Lunes, 26 de enero. Cuando la vi tuve la impresión de asistir a un espectáculo sociológico. O, si se prefiere, a un análisis de rol: un estudio de los papeles que los personajes cumplen en función de su posición social. Viven en celdillas y con tareas asignadas de antemano: así distinguimos a individuos obligados por su circunstancia, forzados por la cultura en la que han sido educados, domesticados. Desde el principio vemos a gentes de clase media, los integrantes de una familia ejemplar que vive en un barrio acomodado: un grupo humano que goza de bienestar material y expectativas de progreso, de ascenso. Cada uno de ellos encarna a un tipo reconocible.
Martes, 27 de enero. La fotografía que aquí vemos está deliberadamente recortada. Toscamente amputada. ¿Con qué fin? Con el propósito de crear esa incógnita de la que hablan Alejandro Lillo e Isabel Zarzuela en sus respectivos comentarios. En realidad, si dicho recorte estuviera hecho con arte, parecería un plano detalle. Pensemos que es así, que es un fotograma completo y aceptemos que el cámara nos ha querido mostrar sólo lo que ahora vemos. ¿Qué observamos? Estamos en una sala hogareña o, mejor, en una cocina. Exacto: al fondo distinguimos, algo desenfocados, unos muebles de cocina. Más cerca del espectador vemos una silla de diseño audaz, con respaldo funcional; vemos una botella de Johnny Walker Red Label, dos pimenteros, un cenicero y las manos de dos personas sentadas frente a frente mientras se aferran a sus respectivos vasos. Adivinamos que están tomando tragos de whisky, una clase muy especial, remoto y joven a la vez, según leo en su página. No parecen derribadas por el alcohol: todo está demasiado brillante y ordenado y no hay colillas humeantes o mal apagadas, restos que delatarían nerviosismo o tensión. En efecto, el brazo y el antebrazo que aún vemos aparecen flexionados, probablemente sujetando la cabeza con esa mano que está fuera de campo. Hemos de conjeturar, pues. Quizá ambas personas fueron sorprendidas por el cámara cuando charlaban amistosamente. ¿Se confiesan? Lo hemos confirmado una y otra vez en numerosas películas: el whisky desinhibe y facilita las revelaciones hechas en la intimidad. Pero no estamos en un ambiente nocturno o festivo. Todo parece diáfano, pulido y ordinario a un tiempo: lo cotidiano, vaya. Lo cotidiano. ¿Hay algo en este recorte que nos permita apreciar el miedo, el horror, el asco, la frustración? ¿O, por el contrario, lo que observamos muestra la paz diaria de un hogar bien avenido?

Martes, 27 de enero. Ella lleva un reloj que adivinamos diminuto y preciso: un modelo que, por cierto, está de moda esta misma temporada. La esfera forma un todo metálico con la pulsera. Por la impresión o por lo visto, podríamos decir que la imagen es actual, bien actual. No hay nada que desmienta lo que hoy estaría de moda. Pero sigamos. Sin duda, quienes están frente a frente son jóvenes y anglosajones: los brazos de ambos son blanquísimos y todavía permanecen tersos. Más aún: en él, en el muchacho, distinguimos una sonrisa o el esbozo de una sonrisa. ¿Están bien? ¿Están satisfechos? ¿Han tenido sexo? ¿Están conformes con su vida?

Miércoles, 28 de enero. No sigamos con las conjeturas. Esos jóvenes que hemos entrevisto son los protagonistas de Revolutionary Road (2008), de Sam Mendes, una película inspirada en la novela homónima (1961) de Richard Yates. Dicha novela fue un éxito rotundo a comienzos de los sesenta. Retrataba y condensaba los sueños y malestares de esposas en tiempos de cambio, de cambio de modelo familiar y en tránsito hacia otra circunstancia existencial. Yates: un novelista que conmocionó a los norteamericanos de los sesenta, alguien que tiene mucho en común con John Updike y que, como éste, trató de la clase media. Updike lo hizo con mayor acidez y sorna. Yates, con dolor y un punto de desesperación. Pero no hemos venido aquí a hablar de novelas americanas, sino de ciertos personajes que, de algún modo, nos resultan reconocibles.
April y Frank Wheeler son una joven pareja a la que vemos en 1955, en la América próspera que crece y que pueblan gentes nacidas cuando el Baby Boom. Residen en Revolutionary Road, un calle ordenada, aireada, monísima, un sitio envidiable de los suburbios adinerados. Ella es una actriz que no ha seguido su carrera, alguien que ha debido reducir su existencia a una condición ancilar: la de ama de casa. Es un caso frecuente en aquella América optimista: numerosas mujeres se tintan el cabello de rubio, desean ser enfáticamente WASP, y destinan sus servicios a la familia ideal a la que todas deben aspirar. Pero no hay sueños que se cumplan: ni los de April, ni los de Frank, que trabaja en las mismas oficinas de la gran empresa en la que ya estuvo su padre. Él es un ejecutivo que, como tantos otros, acuden a su empleo tomando el tren cada día: abandonando, pues, esa urbanización idílica en la que viven. Su esposa permanece allí, cuidando de la propiedad, atendiendo a sus dos hijos, llevándolos al colegio. Disfrutan de bienestar económico y de un porvenir prometedor, como era el futuro de aquel tiempo remoto. Pero April, angustiada e inquieta, despierta en el marido la necesidad de seguir soñando, de cumplir los propósitos de su primera juventud. Ambos deciden dejarlo todo para marchar a París, ese lugar en el que Frank había peleado cuando la guerra europea.
Miércoles 28 de enero. No quiero seguir detallando lo que el espectador puede ver. Quiero concluir de otro modo. El mundo se desmorona y los personajes carecen de referentes en los que inspirarse. Si se fijan: esa familia que vemos en la foto del costado da miedo. Como tantas otras. Observen los ojos de todos ellos. El niño tiene un rostro travieso y extraviado. El padre nos lanza una mirada tierna y solicitante. La niña, que padece un leve estrabismo, está muerta de miedo: como pidiendo auxilio. Y la madre…, pues la madre afecta simpatía y bienestar. Miren sus ojos: parecen los de un avenado. ¿Y qué me dicen de su sonrisa? Produce estupor. Revolutionary Road es una novela escrita a comienzos de los sesenta ambientada –como decía– a mediados de los cincuenta: en concreto, es un retrato del ama de casa insatisfecha. Es de Yates: no de John Updike. Es de Yates, no de Betty Friedan. La mística de la feminidad es efectivamente posterior: de 1963, en concreto. Sobre ese clásico del feminismo escribió Francisco Fuster en fecha reciente.
Hacia 1960, muy pocas mujeres cuestionan el estereotipo del ama de casa y Jackie Kennedy, por ejemplo, será un referente atractivo e inquietante cuyo interés se multiplica: por un lado expresa rebelde insatisfacción y, por otro, es exactamente una modélica ama de casa. Es también en 196o cuando empieza la comercialización de la píldora…
Pero regresemos a 1955. Es en esa fecha cuando se estrena Rebelde sin causa, con James Dean. Los jóvenes se sublevan pero no saben por qué ni contra qué. Quieren realizar sus sueños y buscan una satisfacción desesperada: para esas fechas, el
propio Elvis Presley está a punto de publicar su primer álbum. Es un hijo de la clase obrera, un tipo al que le gusta cantar, alguien que ha educado su voz en el gospel y la música negra. Aparte de triunfar en la canción tiene algunas ambiciones: disponer de bienes materiales (una casa, un Cadillac, etcétera) y compartir su vida con una chica decente, casarse y formar una familia sin apreturas. ¿Pero qué vida es ésa?
Jueves, 29 de enero. La contestación no se dio en la década siguiente, sino que se sigue dando año tras año. ¿Qué es un buen marido? ¿Qué es una buena esposa? La película clasifica en celdillas a sus personajes, los aprisiona para convertir en tragedia su inmovilidad social, su fatalidad. Creo que eso es perfectamente verosímil a comienzos de los años sesenta (que es cuando debió hacerse la adaptación cinematográfica); en 2008, es un ejercicio arqueológico o histórico fríamente realizado que nos permite ver el pasado con alivio, con distancia, con compensación. El dolor de April nos conmueve. El desconcierto de su esposo, también. Pero son seres de otro tiempo interpretados por bellos y famosos de hoy, personajes que intervienen con denuedo y con sobreesfuerzo, evocando quizá el método del Actor’s Studio. Salimos enteros de la sala y respiramos aliviados. Pero a pesar de todo, a pesar de que ya no vivimos igual, seguimos teniendo nuestras propias celdillas: nosotros aún no nos hemos librado, cosa que no nos dice el film.

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