Entre los articulistas del día hay algo que no soporto. Es el tono condescendiente y sublime, es la queja lastimera, es el «me duele España» pronunciado a partir de generalizaciones sin cuento.
Llevamos siglo y pico con este dolor patriótico, con los reproches de los noventayochistas, con el Desastre. El españolismo tuvo y aún tiene su correlato: el nacionalismo conservador y católico de la periferia, también muy lastimero y siempre dispuesto a caricaturizar lo español, lo rancio, lo peninsular.
Rafael Lluís Ninyoles dedicó a la Madre España un libro que aún puede leerse con aprovechamiento. Inspirándose en Joan Fuster, Ninyoles arremetía contra ese noventayochismo irredento que llegaría hasta nuestros días. Con el nacionalismo alternativo podría escribirse también un repertorio de quejas y de lamentaciones semejantes.
Félix de Azúa acaba de publicar en El País un artículo titulado Cavilaciones de un viajero. Como en otros textos suyos, también en éste se lamenta de España. Y, además, nos mira con un cierto desdén: él tan refinado y francés, tan chic y europeo. Es un ademán repetido entre algunos autores dolidos, entre ciertos letraheridos. Él parece decirnos: nosotros hemos debido soportar este país tan ordinario y avasallador, un país en el que la gente tira al suelo los huesos de las olivas, un país en el que las colillas y los esputos se lanzan a los pies del vecino, un país en el que lo moderno fue aplastado por lo plebeyo. En Félix de Azúa resuena la voz de Miguel de Unamuno, claro, pero también la de José Ortega y Gasset, tan aristocrático y sublime; y resuena igualmente el quejido de alguien más próximo: Jaime Gil de Biedma. Este escritor tiene –ya lo saben– poemas inolvidables concebidos en plena dictadura franquista, cuando todo parecía acabar horriblemente, con fatalidad pretoriana y municipal.
Son célebres estos versos: «Media España ocupaba España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total de que es capaz, frente al vencido, / un intratable pueblo de cabreros». Un intratable pueblo de cabreros. «Barcelona y Madrid era algo humillado. / Como una casa sucia, donde la gente es vieja, / la ciudad parecía más oscura / y los Metros olían a miseria».
La imagen de esos versos es potente: es la de una España miserable que, envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora, por decirlo con Antonio Machado. Era un país rural que habría invadido el corazón mismo de lo urbano, de lo moderno. Todo olería a miseria en una España sucia y atrasada. Es indudable que hay una parte de cierto en esta radiografía del poeta que sobrevive entre la mediocridad franquista. Pero mantener ese retrato colectivo muchas décadas después sólo puede deberse a la ignorancia, al tópico, al autoodio, a la generalización, al desconocimiento de lo que la historiografía ha aportado.
En repetidas ocasiones me he ocupado de Félix de Azúa, de la distancia con que nos observa, del daño que le provocamos con nuestras vulgaridades, con nuestra condición plebeya, con nuestro posmodernismo sobrevenido, con nuestra comunismo antiguo, con nuestra pomposidad. Él no sería pretencioso: simplemente pertenece a la Barcelona refinada y pija que observa con horror el advenimiento de lo ordinario, qué asco.
Leo Cavilaciones de un viajero y me escandalizo. ¿Adivinan por qué? Les reproduzco el primer párrafo: «Entre la derrota definitiva de Napoleón, hacia 1814, y la Primera Guerra Mundial transcurren 100 años de paz entre los Estados europeos, con mínimas interrupciones no demasiado lesivas. En esos 100 años el continente pasa de la sociedad estamental del Antiguo Régimen, con abrumadora mayoría de población campesina y un modo de vida casi medieval, a la moderna sociedad metropolitana y la tecnificación rampante. Es el salto del París que toma la Bastilla al de Haussmann, de la campiña de Jane Austen al Londres de Dickens. Un súbdito que se mueve en 1814 a pie, a caballo o a vela, se traslada en 1914 en ferrocarril, naves a vapor o en avión. El mundo material había cambiado más aceleradamente en aquellos 100 años que en los 2.000 anteriores. Eso no sucedió en España, o sucedió de un modo notablemente enclenque: la sociedad española de la Segunda República se parecía más a la francesa del Antiguo Régimen que a la del siglo XX. Cuando comienza la tecnificación, hacia 1810, este país era un trozo de África clavado en Europa».
¿Se puede reunir mayor número de tópicos con tanto dolor impostado y con tanta ignorancia culpable? Cita a Baroja, cita a Azaña y, zas, ya está: el retrato de lo español trazado de un solo brochazo. «España no había dado el gigantesco salto de sus vecinos y había perdido el siglo XIX como quien olvida una maleta en la estación», precisa Félix de Azúa. «Nos quedamos sin siglo XIX», insiste. Transcurridos cien años de esa pérdida, entonces ¿qué es lo que nos queda? ¿Cuál es la índole de nuestro retraso? Los reproches que hace son aparentemente certeros. Digo aparentemente porque son, otra vez, generalizaciones y tautologías: una amalgama de pifias españolas, de atraso, cuya causa sería… el propio atraso: «El abrumador poder del Estado, la burocracia asfixiante, el feudalismo fáctico, los privilegios de los poderosos, la arrogancia de los eclesiásticos, la nulidad de la enseñanza, la barbarie tolerada y aún azuzada por los políticos y jueces, el narcisismo regional, la exigua ilustración de las clases dirigentes, no es nada más, en fin, que pura herencia».
Repasemos esos rasgos del atraso español, pura herencia.
A.- ¿Abrumador poder del Estado en España? La historiografía prueba justamente lo contrario: la debilidad de las estructuras políticas y de las instituciones del Estado-nación. Sólo ahora, con la democracia parlamentaria, es cuando empezamos a contar con organismos que funcionan. Las intituciones son la base del mercado y, por tanto, son los mecanismos que permiten el cumplimiento de los contratos. El Estado de Derecho es una realidad de laboriosa construcción. En España ha costado varias guerras civiles. Otros países europeos tampoco se han librado de la violencia guerrera.
B.-¿Burocracia asfixiante en España? ¿Desde cuándo? Observando Prusia, Max Weber hizo un examen de lo que significa el aparato burocrático: habría quedado muy impresionado si alguien le hubiera dicho que en España su peso es asfixiante. Ni en el siglo XIX ni en el XX. El diagnóstico de Mariano José de Larra hay que contrastarlo y relativizarlo. ¿Con Galdós, con Baroja? La lectura de los novelistas decimonónicos, tan irónicos, tan sarcásticos incluso, hay que completarla con los estudios históricos: justamente para no dejarse arrastrar por el tópico de la peculiaridad española.
C.-¿El feudalismo fáctico? Ésa es una expresión extraña e inservible. La historiografía rebatió documentadamente la impropiedad de dicha descripción, la de la supuesta continuidad del feudalismo en la España contemporánea. Ese juicio expeditivo, en el que incurrieron los noventayochistas, sirvió básicamente para condenar a caciques y a burgueses, como miembros de un mismo sistema, de un régimen común. ¿Quiere decir Félix de Azúa que en la España actual hay feudales emboscados que exigen vasallaje a sus súbditos inermes? La verdad, no sé qué hacemos en la Unión Europea. Como al escritor le da por compararnos con Italia, el resultado es obvio: si aquí hay feudalismo, allí hay mafia. Punto. ¿Punto?
D.-¿Los privilegios de los poderosos? Ya hace años que los historiadores distinguimos entre derecho y privilegio. Bartolomé Clavero publicó en 1977 un artículo en el que precisó con mucho tino esta cuestión jurídica. La sociedad del Antiguo Régimen es la de la prerrogativa estamental; la del Ochocientos es la sociedad del contrato a partir de derechos jurídicos reconocidos. Que los derechos políticos tardaran en aprobarse no es una rareza española. Los privilegios de los poderosos, dice Félix de Azúa. ¿No sería mejor decir los privilegios de los famosos? Aunque ya digo: la palabrita (privilegios) es también una concesión al tópico.
E.-¿La arrogancia de los eclesiásticos? En la Europa contemporánea, la Iglesia católica se ha resistido a perder sus privilegios, esas herencias seculares que, en España, comienzan a desmontarse con la desamortización. Si de arrogancia eclesiástica hablamos, entonces habría que echar un vistazo a la historia italiana, a la cuestión romana, a la firme oposición antiliberal del Papado. No estamos solos en la acometida. Puestos a deplorar la arrogancia de los eclesiásticos en términos previsibles, prefiero aquel otro artículo juvenil de Fernando Savater: Osadía clerical.
F.-¿La nulidad de la enseñanza? Es un latiguillo muy común: en España, la enseñanza no ha sido nada y sigue sin serlo. Me sorprende un juicio tan indocumentado a partir del viejo analfabetismo, nuestro lastre: como si la época reciente no desmintiera esa recaída en el tópico. La realidad actual confirma que nuestro progreso avanza: la educación ha llegado hasta las clases pijas de la sociedad.
G.-¿La barbarie tolerada y aún azuzada por los políticos y jueces? También procede del noventayochismo lo de la barbarie, un estereotipo reciclado que arranca del romanticismo. Los visitantes británicos llegan a España y ven lo que básicamente esperan ver: casticismo, peculiaridad, sangre latina, navaja fácil. Desde entonces, la idea de barbarie española es un cliché con el que nos castigamos. Si los políticos y los jueces la azuzan, si todos quedamos infectados por el mal, eso significa que los intelectuales como Félix de Azúa se salvan milagrosamente del contagio.
H.-¿El narcisismo regional? Sin duda, lo propio produce orgullo: aquí y en la China popular. En España y en la Cataluña menestral. El narcisismo aplicado a la identidad colectiva es un préstamo de Freud que ya se ha convertido en un tópico a partir de una cita de Michael Ignatieff sacada de contexto. Perdonen el barullo erudito. La tesis es más o menos ésta: los conflictos balcánicos son la exacerbación del narcisismo de las pequeñas diferencias. En España, supuestamente, sucedería algo tan terrible como en los Balcanes. Ya demostró Enric Juliana en La España de los pingüinos la impropiedad de esta comparación, que José María Aznar hizo suya. La amenaza balcánica es la última cantinela.
I.-¿La exigua ilustración de las clases dirigentes? El mejor dirigente de la derecha española fue Antonio Maura. El político mallorquín tuvo una altura intelectual verdaderamente notable: sólo que fracasó en sus proyectos regeneracionistas. El último representante de esas clases dirigentes que más ha destacado ha sido Adolfo Suárez: su preparación cultural no fue destacable y, sin embargo, su inteligente contribución a la democracia mereció la rechifla de intelectuales como Félix de Azúa.
J.-Etcétera, etcétera.
En realidad, el subtexto del artículo no es el examen de lo español, tan expeditivamente descrito, sino el repudio de Barcelona. Mientras Madrid «ha dejado de ser aquel corralón barroco y es hoy una agradable ciudad neoclásica», Barcelona es una urbe «cada vez más levantina, es decir, sucia, ruidosa y jaranera». Examinen esos adjetivos y el casticismo irredento con que pinta. Seguramente podrían aplicarse a Madrid, pero también a Valencia… Félix de Azúa lleva años con un discurso similar y a poco que te descuides aprovecha para lamentar el estado de su ciudad natal, que es la ciudad condal. El problema de este escritor es la generalización, algo que agradece mucho quien quiere hacerse un escrutinio tajante de lo que ignora. La prensa o la lectura no siempre facilitan la reflexión, sino la confirmación de lo que ya se sabe de antemano. Probablemente, lo que deberían hacer los intelectuales catalanes –de habla castellana o vernácula– es examinar su propia contribución a la crisis que todos perciben.
En fin, digo todo esto siendo un antiguo enamorado de Madrid, incluso cuando era la capital del franquismo. Nunca vi ese corralón barroco que el tópico literario ha difundido. Y digo todo esto también siendo un visitante poco entusiasta de Barcelona, de aquella Barcelona jaranera de los años setenta, aquella Barcelona que, según Félix de Azúa, estaba construyéndose «como ciudad civilizada» y que ahora ha quedado como urbe levantina.
¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!

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