Uno. Qué curioso. En cierto sentido, ser historiador te enajena. Te hace revivir un pasado que no existe: no existe porque propiamente no puedes residir en él. De ese tiempo pretérito sólo quedan restos materiales en la ciudad que pisas, en los textos que consultas, en las fotos que contemplas, en los libros que lees, en las transmisiones generacionales. Pero ese pasado no es tuyo y, por ello, si quieres ser riguroso intentas recrearlo documentada e cuidadosamente, con cierta aprensión, sin nostalgias reparadoras. Sientes que la sobresaturación histórica –al decir de Friedrich Nietzsche–, que la presencia de lo remoto, te agosta, te incapacita. Sientes, en fin, que no puedes exaltar retrospectivamente lo pretérito. No basta con proclamas ni con un pasado embellecido. ¿Entonces?
Dos. Debes contrastar el presente con el pasado. ¿En qué hemos mejorado? ¿Qué nos distancia? Cada vez que regreso a Madrid. El advenimiento de la República (1933) siento interés y malestar, una sensación ambivalente. Por un lado, envidio la prosa resuelta de Josep Pla, esa crónica hecha en tiempo presente de acontecimientos que son históricos y menudos: esa impresión de microhistoria, de relato madrileño, cortesano y municipal. Pla describe, vaya si describe. Pero también testifica y enjuicia. Por otro lado, me molesta el tono sarcástico que es su estilo habitual, esa socarronería de quien cree ver mejor, de quien generaliza basándose en el detalle. Pla dictamina porque se sabe al final. O eso piensa. Cuando es joven, porque lo es; y cuando es viejo, porque lo es. Sus tajantes juicios son los propios de quien siempre cree estar en lo cierto. Tantea, pero es expeditivo.
Después de un agitado día, anota el 14 de abril lo siguiente: «Me siento en un sillón del hall y no sé por qué razón, quizá por el propio cansancio, pienso en los libros que he leído sobre España, libros que, según me aventuraron, eran buenos, elaborados por los más agudos observadores nacionales y extranjeros de este país. En general, todos estos libros dicen lo mismo. España, dicen estos papeles, es una cosa inmóvil. La Monarquía es una situación eterna. La duración de esta monarquía está garantizada, primero, por el Ejército y la Marina, que es una llave intocable. Luego, por el latifundismo del sur, de Andalucía y Extremadura. Luego, por la Iglesia católica, apostólica y romana, por la que los españoles sienten una adoración viva, activa, pintoresca e indispensable. Luego, porque el dinero es monárquico. Luego, aún, porque la industrialización es incipiente, porque el orden público es fácil y porque la clase media es rabiosamente monáqrquica… Y gran parte del pueblo, también…
«Ahora bien, en el día de hoy, 14 de abril, todas las impresionantes columnas del templo inmóvil se han derrumbado. Me vienen tales ganas de reír que, si no estuviera tan cansado, si el día no hubiera sido tan ajetreado, estas ganas serían aún más abundantes. ¡Cómo han envejecido los observadores de España! El día de hoy los ha convertido en insoportables gagás. Los viejos –ya se sabe– son los más hiperbólicos, los que más mienten. Lo deben de hacer por tradición, ¡pues han mentido tanto! ¡Qué inseguridades más curiosas tiene la vida! De ahora en adelante, ¿qué vamos a leer sobre España?» Eso mismo. ¿Qué vamos a leer sobre España?, decía Pla el 14 de abril. Con suficiencia, con error.
Por pereza leo ahora la versión castellana que de este libro publicó Xavier Pericay. En general, es una traducción correcta, salvo algún catalanismo (que se le puede perdonar): «Ayuso es un federal de toda la vida que lleva capa en invierno y hace de profesor de griego». Se le puede disculpar, claro: es de una precisión finísima eso de «hacer de profesor…» Por otra parte, el propio Pla, ya maduro, llegó a catalanear con ostentación y desmesura cuando escribía en español. Como Joan Fuster. Punto y aparte. Regreso al 14 de abril.
«El nuevo régimen quiere hacer muchas cosas, probablemente porque se siente obligado a ello por las elecciones», escribe Pla en mayo de 1932. «Yo, personalmente, siempre he creído que una cosa es la teoría, siempre hiperbólica, y otra la práctica –que siempre es difícil y requiere una gran vitalidad–. A pesar de mi extrema juventud», añade con énfasis ostentoso, «he oído hablar en esta tierra –en cafés, academias, libros, etcétera– de tantas teorías que, para no molestar a los intelectuales, no voy a referirme al asco que estas elucubraciones han producido en mí. Yo soy un hombre que tiende a dar una importancia decisiva a la práctica». Vaya.
Ése es el estilo del hombre, cierto. La descripción que hago, el detalle que destaco, el juicio que formulo y la calificación que aventuro –podríamos decir de Pla– son obra de un observador agudo e irónico que juega a ser cínico. El cinismo no es indiferencia ante la suerte de los demás; tampoco es irresponsabilidad ante los actos propios. Aquí, jugar a ser cínico es afectar una pose enfáticamente descreída para escribir y describir, si es que eso es posible. ¿Y Josep Pla y Francesc Cambó? ¿Por qué no nos habla de sus relaciones, del trabajo en La Veu de Catalunya? Cuando Pla observa esa República naciente, el periodista catalán no es un intelectual sin ataduras. Madrid, esa crónica en forma de dietario, es un espléndido ejercicio de observación… sobre Jose Pla, sobre sus manías y sus reservas. A pesar de que aún es joven, escribe como un anciano escéptico, incrédulo, distante: sabiéndose con experiencia y generalizando sobre lo que ve o sobre lo que vive. Con sarcasmos dolidos.
Algún día habrá que examinar con precisión histórica y esmero filológico lo que Pla escribe sobre la República. Eso me iba diciendo. Estaba pensando en dichas cosas, justamente, cuando de repente veo Josep Pla y el viejo periodismo (2009), de Xavier Pericay. Qué casualidad. Estaba yo tratando este asunto en el blog y, de repente, un nuevo libro de Pericay me obliga a repensar en ello, a abordar estas cosas en otro post. Desde luego lo dejo para mejor ocasión: para un momento en que yo haya podido leer este texto y para un momento en que haya recobrado mayor lucidez. Ahora toy asfixiao. Habrá controversia en dicha obra. Ya oigo la voz de Xavier Pericay. Y la de Arcadi Espada al fondo…
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