Primer objeto transicional. Desde hace días llevo un bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es un Inoxcrom 77 con carga Parker. No sé: es un híbrido -podríamos decir-, ya que monta dos modelos distintos de dos marcas diferentes: una prestigiosa, americana, que se remonta a 1888; y otra local, más económica, que empezó en 1942 y cuya pequeña historia es una epopeya industrial española. Esta rareza es una herencia de mi padre muerto, que ahora asumo gustoso. No sé por cuánto tiempo.
Durante años, él se empeñó en escribir así. Lo razonaba diciéndome que las caperuzas del Inoxcrom 55 o las del 77, que es el modelo por el que finalmente optó, eran de un grosor y de un tacto más agradables que las de Parker. Sin duda, esta última marca era imbatible por la calidad de su tinta y por la maravilla de su carga. Pero la montura del Inoxcrom era más fina, insistía. Durante esos años, mi padre se obstinó en ello: por esta razón llegó a acumular un buen número de esos 55 y 77: quizá porque temía que dejaran de fabricar dichos modelos. Mientras, yo me rebelaba probando todos los Pilot del mercado, todos los punta fina, cada vez más sofisticados. Buscaba y tanteaba, ya digo. Y todo, ¿para qué? Para llegar a la conclusión de mi padre, para regresar a un modelo de 1965 o a otro de diseño posterior, ya setentero; tal vez para aceptarle una herencia que era una simpática manía. Sé que es un homenaje que le hago y sé que tomo este boli como un objeto transicional, según Donald Winnicott.
No es bella expresión pero indica precisamente qué función desempeñan emocionalmente ciertos objetos: nos vinculan a los seres queridos y, sobre todo, los reemplazan o representan; nos franquean el paso a otra fase o a otro estadio de la vida. Los niños, que se aferran a su osito de peluche, reclaman a la madre, tal vez. Pero exigen también protección, defensa, cuidado mientras crecen o no se les nutre. Hay una afectividad simbiótica, incluso magmática, que une a dos seres, una afectividad que el débil, quizá, vuelca en un objeto que encarna al otro ser. Es una especie de transferencia que se materializa y que tiene que ver con la maduración o con la falta de maduración. Supongo que, en mi caso, ese Inoxcrom se relaciona con el cariño, con la herencia y con la muerte. Veo con ternura a mi padre, acumulando bolis ávidamente para no quedarse sin recambios ni caperuzas, con esa mentalidad de posguerra, época en la que lo más elemental estaba prohibido. Pero veo el tránsito, el hilo de tinta parker mientras fluye y nos engañamos con un final distante.
Fin del psicoanálisis salvaje…
Segundo objeto transicional. Leo «La puerta condenada», uno de los microrrelatos de Carlos Vitale que ahora aparecen en su libro Descortesía del suicida . Este volumen me lo recomendó Alejandro Lillo y la verdad es que procura placer. Hay textos brevísimos que alcanzan la perfección del aforismo, de la greguería incluso. Y hay minificciones en las que el espacio vacío –lo no dicho– amenaza suficientemente. El microrrelato que más me han inquietado es el que lleva ese título: «La puerta condenada».
«De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Desconozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir«
Piénsenlo bien. Asido a una puerta por la que no es posible huir, una puerta que no puedes franquear, sobrevives encaramado a lo que usas como pecio. Nada más. Flotas milagrosamente, zozobrando, pues el oleaje amenaza con arrojarte: te embiste y la naturaleza que se desata te derriba. El único asidero es esa puerta incongruente a la que te aferras y sobre la que vuelcas todo tu yo en el cuerpo que sostiene. No puedes traspasarla para aventurarte más allá. ¿Más allá? «¿Una abeja obrera vive tan sólo dos meses», nos recuerda Carlos Vitale en otros de sus cuentos, «mientras que la reina tiene una esperanza de vida de tres años!» Nada menos: reinas provectas, senectud colectivista. Pero verdaderamente son los niños quienes acumulan esos objetos transicionales. Cuando se apoderan de algunos de ellos, más que buscar la seguridad o la fijeza, se empeñan en la remontada y, nuevamente, en la huida. Como en el caso de la puerta condenada.
«El chico de enfrente ha consagrado toda la tarde a tirar avioncitos de papel desde el balcón. En cuanto uno se estrella, corre dentro de la casa, fabrica otro y vuelve a empezar. No consigue que sus vehículos emprendan el vuelo», dice Vitale. De la puerta que flota prodigiosamente no salimos y a los aviones no ingresamos porque, precisamente, no pueden emprender el vuelo. ¿La puerta es la madre, aquello que la sustituye, aquello que nos protege, aquello que nos salva, aquello de lo que deberemos desprendernos? ¿Y el avión es el muchacho, la obstinación con que tropezamos? ¿La puerta es la chiripa absurda, y el avión, el vuelo fracasado de la vida, los errores que compulsivamente repetimos? El microrrelato no precisa estos simbolismos y, desde luego, no hace de la brevedad o de la economía verbal materia de psicoanálisis.
Tercer objeto transicional. Asistí con interés y prevención al estreno de Camino (2008), de Javier Fesser. Digo interés porque he visto todos sus largometrajes y sus cortos con placer, con sorpresa. El milagro de P. Tinto (1998) nos cambió la vida en casa. Mi hijo mayor, por ejemplo, la idolatra. Diez, doce veces habremos visto ese film en sesiones y sesiones de disfrute visual y risas compartidas: en el rincón de cada plano y en cada recoveco de la historia hay bromas y hay erudiciones, guiños para adultos y para niños, dibujos animados de carne y hueso, una fotografía en colorines exagerados que retrata a los personajes con retorcimientos casi expresionistas.
En P. Tinto estaban Delicatessen (1991) y tantos y tantos otros filmes. Pero sobre todo estaban la vida menesterosa, la posguerra española, las estrecheces, las miserias cotidianas, el anhelo de santidad, las misiones de África, las razas del mundo, los marcianos, los tebeos, la bombona de Butano, la música radiofónica (Tengo una vaca lechera…), los folletines, las familias numerosas y el amor de madre, que con énfasis declamatorio recitaba un niño poeta. «Mamá, mamá, en el pecho llevo una flor«. Aún lo recuerdo… Veo a la familia Pélaez motorizada: todos sus miembros subiendo incansable e interminablemente a un brevísimo Seiscientos, dispuestos a pasar su veraneo. Veo a Panchito-José, a Usillos, al Padre Marciano, y veo todos los gadgets, todos los objetos de diseño demente que allí aparecen: auténticos símbolos de los niños españoles de los sesenta. ¿Objetos transicionales?
En Camino, hay una cajita de música que es, a la vez, una caja de caudales y de secretos bien guardados. Su dueña es una niña de once años, Camino, una muchacha que enferma y que morirá tras una larga agonía en olor de santidad. La historia que nos cuenta Fesser es un relato de terror, sin duda. Una historia de amor y muerte que se resume en esa cajita. Allí guarda una carta y otras pertenencias materiales e inmateriales. Es el objeto que atrae nuestra atención, ese punctum que imanta y rasga. ¿Una bobada adolescente? No: un pequeño tesoro que ata a dicha niña con su padre, el único personaje con dudas entre una muchedumbre de convencidos y de creyentes. Se hace querer…, el padre.
Esta película hay que verla con ojos de etnólogo. Yo la vi así, y así recomiendo verla. Con distancia crítica y un punto de ternura, claro. Hay que percibir el funcionamiento de una comunidad moral -la del Opus Dei— que no es la mía: hay que apreciar de qué modo esos convencidos y creyentes organizan férreamente la vida y la muerte; de qué manera dictaminan sobre el bien y el mal. Fesser podía haber hecho un panfleto, pero no se ha abandonado al recurso fácil. Ha refinado al máximo su mirada y ha examinado con limpieza unas relaciones que no entiende pero que están, que existen. Es posible que sobre algún énfasis (un curita joven que es más papista que el Papa…), pero es tan correcta la película, es tan respetuosa, que la andanada resulta certera. ¿Por qué hay que celebrar el dolor? ¿Por qué hay que resignarse a un Dios que tolera el mal de una niña? Fui al cine acompañado por dos personas. Una de ellas es alguien crecido en ese ambiente familiar, tan opresivo, tan masoquista. Este espectador, que no vio el film con distancia o indiferencia, salió mostrando su estupefacción: tan verista era el detalle; tan exacta era la precisión del retrato. Pero Fesser no ha hecho una película irreconocible: tras muchos planos -esos primeros planos exageradamente cercanos- veo al director de El Milagro de P. Tinto. Ha sabido hacer un film cruel. Un film cruel y sorprendentemente naturalista.
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Hemeroteca:
«…Su obra Camino, escrita en forma aforística, es un compendio de resignaciones y de promesas, de amonestaciones y de advertencias contra los pecados capitales y veniales, y quiso que se usara como un catecismo de sentencias, de reglas, de ejemplos y de bondades morales para hacer frente a la pesadumbre de la carne, para contener la concupiscencia y para auparse literalmente hasta el cielo. Regresa Josemaría, pero también regresan otros símbolos de la fe y de la creencia en esta época en que nos abandonamos a la religión y la tutela clerical. Nuestras autoridades celebran con unción las festividades cristianas, sobrecogidos, devotos. Los colegios religiosos reciben la generosa dádiva de las instituciones públicas, mientras en Italia se reafirma la obligatoriedad del crucifijo en las escuelas. Cualquier acto de guerra, de aquí o de allá, se hace invocando a las respectivas divinidades castrenses, apelando a la suerte, al favor y a la fortuna que dispensa la Providencia. Y, en fin, todo terrorista que se precie abraza una fe, comulga con una religión política y aspira a calcinar este mundo endiabladamente mal hecho, torcido, despreciable…»
Justo Serna, «¿Beatus ille?«, El País, 7 de octubre de 2002.

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