1. Penitencia. Siempre que hay elecciones leo al menos un libro político. Es como una penitencia. O como una purga. Me impongo sacrificios para penar: ya que no escucho a los candidatos al menos me intereso por el sistema democrático. En los pasados comicios estadounidenses me hice con los dos libros de Barack Obama y sobre ellos escribí en el blog. Creo que fue el modo de no tener que averiguar qué había dicho el candidato aquí o allí: en Oklahoma, en California o en Florida.
Insisto en que es un modo de reparar lo que tal vez veo como una culpa personal: no leer los programas. ¿Y por qué no leo programas? Pues hay más. En campaña, las intervenciones de los candidatos también suelen aburrirme. Salvo en el caso de Obama, cuyos discursos más sobresalientes leí en un volumen editado por editorial de La Vanguardia. Lo normal, sin embargo, es que me cansen las declaraciones y que las evite fijándome en algún detalle menor: en sus poses, en la representación. O no tan menor.
No es una conducta mía de la que esté especialmente satisfecho. Simplemente es la actitud del ciudadano harto. Ustedes me perdonarán. Aún recuerdo la cháchara vacía de un postulante autonómico llamado González Pons. Escribí un artículo en donde mostraba mi hartazón. Ya la había mostrado anteriormente, cuando analizaba el blog del candidato: qué maneras. Las promesas que nos ofrece son desconcertantes. En campaña o fuera de ella: para llorar o para salir huyendo. Pero no, no se vayan: aún pueden echar un vistazo a las bellas palabras del actual portavoz popular, a su puesta en escena. Es más: creo que ese candidato escribe poemas en sms. O eso he leído.
2. Democracia. Pero cambio, que me pierdo. Tampoco es que recomiende la conducta del desinterés. ¿Qué sería de nosotros con votantes totalmente ajenos a los programas? No, por favor, interésense y voten. Pero permítanme curarme los empachos a mi manera, con la misma medicina: imponiéndome la penitencia de leer algún volumen que me haga pensar o repensar sobre las elecciones, sobre la política, sobre la democracia. Así ha sido ahora. He leído La democracia en treinta lecciones (2009). Me ha irritado. Aún me dura la inflamación. Veamos mis irritaciones.
La primera es eso de las lecciones. Que los académicos desciendan del Olimpo para repartir su saber a manos llenas, que rotulen así sus intervenciones, me incomoda. Oh, nos decimos. Deberíamos estarles agradecidos por su generosidad. Giovanni Sartori lleva ya unos años escribiendo panfletos ocurrentes y provocadores que tienen más éxito que sus librotes académicos. ¿Pero qué expresión es ésa? «Siempre me he ocupado y precupado de la democracia, pero siempre con librotes», admite al principio de su nuevo librito. Porque es eso, un librito que resume sus posiciones de los últimos años. Así como hay grandes sintetizadores, hay grandes simplificadores. El Sartori de los panfletos simplifica procurando agitar. Eso no siempre es sensato. He insistido en esta faceta de Sartori.
La segunda irritación que me provoca este librito, que es el más prudente de los últimos que ha escrito, es la incongruencia de su autor: Sartori se muestra incoherente con lo que él mismo ha defendido en otros textos. En principio, el volumen resulta moderado si lo comparamos con Homo videns (1998), primera obra de combate que publicó Sartori: en aquel librito arremetía sin más contra la televisión, contra la imagen, recurso técnico que –a su juicio– impide el pensamiento. La democracia en treinta lecciones fue una emisión de la RAI antes de convertirse en libro. Entonces, aplicando aquella tesis, ¿deberíamos concluir que sus clases televisivas atontaban o activaban el pensamiento? Si sus lecciones eran emisiones de cuatro minutos, ¿deberíamos tolerarle parlamentos tan cortos, que era lo que el medio le impuso? ¿De verdad en cuatro minutos se puede decir algo razonable sobre el choque de civilizaciones, por ejemplo?
La tercera irritación que este volumen me produce es la circunstancia, la presentación, el autobombo. No puedo dejar de convenir con Sartori en su oposición a Silvio Berlusconi, actitud que nos lo hace simpático. Relativamente simpático. Pero el politólogo alardea de ser políticamente incorrecto. De manera esforzada, enfática. Estamos rodeados de gentes que se ufanan con la incorrección política: pero esa postura es sólo una pose para exhibir coraje en un contexto que no es arriesgado. «La fama, el éxito, los premios van casi siempre a parar a manos de los que husmean el viento de lo políticamente correcto», dice en la página 91. Los condena, pues. Según eso, Sartori sería lo contrario y no habría recibido premios. O casi no habría recibido premios. Pero, bien mirado, no es el caso. ¿Cuándo hemos de lamentar un galardón? ¿Cuando premian a quienes no nos gustan?
Hay un cuarto reproche que hacerle a Sartori: su ideologismo. Me explicaré. Dice condenar el ideologismo –así lo llama– como enfermedad de nuestro tiempo. Más precisamente: «el ideologismo», dice, «habitúa a la gente a no pensar, es el opio de la mente». ¿Qué es? «Es también una máquina de guerra concebida para agredir y ‘silenciar’ el pensamiento ajeno». Habla de la ideología. Y habla, en fin, de un fenómeno general y patológico de la edad contemporánea. Desde su punto de vista, toda ideología impide razonar y es una forma de sectarismo, de ariete contra los otros. Sin duda, es una simplificación abusiva. ¿Por qué razón? Que haya elementos desechables en toda ideología no significa que todos sus componentes sean funestos. Que muchos padezcan alguna forma de sectarismo eso no hace bueno a quien formula dicha denuncia. Sartori cree estar libre de ese mal y, por tanto, no percibe el sesgo propio. Justamente, lo propio de la creencia ideológica. Por eso, es capaz de vituperar al contrario, que en este caso puede ser, por ejemplo, Amartya Sen. Los libros de Sartori son empeñosos ejercicios de ideología que no se reconocen como tales. Por supuesto, entre sus páginas siempre hay ideas que pueden compartirse y análisis más o menos convincentes. Pero todo ello está expresado con una retórica campanuda, retumbante.
3. Resultados. Abstención. Al final, todo lo que Sartori dice se justifica por lo que los ciudadanos hacen o dejan de hacer. Quiero decir: según él, la democracia es un sistema admirable, pero se basa en mecanismo formal que no funciona o que amenaza con estropearse. «¿La democracia está en peligro?», se pregunta. «Me temo que tengo que responder que, a largo plazo, sí», contesta. Repasen esa frase: tiene truco. ¿Cuándo deberemos dar por confirmada o descartada dicha respuesta? El futuro –que es muy largo– proveerá. Es como el referendum que los perdedores siempre convocan. Alguna vez nos darán la razón. Pues lo mismo: si un politólogo confía en el porvenir para ver corroborado su diagnóstico, entonces siempre acabará por tener razón. Algún día, la marcha del mundo confirmará sus vaticinios.
«La democracia es una ‘gran generosidad’, porque para la gestión y la creación de la buena ciudad confía en sus ciudadanos», dice Sartori. «Pero los estudios sobre la opinión pública ponen en evidencia que esos ciudadanos lo son poco, dado que a menudo carecen de interés, que ni siquiera van a votar, que no están mínimamente informados. Por tanto, decir que la democracia es una gran generosidad subraya que la democracia siempre está potencialmente en peligro», concluye Sartori. Ah, vaya. Si los resultados nos confirman, entonces aceptamos el diagnóstico electoral. Si los votos nos desmienten, entonces rechazamos el juicio. Si los electores no acuden, entonces les echamos la culpa. Total, el veredicto de Sartori concluye en el «hombre-masa» de José Ortega y Gasset. «¿Quién es ese tipo? Es un niño malcriado e ingrato que recibe en herencia unos beneficios que no merece y que, por consiguiente, no aprecia». ¿Tanto esfuerzo politológico para llegar a los años treinta? ¿Ésa es la conclusión de Sartori? ¿Repudiar al ciudadano abstencionista?
4. Colofón…

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