Chitón. Las Navidades, ¿bien o en familia?, se preguntaba aquél. Bien y en familia. Eso es lo que deseo: esperando, precisamente, que acabe la fiesta obligatoria y la celebración compulsiva. ¿Se imaginan una Navidad sin televisión?
Es probable que se atenuaran nuestras tentaciones… Consumiríamos menos, haríamos menos estrépito y, al final, nos sentiríamos igual de solidarios o de infames. Internet desempeña hoy muchas funciones: compite con los otros medios y, por tanto, amenaza a la propia televisión. Pero el tubo catódico –perdón, el plasma— sigue marcando las horas y el sentido de las reuniones familiares. El Discurso del Rey, las Maratones benéficas, el Anuncio de Coca Cola, las Campanadas de Fin de Año, el Concierto de Año Nuevo, los Saltos de Esquí, Qué bello es vivir. De verdad, ¿se imaginan unas fiestas sin tele, valiéndonos de nuestros propios vídeos o acudiendo al cine a ver películas ajenas al espíritu navideño.
Modestamente es lo que hoy propongo en mi columna de El País. Sería una forma de contraprogramar la gran tontería con la que nos dejamos aturdir. Pero, una vez dicho eso, inmediatamente me muerdo la lengua. Cuando lamento el dominio de la televisión, en seguida me corrijo felicitándome por el triunfo del materialismo bobo que nos invade. La secularización televisiva daña la tiranía religiosa, la evidencia de que las cosas son como han sido durante siglos. Bienvenidas sean la vacación, la compra. La Iglesia deplora el estado de nuestros decaídas creencias y pide un refuerzo de lo confesional, una vuelta al belenismo, etcétera. Hablando de eso, de Estado, el Vaticano ha descubierto otra nueva patología española: la «estadolatría». Sic. O como dijo expresamente Angelo Amato, prefecto de la Congregación Pontificia para las Causas de los Santos del Vaticano: «España está avanzando hacia la estadolatría, hacia la intromisión del Estado cada vez más en la vida de las personas«. Sic. Habría que pedirle chitón.
Yo me niego a visitar los Belenes que disponen los munícipes o los clérigos en las plazas de nuestras ciudades, ocupando un espacio público que es de todos. Y en mi casa no hay motivos religiosos, pues nadie acepta allí esa intromisión: ni siquiera un Belén menudo. Por eso, también me niego a regresar al Portal, como algunos amigos simpáticamente nos proponen. Yo sólo espero ingenuamente que los clérigos me dejen en paz, que hagan chitón. Qué ingenuidad.
Pásenlo bien y disfruten de la holganza. Aquí volveremos muy pronto a hacer ruido. Mientras tanto les dejo con Frank Sinatra, muy bien acompañado por Bing Crosby. Seguro que están en el Infierno.
Reflexiones contra la religión (25 de diciembre de 2008). Así se titula el opúsculo de Mark Twain que Mario Muchnik tradujo hace un tiempo para la editorial Trama. Es un bello y manejable panfleto contra los clérigos, su poder desmedido y sus falsos lenitivos. Es un manual de defensa frente a la religión y otras quimeras. Con inquina sarcástica, Twain arremete contra toda creencia, contra toda fe, contra todo embeleco. Quiere vivir sin esperanzas, sin la falsa ilusión de las compensaciones venideras. No desea el auxilio de los reverendos, de los intemediarios divinos. Dios. Con él es con quiere hablar.
No hay pruebas, dice, de que Dios escuche o responda. Como tampoco hay datos que confirmen preocupación o cuidado, el respeto que debería tener por sus criaturas. Aceptemos la hipótesis de Dios, de ese Dios, dice Twain: éste nos arroja al mundo para luego desentenderse. ¿Qué nos parecería si un padre, si nuestro padre, hiciera eso? Cometería una grave irresponsabilidad. Pero no sólo esto es lo que podríamos reprocharle. ¿Qué nos parecería si nuestro padre nos educara infligiéndonos todo tipo de sevicias? Si las crueldades que padecemos los humanos son formativas y fortalecen el ánimo, según dicen los clérigos, entonces todos los individuos deberíamos adoptar esa pedagogía de la violencia con nuestros respectivos hijos: para así templar sus debilidades y para así educar su fuste muelle.
Twain amonesta a un Dios irresponsable que abandona a sus criaturas y sobre todo reprocha a quienes prolongan este embuste universal. Lamentablemente, el escritor olvida un asunto del que se valen los clérigos para justificar a Dios: la libertad. Dios nos hace libres para pecar o para ser buenos o para ser edificantes. O tal vez no es olvido: Twain no cree que el ser humano sea exactamente libre. Lo cree una máquina, un mecanismo que funciona más allá del libre albedrío, de sus propensiones conscientes, de sus decisiones justificables. Si esto es así, pretextar la libertad para justificar la presencia del mal o del dolor es un golpe bajo de los clérigos, claro. Twain se toma en serio su panfleto…
Entre las obras pías de mis fiestas navideñas, ha estado la lectura de este viejo opúsculo que compré en su momento, en 2001, y que aún no había disfrutado. Reflexiones contra la religión. Los muchos libros se me amontonan. Pero no me preocupa: a cada uno ya le llegará su momento. A Twain lo descubrí en la infancia, claro, y Las aventuras de Huckleberry Finn, concretamente, fue una de mis novelas inolvidables. Aparte de entretenimiento, el coraje adolescente y pícaro para enfrentarse a un mundo brutal fue la lección que aquel libro me transmitía. Ahora he leído con unción -con unción- estas páginas, que proceden de la autobiografía de Twain. Son unos pasajes deliciosos, párrafos que su hija censuró hasta 1963, fecha esta última en que permitió la publicación. Ahora, insisto, las he leído como un homenaje a Twain, de quien pronto, en unos meses, se cumplirá el primer centenario de su muerte. Volvemos a la muerte.
Supongo que el escritor estará en el Infierno. Por mucho que la hija ocultara ese ultraje contra la religión, Dios –que todo lo ve– conocía esas malas palabras de Twain incluso antes de 1963. Estoy seguro. Su condena ya no habrá tenido remedio, pues. Desde aquí, desde la Tierra, le mando un saludo fraternal y le deseo una buena estancia en compañía de otros impíos, pecadores y ateos allá donde esté. Decía E. M. Foster que imaginaba el Paraíso en compañía de sus escritores predilectos. No sé, no sé si allí habrá mucha gente de Letras. Imagino a Twain en el Infierno, cómodamente instalado, disfrutando del leve balanceo de su mecedora. Lo veo fumando un cigarro y departiendo. Ya nos lo advirtió el propio Twain: «el Paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía».
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Hemeroteca
Nuevo artículo de JS: «Lágrimas navideñas«, El País, 24 de diciembre de 2008.

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