0. ¿Refundación socialista? Estoy escribiendo una columna para El País: para el miércoles día 10, que es cuando me toca publicar. No sé si finalmente la acabaré. Quizá me harte y cambie de asunto…
Pienso en la refundación del Partido Socialista Valenciano. No es éste el título, pero ése es su sentido. Yo no soy militante de dicha organización, aunque juzgue urgente su renovación radical para bien de la ciudadanía y del equilibrio democrático. No soy quién para arrogarme el derecho de indicarle al PSPV lo que debe hacer. Pero quién sabe: quizá algo sensato pueda decir.
Creo que ya está bien de candidatos averiados, de propuestas ignotas, abortadas. Ya está bien de sectarismos y purismos. Y creo que ya está bien de electores dengosos, siempre dispuestos a poner peros y reparos, tantos simpatizantes que observan ese partido con resignación o con fatalidad.
Aún estoy escribiendo. No sé si acabaré mandando dicho artículo. Me esfuerzo. Se admiten ideas. Quién sabe: quizá algo sensato podamos decir…
1. La Europa que queda. Pienso en términos locales e inmediatamente el triunfo del Partido Popular me hace recordar el resultado del Parlamento europeo, con una derecha desacomplejada o extremista a la que Silvio Berlusconi puede pastorear.
Pienso en términos continentales e inmediatamente el estado de aquellos escaños me hace recordar también el contrapeso norteamericano. En otras fases y momentos históricos, la amenaza de Europa o su deriva peligrosa se han visto frenadas y compensadas por el contrapunto estadounidense.
¿Recuerdan los primeros pasos de la Administración Obama? Unos pocos casos de políticos encausados o sospechosos de corrupción eran inmediatamente apartados de la primera línea, del puesto de responsabilidad. De no hacerlo así, el nuevo Gobierno habría quedado afectado por esa avería, con amenaza de apagón. La agilidad de Obama y el dominio de la puesta en escena mediática le están dando mucho aire frente a una Europa que, ante las crisis, siempre se inclina por lo peor. ¿O es que Berlusconi no es de las peores opciones…?
2. Liderazgo. Recuerdo cuando leí por primera vez Los partidos políticos (1911), de Robert Michels. Era en la época del felipismo, cuando la hegemonía socialista empezaba a hacer aguas. Me pareció un texto premonitorio y acertadísimo. Por supuesto, la mía era un falsa impresión. Aunque Michels había analizado con finura el funcionamiento de la institución moderna, de la organización de masas, del partido obrero, su texto tenía fecha y contexto. Y tenía subtexto. Michels era un desencantado de la socialdemocracia alemana y la experiencia la volcaba contra sus antiguos correligionarios, aquejado de un rencor incurable.
A pesar de ser un instrumento de la democracia, decía Michels, el partido obrero no puede tener democracia interna. Todo se delega en beneficio de un líder o de unos líderes que tienden a atesorar el poder, a concentrar los recursos, a exigir obediencia. No es posible ejercer la democracia directa, las decisiones colectivas tomadas por todos en la plaza pública. Por eso, hay tensiones continuas para hacerse con la representanción: tensiones que no siempre acaban en equilibrio, sino en oligarquía de los dirigentes.
¿Hay solución? Internamente no la hay, respondía. Michels hablaba de la ley de hierro de la oligarquía. Quien dice organización dice oligarquía, precisaba. Es un círculo vicioso: en su funcionamiento interno no es posible crear un mecanismo democrático, porque los líderes o disputan entre sí o se someten al dirigente máximo. Por supuesto, en ese esquema hay elementos ciertos y datos de hecho, pero elementos y datos que no son rasgos exclusivos de la socialdemocracia. Todo partido tiene esas tendencias oligárquicas.
¿Qué respuesta acabará dando Michels a la oligarquización? Pues la elección, la elevación de un líder carismático que ponga fin a los conflictos internos, un líder irrevocable que conduzca a todos hacia un objetivo común. A comienzos del siglo XX, esa solución llevará al fascismo, que es aquello a lo que finalmente se adhiere Michels. Criticar la institución partido como una forma antidemocrática supone inevitablemente respuestas excepcionales. La disolución del sistema de partidos, por ejemplo.
En la sociedad de masas, de cuyo origen Michels sólo pudo ver los inicios, el liderazgo es algo imprescindible desde el punto de vista de la organización, pero también desde el punto de vista de la comunicación. No está claro que lo único posible sea el jefe providencial, una figura peligrosa que acaba confundida con el dictador: siempre popular, siempre excepcional. En realidad, lo deseable es un líder democrático, con capacidad de organización y de comunicación, un dirigente que sepa transmitir honestidad y habilidad, que sepa incorporar tradición e innovación, que sepa emplear los medios habituales y los nuevos recursos. ¿Existe? ¿Es posible auparlo?
Colofón: Justo Serna, «¿Un líder socialista?», El País, 10 de junio de 2009


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