Javier Marías, ciudadano y excéntrico

Justo Serna

Javier Marías es novelista, sí, pero es también un ingenioso articulista, un observador –a veces abatido, a veces burlón, a veces sarcástico– generalmente atinado, certero: un crítico de costumbres guasón y pesaroso que lleva varios lustros describiendo y opinando semanalmente. Sus temas no sobrepasan la decena: las buenas maneras o la urbanidad, la democracia o el ciudadano, la cortesía o caballerosidad, el fútbol o el arte, el ruido o la grosería, Madrid o el entorno, la Semana Santa o la impunidad, la escritura o la traducción, el papanatismo o la corrección, la responsabilidad o la carga, la muerte o la adversidad…

Una y otra vez, en sus artículos semanales (luego recogidos en distintos volúmenes) Javier Marías sostiene y defiende un ideal: el de individuos que, siendo ciudadanos, asumen su quehacer, desempeñándolo con perseverancia, dedicación e ingenio; individuos que se cultivan, personas que por saberse mortales se consagran aspirando a dejar lo mejor de sí mismas sin gran aspaviento ni narcisismo, con ironía y templanza; individuos que se no se resignan a la tosquedad o al descaro. Hay, por supuesto, un punto de arbitrariedad en sus juicios, una defensa del gusto. O, mejor, hay un poso de inevitable o saludable subjetividad: el de un curioso que se compromete, que no quiere contentar a todos, que sabe lo que le gusta y, justamente por eso, lo defiende con porfía, con buen humor.

Marías es un individualista tenaz que necesita una colectividad bien asentada y respetuosa, alguien que preserva su intimidad, que pone reparos a la multitud, a la masa indiferenciada, pero no a la ciudadanía exigente. Entre nosotros, el resguardo de la esfera pública suele hacerse pretextando desinterés, altruismo, benevolencia. Es una idea totalmente equivocada para nuestro articulista, puesto que la protección de lo público es la condición de lo particular, de lo irrepetible, de lo que nos distingue. Precisamos, repite Marías una y otra vez, vecinos empeñados, gentes que se resguardan hasta hacer de cada uno un ser distinto e irrepetible, valeroso, irónico, corajudo.

En ese caso, la colectividad organizada y tolerante no es un freno, sino nuestro auxilio, el lugar mismo en que el individuo puede mostrar su excentricidad sin temor a represalias, el amparo bajo el que abrigarse: de ese modo, la vida no será puro destino o mera adversidad. La norma, los pactos, la ley son así el marco, la precaución ciudadana que nos salva de la insolencia y del atropello. Por esa razón son decisivas las maneras, las formas: ese cuidado que a todos protege del egoísmo particular o de la juerga municipal. La tolerancia exigente es nuestra garantía, ese logro que hemos alcanzado después de un largo recorrido histórico, aquello que nos permite actuar sin miedo ,sin abandonarnos al mero azar, al albur. Invocar el respeto no es asunto antiguo, sino tarea urgente: la seguridad de que cada uno de los ciudadanos de esta democracia no será derribado por la fuerza o por el ultraje. Eso no significa que el Estado deba entrometerse, que deba violentar lo privado. Significa que la ley y la cortesía han de ser la norma general. Lo público no es la amalgama de individuos equivalentes, sino el espacio jurídico en el que viven los distintos, incluso los excéntricos que no dañan gratuitamente a los restantes.

Pero de todo lo dicho, de todo lo escrito, en Marías hay siempre un motivo recurrente, algo que aparece en este libro y, en general, en sus antologías anteriores así como en sus novelas: el estupor que la muerte nos provoca a quienes sobrevivimos, a todos aquellos que permanecemos cuando un ser querido se esfuma. Cuando alguien fallece, con él se borra una persona: también se evaporan las experiencias acumuladas, las vivencias atesoradas, los saberes acopiados; con él acaba un mundo repleto, colmado, que se albergó en la memoria del vivo; con su desaparición se clausura una perspectiva, un porvenir, todo un repertorio de vidas potenciales o de planes que han sido proyectados y no cumplidos. ¿Qué podemos hacer con esa vida ajena que perdemos y que es parte de nuestra propia existencia? ¿Cómo podemos sobrevivir a una vida más pobre y vacía, con ese apartamento, con ese aposento, con ese espacio despoblado? Aquella residencia que ocupó el padre –el padre de Marías, por ejemplo— está cerrada, pero con su muerte desaparece no sólo el progenitor sino también el sentido de las cosas, el significado que cabe atribuir a cada objeto, a cada vestigio o rastro. Muerto el responsable, su mundo material se vuelve indescifrable, un depósito de artefactos que pertenecen a un pretérito inerte y del que sólo queda un halo fantasmagórico, un aura. ¿Qué podemos hacer? Las novelas de Marías tratan de responder a lo que el articulista se pregunta. Disfrútenlo.

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Levante-EMV, Posdata, 4 de mayo de 2007

Reseña de Justo Serna, Demasiada nieve alrededor, de Javier Marías. Madrid, Alfaguara, 2007.

Javier Marías es novelista, sí, pero es también un ingenioso articulista, un observador –a veces abatido, a veces burlón, a veces sarcástico– generalmente atinado, certero: un crítico de costumbres guasón y pesaroso que lleva varios lustros describiendo y opinando semanalmente. Sus temas no sobrepasan la decena: las buenas maneras o la urbanidad, la democracia o el ciudadano, la cortesía o caballerosidad, el fútbol o el arte, el ruido o la grosería, Madrid o el entorno, la Semana Santa o la impunidad, la escritura o la traducción, el papanatismo o la corrección, la responsabilidad o la carga, la muerte o la adversidad…

Una y otra vez, en sus artículos semanales (luego recogidos en distintos volúmenes) Javier Marías sostiene y defiende un ideal: el de individuos que, siendo ciudadanos, asumen su quehacer, desempeñándolo con perseverancia, dedicación e ingenio; individuos que se cultivan, personas que por saberse mortales se consagran aspirando a dejar lo mejor de sí mismas sin gran aspaviento ni narcisismo, con ironía y templanza; individuos que se no se resignan a la tosquedad o al descaro. Hay, por supuesto, un punto de arbitrariedad en sus juicios, una defensa del gusto. O, mejor, hay un poso de inevitable o saludable subjetividad: el de un curioso que se compromete, que no quiere contentar a todos, que sabe lo que le gusta y, justamente por eso, lo defiende con porfía, con buen humor.

Marías es un individualista tenaz que necesita una colectividad bien asentada y respetuosa, alguien que preserva su intimidad, que pone reparos a la multitud, a la masa indiferenciada, pero no a la ciudadanía exigente. Entre nosotros, el resguardo de la esfera pública suele hacerse pretextando desinterés, altruismo, benevolencia. Es una idea totalmente equivocada para nuestro articulista, puesto que la protección de lo público es la condición de lo particular, de lo irrepetible, de lo que nos distingue. Precisamos, repite Marías una y otra vez, vecinos empeñados, gentes que se resguardan hasta hacer de cada uno un ser distinto e irrepetible, valeroso, irónico, corajudo.

En ese caso, la colectividad organizada y tolerante no es un freno, sino nuestro auxilio, el lugar mismo en que el individuo puede mostrar su excentricidad sin temor a represalias, el amparo bajo el que abrigarse: de ese modo, la vida no será puro destino o mera adversidad. La norma, los pactos, la ley son así el marco, la precaución ciudadana que nos salva de la insolencia y del atropello. Por esa razón son decisivas las maneras, las formas: ese cuidado que a todos protege del egoísmo particular o de la juerga municipal. La tolerancia exigente es nuestra garantía, ese logro que hemos alcanzado después de un largo recorrido histórico, aquello que nos permite actuar sin miedo ,sin abandonarnos al mero azar, al albur. Invocar el respeto no es asunto antiguo, sino tarea urgente: la seguridad de que cada uno de los ciudadanos de esta democracia no será derribado por la fuerza o por el ultraje. Eso no significa que el Estado deba entrometerse, que deba violentar lo privado. Significa que la ley y la cortesía han de ser la norma general. Lo público no es la amalgama de individuos equivalentes, sino el espacio jurídico en el que viven los distintos, incluso los excéntricos que no dañan gratuitamente a los restantes.

Pero de todo lo dicho, de todo lo escrito, en Marías hay siempre un motivo recurrente, algo que aparece en este libro y, en general, en sus antologías anteriores así como en sus novelas: el estupor que la muerte nos provoca a quienes sobrevivimos, a todos aquellos que permanecemos cuando un ser querido se esfuma. Cuando alguien fallece, con él se borra una persona: también se evaporan las experiencias acumuladas, las vivencias atesoradas, los saberes acopiados; con él acaba un mundo repleto, colmado, que se albergó en la memoria del vivo; con su desaparición se clausura una perspectiva, un porvenir, todo un repertorio de vidas potenciales o de planes que han sido proyectados y no cumplidos. ¿Qué podemos hacer con esa vida ajena que perdemos y que es parte de nuestra propia existencia? ¿Cómo podemos sobrevivir a una vida más pobre y vacía, con ese apartamento, con ese aposento, con ese espacio despoblado? Aquella residencia que ocupó el padre –el padre de Marías, por ejemplo— está cerrada, pero con su muerte desaparece no sólo el progenitor sino también el sentido de las cosas, el significado que cabe atribuir a cada objeto, a cada vestigio o rastro. Muerto el responsable, su mundo material se vuelve indescifrable, un depósito de artefactos que pertenecen a un pretérito inerte y del que sólo queda un halo fantasmagórico, un aura. ¿Qué podemos hacer? Las novelas de Marías tratan de responder a lo que el articulista se pregunta. Disfrútenlo.

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