0. Mis mejores deseos para el año 2009. Reciban mi felicitación: algo compungida, es cierto. Mi último trimestre ha estado marcado por la muerte, por la tristeza de haber perdido a mi padre, tan distinguido, tan caballeroso: mi mejor lector. He cumplido: he ido al cementerio el último día del año. He visto su lápida brillante, de mármoles bruñidos, y he visto sus flores vivas. Lo frecuento mucho, la verdad: cada vez que acudo no me acuerdo de la muerte; me acuerdo de la vida.
1. Shakespeare en Gaza. Los muertos que un ejército bien pertrechado puede provocar son innumerables. Lo estamos viendo con espanto. El fanatismo que se le opone es tóxico, violento, acogedor: un comunitarismo que lanza cohetes, que compensa a los suyos, que los justifica frente a quien responde con bombardeos.
En cierta ocasión cité a Amos Oz en un artículo de prensa. Como no podía ser de otra manera, Oz mostraba su repudio del fanatismo. El novelista israelí proponía combatirlo con el humor, con la literatura, con la creación. ¿Con la creación? Quien piensa sobre el mundo y rellena imaginando otra cosa lo reemplaza con fantasías reparadoras pero también con escenarios potenciales. Esos escenarios nos permiten sopesar a los otros, tenerlos en cuenta, hacerse cargo de ellos, vivir de manera diferente. Así es: la literatura y el arte permiten ponernos en el lugar del extraño. ¿Un efecto liberador? La literatura y el arte facilitan también el mal, la intoxicación: pueden procurar municiones ideológicas. Quién sabe… En última instancia, la literarura y el arte sirven simplemente para chillar, para dar un grito de horror ante lo que sucede sin remedio. ¿Sin remedio?
Oz hablaba del conflicto israelí-palestino y para enfrentarlo moralmente nos proponía regresar a los grandes, a William Shakespeare o a William Faulkner entre otros: sus obras habrían expresado y prefigurado el repertorio de las tragedias humanas. De las grandes y de las pequeñas tragedias de cada día. Nos harían más sabios, pues. Leo la prensa y veo la televisión, y sus imágenes violentas me desazonan. Un conflicto bélico no se combate con literatura, me digo. Ojalá fuera cierto lo que Oz nos proponía. Ojalá no fuera una recomendación bienintencionada. No sé. Quienes vivimos lejos de Israel o de Palestina tal vez podríamos intentar algo semejante: servirnos de la literatura, como postula Amos Oz, con el fin de arrancarnos el fanatismo que siempre está a punto de explotar, de explotarnos. ¿Pero de qué les sirven la poesía o la novela a quienes allí viven?
Leo La tragedia Bush, de Jacob Weisberg, y me admira la habilidad del autor para convertir a Shakespeare en la falsilla de lo real, en el esquema de lo que ahora sucede. Explicar a George W. Bush empleando Enrique IV y Enrique V no es un exceso literario: es un recurso común apelar a Shakespeare, un recurso que o se hace bien o es mero aderezo. Yo intenté hacerlo bien cuando hablando de política doméstica y de choques locales apelaba a El rey Lear.
Es difícil dar cuenta de las acciones humanas. Y sobre todo cuando éstas son acciones violentas: cuando es una tragedia lo que nos envuelve. Es difícil comprender las expectativas de quienes intervienen en un conflicto que sólo se resuelve con las armas. Los grandes choques del Novecientos fueron pensados y anticipados con graves errores de cálculo. Hablando precisamente de los errores repetidos dice Gabriel Kolko en El siglo de las guerras (2005): «Los gobernantes del siglo XX fueron claramente propensos a un obcecado delirio de grandeza», a fantasías de omnipotencia, a arrogancias militares: presuntas guerras cortas que se prolongaron, presuntas guerras-relámpago que se perpetuaron, presuntas guerras de un solo frente que se desdoblaron, presuntas guerras cuerpo a cuerpo en la época del maquinismo y de los cohetes.
¿Alguien ha pensado en ello?
¿Continuará…?
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2. Shakespeare en el libro Héroes alfabéticos (PUV, 2008).
«…A comienzos de 2005, en Abc aparecía una noticia insólita. Que yo sepa ningún otro periódico español recogió esa información. “Los espías británicos leen a Shakespeare”, rezaba el titular. Firmado por el corresponsal del periódico Emili J. Blasco, se decía que los servicios secretos británicos estaban introduciendo reformas para mejorar su eficacia, después de los fracasos de información sobre las armas de destrucción masiva de Irak. “Shakespeare les está echando una mano”, añadía misteriosamente el reportero. “La iniciativa se inscribe en las medidas que están adoptando los servicios de espionaje del Reino Unido para mejorar su eficacia y salvar el descrédito que ha supuesto su información de que el régimen de Sadam Husein contaba con armas de destrucción masiva, dispuestas a ser usadas en un breve plazo de tiempo. El informe Butler presentado en julio estableció que los trabajos de inteligencia habían sido ‘seriamente defectuosos’, basados en fuentes ‘de poca confianza’, y aconsejó una serie de cambios”. Aparte de las reformas organizativas a introducir en el MI6, las mejoras podían lograrse si se adoptaba el teatro como espacio de análisis, “sobre todo si se tiene en cuenta que el trabajo de espía tiene mucho que ver con el arte de la representación”, añadía. Por eso los responsables de la iniciativa habían organizado varias sesiones para sus empleados centradas en piezas de Shakespeare, la última sobre Julio César”. Etcétera, etcétera. Debemos admitir que, dicho así, todo lo anterior parece propio de una ficción…»
Ilustraciones: VS

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