0. Todo son preguntas. Veo imágenes de actualidad, leo noticias de última hora. Es un desconcierto creciente. Ah, la actualidad, siempre regresamos a ella: incluso cuando ejerzo de historiador…, no puedo dejar de observar el pasado para distinguir qué nos pasa ahora justamente. Toleramos mal la incertidumbre y nos interrogamos no para incomodarnos, sino para prevenir y para dar sentido a las amenazas de lo azaroso o de lo insólito. La ciencia nos explica el funcionamiento de las cosas, pero los sabios que la practican no pueden resolver los principales enigmas que nos acucian. Los enigmas son principalmente morales, interrogantes acerca del sentido último, acerca de la coherencia final o no que la realidad pueda tener.
En pleno siglo XIX, los positivistas nos enseñaron a dejar de lado la búsqueda de lo absoluto. La ciencia no tenía recursos para plantearse esas cuestiones… En las fases totalitarias del pasado siglo, sin embargo, algunos de esos sabios creyeron posible identificar ciencia y moral resolviendo presuntamente nuestros problemas más profundos: un saber fundado sobre técnicas matemáticas nos permitiría sortear todos nuestros obstáculos. Indudablemente, una idea de este tipo es tóxica: hay numerosas cuestiones que, de verdad, los científicos no pueden plantearse, entre ellas, como Ludwig Wittgenstein dijo, la del sentido. En realidad, los científicos no se preguntan –no pueden preguntarse– por el porqué de las cosas, sino por su mecanismo o por su causalidad. Pero nos acucia lo desconocido… Por eso, la ciencia se desarrolla con la meta de la predicción: no hay ciencia sin capacidad para anticiparse a lo venidero. No es extraño, pues, que habiendo dejado de interrogarse acerca del sentido, los científicos aún esperen averiguar las leyes de funcionamiento de lo real, de un fragmento de lo real. ¿Podemos decir que hay leyes sociales como decimos que hay leyes físicas, químicas o biológicas?
La capacidad de predicción que demuestran las ciencias sociales es realmente menuda: tan numerosos son los factores incontrolables…, factores que no pueden someterse a las condiciones de un laboratorio. Más aún, la sociedad no es un laboratorio ni los individuos somos autómatas: el resultado frecuente es el incumplimiento de las expectativas que sobre nosotros se han formado. Somos decepcionantes y no hay manera de que el corsé nos enderece. Desde luego, el tratamiento estadístico permite hacer pronósticos probables, pero no es raro que un leve cambio imprevisto provoque un trastorno no anticipado. La sovietología se aplicó durante décadas a predecir el comportamiento de los líderes moscovitas. La caída del Muro y la propia disolución de la URSS son ejemplo de que la conducta humana aun siendo observable, medible, previsible, siempre sorprende. Preguntar, preguntar cuanto más mejor: eso es lo que hace el investigador: todo son preguntas se dirá el historiador ante el archivo, ante la masa ingente de papeles, ante el expediente que contiene información. Pero ese atadijo de documentos es también lo no enunciado, lo vacío, lo elidido, lo callado, lo dado por evidente. Cuando digo esto, ¿adónde quiero llegar?
1. ¿Repeticiones? Un amable estudiante me ha hecho llegar un artículo que publiqué en El País hace cinco años. Justamente hace cinco años, el 16 octubre de 2003: también es casualidad, vaya. Digo que me lo ha hecho llegar, porque yo lo había olvidado y esa persona lo ha descubierto por azar. Me indica la referencia y me señala algunas frases que le parecen significativas. Quizá sí, quizá haya algún acierto en dicha tribuna, aunque eso lo digo ahora, cuando aún no lo he releído: lo digo antes…, con gran escepticismo. La verdad es que me da pánico releerme. Y ello por dos razones. En primer lugar, por constatar lo ignorante que era, que soy, cuando escribo lo que escribo. No mejoras con el tiempo. Al contrario: en realidad, el paso de los años te empeora, pues te muestra exactamente cómo eras o lo poco que sabías cuando te proponías escribir. En segundo lugar, me da miedo volver sobre lo escrito porque ese paso del tiempo quizá también pruebe que no mejoro, que lo que ahora digo, mejor o peor, ya lo había dicho. En ese caso, uno tiene la sensación de que la lectura no le aprovecha, de que las cuestiones básicas siguen siendo las mismas, de que la información de que ha hecho acopio no le ha modificado ni un ápice. Empiezo a releer aquella tribuna, dedicada a Reinhart Koselleck, ¿y qué descubro? Que no tengo nada que añadir. O tal vez sí… Ahora podría estar básicamente de acuerdo con la formulación de aquel artículo, aunque con matices. ¿Y en qué consistía el argumento? En la dificultad hacer pronósticos que adelanten los hechos verdaderamente significativos.
2. ¿Rutinas? Hay, sí, rutinas que diariamente se obedecen: por los individuos y por las instituciones. Nos sirven para ir tirando y para ir cumpliendo parte de nuestro quehacer cotidiano. Ya que estamos en la tradición alemana, podemos decirlo: la racionalización que describió y predijo Max Weber parece cumplirse inexorablemente. ¿Racionalización? Les cito de memoria. Con esa feísima palabra me refiero a las relaciones fijadas de antemano, secundarias e instrumentales: por ejemplo, las que mantienen los funcionarios con los administrados. Estas relaciones son propias de los sistema burocráticos, que son los nuestros: sistemas en los que se tiende a despersonalizar la conducta para hacerla dependiente de la función y no del individuo. Cuando acudo a un negociado para hacer valer un derecho como ciudadano, espero que el empleado público no me trate como amigo ni como enemigo: espero que me trate con la corrección y la distancia que todos merecemos, pero sobre todo con la corrección y la distancia que le imponen el reglamento, la competencia o la atribución. De igual modo, el funcionario espera de mí que me conduzca como un administrado más que acude a tramitar, no a chalanear o a obtener ventajas particulares. Si uno y otro obramos así, según reglamento y sentido común, se cumplirán las expectativas y los resultados de nuestra acción no dependerán de la simpatía o antipatía que nos profesemos, del linaje o la familiaridad que tengamos.
La extensión de este tipo de relaciones es un gran invento moderno, propiamente legal-racional, que hace público el trato, y no personal o patrimonial: una circunstancia moderna, ya digo, que fija las conductas. Se basa en la expectativa: en el cumplimiento de las expectativas de acuerdo con reglamentos y códigos que fijan funciones y derechos. Insisto, ahora, en otro caso: cuando acudo a El Corte Inglés espero que el dependiente me trate según el reglamento. No quiero que me quiera, ni tampoco espero que me sorprenda con su desazón o con sus ocurrencias. Igualmente, el empleado, que debe atender a distintos clientes, espera de nosotros que no le demos el día con peticiones insólitas o con familiaridades que le comprometen. Estas relaciones que se han extendido por todo el cuerpo social enfrían, desde luego, nuestras interacciones, pero nos alivian de la angustia que nos producen lo inesperado y lo incierto. Las cosas parecen encajar y no hay grave asunto que altere el orden de dichas expectativas. O eso creemos. Una relación previsible entre ciudadanos que cumplen expectativas parece darse, en efecto, en un mundo pequeño y cerrado: por ejemplo, aquel enaún vivió el propio Max Weber: la Primera Guerra Mundial deshizo ese mundo de la seguridad y el siglo no ha hecho más que agravar o acelerar el curso del devenir, introduciendo numerosos factores incontrolables que Reinhart Koselleck.
En las bellísimas memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, se describe precisa y melancólicamente la quiebra de ese orden y de esa expectativa. Cito un párrafo célebre. «Todo en nuestra austríaca casi milenaria parecía asentarse sobr el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad», señala. «Todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabia cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, co toda seguridad podía encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría», prosigue. «Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para su hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un lactante dormía aún en la cuna, le depositaba ya un óbolo en la hucha o en la caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña ‘reserva’ para el futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste moría, se sabía (o se creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden».
Salvo en el período de la Guerra Fría, la vida en Occidente ya no funciona exactamente así. El desorden periódico y azaroso acompaña a la racionalización germánica, a la burocratización. La estabilidad o la inestabilidad no dependen sólo de nosotros, de esos ciudadanos fríos que pensara Weber, o del orden impuesto. Dependen también de las pasiones personales o ajenas, de las utopías domésticas o extranjeras, de los deseos particulares y extraños, de los anhelos de cada uno, de las desazones internas y externas, propias o extraoccidentales: esos ingredientes emocionales que nos hacen soñar o temer; que nos hacen ser inconstantes y decepcionantes; que nos hacen anhelar lo inalcanzable; que nos hacen mudar según lo que sabemos o lo que creemos saber, según las informaciones nuevas, según los rumores, según la envidia que profesamos a quien más tiene. Dependen, en fin, de unas circunstancias geopolíticas, económicas y comunicativas en las que han aumentado los flujos y el oleaje, las crisis y los cataclismos que a todos nos afectan (a unos, más; a otros, menos). Es precisamente lo que Ulrich Beck llamaba la sociedad del riesgo o lo que Anthony Giddens denominaba el mundo desbocado… Hoy, por ejemplo, con Internet, lo cibernético no es exactamente lo frío o la relación fría, pues no siempre hay protocolos que fijen las expetativas o los comportamientos de miles, de millones de individuos diseminados y dueños de unos poderes decisivos: el de la información, el de la opinión, el del rumor. Los individuos se han vuelto más conscientes del poder que tienen, un poder que puede ser destructivo. Igual que la sociedad se ha vuelto más reflexiva: sus miembros saben o creen saber qué cosas pasan y cómo deberían acoplar sus conductas para sobrevivir o acomodarse. La sociedad reflexiva.
3. Pronóstico cumplido. ¿Pero qué digo? Con la extensión de este post y con las cuestiones graves y complejas que atolondramente planteo, estoy incumpliendo uno de los pocos protocolos que hay en Internet: no alargarse más allá de un párrafo o dos o tres. Me callo, pues, después de haberme excedido: previsiblemente. En ese sentido, al menos, cumplo la expectativa que de mí pueden formarse: inexorable, aburridamente me extiendo.

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