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1. Viajes. Acabamos la primera parte de la temporada. Vamos despidiendo el año. No sé si estarán de acuerdo, pero el tono general del blog ha sido positivo. De los motivos personales pasamos a las preocupaciones generales, de la literatura pasamos a la política, de la anécdota pasamos a la categoría. Gracias a Kant, a Miguel Veyrat, a Alejandro Lillo, a Marisa Bou, a Isabel Zarzuela, a Paco Fuster, a Arnau Gómez, a J. Moreno y a otros amigos, el post de cada día se complica y se agita. Comparado con lo que fue su vida en otras temporadas, el blog ha prosperado: ha recibido numerosas atenciones, con un incremento diario de visitas, y la seriedad o el empaque habituales no han impedido la guasa y la diversión. Creamos y recreamos a un personaje tímido o taciturno, misántropo o narcisista: un docto generoso dispuesto a repartir su saber a manos llenas. ¿A quién me refiero?
Tenemos viejos amigos que persisten, que nos frecuentan y escriben o leen. Recibo numerosos correos de gentes que dicen leernos aunque prefieran guardar silencio: simplemente no quieren o no se atreven a escribir comentarios en el post que les gusta o les disgusta. «Hay mucho nivel entre los que allí escriben», me dicen algunos amigos aquí inéditos. ¿Nivel? Desde luego, no es habitual el vituperio y sí la reflexión sofisticada. Con nombres y apellidos o anónimamente, quienes escriben aquí lo hacen valiéndose de la prudencia analítica. De vez en cuando nos permitimos algo de enfado, aunque no esa furia que denunciaba Javier Marías en su irritado artículo. No reconozco aquí ese retrato: «Amparados en el anonimato cobarde de los llamados nicks, no hay asunto que no les merezca a unos cuantos blogueros toda suerte de improperios. No veo que se discuta ni argumente apenas, sino que más bien se lanzan denuestos y groserías como en las tabernas más zafias. Hay en este mundo, o eso parece, una desproporcionada cantidad de odiadores, o llámenlos negativistas, resentidos, amargados, venados. No tantos en los blogs o foros en inglés«. Ay, Javier Marías, qué atinado cuando acierta. Ya lo dije…
Viajeros. Aquí no nos abandonamos a la molicie o al resentimiento. No estamos tan desorientados. Que yo sepa, en este derrotero incierto, siempre hemos estado por encima de la línea de flotación. Perdonen una metáfora tan evidente. Veo otros compañeros de navegación en esto de mantener abierto un blog. Son como camaradas… Ojalá nos pareciéramos a los marinos que protagonizaban Master and Comander: gentes obsesionadas por una idea, pero gentes dispuestas a abandonar su quehacer para deleitarse con Boccherini, con un detalle menor, con un aspecto irrelevante que vivifica, con un descubrimiento minúsculo, con un ágape. Son compañeros que demuestran gran sentido del honor, del humor y de la camaradería, ¿no? ¿Los menciono? Citaré sólo a unos cuantos.
Por ejemplo, son gentes que emprenden un viaje por la historia, por el tiempo, por la inteligencia, como Anaclet Pons, con una soltura envidiable, sabiendo siempre salir airoso de las tormentas académicas en las que se mete. O son gentes que alzan su tienda en un tinglado, como el nómada que es Àngel Duarte, dispuesto a debatir, a discutir. O son gentes para quienes el viaje es un naufragio: náufragos digitales que nos mandan postales bellas, reflexivas e insólitas desde el más acá, como Eduardo Laporte. O son gentes como David P. Montesinos, que se atreve a salir de la caverna para echar un vistazo al mundo, para obsequiarnos con su ironía y con su aguda reflexión. O son gentes como Juan Planas, que avanza silenciosamente dejando hilos, al igual que hacen las arañas, enredando una cosa y la otra, relacionando lo local y lo universal, lo bello y lo chusco en una obra que siempre interesa y provoca. O son gentes audaces como Ana Serrano, que se adentra por el bosque con empeño literario, valiéndose de una bujía y de la comañía de los amigos que sabe cuidar. O son gentes como Berta Chulvi, para quien el viaje es un esfuerzo político y personal, el coraje de mujer analítica que sabe ver la derrota, el derrotero.
En este blog de todos ustedes hay también nuevas incorporaciones, amigos que se han destapado para, finalmente, sumarse a nuestro selecto comité de lectura y de discusión. Me repito y reafirmo lo que dije tiempo atrás en una entrevista que me hizo Javier Sahuquillo: «tengo un selecto comité de lectura que glosa o critica o censura mis textos con amistosa colaboración. Algunos de los mejores momentos del blog y la prosa más rigurosa y sensata se deben a ellos, a esos lectores». Este comité de lectura no es fijo, por supuesto. Hay abandonos, el principal de los cuales es el de Kant. A lo que nos cuentan, se sintió acosado por las revelaciones de su identidad, que tan bien preservada tenía: indiscreciones de algún entusiasta en este mismo blog. Pero hay lectores que nos abandonan por otras razones: lectores que nos dejan, tal vez cansados de las preferencias o apetencias del blogger, de sus arbitrariedades o sus maltratos. Sin que yo sea consciente de ello, sé de personas que no regresan porque se sienten maltratadas por mis palabras o por mis silencios. ¿Qué puedo decirles? Pues que le quiten importancia a los presuntos desaires. Aquí estamos para reflexionar entretenidamente: para hacer pensamiento ordinario.
2. Laporte. Postales del náufrago digital (2008), de Eduardo Laporte, con ilustraciones de Valero Doval, es el libro que nace de un blog: El náufrago digital, que arriba enlazaba. El soporte es distinto pero el resultado es igualmente envidiable: un bello volumen de observaciones cotidianas, de agudezas, de ingenios. Una muestra del mejor pensamiento ordinario.
Dice Miguel Sánchez-Ostiz en su prólogo que el blog de Laporte no ha dado entrada a «la indecencia habitual»: la indecencia que tan frecuente sería en numerosas bitácoras hispanas. Eso dice Sánchez-Ostiz alabando con razón El náufrago digital, pero siendo quizá tan terminante en su veredicto como Javier Marías. Tal vez por otra mala experiencia… «No puedo obviar», insiste Sánchez-Ostiz, «que estos textos fueron publicados en un medio que me parece particularmente repulsivo cuando, como viene siendo habitual en España, sólo sirve para el insulto, la difamación y la calumnia impunes». Según el novelista navarro, la tónica imperante en el mundo de las bitácoras sería la de «la mugre y la chocarrería». Una pena, sí. Pero no siempre es así. Y la prueba –una prueba, más que excepción– es el empeño observador de Laporte, que descubrí, por cierto, gracias a Francisco Fuster.
El autor de estas Postales… es un paseante inquieto en la gran ciudad, un observador bien despierto que camina sin premuras en un continuum inacabable. ¿Para qué? Para hacerse una idea concreta de algo pequeño y universal a la vez. Para poder escribirlo rápidamente: lo feo, lo insólito, lo dramático, lo sublime, lo cómico. Todo puede ser objeto de prosa urgente y… exigente. Quien escribe lo hace como un transeúnte que carga con su particular enciclopedia. Es un escritor viandante. O, si lo prefieren, un Robinson que vive con otros y con ruido, con señales. Emprende una tarea inquisidora y cultural, como la que se propusiera Antonio Muñoz Molina, en El Robinson urbano: un Muñoz Molina a quien Laporte cita expresamente. Para Laporte, como para Muñoz Molina, la ciudad es interminable, sorprendente. Produce pasmo: todo es motivo de sugerencia, un repertorio de hechos insólitos o comunes que pueden convertirse en escritura. Laporte mira con urgencia, posesionándose de lo que quiere aprender.
Pero Laporte no es Muñoz Molina. Habla y escribe diferente. La voz de El Robinson urbano era densa y culturalmente ahíta. Tanto…, que el escritor de Úbeda tuvo que desprenderse de esa pátina intelectual para poder escribir novelas aparentemente intrascendentes (El dueño del secreto, Los misterios de Madrid): narraciones en las que pasaba algo sin referencias elevadas o sin erudiciones profundas. En Laporte, la robinsonada tiene un tono más canalla: es un tipo que admite sus ignorancias, con buen oído popular, con mezclas y crónicas que recuerdan a Francisco Umbral o César González Ruano. Aprecia un hecho y, como observador, postula un contexto, aventura su circunstancia, que puede ser local o universal.
¿Local? Laporte habla directa o indirectamente de Pamplona, la ciudad en la que nació, y habla de Madrid, la urbe a la que emigró. En uno y otro caso, la pregunta sobre lo local está presente: La Latina, en Madrid, o Baroja, en Pamplona. Por eso lucha por hacerse con un lenguaje propio que muestre sus restos originales y sus adhesiones adultas. Adjetiva con audacia (ya dijo Josep Pla que el adjetivo era el problema o el logro principal) y cuando menos te lo esperas te sorprende con una greguería. La verdad, es una suerte haber encontrado a este tipo, varado en la Red y en el papel: un tipo que pasó de náufrago a náugrafo.
3. Automat (1927). Acabo de ver la nueva película de Clint Eatswood: Changeling o, en España, El intercambio (2008). Sus fotogramas son una sucesión de imágenes de Edward Hopper. Es explícito el homenaje que el cineasta rinde al pintor. El tramo principal del film transcurre en 1928. Automat, de Edward Hopper, está fechada en 1927. ¿Casualidad? He leído distintas críticas en la prensa española. Me sorprende que nadie haya visto las semejanzas entre el personaje de Angelina Jolie y la mujer anónima del cuadro. En el film hay una madre batalladora; en el lienzo creemos ver la efigie de una dama derrotada, quizá reflexiva, ajena a lo que transcurre. Está sola en un bar nocturno. «La misma pintura da al espectador un indicio de lo que la mujer debe de estar pensando», dice Mark Strand en el libro que dedica a Hopper y aquí ya comentamos. En efecto, hay un indicio inquietante: «la ventana solamente refleja las filas gemelas de luces que se alejan por el techo del bar de autoservicio, nada más; no deja ver lo que pasa fuera, en la calle», añade.
¿Una dama derrotada? La mujer que encarna Angelina Jolie está sola: es una madre soltera en 1928. La mujer de Automat, igualmente elegante, con un rouge que destaca, con un sombrero Art Nouveau, parece atravesar una mala racha. No sabemos si ha sido abandonada –como la madre de Changeling— o si ha preferido la soledad. Detrás únicamente tiene esas «filas gemelas de luces que se alejan por el techo del bar». ¿Qué quiso representar Hopper?
La palabra automat alude a autoservicio y a autómata, nos recuerda Juan Antonio Montiel, traductor de la obra de Strand. Pero más que esto, lo que llama la atención en el cuadro, como en otros del autor, es la información visual que proporciona y la expectativa que defrauda. El dato perceptible obliga a conjeturar siempre. Por la ventana que sirve de marco no vemos nada del exterior: en realidad, lo que distinguimos es el interior reflejado en el cristal, un interior oscuro a pesar de esa fila de luces sin aura. La escena está detenida, pero como en la serie lumínica también aquí imaginamos un continuará… Como decía John Updike en un viejo artículo («Los silencios de Hopper», Diario 16, Culturas, 9 de septiembre de 1995), «en sus originales nunca nos descubre secretos, las caras permanecen orgullosamente en blanco, y la tensión y el deseo sólo están presentes de forma ambigua. Hopper ha leído a Freud», concluye Updike. Ha leído a Freud. ¿Con qué provecho? Continuará.

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