1.
Déjà vu. A falta de experiencia propiamente humana y directa, la historia, la literatura, el cine nos sirven para conocer a los individuos. Las personas nos revestimos con una máscara protectora, nuestro perfil o nuestro rostro más favorecedores, y en público ensayamos los ademanes que nos embellecen o nos mejoran. Al carecer de datos abundantes, tendemos a tipificar a nuestros contemporáneos según modelos reconocibles que proceden de las novelas, de las películas, de las biografías. Por los mass media circula un copioso muestrario de individuos a los que conocemos superficialmente. Por eso, nos valemos de esquemas narrativos en los que encajamos a esos protagonistas, egregias figuras y personajes folletinescos en situaciones corrientes o extremas.
Gracias a Alejandro Lillo leo a un autor japonés del que lo ignoraba todo. Es Yasutaka Tsutsui. Su libro Estoy desnudo (2009) es absolutamente descacharrante. Peca de ordinario, sí, pero qué quieren: es un lenitivo en mi estado. La verdad es que Tsutsui está entre el absurdo y el humor grueso, incluso muy grueso: apocalíptico y escatológico. Y no me refiero al fin del mundo o al cese de los tiempos: me refiero a los apretones de vientre que padece un yuppie en apuros o las aventuras de un fotógrafo cosmopolita en una isla desierta. Los relatos se suceden como en un grand guignol de nuestros días. Y, así, lo que puede ir mal finalmente empeora. No sé por qué pero Tsutsui me ha hecho recordar una versión oriental de Tom Sharpe. En el autor inglés, el patoso Wilt y tantos otros de sus personajes se ven envueltos en situaciones totalmente ridículas y patéticas, en parte porque ellos mismos las han provocado…
2. Mandamases trágicos. Me preguntaba en qué medida la literatura del absurdo nos sirve para entender lo que está pasando en la política local. ¿A qué personaje nos recuerda el President cuando entra en el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana? Minutos después, cuando sale del recinto repartiendo saludos y sonrisas, ¿en quién se ha convertido? No sé si es un héroe en horas bajas o un césar malherido que reúne a sus milicias. ¿O, acaso, es aquel héroe galo que se oponía a todo un imperio?
Pero dejemos de momento a los mandamases trágicos de otro tiempo, de las épocas remotas, para regresar al mundo ordinario. La ficción nos sirve, ya digo, para inspirarnos. Leyendo esta o aquella novela o viendo esta o aquella película, descubrimos personajes más o menos duraderos, caracteres que luego no olvidamos, ciertamente: tipos humanos que tienen un gran parecido a personas con quienes después nos tropiezamos o a quienes más tarde distinguimos veladamente. Con los restos, con los tics, con los rasgos de aquellos personajes damos sentido a los múltiples individuos con quienes tratamos superficialmente. Creemos reconocer aquel carácter o al menos ciertos elementos de su conducta.
Lo nuestro es un tanteo descriptivo, una forma de hallar calcos evidentes, remedos exactos o repeticiones cercanas. Y así vamos tirando. En buena medida, la vida se nos consume identificando lo caracteres que creemos ya conocer. Todos desempeñamos papeles variados, aunque alguno de ellos acabe teniendo una función primordial en nuestra vida: al final acoplamos nuestro comportamiento a ese rol principal que ejecutamos. Nos simplificamos, pues. Como simplificamos a nuestros contemporáneos, en quienes adivinamos partes o funciones que nos resultan bien sabidas. Eso es lo raro: que nadie conoce a nadie, que sólo atisbamos lo superficial, pero que hacemos como si la vida personal fuera algo claro, cognoscible.
3. ¿Quién es ese que aparece en la fotografía? Yo miro las fotografías así. ¿Qué sabemos de dicho individuo, justo en el momento en que fue inmortalizado…, precisamente en el momento en que su acción se detuvo? Miro la foto con el fin de atisbar lo que a simple vista se nos dice, la máscara y su información. ¿Y cómo miramos, justamente?
David P. Montesinos precisa con gran finura lo que yo simplemente apuntaba: «¿Quién es ese que aparece en la fotografía? No lo sabemos. Pero tampoco sé quien es quien vive conmigo, prueba de lo cual es que personas con las que he convivido años y años han sido capaces de dejarme perplejo hasta límites inimaginables. ¿Y quién soy yo? Tampoco estoy seguro. Por eso, he dejado de fijarme en lo que escribo o las ideas que expreso cuando hablo con la gente. Ahora, si realmente quiero saber algo de mí, miro fotos. Se trata, creo, de mirar, pero de mirar de otra manera, y entonces advertimos algo de aquello que había se había escapado mientras escuchábamos los discursos y sucumbíamos al fragor del combate dialéctico?»
Si realmente quiero saber algo de mí, miro fotos, dice Montesinos. ¿Acaso porque la instantánea revela de algún modo la autenticidad de nuestro yo más recóndito? ¿Acaso porque destapa el gesto inadvertido, imprevisto, ese que malamente nos reprimimos? Las fotografías son sobre todo pose, acomodo, retoque y recuperación de ademanes ya ensayados por nosotros o por otros. Es decir, no nos mostramos con gesto espontáneo, ni siquiera cuando afectamos naturalidad: después siempre podrá identificarse el cuadro del que ese ademán procede.
Pero cuando observamos nuestras instantáneas solemos descubrir en la escena algo incoherente o feo o desordenado, algo que nos choca hoy, que nos desagrada, que nos incomoda. Es como cuando leemos una carta escrita muchos años atrás. Recuperamos ese documento nuestro, lo repasamos y nos preguntamos: ¿así era yo? El olvido nos estiliza, nos mejora y nos adapta al yo actual. Echar un vistazo a la imagen antigua nos muestra algo de lo que no queremos acordarnos: o, incluso, algo de lo que disponíamos orgullosamente y ahora hemos perdido. Te miras y no te acabas de reconocer: ves la pose, la gestualidad, la máscara que adoptas.
Ves a aquellos antepasados, tan cercanos, tan distantes. Otro mundo. Como antes me preguntaba: ¿qué sabemos de ese individuo, justo en el momento en que fue inmortalizado…, precisamente en el momento en que su acción se detuvo? Por sugestión, por asociación, se me mezclan instantáneas actuales con fotografías de la Exposición que estamos a punto de inaugurar. Y todo cobra un sentido remoto, extraño y a la vez familiar. Miro las fotos y sigo mirando. Veo escenas y hasta… ficción. Decía Montesinos: «vuelvo al tema que motiva el post y que me parece sumamente interesante, aunque parece bosquejarse entre ciertos titubeos». Titubeo, claro. Porque el pasado y el presente, el esquema y la pose, la escena vista y el personaje ya conocido… se me entreveran en un teatro próximo y hasta absurdo. Grand Guignol, pues.


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