Cuando presentamos Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas agradecí la camaradería de quienes me acompañaban en la mesa, de los colegas que me dedicaron palabras cariñosas, pensadas e irónicas. Amigos nuevos, como David P. Montesinos, irónicamente pugnaz en su intervención (y que aquí pueden leer, aunque ahora, en su blog, regresa otra vez a Héroes…). O camaradas viejos, como Francesc Vila, con quien me amisto y me peleo desde hace treinta años: un sabio provocador intelectual, apasionado con sus amigos a pesar de su aspecto tan contenido, tan british. Sus palabras reflexivas y profundas también pueden leerlas aquí. O amigos como Anaclet Pons, a quien conozco desde que ambos teníamos nueve años. Al hacerle hablar lo puse en un compromiso: no porque no esté acostumbrado (sus muchos años de docencia no justifican este pretexto burlón que él adujo), sino porque los sentimientos no son los mejores recursos para tratar el libro de un amigo. Y, sin embargo, el Dr. Pons supo salir airoso y con picardías irónicas del envite en que yo le había puesto. Me describió con guasa, retratándome como un tipo tenazmente sedentario: en casa leyendo, calentito y con poco ruido. Ése es también un disfraz con el que yo me revisto y una careta que mis amigos me aceptan. Agradecí igualmente la generosidad de la multitud que se había congregado en aquella sala de la Casa del Llibre de Valencia.
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Recordé también a mi padre. Y a mi madre: a ambos les está dedicado el libro. Tuve que tragarme algunas palabras para que le emoción no me impidiera seguir. Agradecí al joven ilustrador sus trabajos: la viñeta con que empieza cada capítulo, unos dibujos que tan certeramente captan la esencia y el tópico de cada personaje, como un precipitado o una síntesis. Agradecí esa imagen de cubierta, un monstruo de Frankenstein que nos reclama con sus ojos tristes, un Boris Karloff redivivo con arte básico y perspicaz. Y agradecí a mi familia la paciencia con la que sobrellevan mis obsesiones: obsesiones con este o con aquel autor, con este o con aquel personaje, con este o con aquel libro.
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Y agradecí, en fin, a Antoine Compagnon su compañía. Estaba entre nosotros a pesar de que no figuraba en la Sala. Es un tipo raro este Compagnon, un sabio que salta fronteras, uno de esos individuos que quieren sumar saberes incongruentes para escándalo de los guardianes académicos. Formado inicialmente como ingeniero de caminos, es catedrático de literatura francesa en la Sorbona de París, según reza la solapa de una de sus obras. Cuando estaba preparando mi intervención, la lectura de un librito suyo ahora editado por El Acantilado me procuró unas pocas horas de reflexión y de placer. ¿Para qué sirve la literatura?, que así se titula su ensayo, me había inspirado para esa tarde. Dicha obra es la lección que Compagnon pronunció al ingresar en el Collège de France el 30 noviembre de 2006. Es decir, hace dos años. Lo que el autor dice allí no es algo raro ni nuevo. Tampoco lo pretende. Es un compendio breve, muy breve, de razones antiguas: de razones a favor de la literatura, las que tradicionalmente se han defendido. ¿Cuál es el poder de la creación? ¿Para qué sirve la literatura? Les cuento y les amplío.
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Primero, dice Compagnon, es un medio de conocimiento y de instrucción moral. Las novelas nos enseñan qué es el bien y qué es el mal, cómo obran algunos para achicar ese mal o para facilitar ese bien. O, como diría Carlo Ginzburg, la literatura aumenta y entrena la imaginación moral: nos permite evaluar las conductas de experiencias ajenas para así examinarnos a nosotros mismos.
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Segundo, añade Compagnon, la literatura es también un remedio contra lo real. O, por decirlo con Cesare Pavese, es una defensa contra las ofensas de la vida, una forma de oponernos a las injurias de lo ordinario, a esas cosas que nos pasan y cuyo dolor aliviamos con narcóticos diferentes. ¿El principal dolor? El aburrimiento, sin duda. ¿El segundo dolor? La muerte, claro. La literatura es un modo torpe, egregio, humano, incompleto de frenar la muerte.
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Tercero. Las novelas son igualmente un repertorio de voces, una restitución del lenguaje, de los lenguajes que hablan distintos personajes y, por tanto, esos que son remedo de personas reales. O, como diríamos con José-Carlos Mainer (La escritura desatada), la novela es un género inclusivo, hasta invasor: incorpora y añade prosas diferentes (incluso de poesías) para formar un texto mayor. Etcétera, etcétera.
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¿Cuál es el resultado de estas operaciones? Cuando nos adentramos en una novela es probable que leamos una suma de documentos posibles, textos con diferentes sintaxis y con distintos narradores, por ejemplo, que se expresan con variados giros. Saber captar esa diferente entonación hace grande a un novelista y nos hace sentir la verosimilitud de lo contado o mostrado. He leído recientemente una novela, fracasada, en la que el autor se desdobla. ¿Que porqué fracasa? Porque el autor no es capaz de desaparecer, de hacerse desaparecer. Irrumpe su voz a cada instante y eso arruina la narración. En las buenas novelas que yo haya podido leer, los personajes cobran fisonomía, hondura y son creíbles hasta tener entidad propia: algunos incluso escapan de las novelas en que aparecieron para regresar en otras ficciones posteriores que los reviven con semejantes o diferentes ropajes.
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En mi interior conviven muchos de ellos y, sin duda, si tuviera que imaginarme un paraíso, sería el de una conversación animada y simultánea con esos héroes alfabéticos. ¿Se imaginan? Pero de esos personajes no lo sabemos todo: querríamos conocerlos, incluso tipificarlos, hacer una taxonomía, declaraba Honoré de Balzac en 1842, en el prefacio de La comedia humana. Pero ya no estamos en el siglo XIX. En 1932, Louis-Ferdinand Céline (Viaje al final de la noche) dice algo sobre nuestra incapacidad de conocer. En realidad, lo dice su narrador. “Decididamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”. Frente a la inocencia de Balzac –la posibilidad de presentar el elenco completo de los tipos humanos–, admitimos con Céline los obstáculos de saber cómo son de verdad los individuos: los reales y los literarios, los históricos y los inventados. Entre la transparencia y la oscuridad, el lector que soy yo mismo se empeña en conocer a esos interlocutores de los que algunas se dicen y otras no, hablantes de un mundo interno, una polifonía que no siempre nos deja en paz.
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«Somos muchas cosas a la vez, aunque sólo asociamos una a cada instante», leo ahora en uno de los artículos de Juan Planas (aquí). En efecto, padecemos una multiplicación y varias vidas no necesariamente sucesivas. Tenemos papeles distintos, pero tenemos también significados distintos. Sólo el orden de vigilia nos obliga a establecer sucesiones y a obedecer códigos diferentes. Además, a esas muchas cosas que somos se añaden las que no somos pero con las que fantaseamos: las ideas que hemos descartado o las metas que hemos abandonado. O esos personajes que hemos hecho nuestros, esos héroes cuyas experiencias nos sirven para probarnos. Lo no verificado también es nuestro yo potencial. Lo virtual nos pesa tanto como lo sucedido y vivido propiamente (y de eso hablamos Isabel Burdiel y yo mucho años atrás, precisamente cuando discutíamos sobre Javier Marías, por ejemplo). Por ello, la literatura que despliega un yo fragmentado o difuso es un instrumento que enriquece lo real y destruye lo dado. Sí: tanta multiplicación daña lo ordinario. Y por eso también la narrativa nos hace sumar lo que no hemos consumido, esas vidas en las que no hemos gastado el esfuerzo o los años. El despliegue de vidas potenciales también enriquece lo cotidiano, cierto, pero ese hecho nos hace ver lo contingente de lo que realmente vivimos.
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Hago mía otra idea de Juan Planas que aquella tarde no pude expresar con sus palabras aún inéditas, unas palabras en las que alude indirectamente a Juan Marsé. Son éstas: «no hay vida sin conciencia de que esta tarde –con Teresa o sin ella– puede ser la última y quizá lo sea. Los libros tienen las páginas contadas. También nosotros». La metáfora de las Páginas contadas, que así se titula el artículo de Planas, es muy pertinente y coincide también con lo que yo exponía en la presentación de Héroes alfabéticos apoyándome en Umberto Eco: vivimos con el señuelo de la hipertextualidad y de la hiperrealidad. Son herramientas que multiplican los usos de la escritura y de la vida, cierto. Nos abrevian las operaciones mecánicas y nos dan posibilidades de rehacer lo pensado, lo escrito, vivido… virtualmente. Pero la vida de cada uno se acaba.
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Las novelas tienen efectivamente las páginas contadas. Son textos cerrados con un número variable de palabras, con un número limitado de personajes y situaciones. En principio, no es posible modificar esas palabras, esos personajes, esas situaciones. Parece una trivialidad, pero no lo es: el lector, capaz de rehacer el sentido una y mil veces al final tropieza con un texto que es como es, que no tiene remedio ni desenlaces varios, alternativos, virtuales. Descubrir que las vidas se acaban, que las páginas se acaban, que las novelas se acaban es hoy una lección muy necesaria muy provechosa, una lección de humildad para nosotros, los usuarios omnipotentes de lo virtual.
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Y fin. Pongo fin. Demasiada escritura, me dirá mi crítico. Demasiadas palabras, demasiadas obras. Publicas mucho y eso quizá sea arrogancia: creer que tus palabras sirven para algo. Yo le responderé. No, te equivocas. “La poca obra infunde amor propio”, indicaba precisamente Balzac. “Pero el mucho trabajo inspira modestia infinita”, añadía nuestro autor en ese prefacio de La comedia humana. Me conformo con menos: con la modestia finita del mucho trabajo.
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Hemeroteca
1. Pueden leer algunos pasajes de mis Héroes alfabéticos en Ojos de Papel, 1 de diciembre de 2008: lea aquí.
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2. Pueden leer la reseña que hago de La vida rescatada de Dionisio Ridruejo, de Jordi Gracia, en Ojos de Papel, 1 de diciembre de 2008: lea aquí.

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