
1. JFK. Mientras espero el acto de toma de posesión de Barack Obama, releo el discurso que pronunció John F. Kennedy otro 20 de enero, el del año 1961, un Kennedy al que ahora podemos evocar en la figura del nuevo presidente. Esa pieza oratoria es, seguramente, una de las más célebres de la época contemporánea. ¿Por qué?
«Con la vista orientada hacia la audiencia televisiva, tomó posesión de su cargo con un brillante discurso de investidura», nos recuerda W. J. Rorabaugh en Kennedy y el sueño de los sesenta (Paidós, 2005). ¿Quién es el autor de esas palabras que impresionarán al mundo? «Ted Sorensen y él habían recopilando ideas y frases para este discurso durante años», añade Rorabaugh. «A Kennedy le preocupaba que tuviera la calidad suficiente. La víspera de aquel día lo releyó y que todavía no era tan bueno como el primer discurso de Jefferson», precisa. «Mientras lo pronunciaba, la audiencia del Capitolio y los telespectadores de todo el país se percataron de que este discurso, equilibrado y en ocasiones poético, ignoraba por completo los asuntos nacionales…», indica Rorabaugh.
Sin duda, fue importantísima la puesta en escena, la elección de las palabras, el dominio de la televisión que Kennedy había demostrado en la campaña. Pero más relevante aún fue la expectativa que sobre dicho acto y sobre dicho presidente se volcaba. Hacia esas fechas, en enero de 1961, Kennedy es un joven político de cuarenta y tantos años que ha sabido expresar los anhelos de unos compatriotas que viven la prosperidad capitalista y el temor nuclear. Es de familia rica, pero católica. Que alguien así acceda a la Presidencia es un exotismo histórico, una novedad. Los norteamericanos padecen una crisis, una crisis propiamente cultural. El bienestar les hace ser más exigentes y más hedonistas: también más rebeldes. Una juventud se reafirma en su identidad diferenciada y en su propio desconcierto. Kennedy sabe expresar ese tránsito generacional. Él es un hombre que ha luchado en la Guerra Mundial, que ha sido un bravo combatiente, un veterano que aún le queda mucho por vivir… Es joven, en efecto.
Y sabe persuadir. En él, la oratoria es un instrumento esencial. Lo demuestra en su discurso de toma de posesión. El joven Kennedy se vale de recursos verbales en los que aúna la descripción y la alusión, el retrato colectivo y la apelación individual, lo histórico y lo actual, lo metafórico y lo directo. Se remonta a la historia fundacional de los Estados Unidos (Dios y la revolución) y recuerda el estado de cosas presente, la Guerra Fría. Se expresa con contundencia armada y con generosidad hegemónica para dirigirse a sus compatriotas, a los amigos y aliados, a los adversarios, a la humanidad en su conjunto. Su retórica es universalista y patriótica a un tiempo, algo caracerístico de la tradición política norteamericana. Sabe, en efecto, condensar expectativas en frases contundentes y memorables. Memorables en el sentido de que podrán ser recordadas.
Se vale, en efecto, de imágenes reconocibles: «la antorcha ha pasado a manos de una nueva generación»; «buscar el poder cabalgando a lomo de tigre»; «si con la cabeza de playa de la cooperación es posible despejar las selvas de la suspicacia»; «los clarines vuelven a llamarnos». Son fórmulas bien vistosas que resumen verbalmente, que expresan gráficamente.
Pero sobre todo hay un par de ideaciones que sintetizan el arte de la propaganda kennediana, la técnica del slogan. «No negociemos nunca por temor, pero no tengamos nunca temor a negociar», dice refiriéndose al adversario soviético. «Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestros país», dice alentando un individualismo comunitarista

2. BO. Leo Palabra de Obama. Discursos para la Historia (La Vanguardia, Grandes Temas, núm. 4, 2009), un dossier de ciento y pico páginas. Es un volumen más de los que el periódico catalán publica regularmente sobre asuntos de actualidad. Este que leo se dedica enteramente a los discursos que Obama ha pronunciado desde el 2 octubre de 2002 hasta el 4 de noviembre de 2008. No incluye –no puede incluir– las palabras de toma posesión del nuevo cargo, palabras que se pronunciarán el 20 de enero, según es tradición.
De momento, lo que de Obama tenemos son, en efecto, palabras: un caudal inagotable de discursos que se inspiran en sus precursores, pero también en el estilo golspel de los predicadores afroamericanos: con amplificaciones retóricas, con alusiones bíblicas, con historias edificantes, con esperanzas religiosas. Él pertenece a la generación de Josué y, como el personaje veterotestamentario, ha de cumplir el trabajo de Moisés: llevar al pueblo a la Tierra Prometida. Es una imagen que emplea, por ejemplo, cuando se dirige a su auditorio en Selma, Alabama, el 4 de marzo de 2007, cuando se conmemora la Marcha por los Derechos Civiles de 1965. Josué, pues. Pero no sólo él: también quienes siendo todavía jóvenes pueden sostener el empeño, las gentes afroamericanas de su generación. Ya no basta con los Derechos Civiles: hay que extender los derechos sociales con responsabilidad y con buenas enseñanzas personales. «No basta con preguntar qué puede hacer el gobierno por nosotros, es importante preguntar qué podemos hacer nosotros por nosotros mismos», concluye Obama ante sus hermanos valiéndose de un slogan de inspiración kennedyana. La oratoria, otra vez.
Aunque los suyos no son propiamente sermones de pastor, no menos frecuentes son los énfasis retóricos, las enseñanzas morales, los recuentos personales, las promesas colectivas. No sermonea, pero sus palabras quieren ser aleccionadoras, evocadoras, reparadoras. Reprocha a Washington la gestión insensible, arrogante, lejana. Por tanto, reafirma el sentido próximo de la comunidad local. Lógicamente, pues, no amonesta a los auditorios: al fin y al cabo se dirige a ellos como representante político. Por eso, se pone como caso de debilidad y de esfuerzo, de candidato improbable pero empeñoso: alguien que ha sabido llegar con entereza a un puesto para el que no estaba destinado. Ser improbable –y la calificación es suya– le da valor personal. Le convierte en un espejo en el que pueden contemplarse muchos hermanos, pero un espejo que también hace aguas: al fin y al cabo, es un tipo corriente que ha sabido disciplinarse y en el que se cruzan Kenia (padre) y Kansas (madre).
Pero ser improbable es algo más que una condición particular: en los discursos de Obama es la cualidad histórica de los Estados Unidos. La utopía hecha realidad, el sueño de libertad e independecia iniciado dos siglos atrás y consumado tras la abolición de la esclavitud, tras el reconocimiento de los derechos civiles. Frente a la necesidad, frente a la fatalidad, frente a lo dado y lo recibido, «unos agricultores y unos eruditos, unos estadistas y unos patriotas que habían viajado a través del océano para escapar de la tiranía y la persecución hicieron por fin realidad su declaración de independencia», recuerda en su discurso de Filadelfia, Pensilvania, el 18 de marzo de 2008. Fue ésta una declaración que inspirará todo el aparato legislativo estadounidense: un documento que «estaba, en el fondo, inacabado. Estaba mancillado por el pecado original de esta nación, la esclavitud». Pero hasta con eso han podido los pioneros, los sucesores, los herederos. Han podido. Y esa constatación le sirve para reafirmarla una y otra vez, como así hizo en el discurso de Nashua, New Hampshire, el 8 de enero de 2008. Aquellas palabras –pronunciadas después de una derrota– no festejaban un triunfo, sino el aliento de una victoria venidera. De ahí, precisamente, de ese optimismo que trae la palabra persuasiva arranca el slogan más famoso: Yes We Can, convertido pronto en banda sonora de la campaña.
Obama nace el mismo año en que Kennedy llega a la Presidencia. Nace, pues, en una época de expansión económica y de rebeldía cívica, de hastío ahíto. Por un lado, se extiende la influencia y la presencia del movimiento en defensa de los derechos civiles de las minorías raciales; por otro, se expande la música juvenil, esa rebeldía que trae el rock, ese juego a que invita el pop, esa revuelta de la contracultura…
«En un análisis retrospectivo, observamos que la Guerra Fría en parte llenó el vacío de la sociedad americana, atemorizada por todos los cambios que se desencadenaron con la Segunda Guerra Mundial», indicaba W. J. Rorabaugh. «Cuando se cuestionaron los principios de la raza, el género y la cultura en los años de la posguerra, la Guerra Fría constituyó un marco de organización que, por una parte, daba a los conservadores la esperanza de detener bruscamente el cambio, al menos durante un tiempo, y, por otra, dotaba a los liberales de un argumento para introducir más cambios con el fin de ganar la Guerra Fría», concluye Rorabaugh.
En sus libros autobiográficos y promocionales (que aquí hemos analizado), Obama habla de esto postulándose como un nuevo y modesto Josué que consumará el cambio, un joven que ha asumido la rebeldía, que ha integrado la familia y que ha hecho compatible lo distante, esa aleación de razas y credos. El sentido bíblico justifica la retórica: su historia personal la toma precisamente como una parábola, al modo de los Evangelios, para ilustrar a los escépticos.
Veremos, pues. Estaremos atentos a la pantalla

4. Abraham Lincoln.»Quedo entonces con Lincoln, que como ningún otro hombre antes o después que él comprendió que nuestra democracia cumplía una función deliberativa, pero que esa deliberacíón tenía límites. Le recordamos por sus convicciones firmes y profundas, por su inflexible oposición a la esclavitud y su convencimiento de que una casa dividida no podía mantenerse en pie. Pero su presidencia se guió por un sentido práctico que hoy en día nos dejaría consternados, un sentido práctico que le llevó a plantear diversos tratos al Sur para conservar la Unión y evitar la guerra», dice Obama en La audacia de la esperanza. O en otros términos: «que debemos hablar y esforzarnos para encontrar un terreno común, precisamente porque todos somos imperfectos y nunca podremos comportarnos como si tuviéramos la certeza de que Dios está de nuestro lado pero que también a veces debemos pasar a la acción de todas formas, como si estuviéramos seguros de acertar…»
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Blogosfera
Barack Obama en este blog:
https://justoserna.wordpress.com/2009/01/15/visperas-kennedianas/
https://justoserna.wordpress.com/2008/11/10/el-viejo-de-obama/
https://justoserna.wordpress.com/2008/06/16/padres-e-hijos/
https://justoserna.wordpress.com/2008/06/04/los-papeles-de-obama/
https://justoserna.wordpress.com/2008/02/11/antizapatero/
https://justoserna.wordpress.com/2008/02/04/obama-o-sarkozy/
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