De qué escribir

boadilladelmonte1. Uno se sienta ante el ordenador con el ánimo de analizar lo que pasa y lo que nos pasa. Uno se informa, lee la prensa y se ata los machos. El resultado es desconcertante. ¿De qué hablo? ¿De la corrupción, de la presunta corrupción, del ex alcalde de Boadilla? Tal vez, podría hablar de esas cosas, pero a la vez pienso que lo significativo de las últimas noticias no es el hecho en sí, semejante a otros que previamente se han desvelado. Lo relevante –ahora, en El País y antes en El Mundo— es el impacto mediático que tiene: las exclusivas o las revelaciones agravan el estado ya comatoso de un partido. ¿Comatoso? Me detengo. Sin duda es una expresión desafortunada, una mala metáfora. Cuando adviertes la calamidad de dicha calificación, te reprimes y decides cambiar de objeto.

darwin2. Pues bien, te dices, hablaré de Charles Darwin. ¿No celebramos el Año Darwin, los doscientos años de su nacimiento y los ciento cincuenta de la publicación de El origen de las especies? Pues eso, adelante. ¿Adelante? Lo pienso y me paralizo. Es una avalancha de informaciones, de especiales periodísticos, de informes, de resúmenes, de parafraseos, de repeticiones. Uno tiene la sensación de hartazgo. ¿Es posible que me hagan detestar la evocación de Darwin? Y yo, ¿qué hago, contribuyo a ella? Estoy releyendo un pequeño volumen que es un prodigio de divulgación. Lo leí por vez primera hace un año. Ahora manejo el mismo ejemplar y añado nuevos subrayados rojos y azules a los rojos que hice en la primera consulta. Janet Browne escribió un maravilloso La historia de ‘El origen de las especies’ de Charles Darwin (2007), que supera con mucho buena parte de las cosas de urgencia que ahora se están escribiendo.  ¿Qué hago? ¿Lo dejo estar, ya que lo conozco? ¿Me remito a los volúmenes que en este momento se editan? Mi Universidad, por ejemplo, contribuye con actos y con libros. ¿Hablo de ellos? Sería lo preceptivo, sin duda. Pero yo sólo quiero regresar a Darwin con inocencia de lector nuevo. Como si el viaje del Beagle empezara ahora. ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Regresar a unos textos como si nada supiera de ellos?

3. losgirasolesciegosDejo a Darwin de momento y me acuerdo del texto que en unos días debo escribir fuera del blog. O, mejor, reescribir. Es una ponencia sobre Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, que presenté en los cursos de verano que organiza en Teruel la Universidad de Zaragoza. Fue en 2007. La escribí entonces y, en principio, me bastaría con releerla y ya está. Pero hay algo que me lo impide: no he visto aún la versión cinematográfica de dicha obra. Tengo copia en casa, pero todavía no me animo a verla. ¿Por qué? Porque estoy releyendo el libro, ya muy manoseado y subrayado. Quiero dejarme impresionar por la lectura. Como si fuera la primera vez que leo dicha historia. ¿La primera vez? Pues sí, hay algo parecido. Sigo ampliando los subrayados a lápiz y a boli que hago sobre el texto. Pero mi ejemplar es el antiguo, el único del que dispongo. Tiene la cubierta original: con una fotografía de la Hulton-Deutsch Collection que ahora el editor español ha sustituido por un fotograma de la película. Detesto esa costumbre de Anagrama. Sus bellas cubiertas sufren una modificación si hay un film de éxito que acompaña. Es una fea costumbre, insisto. Condiciona mercantilmente la obra: permítanme ser tan inocente aún. Pero digo esto y a la vez me corrijo. No puedo escapar de la versión cinematográfica que me ata. De hecho, debo releer el libro de Méndez para después ver la película. ¿O era al revés? El caso es que escribo y me detengo. Vaya día.

reinavictoria4. “¿Cuándo empezaron los victorianos a considerarse victorianos y a usar esta palabra como un adjetivo que describía la época en que vivían?”, se pregunta David Newsome. “Al parecer fue alrededor de 1851, el año de la Gran Exposición, catorce años después del ascenso de la reina al trono”, se responde el autor en su libro El mundo según los victorianos. Y prosigue: “no obstante, si las mentes más perspicaces del siglo XIX tenían la firme convicción de que su época tenían un carácter distinto de todo aquello que la había precedido, y de que también era distinta en su modo de responder a los retos propios de su tiempo, esto suscitaba una serie de preguntas que no podían ignorarse. ¿Cómo había sucedido, y cuándo? Más aún, ¿cuál sería su fin?”
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 Anaclet Pons y yo hemos sido encargados para comisariar una exposición histórica. Llevamos meses con ello… A partir de los fondos fotográficos de  una familia distinguida, una familia de origen irlandés afincada en Valencia, hemos de reconstruir su entorno, sus formas de vida, sus modos de percibir la realidad, su realidad, sus negocios y su ocio: aquí y en Gran Bretaña. Debemos detenernos a principios del siglo XX, hacia 1909, justamente cuando ya había acabado la época victoriana y justamente también cuando una Exposición pública en Valencia ponía fin a su mundo: el mundo de ayer, ese Ochocientos burgués de caballeros refinados y de damas respetables.
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La Exposición valenciana de 1909 es el motivo de partida para aventurarnos en otra época anterior, la de la Exposición Universal de Londres, por ejemplo. Si los victorianos empezaron a llamarse victorianos hacia 1851, coincidiendo con la Great Exhibition, ¿cuándo dejaron de calificarse así? ¿Cuando la muerte de la Reina Victoria? La Exposición valenciana de 1909  nos permite remontarnos en el tiempo para mostrar lo que fue la vida burguesa antes de la Gran Guerra, esa vida que sufrió distintas convulsiones: desde Darwin hasta Jack El Destripador, por ejemplo. Pero también el comercio y sus crisis, el capitalismo y sus contradicciones culturales. Nuestro viaje es en el tiempo y en espacio, a la Valencia de otros momentos, y nos permite ver las diferencias que nos distancian, ese abismo de sentido que nos separa. La muestra se inaugurará en mayo, tenemos colaboradores de lujo –amigos de este blog incluso– y los textos del catálogo están prácticamente acabados.
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¿De qué escribir?, me preguntaba. Pues rápidamente me respondo: de lo que te obliga a salir de ti, de lo que te exige leer, averiguar y examinar comportamientos que no son un calco de los tuyos. La historia no es espejo ni reproducción de lo actual. Tampoco es confirmación presente de lo que hoy ocurre. Menos aún es repetición de lo que se sabe o se cree saber. Los historiadores no deben celebrar o conmemorar los números redondos, el prodigio en que nos hemos convertido. Deben, por el contrario, aprovechar las celebraciones públicas para escribir de lo que los contemporáneos no siempre esperan o de aquello que les incomoda. Pero digo esto y me detengo otra vez. He de leer originales de catálogo que hemos de editar. Y tengo que leerlos como si no supiera nada, como si yo fuera otra vez el lector inocente que espera entender lo que de entrada ignora. Como dice Juan Antonio Millón. Los textos me han de descubrir lo que el destinatario común todavía ha de comprender.
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25 comments

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  1. el náuGrafo laportiano

    Hoy, ojeando una revista, QuéLeer, he pensado algo parecido. Como cierto hartazgo de lo fragmentario, de la inmersión breve en las cosas. Luego, en cambio, he leído feliz El País, comiendo en un chino, aunque reconozco que los temas más banales y algo del morboso declive de la credibilidad de Espe. Curioso lo del concejal de Deportes, qué tío más hortera, aparte de presunto corruzto.

    La escritura como construcción cada día de un nuevo castillo de arena intelectual, que se desmorona cada vez que pasa la ola del tiempo lo echa por tierra…. Ánimo!

  2. Marisa Bou

    Bueno, Justo: yo he hecho “justo” lo contrario. Ví la película, pero no he leído el libro. No es que no tenga ganas de leerlo, más aún después de haberme impresionado con la película. Para mi desgracia, ni el tiempo ni el dinero me dan para leer todo lo que quisiera. Y si no, que se lo pregunten a Alejandro, al que siempre prometo ir a visitar a la librería… sólo me para el refrán aquel:

    A la fira no vajes
    si no portes diners
    que vorás moltes coses
    i no comprarás res…

  3. Juan Antonio Millón

    Estimado Justo, acabo de leer su nuevo post y veo que él mismo responde a la pregunta que el título plantea: De qué escribir…, pues de la inocencia, del anhelo de inocencia, del sentido de lo primigenio, de la búsqueda de un claro en el bosque. Ante Darwin: “quiero regresar a Darwin con inocencia de lector nuevo”; ante Los girasoles ciegos: “permítanme ser tan inocente aún”; y, finalmente, ante la corrupción política, ¿qué se puede desear sino una idea clara y distinta, cartesiana, que imponga método democrático, por fin, al comportamiento torticero de nuestro real sistema de partidos?

    Con respecto a Darwin, recuerdo las páginas que sobre él escribió Marvin Harris en El desarrollo de la teoría antropológica. Allí recordaba: “Marx compartía con Darwin y con Spencer aquella curiosa fe decimonónica en la capacidad de la violencia y la lucha para provocar un perfeccionamiento social ilimitado….Tras su primera lectura de Origin of species, Marx declaró que constituía “la base científico-natural de las luchas de las clases que gobierna la historia””.

    Item: “Lo que con seguridad puede decirse es que [Darwin] era un determinista racial, que creía que la supervivencia del apto y la eliminación del inepto producía el progreso biológico y cultural y que mostraba una profunda adhesión ideológica al laissez-faire”.

    Perdonen estas impertinentes citas ante tanto encomio y tanto cientifismo reinante.

  4. Pavlova

    Querido Justo, por buena que sea una película (y creo que Los Girasoles… es desigual), siempre se debe ver antes de leer la novela para que no decepcione. Sólo hay una película que puede afrontar con soltura la comparación a la novela: Lo que el viento se llevó. Cuando paren de reír continuaré, jovenzuelos ignorantes. ¡Por San Nicolás de todas las Rusias! Lo que el viento… es una magnífica novela y una milagrosa película que triunfó poco después de pasar yo a peor vida.

    Tampoco he visto yo Los girasoles ciegos; temo que me decepcione por lo que me gusó la novela.

    Buenas noches Pumby. Gracias por su simpatía y sus palabras. Brindo por usted.

  5. Mary Wollstonecraft

    Casi al amanecer y con deseo de ponerme unos guantes de algodón para hacerlo, he ojeado yo un libro tan precioso que da miedo tocarlo. Un libro sobre Albéniz, Don Isaac, que abarca de 1909 a 2009, metido en una carpeta primorosa, junto a un montón de facsímiles de partituras y de cartas; venía envuelto en cinco capas de papel de burbujas y me ha parecido poco para su contenido. Es obra de un hombre que ha dedicado 20 años de su vida a estudiar a Don Isaac, Jacinto Torres y lo ha editado el Ayuntamiento de Madrid. ¡Ay, si tuviera tiempo, yo sí que sabría sobre qué escribir!

    O sobre la lectura a la que he dedicado la tarde: el tomo primero de la correspondencia de Juan Ramón Jiménez, en especial sus cartas amorosas o de desamor. Su carta de ruptura a su primera novia, su prima Blanca, creo que daría para un estudio profundo sobre la repugnante personalidad de ese genio anormal. Pero me siento mal por haber leído cartas personales, algo que siempre me hace dudar y prefiero regresar al silencio de mi bosque.

  6. Ana Serrano

    No pude oírle en Teruel, aunque estaba previsto y me encantaría poder hacerlo en su nueva ponencia sobre esa escalofriante novela. Ya avisará ¿eh? Yo odio, literalmente odio que cambien la portada y más en este caso, cuando era bonita y ahora parece de novela de Corín Tellado.

    Marisa, aunque sea prestada, léala, ande. Le va a encantar.

    ¿Cuando viene a Madrid? Me encantaría ver la exposición de la sombra con ustedes. La de Bacon no, no he ido ni iré. Le pego un enlace a un cometario atípico de esa exposición.

    http://www.elconfidencial.com/cache/2009/02/07/cultiberio_9_atormentada_francis_bacon.html

    Si puede ser, hago coincidir la presentación de la cuarta entrega de mi novela con su estancia en Madrid y no se pueden escapar de asistir. Je, je. No se preocupe que mi perversidad nunca será tanta.

  7. Alejandro Lillo

    Don Justo, vaya plano (municipal, imagino) que nos puesto de Madrid. Todo él color verde “esperanza” y una pequeña manchita “roja” a modo de peca en la comisura de los labios.

    ¿Metáfora de lo que está por llegar? ¿Viviremos para ver coloreada algún día la Comunidad de Madrid en rojo? ¿Se le quitarán a Rita las ganas de vestirse de ídem de lo ídem? (Suspiro)

  8. jserna

    Marisa, Isabel, Ana, gracias por su aliento y apoyo. Una historia llevada al cine deja de ser novela para convertirse en algo bien distinto. Como un documento del Ochocientos, empleado por un historiador, deja de ser una versión para convertirse en testimonio que se contrasta, en la falsilla de un texto posterior. Cuando voy al archivo o leo un libro del pasado, la escritura me encorajina o me entusiasma, de una manera parecida –supongo– a lo que le pasa a Laporte cuando se sienta a redactar. No me deja indiferente, vaya. Me remueve exigiéndome sentido y contexto. Estoy en ello, trazando un mapa verbal, sr. Lillo.

  9. Pumby de Villarabitos

    Disculpadme todos si me alejo un poco, brevemente, del tema literario y doy un brochazo (con mi cola, claro) de ciencia que no de cientifismo, obvio.

    Verás, Juan Antonio, la caspa que le ha caído encima al pobre Darwin es la propia de su decrepitud. El tiempo pasa y lo marchita todo. Tienes razón en lo que dices de él y coincido, sin duda, con Marvin Harris pero no podemos sacar las cosas de su momento e interpretarlas anacrónicamente. Darwin es hijo de su tiempo y su sociedad. Si hoy es bueno, si sigue siendo bueno, es por la base racional de pensamiento que introdujo para interpretar la Naturaleza y por la inteligencia que generó en las generaciones sucesivas de personas sensatas. No lo es por las especulaciones que hizo en su obra, hoy muy superadas.

    Darwin trató de ser prudente, de no precipitarse en sus conclusiones – de sobra conocía la saña de la sociedad victoriana en la que vivió – pero lo hizo. Fue víctima del ambiente intelectual de su tiempo – y ahí se aprecian los elementos que citas tan apropiadamente – y, a posteriori, de su misma fama pues se le han atribuido universalmente principios que él nunca sostuvo en su tiempo. Tal vez el más claro sea aquel que le atribuye la idea de que descendemos del mono. Es falso. Fue Thomas H Huxley en su obra “La lucha por la existencia” quien tuvo la osadía de desdecir a dios, aunque ha sido Darwin quien ha cargado con semejante sambenito.

    Si me permites un inciso, precisamente por lo que dices, nunca como ahora es momento de recuperar la obra de Kropotkin “La ayuda mutua: un factor de evolución” que, escrito como respuesta y alternativa a la obra huxleyana, permite comprender desde la racionalidad la evolución sin necesidad de caer en el simplismo de “la supervivencia del más fuerte” que tan bien le vino a la ideología capitalista.

    Volviendo a Darwin, su importancia, doscientos años después, radica, pues, en la misma esencia racional y universal de su trabajo, no en sus conclusiones personales. Digamos – musicalmente – que fue un excelentísimo lutier pero un mal intérprete. Sin embargo su figura se agranda, especialmente ahora, cuando buena parte de la cristiandad estadounidense cree a pie juntillas en el creacionismo (por más que ahora lo llamen “diseño inteligente”) y el Vaticano comienza a tontear con él olvidando las enseñanzas evolucionistas – y doctrina oficial de la Iglesia tras el Vaticano II – del jesuita Pierre Teilhard de Chardin. Ese renacer de la irracionalidad religiosa es un peligro para la inteligencia de las personas y para la libertad de las sociedades; lo que interesa es que los viejos obscurantismos regresen a la tumba de la que escaparon como zombies de la mano de la Mayoría Moral estadounidense o de los católicos Legionarios de Cristo.

    No confundamos, pues, el cientifismo ramplón de los pardillos con las bases científicas que deben ordenar una sociedad libre.

    Recuerdos para tu señor gato.

    ¡Salud, Pavlova!

  10. Isabel Zarzuela

    No tiene que disculparse, Pumby. A mí me parece muy interesante lo que nos cuenta. ¡Vaya! No sabía que la idea de que descendemos del mono no correspondía originalemente a Darwin…

  11. Juan Antonio Millón

    El sr. Pumby es la más fehaciente prueba de la evolución de las especies y de la idea de la perfectibilidad, de eso no me cabe la menor duda. Lo que quise exponer ante la avalancha de alabanzas, es la crítica que Marvin Harris expuso a la idea de la historiadora Gertrude Himelfarb, según la cual Darwin “no estaba contaminado por ninguna ideología”. A esto es a lo que me refiero cuando aludo al “cintificismo”.

    Leemos en Darwin: “Todo lo que podemos hacer es recordar constantemente que cada ser orgánico está esforzándose por multiplicarse en razón geométrica; que en algún periodo de su vida, en alguna estación del año, en cada generación o a intervalos, todos han de luchar por su vida y sufrir gran destrucción. Cuando pensamos en esta lucha, podemos consolarnos a nosotros mismos con la creencia de que la guerra en la naturaleza no es incesante, que no inspira temor, que la muerte es por lo general rápida, y que el fuerte, el sano, el afortunado sobrevive y se multiplica”.

    Como expuso Ashley Montagu: “Los pocos pasajes en los que Darwin menciona el altruismo y la cooperación proceden exclusivamente de The Descent of man, y aun en las mil páginas de este libro se pierden virtualmente entre las numerosas afirmaciones que resultan estar directa e inequivocamente en contradicción con ellos”.

    Que Darwin “fue hijo de su tiempo y de su sociedad”, como usted dice, no debe llevarnos a señalar los elementos adversos que su obra contiene o a los cuales conlleva. Usted mismo ha aludido al pensamiento anarquista, podríamos aducir otros socialistas que, ya en época de Darwin, aportaban un sesgo bien diferente de la naturaleza humana.

    No todo es experiencia, investigación, laboratorio, en la ciencia…eso que llama usted “conclusiones” son decisivas y ante ellas hemos de reaccionar.

  12. jserna

    ¿De qué escribir?

    Incertidumbre

    Todo semeja falto de totalidad,
    parte o mitad de un ser, aún no cumplido.

    Hospitalaria heredad la que me diste,
    presentida totalidad la que vislumbro.

    Juan Antonio Millón, Paisaje desde el sueño. Valencia, Brosquil, 2007.

  13. Pumby de Villarabitos

    Deberíamos dejar para el siguiente post – que Serna ya ha puesto en marcha (¡cómo corre, el tío!) – los comentarios de éste pero, bueno, por ir cerrando capítulos de un mismo libro, comento sobre alusiones a este minino pensante.

    No, no hay mono. De hecho, la “búsqueda del eslabón perdido” fue el truco intelectual, sucio y rastrero que crearon, mediáticamente, los creacionistas para que los esfuerzos de los evolucionistas (¡cándidos hasta la médula!) se perdieran en ese jardín. Y muchos se perdieron, sin duda. Personas, esfuerzos y continuos fracasos respecto a su objetivo real (encontrar el eslabón perdido) que, no obstante, repercutieron espléndidamente en otra materia científica: la antropología física y en otra humanística: la mal llamada prehistoria. En fin que a los creacionistas les salió el tiro por la culata y los evolucionistas, no sólo confirmaron sus hipótesis y demostraron la falacia del “eslabón perdido”, también incrementaron las áreas de alcance de la Ciencia.

    Sí, Alejandro, anarquismo y evolución ¿dónde está el problema? La evolución es una idea lógica entre los materialistas – y los anarquistas lo son – y más vieja que la tos por más que el pensamiento idealista y el cristiano trataran, secularmente, de taparla. Sin ir más lejos, Anaximandro (s. VII aNE) ya especulaba con la evolución de los seres terrestres a partir de los marinos, pero hay ejemplos a pares: Leucipo, Demócrito, Empédocles, Epicuro, Lucrecia… y si levantamos la nariz de la cultura Occidental descubriremos que, antes, en la India y China ya se contemplaba la evolución como lo más sensato para entender la vida.

    Vale, Juan Antonio, pensé que al aludir al cientifismo te referías a la gente que practica la “ciencia en chancletas” (categoría intelectual que, por no dispersarnos, postpongo para explicar otro día). Por otra parte, no sé de donde induces que por señalar que una persona es hija de si misma respecto a su interacción con sus condicionantes externos debiera, por eso, justificarse lo que ésta hiciese o, en este caso, dijese. Yo no lo hago, al revés, en ello coincido contigo pues, en efecto, eso que yo llamo “conclusiones”, y que son las conclusiones a las que llega Darwin – para eso publica su obra, para exponerlas –, son materia cuestionable, pero no por sus principios materialistas y evolucionistas que las alumbran, sino por lo que le extrañaba a Serna: por su precipitación.

    Ah, y ¡por los pelos de mi bigote! tutéame, me haces sentir como un nudista en una playa confesional. Esto también vale para el resto.

    ¿Incertidumbre? ¿precipitación?… en efecto… Darwin trató de no precipitarse a la hora de publicar sus descubrimientos porque sabía que iban a caer en un medio socio-religioso muy hostil – la sociedad victoriana de la que nos hablaba Serna – y porque era consciente de que sus estudios sólo abrían la puerta a un nuevo conocimiento, por lo tanto, que era algo aun insuficiente. Faltaba el componente empírico masivo, la constatación reiterada, la aportación de nuevas pruebas, el desarrollo de los recursos teconológicos. No se equivocaba. Sólo con el paso de las décadas esas aportaciones confirmaron sus hipótesis. Tal vez no como él las había planteado ni como el poder las había instrumentalizado para su propio beneficio, pero sí en su esencia materialista y evolucionista. Lo que ocurrió fue que Darwin no estaba solo, la impaciencia de alumnos suyos tan destacados como el antes citado Huxley, la provocación constante de los cristianos desde su soberbia de creyentes, el que sus estudios se convirtieran en un circo mediático no sólo británico, mundial (con que miréis una etiqueta antigua del Anís del Mono, veréis una caricatura de Darwin en la botella… ¡hasta la obscura España decimonónica llegó el impacto mediático del darwinismo), forzó una maquinaria que, evidentemente, estaba por rodar, tal como la tozudez de los hechos acumulados en el tiempo confirmó: materialismo, sí; evolucionismo, sí; pero “la ley del más fuerte”, no; la sociedad victoriana, con sus sistema económico acumulativo y sus valores represivos como trasunto de la sociedad “natural”, no.

    Profundicemos, pues, en ello (o demos otras versiones) en el siguiente post.

  14. Fuca

    Está claro que no soy una persona de blogs, demasiado rápidos para mi gusto; a mí me gustan las tertulias, los foros, los lugares en los que cada uno pueda debatir a su ritmo. No creáis que no os leo, eso sí, aprendo con vosotros, los humanos, y también con ese gatiño que se nos coló últimamente en el blog y que dice cosas muy interesantes.

    Sobre este post ya acabado, sólo decir que he leído “Los girasoles ciegos” y visto la película; está claro que son dos lenguajes diferentes, que la película sólo trata de dos de los cuatro relatos que componen el libro, que es mucho mejor el libro que la película. Me parece que soy de las pocas personas a las que no ha entusiasmado este libro, me parecen unos relatos correctos, se leen con interés pero no creo que pasen a la historia de la Literatura. De la película prefiero no hablar; no creo que nadie que haya leído el libro pueda no decepcionarse con la interpretación de Martiño Rivas en su papel de poeta o con papel del curita protagonista… En fin, no coincido en gustos con nuestros contertulios.

    Pavlova citaba “Lo que el viento se llevó” como película que puede afrontar su comparación con la novela; yo aporto otro ejemplo, “Muerte en Venecia; una gran novela, una magnífica película.

  15. Isabel Zarzuela

    También, Fuca, hay películas que superan a las novelas. Como sucedió con El Padrino, ¿no cree?

  16. Pumby de Villarabitos

    Fuca (tu eres gallega ¿no?…), a mi también me aturde tanta velocidad blogera pero, bueno, a falta de un espacio real, relajado y acogedor, este es lo que más se le asemeja… “O tempora, o mores”….

    Eres muy amable considerando que se puede aprender algo de mí, pero lo que este gato pueda enseñar se limita a decir lo que ve de los humanos en sus paseos por los tejados de la ciudad. Creo que teníais un Diablo Cojuelo que hacía algo parecido y un viajero ilustrado que escribía cartas marruecas haciendo otro tanto. Ya ves, ni en eso puedo enseñar. Ahora, no veas cómo aprendo con vosotros…

    Por lo que decías de literatura y cine, abundando en los casos que planteáis la Pavlova (“Lo que el viento se llevó”) y tu (“Muerte en Venecia”) dado que coincido con vuestras opiniones, hago yo mi propia aportación: si consideramos que “El tambor de hojalata” está dividido en tres partes y que la película tomó sólo la primera y aquello de la segunda que le servía para concluir las historias iniciadas en la anterior, la película de Volker Schlöndorff (1979) considero que es otro bonísimo caso de armonía entre ambos universos narrativos.

    En donde he de insistir es en algo que no por más sabido es menos obviado, especialmente por los lectores compulsivos. Me refiero a la diferenciación radical del mundo literario y el cinematográfico. Eso de “el libro es una cosa y la peli otra” debería ser una frase que todos entendiéramos en su forma y fondo literalmente. Como la manzana y la naranja, ambas son frutas pero la primera es una rosácea y la segunda un cítrico: sus valores son independientes entre sí y, por tanto, incomparables. Literatura y cinematografía, tienen cada una su propia forma, lógica y lenguaje aunque ambas nos narren un acontecimiento, incluso, el mismo acontecimiento. No hay “mejor” ni “peor”, nos podrá gustar más o menos cada una de ellas pero nada más.

  17. Arnau Gómez

    ¡Sorprendente!.Darwin desmitificado.
    Apreciado y desconocido Pumby ¿o no eres tan desconocido? ,¡Vaya puntazo!.Si Kant levantara la cabeza………..

  18. Alejandro Lillo

    Perdone mi maldad con lo del anarquismo y el evolucionismo, Pumby, sólo quería provocarle :-)

  19. Fuca

    Estamos de acuerdo, Pumby, “literatura y cinematografía tienen cada una su propia forma, lógica y lenguaje aunque ambas nos narren un acontecimiento, incluso el mismo acontecimiento”. Por ello, no suelo ver películas basadas en obras que me gustan, me suelen decepcionar, a pesar de que tiene razón Isabel, una película puede superar al libro en que se basa. Me gustó la película “El Padrino” pero no leí la novela; igualmente disfruté con “El tambor de hojalata” pero no vi la película; mejor así, no puedo compararlas y evito las interferencias.

    Y sí, Pumby, soy galega y hoy comienza la campaña electoral, la oficial; la otra la llevamos sufriendo desde hace varios meses. Feijoo contra Touriño y Quintana, por ahora las encuestas dicen que están casi empatados. Tenemos que votar entre lo malo y lo menos malo, es triste pero es así; ¡no hay otra opción!

  20. Marisa Bou

    Pues sí, Arnau: a mí Pumby también se me hace familiar. ¿Porqué será? ¡Chi lo sa!

    Fuca, suerte con las elecciones. Espero que salga lo “menos malo”, aunque viniendo de mí, suena tendencioso…;-)

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