1. Rafael Blasco. Es muy probable que los lectores no valencianos de este blog conozcan a Rafael Blasco Castany, Consejero de Inmigración y Ciudadanía del Gobierno de Francisco Camps. Digo que es muy probable porque tiene ya un largo currículum como político en activo: ha desempeñado distintos cargos institucionales con el Partido Socialista y con el Partido Popular. Eso le ha dado una gran versatilidad: facilidad para acomodarse a distintos ambientes. Según leo en su página oficial: sus empleos se han repartido en siete Consejerías distintas del Gobierno valenciano.
Además del ejercicio cotidiano de sus tareas, Blasco acostumbra a salir en las fotos. Quiero decir que se deja caer en todo tipo de actos para así retratarse con un público más o menos vistoso. De ello hablé aquí hace unos meses, en el blog, y en algún artículo de prensa . Su frecuencia de aparición ha aumentado. Ahora, ya no hay día en que el retrato del Consejero no salga en uno, dos o tres medios afines, generalmente acompañado por noticias que son loa personal o prosa propagandística.
Entre los suyos se le tiene por un gurú electoral. Es decir, averigua los resultados venideros y eso hace que se le respete como si de un nigromante se tratara. ¿Cómo acierta los vaticinios electorales? Desde luego parece dedicar mucho tiempo a estos menesteres y, seguro, las horas que emplea no las roba a su trabajo de Consejero: quizá las robe al sueño o al descanso o a la reparación. Aunque su robustez parece indicar lo contrario. No sé.
Su activismo es incansable. Ha sido uno de los coordinadores de la pasada campaña europea del PP de la Comunidad Valenciana y, con motivo de ello, ha publicado numerosos artículos antes y después de los comicios. Sorprendente su frenética actividad. Al día siguiente de esas elecciones, Blasco aparecía en distintos medios como autor de uno, dos, tres, cuatro y cinco textos en periódicos locales: por ejemplo, éste que aquí enlazo.
Pero no sólo eso: en medio de la campaña aún le quedó tiempo para conceder entrevistas a medios valencianos o catalanes: por ejemplo, ésta en la que defendía a Francisco Camps. O, mejor dicho, el personaje quedaba muy bien retratado, entre listo y sibilino: se protegía cuando parecía estar amparando al presidente de la Generalitat.
En los mentideros locales se dice que Rafael Blasco tiene negros que le realizan parte de esas tareas. Escribir un artículo cuesta su tiempo, y el uso de metáforas, de analogías históricas, de recursos eruditos y de bromas y guasas con el adversario es un trabajo que requiere sus horas, su dedicación.
Por ejemplo, en uno de los artículos que ahora firma y que he enlazado, Blasco usa a Borges para lacerar al PSPV, y lo usa con desparpajo y sin necesidad: sin que la erudición en este caso esté justificada. Aunque sólo sea para este empleo ornamental, usar a Borges exige memoria o, al menos, una erudición superficial. ¿La tiene Blasco? No quiero pensar que para recurrir a esto el Consejero necesite tener escritores a su servicio. Puede haber leído y atesorado y puede no descansar, puede no dormir y puede tener gran facilidad para la prosa: justamente lo contrario de lo que le sucede a Javier Marías, que admite lo laborioso de su escritura, lo costoso de su reescritura, lo detenido y lento de sus sprints.
2. Javier Marías. «¿No es una distracción tener que escribir un artículo semanal de dos folios para alguien que ha pasado ocho años inmerso en una historia de casi mil seiscientas páginas?», le pregunta el periodista de El País. «Distrae, sí, pero un artículo es un sprint de tres horas del que sales cansado. Cuando lo escribo no trabajo en la novela que tenga entre manos. Y agradezco que se me obligue a no escribir. Te obliga a pensar. Y no está mal pensar», añade Marías.
No está mal pensar. Podríamos parafrasear al propio novelista cuando afirma que escribir suele ser averiguar lo que uno no sabía que sabía. O podríamos decir que escribir es pensar lo que no sabíamos que habíamos pensado. Es un proceso que lleva su tiempo y que la escritura de periódico hace fugaz.
Ahora, Javier Marías reúne noventa y tantas piezas suyas, columnas aparecidas en El País Semanal y que yo leo en su nuevo formato: un libro titulado Lo que no vengo a decir (Alfaguara, 2009). Hay amigos que me preguntan por qué le dedico tanta atención a Javier Marías, al novelista pero también al articulista. He tratado de razonarlo en varios artículos (por ejemplo, éste que enlazo) e incluso en alguna entrevista.
Con sus escritos dominicales, Javier Marías se granjea numerosos adversarios, gentes que le profesan una ojeriza incurable. ¿La provoca él? Marías es es columnista habitual, un escritor de semanario. Cada domingo, desde hace años, juzga, se pronuncia, aprueba o desaprueba lo que le rodea. Aborda cuestiones muy distintas y tiene temas persistentes: las malas maneras, la chulería ufana, el ruido español, el avasallamiento, la invasión católica de lo público, etcétera.
Ahora, repito, reúne nuevos artículos en Lo que no vengo a decir. Si lo pienso bien, ese título –afortunado como casi todos los de Marías– podría prestárselo a Rafael Blasco. El Consejero afirma decir distintas cosas en los artículos que aparecen con su nombre. Podría muy bien hacer una recopilación de sus escritos efímeros para disfrute de sus admiradores, seguidores o estudiosos (es mi caso).
¿Su título? Lo que vengo a decir. Con ese epígrafe aumentaría su prestigio como gurú, pues allí, bajo dicho rótulo, se recogerían las palabras y las erudiciones que ha repartido a manos llenas durante tanto tiempo. Ahora bien, si las tribunas periodísticas no le dan para un número suficiente de páginas, podría añadir pensamientos íntimos o públicos, las opiniones y reflexiones de un político de campo. Ése sería el título del apartado o capítulo. «Las opiniones y reflexiones de un político de campo».
3. Manuel Pizarro. Digo opiniones y reflexiones, digo gurú, e inmediatamente me viene a la cabeza una lectura que he hecho estos últimos días gracias a los aviesos consejos de Alejandro Lillo: la de Manuel Pizarro, El arte de la economía. Opiniones y reflexiones (La Esfera de los Libros, 2009).
Es un libro de retales de pasmosa composición: Jesús Salgado hace un copypaste con «frases cortas extraídas de sus comparecencias en distintos medios de comunicación, actos públicos y conferencias pronunciadas durante los últimos veinte años». Justamente lo que Rafael Blasco debería encargar que alguien le hiciera: un compendio. Pero…
Pizarro no ha dedicado ni un minuto a escribir este libro o a reescribirlo o recomponer sus palabras. Todo lo que leemos precede. No ha tenido la deferencia de colocar un prólogo de agradecimiento, un prefacio justificativo. Ha sido el propio Salgado quien ha debido escribirlo y ha sido también él quien ha debido componer el volumen con frases sueltas.
Por tanto, el editor no es un negro, pues no oculta su autoría. Justamente por eso resulta muy difícil determinar quién dice qué. ¿Está Pizarro dispuesto a firmar un libro con palabras suyas sacadas de contexto, palabras que parecen tener un sentido aforístico?
El aforismo es un arte para el que muy pocos están dotados: una sentencia resume o abrevia con ingenio lo que es una lección profunda que no todos ven. La frase ha de tener sonoridad y sobre todo ha de tener algo paradójico, imprevisto. Algunas de las sentencias de Pizarro tienen cierto sentido y poca gracia, qué le vamos a hacer. Otras muchas son trivialidades que no sé si imputar al político del PP, a Jesús Salgado o a ambos, mecachis.
¿Me piden ejemplos? ¿Ejemplos de frases banales? No puedo extenderme: convertiría este post en un surtido inacabable. Les reproduciré alguna de esas frases para regresar después al tiempo de escritura. En estos ejemplos no brilla el aforista; tampoco el prosista; menos aún el creador de metáforas, pues las que emplea suelen estar muy gastadas. ¿Luce el sentido común? En algunos momentos sí, pero para eso no hace falta componer este breviario…
«La educación bien entendida empieza en el seno de la familia. Es el primer eslabón que tiene el ser humano para unirse a la sociedad», dice Salgado que dice Pizarro. «Me gusta enseñar a pescar, no estar dando peces toda la vida, porque el caladero de los subsidios, como los del mar, acaba agotándose», dice Salgado que dice Pizarro.
«España somos un país que gastamos más de lo que ingresamos. Así no hay economía familiar o estatal que resista», dice Salgado que dice Pizarro. «Una gran parte de los abogados, jueces… son ya mujeres. Su abanico de incorporación se está desplegando todos los días», dice Salgado que dice Pizarro.
«La ley de igualdad, violencia de género, norma que permite los matrimonios homosexuales…, una parte es semántica, que me importa bastante poco», dice Salgado que dice Pizarro. «En España, un país ordenado, el orden y los valores están en la ley. Es la ordenación de la razón para el bien común, que decía Santo Tomás», dice Salgado que dice Pizarro.
«Tengo una especial admiración por la figura del autónomo, porque son personas que creen en la libertad y en su propio esfuerzo», dice Salgado que dice Pizarro. «La Iglesia católica lleva dos mil años diciendo lo mismo. ¿A qué viene ahora rasgarse las vestiduras?», dice Salgado que dice Pizarro. «En Teruel, como no tenemos mar, es muy difícil ser tiburón. A lo más que se llega es a barbo o trucha, que son animales objeto de depredación por parte de otros. Soy una persona tranquila a la que le gusta pasear y leer», dice Salgado que dice Pizarro.
4. Escribir o mirar. En una página de Lo que no vengo a decir, Javier Marías dedica a Manuel Pizarro un párrafo absolutamente cruel. Es uno de esos miramientos que el novelista practica desde hace tiempo: escrutar fotografías con el ánimo de sacar el ánima del retratado. Hay mucho de observación realista y hay mucho de fantasía literaria o cinematográfica.
Todo lo que vemos, viene a decir Marías, lo hemos visto ya. Todas las caras que miramos se parecen a las de personas o personajes que conocemos o de quienes tuvimos conocimiento. El cine nos suministra rostros que se fijan en nuestra memoria y que, ahora, nos sirven para tipificar a este o a aquel individuo.
A Marías le suena el aspecto de Pizarro. Es como si pudiera identificarlo con algún personaje de la gran pantalla. ¿Con quién? «Ahora ha surgido una cara nueva, la de Manuel Pizarro, ‘fichaje estelar’ del PP –dicen–, y como aún lo miramos ‘con ojos vírgenes’, en seguida he podido ‘meterlo’ en una película. Y la verdad, parece que ese Partido los busque desagradables: su gesto cruel y despectivo me ha hecho verlo al instante como uno de esos despiadados magnates de las viejas cintas de Frank Capra, dispuesto a dejar a James Stewart en la ruina por arañar unos pocos más dólares. O bien –es una alternativa– como uno de esos malhumorados campesinos suréños de escopeta y Biblia que pululan por las películas de Ku-Klux-Klan y conflictos raciales. Hasta tiene cara de los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo», concluye Marías con crueldad analítica, con extrema dureza.
Tiene para todos, sin embargo: para Rodríguez Zapatero, para José Blanco, para Esperanza Aguire, para Isabel San Sebastián, para Juan José Ibarretxe, etcétera. Por hache o por be, en todos encuentra algo calamitoso o premonitorio. «¿Por qué no miramos en la vida como en la sala oscura? (…). Ojalá recuperáramos la capacidad para verlos a todos con mirada cinematográfica». Como cuando éramos niños, o ya de adultos, y así «nada más asomar un personaje» podríamos decirnos: «Huy, éste no es de fiar».
Me pregunto qué podría decir Javier Marías si echara un vistazo al rostro repetido de Rafael Blasco, a esos cromos que reparte en los diarios. Tiene la oportunidad de verlo cada día en distintos periódicos valencianos. Allí se nos presenta con retratos favorecedores, con extras más o menos exóticos, apoderándose del instante y del fotograma.
Por supuesto no he conseguido ninguna fotografía suya escribiendo: escribiendo en la intimidad, quiero decir. Sólo lo he sorprendido firmando: ¿será alguno de esos artículos a los que, precisamente, les pone la firma? No, responderá indignado el Consejero. Firmo acuerdos y convenios que hacen prosperar la sociedad, añadirá.



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