1. Visto lo visto. Ayer, 20 de enero, no me rendí ante el acontecimiento universal. ¿Por rebeldía, por esnobismo? No: yo no profeso el izquierdismo o el antiprogresismo… Digo que no me rendí porque la emisión de imágenes, la multiplicación de informaciones sobre detalles, la competencia televisiva provocaban pasividad en el espectador. Yo, sin embargo, quería analizarlo con frialdad, sin ese sentimiento de alegría que a millones embargaba. ¿Es que, acaso, era una pasión política innoble? En absoluto. Simplemente me había propuesto examinarlo y para ello había que poner cierta distancia. Pues esa distancia es la que hoy me tomo. Poco a poco iré desarrollando el post.
Hay veces en que un evento multitudinario y televisado me imanta, me hace estar quieto, atento a la pantalla: para distinguir los rostros de la muchedumbre, para examinar las caras de los protagonistas, para experimentar indirectamente lo que allí gozan o padecen, para abandonarme –incluso– a los sentimientos colectivos. Los partidos de la pasada Eurocopa de Fútbol los viví así. Pero los viví protegido: en casa. Demasiada cercanía me asfixia…
La expresión de la multitud siempre es muy interesante y tendencialmente peligrosa: puede derivar en arrobo, en frustración, en violencia, en acto destructivo. ¿Recuerdan Las ménades, de Julio Cortázar? En aquel cuento, un circunspecto publico de música orquestal acababa manifestando el más puro desenfreno. Genial Cortázar. ¿Recuerdan la muerte del Papa Wojtyla? Un arrobo místico fue prácticamente lo que se produjo cuando la lenta agonía de Juan Pablo II dilataba las horas de televisión y de espera: allí, en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, y aquí, de este lado. Tuve oportunidad de analizar aquel singular fenómeno en el blog, en su primera etapa. Lo titulé El papa catódico. Sí, catódico.
Ahora, echando un primer vistazo a lo sucedido en el Mall de Washington, veo una circunstancia muy distinta y, a la vez, muy semejante. Alguien provoca deseos colectivos y sobre él se vierten expectativas. Es un objeto de transferencia al que se convierte en símbolo o en mito. No son lo mismo, pero ahora no me detengo en distingos. Símbolo o mito, pues. Lo curioso es que ese símbolo se ha gestado con la vida personal, con historia concreta, de Barack Obama. Antes, los mitos –nos dijo Jean Baudrillard— funcionaban como un signo al que se le desprendía su significado concreto para rellenarlo con una abstracción. El 20 de enero, Obama era un recipiente sobre el que hacer innumerables transferencias personales. Pero ese depósito no estaba vacío: tiene una biografía que él mismo se ha encargado de divulgar, de proyectar, para que los demás se identifiquen con una parte o con el todo.
Todos. «Muchedumbres ordenadas», me recuerda Àngel Duarte: lo que el 20 de enero vimos eran muchedumbres ordenadas. Cierto: vimos multitudes que con orden y concierto –y nunca mejor dicho– celebraban lo insólito, algo insólito aunque previsto. Vimos un sinnúmero de gentes allí congregadas coreando a un político improbable. Porque, como él mismo no se cansa de repetir en sus discursos, Barack Obama es un caso verdaderamente improbable. Pero lo que todos sabíamos era que la muchedumbre ordenada era un pálido reflejo de la atención mundial: de esos millones de telespectadores que en directo o en diferido contemplábamos un acontecimiento que se dijo catalizador.
Allí había un hombre prestando juramento sobre una Biblia añosa, enfática y sencillamente simbólica; allí había alguien que se dirigía a sus compatriotas y al mundo. Lo escuché en diferido y, después, leí detenidamente el discurso. Como admite Juan Antonio Millón, ese texto puede alcanzar momentos exultantes pero nos deja fríos –o escépticos– por los tributos que paga al pasado y al presente, a esta o a aquella tradición: por tan heterogéneos aderezos. Cierto, pero un discurso de investidura no es más, no es mucho más que una pieza oratoria que ha de persuadir a los distintos con recursos asimilables y con referencias reconocibles.
De las palabras de Obama, lo que más me llamó la atención no fue su contenido -bien armado, con sus metáforas previsibles y con sus aleaciones políticas-, sino la reacción de la prensa española. Divertidísimo contraste. De todos los medios, me permitirán que me ciña a los tres que compro y leo habitualmente.
1. En primer lugar, El País tituló al día siguiente: Obama promete una nueva era.
2. Por su parte, El Mundo rotuló ese mismo día: ‘Trabajo duro y honradez, valor y juego limpio, lealtad y patriotismo’.
3. Finalmente, Abc llevó este titular a su primera plana: Obama presidente ‘Estamos en crisis y en guerra’.
Si se fijan, uno se expresaba en estilo indirecto y los otros dos en estilo directo. Uno decía que Obama prometía y los otros dos reproducían palabras entrecomilladas. En realidad, esos titulares de primera eran un retrato de Obama, sí, pero el retrato del nuevo presidente que prefiere cada uno de los rotativos. Como fondo, estaba la fotografía del juramento. La sonrisa del político norteamericano inunda la imagen. Hay algo de extraño en ese gesto. Parece una sonrisa abierta, franca, cordial, relajada incluso: tal vez poco acorde con la severidad del acto. Parece una sonrisa divertida, incluso chistosa: quizá inadecuada para la gravedad del momento. O quizá simplemente con ese gesto Obama quiere hacer manifiesto que tiene una dicha incontenible. La imagen está en los tres periódicos pero, leídos los tres titulares, la sonrisa es más o menos incongruente.
¿Gestos incongruentes, digo? En realidad, las imágenes fotográficas no dicen nada sin un pie, sin una circunstancia. Los periódicos recortan, seleccionan, enfocan y contextualizan. De ese modo captamos su sentido. Pero con pompa, con prosa y con circunstancia, las imágenes no son más que instantes congelados y, por tanto, secuencias interrumpidas de significado dudoso o sólo probable, manipulable. Para la portada de Abc del jueves 22 de enero, sus responsables han seleccionado una fotografía de José Luis Rodríguez Zapatero, debida a Ignacio Gil. Cautivado por la «muy pura socialdemocracia» de Obama, leo en el pie de dicha imagen. ¿Una elección azarosa, real? ¿O una maldad? No, por favor, no hay maldad alguna en esa forma de presentar al mandatario español: es la pura realidad que los periodistas registran… Ésa es la cara de arrobo que pone –seguro– desde que supo que Obama había llegado a la Presidencia. Así, sin parar. Los responsables del periódico no desean manipular. No qué va: sólo quieren mostrar con gran verismo y con énfasis mayor qué son los sentimientos transoceánicos.
Bien, una vez dicho lo anterior, relean esa leyenda y ahora miren otra vez la fotografía.

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AntiZapatero, 11 de febrero de 2008:
…¿Y de Obama qué preocupa? ¿Qué le reprochan [Ignacio] Camacho o [Pedro J.] Ramírez? Su adanismo, dice el primero. O su condición de bambi, añade el segundo. Es decir, un político sin asideros firmes o un reformista que rebasa los límites o los atavismos del propio partido. Un Obama más después de tantos y tantos como habría tenido el Partido Demócrata. “Atractivos Obamas que se quedaron por el camino”, añade Ramírez. ¿Quiénes? “John Edwards, Howard Dean, Bill Bradley, Gary Hart, Eugene Mc Carthy, Jesse Jackson o -aunque su caso fuera distinto- el malogrado Robert Kennedy, tal vez el más parecido al novato senador de Illinois en su ardiente retórica y capacidad de movilizar a los jóvenes”.
El nuevo adán sería alguien que empieza creyendo que inaugura lo que ya estaba o alguien que peca de candidez, presto a ser devorado por las fieras. Como dice Pedro J. Ramírez, “no es aventurado pensar que su desconocimiento de la mayoría de los asuntos importantes, sus contradicciones ideológicas, su ascendencia musulmana e incluso sus coqueteos juveniles con el incendiario predicador negro Jeremiah Wright le harán presa fácil de la máquina de picar carne republicana”.
He leído el volumen de Barack Obama, La audacia de la esperanza, y en su autor no creo ver a un indigente intelectual que profesa el adanismo. Tampoco veo al ingenuo politico que retrata Pedro Jota. Si así fuera, un simple inexperto habría seducido a sus numerosos lectores y a los votantes que en las Primarias están apostando por él. Obama fue un profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago y su solidez académica no está reñida con el realismo político. He vuelto a releer pasajes de dicho libro para comprobar si su perfil se acomoda al retrato de Camacho y Ramírez. Tengo la impresión de que con Obama sucede lo mismo que con Rodríguez Zapatero: que con él se puede hacer un objeto de transferencia (perdonen el vocablo psicoanalítico).
Permítanme este didactismo. Tomémoslo como una metáfora operativa. En el proceso de transferencia, el paciente convierte al analista en un objeto vacío: sabe tan poco de él que puede modelarlo a su antojo, según le dictan sus miedos o expectativas. El terapeuta se deja manipular o modelar o rellenar, claro: así facilita la exhumación de lo oculto, de lo olvidado, de lo doloroso, de lo deseado. La transferencia es ese proceso en virtud del cual las fantasías, las frustraciones inconscientes se actualizan. ¿Cómo? El paciente vierte lo que anhela o repudia, tomando al otro como figura vacía: rellenándola, en fin, con experiencias o vivencias propias, con aquello que le angustia o le excita. El terapeuta es así una especie de vertedero.
Salvando las distancias y aceptando que utilizo la transferencia como hipótesis operativa, podemos decir que el columnismo conservador emplea a Obama como esa figura vacía a rellenar. Es sólo un perfil del que poco parecen saber. Mejor así: la analogía funcionará sin contradicción. Obama se convierte en un personaje a quien estigmatizan con las marcas que ellos mismos han trazado para desdibujar a Rodríguez Zapatero. El presidente español ha sido ese adán y taimado, ese ingenuo y cínico; Obama lleva camino de serlo…
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