia de los demás hombres enganchados en la rueda rueda de las sociedades bien alimentadas. Todo comienza de nuevo: Seguiremos luchando por domar la naturaleza hostil, ya casi doblegada, y también quienes nos alimentamos a costa del trabajo y la miseria de otros, por conseguir la parte del león, arrebatándola al más débil. De otro modo, claro, más seguro ahora, a mitad de camino entre las ruinas de los dos muros caídos, alzaremos otro sistema donde escalar sea más fácil para los mejor dotados e imposible para aquellos a quenes la costra no se cae nunca y no pueden siquiera gozar del placer pequeño de arrancarla un día, porque nunca dejará de ser una pura llaga infectada y comida en vida por los gusanos. Filosofías aparte.

  10. jserna

    ¿El Ángel de la Historia?

    Indica Alejandro Lillo que hay un pasaje de autor célebre que habla de frenarse, de mirar el pasado sin nostalgia para no dejarse arrastrar por el vértigo de los acontecimientos. Añade Alejandro que tal vez sea Walter Benjamin. Creo que sí; creo que esa imagen procede de la novena Tesis de Filosofía de la Historia, de Walter Benjamin. Podemos releerlo ahora: un pasaje mil veces repetido pero en estos momentos muy pertinente para la conclusión que extrae Miguel Veyrat y para el sofoco que sentimos por la furia vertiginosa de los acontecimientos. Es una descripción del empeño con que el Ángel trata de cerrar las puertas… del Paraíso. Tiene a las espaldas el porvenir, que no puede ver; tiene a sus pies las ruinas que va dejando el huracán que procede del Edén; y soporta, como puede, ese bufido del Paraíso que casi lo derriba.

    Tengo las alas prontas para alzarme, Con gusto vuelvo atrás, Porque de seguir siendo tiempo vivo, Tendría poca suerte. (Gerhard Scholem: Gruss vom Angelus)

    Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso“.

  11. Miguel Veyrat

    Exacto.

    Y como este blog ya tiene algo como de taller literario, aproveché las palabras que puse como consuelo a Kant en el post anterior, o el anterior, no recuerdo y no quiero mirar atrás, que tanto gustaron a Fuca (Doña Francisca para ustedes) para hacer el poema que cierra el libro que estaba escribiendo y para el que me pondré a buscar editor.

    Mientras tanto, no me importa colgar inéditos en la red, la poesía siempre ha sido un bien colectivo, o así lo he considerado yo, de ahí mi voluntaria ausencia de carreras entre poetas, concursos de belleza y demás juegos entre familias adictas a uno u otro poder, sea político o editorial. La poesía es o debe ser de todos. A Kant pues irán dedicados cuando el libro se publique estos dos poemas. El título de este era “Realidad”, tras la confusión del poeta intentando adaptarse a la simetría, pero Justo me ha dado el título adecuado, y los nuevos premios Nobel de Física la clave:

    Angelus Novus (Klee)

    Noche entera
    cuyo espanto
    la poesía no resuelve.
    Amanecida
    realidad —pájaros
    y animales
    humanos
    respiran o beben
    la luz
    de sus propios huesos
    trizados
    por los siglos,
    mientras cantan aúllan
    o hablan.
    Dormido yo
    se esparcen mis jirones
    prendidos
    en calimas. Ya no
    volveré
    mordisco
    ciego
    resuelto en media
    nada —con
    versación interminable,
    asimetría.

  12. Isabel Zarzuela

    D. Miguel, su poesía me produce mucho vértigo.

    ¡Qué capacidad para ahondar en las profundidades del ser humano! Ni imaginar puedo lo que sentiría al escucharle recitar su poesía.

    Yo también tengo muy cerquita sus Instrucciones para amanecer…

  13. jserna

    “Noche entera / cuyo espanto / la poesía no resuelve”, empieza el poema que cierra el próximo libro de Miguel Veyrat. ¿Por qué su poesía conmueve de principio a fin, esa poesía cuya expresión busca tentativamente ordenar el espacio o hacerlo soportable o darle un significado que no tiene? La tarea unificadora del poeta no alivia el espanto, pero es una proeza de enunciación: la de quien no calla a pesar de hablar de lo que no se puede hablar. ¿Es este el último poema del libro? La lucha titánica se resuelve al final en el reconocimiento derrotado o triunfante de la asimetría: no vence la elemental y grosera ley de simetría, sino la asimetría, el desorden humano que provoca ese viento huracanado que lleva siglos soplando desde la expulsión edénica.

  14. Alejandro Lillo

    Sin duda alguna, doña Marisa, sin duda alguna. La piel, tan resistente y a la vez tan frágil.

    Impresionante, don Miguel, como siempre. Nadie turba mi ánimo como usted. :-)

  15. Marisa Bou

    “Dormida yo se esparcen mis jirones en calimas…”

    Gracias, don Miguel, gracias por regalarnos el amor y el calor de su poesía.

    Doña Isabel, le garantizo que, escuchar los poemas de Miguel de su propia y profunda voz, es una experiencia incomparable.

    ¿Para cuando, amigo, volver a escucharle? Tengo el estremecimiento retenido, hasta que ns regale de nuevo esa ocaión.

  16. Fuca

    Me gustaron las palabras de Miguel Veyrat cuando las leí en prosa dirigidas a nuestro amigo Kant. En verso producen vértigo, coincido con Isabel Zarzuela. También me gusta la glosa de Justo Serna sobre los versos de nuestro poeta, ¡qué bien comenta! Los versos de nuestro querido Miguel se encabalgan, rompen las estructuras sintácticas, las palabras, corremos hacia el abismo, hacia la asimetría. Voy a escribir una tontería, Miguel, ¿no crees que al poema le sobra la coma que pones tras “siglos”? Creo que el ritmo del poema no necesita esa pausa.

  17. Miguel Veyrat

    Hecho, Fuca, quitada. Mis poemas, tras ser escritos y antes de publicarse pasan por un período de dormición activa, que puede durar un año o más: ahí caen muchas comas, adverbios, artículos, etc. en un proceso de depuración. Esa coma fue una debilidad de última hora; gracias por recordármelo. Y gracias a todos ustedes por leer el poema. Ya saben, esos versos son suyos, por tanto gracias de nuevo por apoderarse emocionalmente de ellos y por hacérmelo saber.

  18. jserna

    Miguel, me espero a poner el nuevo post, que tengo pensado y es, en parte, doloroso (‘Objetos transicionales’).

    Me aguanto y me reservo de momento. Obséquienos, Miguel, con otro poema inédito que nos inquiete. Otra vez.

  19. Miguel Veyrat

    Tiempo al tiempo, querido Justo. No destripemos todo el libro, ni agotemos la emoción. Así, doña Isabel Zarzuela podrá descubrir “La razón del Mirlo” como supo de las instrucciones para amanecer que duermen bajo su almohada. Y doña Marisa, a la que recuerdo en su fila de la Casa del Libro de Valencia, el vibrato de la voz en sus neuronas. Yo soy un objeto transicional, un objeto con mente, de acuerdo, pero objeto. Adelante con el nuevo post. La poesía se va haciendo al filo de los días. Y ustedes me ayudan mucho. Es, me gustaría que fuese así, un producto colectivo, por eso he bautizado este post como taller de escritura: oh, las prosas de Kant arrebatadas. Y sus textos hondos, cultos y mesurados. Sigamos, pues. Simétricos.

  20. Miguel Veyrat

    Lo pensé mejor, en honor de todas las grandes muestras de escritura regaladas por todos ustedes, Pavlova, Alejandro, David, Marisa, Isabel, Marisa Frankestein, etc. (etc. significa que no quiero olvidarme de nadie), sea. Otro poema en espera de la era de edición gloriosa en que Internet, no sustituya, pero sí haga universal al libro:

    Solitario como un dios
    o como bestia

    Enhiesta sobre las rocas —como
    pene abierto, la flor
    del ágave penetra la mitad ignorada
    de la noche. Sostenida
    por un hombre solo y débil
    que escribe al borde del abismo,
    la noche entera desdobla
    la canción y viaja en plena desmesura:

    —¡Impía noche de equinoccio
    en la mirada llena de mundo!

    Acostado sobre su ascua al rojo
    que pierde sentido
    a cada instante —vuelto hacia mi sangre,
    el tallo fibroso y duro
    del ágave se seca. Ya sé ahora
    que mi destino está en ignorar para siempre
    la salida. Por delicadeza, perderé
    otra vez mi vida.

  21. Marisa Bou

    ¡Querido Miguel! Nadie que lea su poesía puede pensar que le ha olvidado, porque al leer sus versos, todos queremos creer que están escritos para nosotros. Y así es, ¿verdad, amigo mío? Sin necesidad de pensar en nadie, escribe usted para todos. Y a todos nos emociona.

    Abrir este trasto moderno, por medio del cual nos comunicamos, y encontrar tan arrebatados versos… ¡No tengo palabras!

    Aunque le diré que vengo del teatro con el ansia de leer el nuevo post, y va y resulta que nuestro querido anfitrión nos lo retrasa. ¿Será mañana, por fin?

  22. Pavlova

    Honradísima. Mil gracias por la parte que me toca del hermoso poema, aunque nada que ver con mis humildes aportaciones. Es como regalar una docena de rosas en agradeciminto por una margarita.

    Al margen: ¿Quién es Marisa Frankestein? ¿Me he perdido algo?

  23. Miguel Veyrat

    Mary Shelley de Frankestein, escribe de vez en cuando con su nomre de soltera, y dice cosas bien interesantes, Pavlova.

  24. Pavlova

    Ah, ah, gracias. Ha sido un despiste, no me acordaba de ella. Se refería usted a Mary Wollstonecraft.

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