La doctrina del fascismo. Las jornadas a las que he asistido en el TEA (Tenerife Espacio de Artes) han sido interesantes y provechosas. Es una iniciativa bien pensada y mejor resuelta por sus responsables, Javier González de Durana y Emilio Ramal. Durante tres días hemos reflexionado sobre lo que queda del Franquismo, sobre los vestigios urbanos y artísticos del Régimen. ¿Qué se puede hacer con las placas del callejero, con los rótulos del nomenclátor, con la estatuaria que aún ocupa el espacio público? ¿Cómo podemos cargar con todo ello? ¿Cómo ajustamos artes y cuentas? No les voy a transcribir mi conferencia, que sería algo académico y probablemente tedioso. Sólo les recordaré que era una pesquisa microhistórica, una indagación acerca del presente, de ciertos restos materiales del pasado que todavía subsisten. Lo que nos rodea dura, vaya si dura, y eso que nos circunda pregona lo que fue y ya no es: aparentemente ya no es. Debemos aprender a mirar y a establecer conexiones inesperadas entre los restos, entre los documentos y los monumentos. Pero fundamentando, eso sí, nuestra operación: documentándola. De esas relaciones quizá podamos obtener finalmente un conocimiento.
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Les proporcionaré algunas pistas. El título de las jornadas, ya saben, era Ajuste de Artes y Cuentas. En mi conferencia de apertura, en mi intervención inicial, ponía en relación dos objetos, dos artefactos materiales que en principio nada tienen que ver entre sí, un libro y una estatua: el ejemplar de un volumen italiano de 1935 (1932) y la copia de una estatua española de 1964. De un lado, La dottrina del fascismo, de Benito Mussolini, Milán, reedición de Ulrico Hoepli, 1935; de otro, la Estatua ecuestre del general Francisco Franco, reproducción de la obra de José Capuz, datada en 1964. ¿Hay algún camino que lleve de una a la otra? Son dos artefactos materiales distintos y distantes realizados en soportes diferentes, dos restos de un pasado que se hallan en Valencia. Ahora bien, puestos de consuno a partir de un indicio menor revelan mucho del franquismo.
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Leí por primera vez la obra de Mussolini en una edición distinta. Me dejé llevar por la comodidad: ya que en la Biblioteca de la Universidad había una edición en español del libro mussoliniano, quise enterarme primero en castellano. Leí ese ejemplar, pues. Era también de 1935, publicado por Vallecchi Editore en Florencia: un ejemplar, repito, en castellano. Cuando me documenté sobre dicha obra, advertí varias cosas. La primera, obvia, la rareza de su edición española en Florencia, hecha sin duda para difundir las ideas del Duce. En la confrontación política del siglo no son extrañas estas publicaciones para extranjeros… La segunda cosa en la que reparé fue la simultánea publicación en otros sellos italianos: en Editore Ulrico Hoepli, de Milán, que me apresté a leer para confirmar o desmentir lo ya verificado en castellano. La obra del Duce no se editaba en exclusividad y en todo caso era una gracia que se concedía a distintos sellos afines. En 1935, Ulrico Hoepli se sentía muy orgullo de añadir este título a sus fondos: «Il primo volume della nuova ‘Collezione Hoepli’ è destinato al Fascismo ed è motivo d’orgoglio per l’editore il potervi ripubblicare lo scritto fondamentale del DUCE», indicaba. «L’editore si augura di avere realizzato in questo volume, accessibile ai piú, il vademecum degli Italiani nuovi».
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La tercera cosa que en su momento descubrí fue el origen de este opúsculo: el texto procedía de la voz «Fascismo» de la Enciclopedia Italiana, que comenzó a publicarse en 1932. Los majestuosos volúmenes de esa enciclopedia se hallan también entre los fondos de la biblioteca de mi Universidad. Podía hacerme una idea cabal de sus contenidos sin necesidad de desplazarme. Un libro no es sólo un texto, sino un contexto y unos paratextos que dan sentido y circunstancia a lo que estamos leyendo.
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En principio, la doctrina del fascismo que aparece reflejada en las distintas ediciones –en ésta, en ésa o en aquella otra– no varía básicamente: no es más que un compendio de las concepciones mussolinianas, claro. Pero un compendio debido básicamente a Giovanni Gentile, el filósofo cortesano del Duce. Resume ideas de la primera etapa del fascismo, el régimen anterior a las leyes raciales de 1938, pues. Es un sistema en el que la raza carece de toda importancia. El Estado es el elemento constitutivo de lo real: el Estado es el principal artista, el genuino creador. Fascismo es doctrina política y es pensamiento, es obrar y es conocimiento: intuición, filosofía, construcción lógica y fe. En definitiva, una concepción orgánica del mundo que tiene el Estado como centro: la institución política pone orden, supera los conflictos y las luchas y crea propiamente la nación (cosa que no aceptará el ideario nazi). La totalidad estatal es la que permite expresar al individuo y, por eso, el fascismo es contrario a toda forma de individualismo y a toda manifestación ilustrada, liberal, socialista o democrática. Son cosas archisabidas cuyo pormenor erudito les ahorro, pero que conviene retenerlas. Ya digo que tuve la suerte de poder leer estas distintas ediciones de La dottrina del fascismo sin moverme de mi ciudad.
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La estatua ecuestre del general Francisco Franco. Y ahora cierro el libro para preguntarme cómo es posible llegar a la estatua de Franco, esa misma a la que antes aludía. Permítanme un poco de historia menor. El 27 de abril de 1979, el Ayuntamiento de Valencia, presidido por su alcalde Ricard Pérez Casado, acordaba en pleno y por unanimidad retirar toda la simbología franquista aún existente en las calles de la población. Meses después, el 11 de enero de 1980, una moción aprobada por el consistorio ordenaba retirar «el conjunto escultural con estatua ecuestre del general Francisco Franco» de la Plaza principal de la ciudad (actual Plaza del Ayuntamiento, entonces Plaza del País Valencià, anteriormente Plaza del Caudillo). De entre los emplazamientos posibles se acordaba destinarla al Museo Histórico Municipal. La ejecución de esas decisiones se demoró durante varios años. En septiembre de 1983 era finalmente retirado el conjunto escultural para ubicarlo en el Patio de Armas de la Capitanía General de la III Región Militar: hoy, Claustro del Cuartel General de la Fuerza de Maniobra. Allí se encuentra en estos momentos, ajeno al discurrir cotidiano de la ciudad, invisible.
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Desde entonces caminamos aliviados por la Plaza del Ayuntamiento: no tenemos que soportar la ignominia de su imagen, ese homenaje al dictador. ¿Qué fue lo que la sustituyó? Para no convertir ese lugar en santuario franquista o en lugar de memoria, las autoridades municipales dejaron un espacio vacío, un jardincillo. Era como una amputación, probablemente necesaria. Transcurrido un tiempo, los nuevos munícipes del Partido Popular decidieron rellenar ese espacio vacío con una nueva estatua de Francesc de Vinatea, héroe foral. De entrada parece una decisión sensata: un personaje del pasado que no molesta y del que sentirse orgullosos. Creo, sin embargo, que no es una decisión acertada: desde luego no defiendo una vuelta de Franco a su plaza, sino la edificación de un memorial que allí, justamente en el lugar en que estuvo la estatua, permita rememorar y saber. Probablemente ya es tarde porque los objetos se adueñan del espacio urbano perpetuándose. Vinatea ya forma parte de ese paisaje obvio de la plaza.
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No obstante, hemos de admitir que el traslado de Franco supuso una amputación que nos deja la conciencia tranquila. Pero… el espacio urbano ha de pregonar su pasado. Los monumentos han sido una obsesión moderna: desde el Ochocientos, el Estado-nación rinde homenaje a sus héroes para dotarse de legitimidad, de continuidad, de base, héroes que muy frecuentemente se relacionan con hechos de armas, con triunfos militares, con batallas. Los jóvenes actuales pueden transitar por la actual Plaza del Ayuntamiento sin saber nada o sin sentirse molestos. A la larga, la retirada de la estatua y la nula alusión a Franco provocan un efecto de vacío, un espacio inocuo y sin referencias…
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Adolfo Rincón de Arellano fue alcalde de Valencia entre 1958 y 1969. Se convirtió en primera autoridad municipal después de la riada de Valencia de 1957 y tras los desacuerdos políticos entre el anterior alcalde (Tomás Trénor Azcárraga) y el Gobierno de Francisco Franco. Para entonces, Rincón de Arellano era un médico prestigioso y ya maduro, un cardiólogo que había ampliado estudios en la Roma de los años treinta. Fue en ese momento, durante dicha estancia, cuando descubre el fascismo en todo su esplendor y convicción. Fue también, entonces, en 1933, cuando José Antonio Primo de Rivera lo nombra Jefe Regional de Falange Española en Valencia. En 1939, ya sin el Fundador, Franco lo confirma como Jefe Provincial de FET de las JONS. Es camisa vieja, un azul. La designación de Rincón de Arellano como alcalde en 1958 da fuerzas al sector falangista, justamente en un momento en que España experimentaba una apertura levísima con el ascenso del Opus Dei, un sector político que Rincón de Arellano siempre observará con animadversión de viejo falangista.
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En 1964, el escultor valenciano José Capuz realiza una estatua ecuestre del general Francisco Franco, una obra que se depositará en los Nuevos Ministerios, en el Paseo de la Castellana (retirada en 2005). Copias de este conjunto escultórico se reclamarán y se sufragarán en distintas ciudades: una de ellas la de Valencia, gracias a su consistorio. Rincón de Arellano homenajeaba al Caudillo y de paso le agradecía lo que Valencia parecía reprochar al Generalísimo: la cicatería gubernamental tras la riada.
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17 de julio. Regreso a La dottrina del fascismo. El ejemplar que yo leí y que está entre los fondos de mi Universidad tiene una anotación sellada y manuscrita, un registro bibliotecario. Es un indicio muy revelador. Dice lo siguiente. «Donat per A. Rincón de Arellano. Data 17 de julio de 1995. Dpt. Història Contemporània 13091«. ¿Una casualidad? Nada es casual en un acto de esta índole. Rincón de Arellano dona sus volúmenes a una institución que le es distante ideológicamente, a un Departamento que tiene un sesgo político muy distinto del que el viejo azul representa. En 1995 han pasado ya sesenta años de la edición de La dottrina del fascismo. Pero, sobre todo, esa fecha de donación, el 17 de julio, no es azarosa: ahora queremos verla como un último o penúltimo sarcasmo del falangista. En aquel momento, quienes llevábamos las adquisiciones de libros y quienes recibíamos las donaciones de fondos bibliográficos éramos Anaclet Pons y yo mismo. Era frecuente que generosos lectores obsequiaran a la Universidad con esas entregas. Rincón de Arellano, el alcalde que agració a Valencia con una copia de la estatua de Franco también quiso donar otra copia, en este caso de La dottrina del fascismo. Un 17 de julio.

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