1. Exotismo presidencial. Advertido por Francisco Fuster de la entrevista que Vanity Fair (edición española) le hace a José María Aznar y confirmada la exclusiva por distintos medios, corro al quiosco. Quiero hacerme con un ejemplar del número de enero de 2009. Lo consigo. Me sumerjo en este reportaje-entrevista. Vaya, no puede ser. Repaso otra vez esas páginas dedicadas al ex presidente español: me asombra nuevamente. A pesar de haber leído su trilogía testamentaria, a pesar de haber escrito sobre él, las declaraciones de José María Aznar consiguen interesarme. Me pasman sus palabras y su puesta en escena: cómo afecta aplomo, seguridad, dominio, certidumbre, gravedad. Nada que no le conociera ya por sus libros de cabecera: en ellos pregona el liderazgo, postula la convicción, defiende los principios. Fuera dudas. No hay dudas… «Es cierto que concede poquísimas entrevistas», dice Lourdes Garzón, la autora del reportaje. «Pero de una forma u otra deja claro lo que le gusta y lo que no. Con frases o con silencios. Con asentimiento aprobador o con una media sonrisa reprobadora. En mítines o en actos donde los asistentes le piden una opinión, una señal. ¿La victoria de Obama?», pregunta la periodista. Aznar sentencia: «un exotismo histórico, un previsible desastre económico».
La frase es ciertamente enigmática. En primer lugar, no queda claro qué causará ese desastre económico previsible. En segundo término, no sabemos a qué se refiere cuando habla de exotismo. ¿Acaso alude a la rareza? Pero, páginas atrás, tomaba el caso de Obama como «la prueba de que el sueño americano todavía existe por mucho que algunos se empeñen en decir que la crisis ha acabado con él». Si el nuevo presidente encarna ese sueño, ¿entonces cuál es el exotismo? ¿Acaso la raza? «Obama es una persona de raza negra que ha llegado a ser presidente de EE UU», declara enfático. Vuelvo a leer la frase. La acabo con la apostilla que José María Aznar añade: «lo que es un cambio extraordinario para ellos». ¿Para quiénes? ¿Para todos los estadounidenses o sólo para los americanos de raza negra?
2. Bueyes y toros. En realidad, Aznar repite de manera cada vez más lacónica y enrabietada la única verdad política en la que cree, que es el liderazgo basado en principios y convicciones. El interés de la entrevista no es, pues, aquello que ya sabíamos del ex presidente por otros medios: por sus libros. El interés radica en la representación escénica de su figura, en su nueva condición de intelectual y universitario: comprometido con los grandes líderes del mundo, Aznar repartiría su saber y sus experiencias a manos llenas. De hecho, él ahora sería un severo líder intelectual, alguien que se adaptaría a las condiciones sin olvidar las tradiciones. Y todo ello dicho, expresado, enunciado y mostrado enfáticamente.
Leo en una página de dicho reportaje que entre las obras de arte que decoran su despacho hay representados un monje, un buey, un arado y un toro. ¿Qué significado les da? Porque les da, efectivamente, un significado ostentoso: una simbolización expresa. La figura del monje es una «invitación a la reflexión y al silencio», dice. «un buey y un arado, me recuerdan la necesidad del esfuerzo». ¿Y el toro? Pues el toro es un símbolo de «la expresión nacional». Vamos a ver. Releo lo anterior. ¿Realmente necesita el arte con fines tan utilitarios? ¿Lo emplea como calco de sí mismo, de lo que cree ser? En ese caso, ¿por qué no se pone un espejo en cada una de las paredes de su despacho? La imagen de un líder imponente siempre se refleja y él quiere verse reflejado en George W. Bush: en lo que hizo y en lo que ahora le pasa.
3. No oigo voces… «A Bush le toca la hora de la ingratitud. Ya lo dijo Churchill: ‘Los grandes pueblos son siempre desagradecidos’. Él está viviendo ese momento», añade Aznar. Si es así, si hay ingratitud e incomprensión, entonces el amigo Aznar hablará con Bush para consolarle o aconsejarle. Eso parece lo razonable, ¿no es cierto? Oír voces, la voz del amigo. «¿Puedo preguntarle cuándo habló con Bush por última vez?», dice Lourdes Garzón. «Hablamos cuando es necesario», responde otra vez de manera lacónica, sin que sepamos si hay camaradería o reproche. Voces, digo esa palabra y, en efecto, me acuerdo de Bush: de su testamento político.
Así lo tituló El Mundo, un periódico siempre tan preciso: y así lo publicó el jueves 8 de enero. Se trataba, nuevamente, de una entrevista: en este caso, de una larga interviú de dos páginas en la que el presidente Bush confiesa ciertas intimidades espirituales. Son impresionantes sus palabras. ¿Creen que lo digo de guasa? No bromeo: sus palabras piadosas impresionan. «Para mí la oración es sabiduría y fortaleza, es protección para la familia y para las tropas. Uno toma la mejor decisión posible en ese momento después de escuchar los argumentos sólidos y razonados que le presentan los consejeros encargados de ello. Soy espiritual, no místico», concluye. «¿Qué quiere decir con eso?», le pregunta Cal Thomas, el interlocutor de Bush. «Quiero decir que no oigo voces. No oigo voces», insiste. Yo tampoco…
4. Los autocares de Dios. 
Por cierto, hablando de voces, de voces de Dios, a mí me ocurre lo que a David P. Montesinos: también me divierte esta polémica de los autocares ateos y confesionales. Alguien muy circunspecto, severo y equidistante dijo días atrás que sería conveniente prohibir la exhibición de las creencias en ese espacio público que es un autobús. Si atendemos a dicho criterio, entonces habría que excluir o eliminar buena parte de la publicidad comercial que se muestra en distintos paneles: muchos anuncios hacen ostentación de creencias firmes tratando de persuadir a los tibios. Me hace ilusión ver por mi ciudad un autocar ateo, como también me hará gracia ver su equivalente cristiano, que unos evangélicos han ideado con la leyenda de «Dios si existe».
Si eventualmente me escucharan –otra vez las voces–, yo sólo les pediría dos cosas: que los responsables de ambos carteles cambiaran la redacción. En el caso de los ateos, ¿qué es eso de que «probablemente Dios no existe»? Se nota que ese adverbio es una traducción del equivalente londinense, del rótulo original. Pero más allá de la lengua, ¿qué es eso de probablemente? ¿Es que lo decimos por si acaso? Hay que atreverse. En el caso de los autobuses confesionales, si me atendieran, yo les pediría que acentuaran correctamente. En la leyenda que han puesto leo: «Dios si existe». ¿Pero qué es ese condicional sin coma? Dios no tiene existencia condicional, vaya. Ya oigo voces: la de Dios protestando.

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