1. Vivan la lentitud. Vívanla. Alejandro Lillo nos recomienda lentitud. «Reivindiquemos la lentitud», insiste. «Reivindiquémosla», añade. «La lentitud. Entiéndanla como quieran, como conversación pausada, como método de reflexión crítico y reposado, como disfrute de los goces y dones que nos da la vida, como un intento de comprender el mundo que nos rodea, como una forma de aprendizaje, de enseñanza a nuestros niños, como una forma de vida que pone el énfasis en la reflexión, en el conocimiento razonado, en la necesidad de ir quemando etapas, en las pausas, en los silencios».
2. ¿Educación para la ciudadanía? ¿No estaremos reivindicando una Educación para la Ciudadanía avant la lettre? ¿Una morosidad y una amorosidad, una atención, un cuidado de sí y de los otros? El buen trato… «La rudeza, la ostentación de la violencia, los malos modos agresivos, el desplante chulesco, el insulto proferido a voces, el habla ordinaria y jactanciosamente inculta, la falta de delicadeza, los gritos soeces, beodos y afónicos, la conducta retadora y ruidosa. Siglos de humanidad y de cultivo de las bellas artes, milenios de educación y de formación, nos han mejorado y han permitido que puliéramos las partes más antipáticas de nuestro comportamiento». Leer más…
3. La lentitud del espía. De Alfons Cervera he leído distintas novelas, las dedicadas al ciclo de la memoria, con Maquis(1997) como vértice: relatos en los que lo pasado se recupera con lentitud morosa y tentativa y sesgada, al modo de William Faulkner. Narradores en tercera persona que adoptan el punto de vista de este o de aquel personaje; narradores en primera persona que se empeñan en recordar a partir de vestigios menores. ¿Lentamente? Con la lentitud del esfuerzo… Siempre leemos una «narración desacostumbrada y llena de lagunas que, lejos de entregarla a la lentitud del cansancio, la empujarán sin tregua en el recuento apresurado de palabras y personajes, de silencios…». Eso se dice en El color del crepúsculo (1995).
Pero de Cervera he leído otras prosas, prosas poéticas simplemente exactas que hablan de la mirada. ¿Cómo miramos? La observación exacta es tarea lenta, minuciosa: se trata de adiestrar la pupila, se acostumbrarla a lo insólito, a lo ordinario y a lo inaudito. «Los hechos suceden sólo en la pupila avisada del hombre que mira», leo en La lentitud del espía (2007). Allí quedan retenidos o alojados en su reflejo: en el espejo, «ese pedazo indigno de memoria», la memoria evanescente que se desintegra, el lugar en «donde ya no hay carne, huesos, y la piel no es más que la tersura enferma de un tambor». Según nos enseñó Georges Tyras (Memoria y resistencia, 2007), en ésta como en otras piezas de Cervera hay ficción autobiográfica, restos de vida fantaseada; hay levedad referencial, huellas de un mundo existente; hay fragmentación, culturalismo e intertextualidad; hay autorreflexión, el examen del acto de escritura. Todo ello nos lo propone Cervera sin interrumpir el curso mismo de la narración, un curso lento precisamente, demorado, evocador: los hechos que el narrador mismo ha vivido o aquellos de los que se ha apropiado a partir del relato de sus mayores. Los hechos que atesora el hombre que mira.
4. Javier Marías y la máquina de escribir.
En El País Semanal del pasado 14 de noviembre apareció un artículo titulado «Una región ocultamente furibunda«. ¿Su autor? Javier Marías. ¿Su objeto? Deplorar el estado de los blogs españoles, su frecuente tono tabernario. Sin duda, el juicio de Marías es expeditivo e injusto: generaliza seguramente porque su experiencia digital es nefasta. Como él mismo revela y ha contado en otras ocasiones, no acostumbra a escribir con ordenador y menos aún a manejarse en Internet. De repente, el escritor tropieza con el mundo electrónico, con lo bueno y con lo malo que hay: con la furia de la Red…
El texto de Marías ha sido objeto de debate en un blog vecino y amigo: El lamento de Portnoy. Creo que las opiniones de Marías sobre Internet no son definitivas: dependen de una mala experiencia, del malestar que provoca el insulto anónimo, como digo. Pero sé de lo que habla: eso, una mala experiencia en la Red, es algo que me planteé hace años en un artículo que titulé «¿Hay alguien ahí?». Aparte de su juicio tajante, interesa más la defensa que Marías hace de la lentitud, algo propio de viejos. Escribir en una Olympia o servirse de herramientas de otro tiempo es un derecho que el Joven Marías tiene. ¿Es puro anacronismo? ¿Es una excentricidad?
Marías confiesa no tener ordenador, ni teléfono móvil, ni coche ni ninguno de esos adminículos o medios de la vida actual que nos aceleran o envalentonan. Dicho así, Marías parece un tipo contrario a la modernidad. ¿Odia ferozmente el progreso, el éter, la luz eléctrica o el motor de explosión? Por lo que sé, Marías admite la civilización material y admite que no es sensato renunciar a los adelantos y a las mejoras que nos dan desahogo y que abrevian las operaciones más rutinarias de la vida. Pero civilizarse de verdad entraña un refinamiento moral, unas restricciones que regulen la relación de los humanos. A eso lo llamamos intimidad: un cobijo individual que garantice la supervivencia de cada uno; el derecho de cada uno a hacer lo que quiera y en el tiempo que quiera.
El derecho a la lentitud. ¿Por qué no?
5. Lo escritores y la velocidad.
Intelectuales. La fascinación estética del fascismo
«…el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza». Leer más.
6. Colofón: silencio y lentitud, por Alejadro Lillo. Leer más.

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