¿Es posible un liberalismo no sectario?

RalfDahrendorf1. Ralf Dahrendorf. Uno de los preceptos de las notas necrológicas es el de no justificar los datos del fallecido con circuntancias del biógrafo. Es decir, no contar la vida del muerto por las coincidencias que con él hayamos tenido. Creo es que sensata esa prescripción de buen periodismo.

Pero yo no escribo ahora una nota necrológica, sino una triste despedida. Lo dije hace un par de años y lo vuelvo a repetir ahora: el 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”; el 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico, “La cena de los políticos”. En esa fecha desaparecía, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un epígrafe nada original –lo admito— pero que expresaba humildad: yo miraba valiéndome de recursos ajenos; yo leía para entender.

Cuando acabé lo dije públicamente: esperaba no haber sido sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o a quienes me obligan repensar las cosas. Rarl Dahrendorf  ha sido uno de ellos. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, volvía a mencionarlo. Citaba el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.

La lectura de Dahrendorf ha sido una prescripción muy saludable que me he administrado durante años para bien de mi raciocinio. Era un político y un politólogo, pero era sobre todo un lector de filosofía, de filología, de sociología. Lo he leído con profusión. No paso ningún curso académico sin él: regreso a dicho autor, a sus textos antiguos o a los nuevos. ¿El último que le he leído? La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trotta, 2009). Era un pensador que, como Isaiah Berlin, vivió el liberalismo sin tentaciones sectarias, sin hacer doctrina o ariete de sus ideas. Fue alemán e inglés y, como Berlin, supo hacer compatible la naturaleza de su nacimiento y la elección por la que finalmente optó: Gran Bretaña.

En ese libro que antes mencionaba, el autor celebra el coraje de algunos pensadores libres, virtuosos, vagamente erasmistas: el de quienes supieron defender la propia opinión; el de quienes supieron escuchar; el de quienes supieron hacer autocrítica para no caer en el narcisismo o en el sectarismo; el de quienes supieron observar con compromiso y distancia, con moderación y cercanía. Los pensadores libres no se sienten fuertes por pertenecer a una cofradía más o menos multitudinaria, sino que suelen estar solos o escasamente acompañados, sabiendo lo que merece ser defendido.

Eso crea un estilo: “ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido, que no se deja comprar, y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción”.  Recuerdo las anotaciones que hice en los márgenes de esas páginas: mi ejemplar de La libertad a prueba está subrayada, garabateada, dialogada, con admiraciones y con interrogaciones, con dudas y con rechazos. Cuando lo leí, reconocía en él a un inspirador intelectual con quien congraciarme y con quien polemizar.

Aunque no siempre compartiera sus pronunciamientos públicos, yo le tenía un enorme respeto: Dahrendorf era de la generación de mi padre, algo más joven. Pero, como él, como tantos otros,  había tenido que sobrevivir a una dura posguerra europea. A diferencia de quienes abrazaron causas perversas, Dahrendorf se mantuvo firme: firme frente a los hermanos sectarios y liberales, que los hay; y firme frente a la tentación totalitaria, que seduce a tantos intelectuales. ¿Es posible un liberalismo no sectario? ¿Es posible un intelectual contrario al totalitarismo?

Tiempo atrás me lo preguntaba. ¿Por qué hay individuos, ciudadanos, intelectuales… que, sin ser especialmente valientes, se oponen a las dictaduras? ¿Por qué lo hacen si es más fácil entregarse? Las preguntas de Dahrendorf eran ésas. Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones? ¿Porque  se obtienen ventajas materiales o porque se manipula la conciencia? Si ésta es una respuesta suficiente, habría que preguntarse por qué algunos individuos desechan esas ventajas o por qué algunas conciencias se resisten.  Dahrendorf  fue uno de ellos.

21 comments

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  1. Pumby de Villa Rabitos

    ¿Resistir?… mmm… ¿Resiste quien dispone de bienes económicos como para elegir vivir en otro país, con un nivel de vida nada desdeñable, acogido en foros y mercados intelectuales?… ¿Resiste quien elucubra hermosísimas ideas desprendidas de la realidad más palpable, incluso obscena, del lugar del que huye?… ¿Resiste quien juega a la “olímpica soledad” de la que nos hablaba Sábato?… ¿Resiste a una dictadura alguien así?… ¿Resiste quien cambia de nacionalidad y lo particular conocido lo diluye en lo general abstracto?…

    Pienso en Irán. Conozco iraníes exiliados en España. Básicamente, son liberales. Por profesión laboral y de fe. Gente laica (aunque en Occidente se haga impensable que existan laicos “en oriente”) que o se han integrado en España, alcanzando un nivel especulativo sobre lo que pasa en su país de origen realmente propio de “Las mil y una noches” y, qué coincidencia, son los de mayor nivel de vida. O viven, o malviven, aquí, hasta con familia española, pero manteniendo sus propios vínculos con su país, con su oposición, con los muertos de hambre que no tienen ni para escapar pero que atesoran la dignidad de no dejarse abducir por las ventajas materiales del régimen teocrático.

    Resistir una dictadura… ¿en soledad?… ¿en teoría?… ¿en ideal?…

    Pienso en China y los dos héroes de la plaza de Tiananmen. ¿Los dos?, sí, aquel muchacho – hoy “desaparecido” – que se plantó frente al carro de combate y que es bandera de los liberales especulativos de todo el mundo. Y el comandante del mismo carro de combate que, en vez de proseguir la marcha, como su superioridad le exigía, decidió detener el vehículo blindado. De él no habla nadie. Bueno, tal vez se cuchichee algo en su aldea natal porque él, seguro, también es un “desaparecido” de esa dictadura. Pero, vaya, parece que hasta en la oposición a una dictadura hay “desaparecidos” de primera y de segunda. De los que les va bien airear a las democracias occidentales – de tan limitado liberalismo, que una cosa es predicar y otra dar ejemplo – y de los que mejor no hablar, no vayan a inspirar lo que no se tiene interés en fomentar, por ejemplo, un ejército con conciencia social.

    Vuelvo a la foto de Dahrendorf. No parece un rostro muy vivo, más bien fláccido, bonachón. Diríase que es un buen abuelo, un buen vecino, un buen dependiente de mercería. Una persona sensata capaz de recomendar el hilo adecuado para el punto de cruz más exquisito, aunque, en realidad, no sepa enhebrar una aguja. Temo a esta gente. Tienen la moral del “botiguer”, del comerciante de menudeo. Los temo tanto como a los otros que estudian ante los espejos su propio comportamiento agresivo, presuntamente viril, aparentemente militar, escenográfico, asistido por un equipo de comediantes que le enseñan a manejarse ante los medios.

    Unos por exceso y los otros por defecto, al final, frente a la dictadura, sólo valen las acciones concretas, perceptibles por aquella como peligrosas para si misma. Oh, sí, muchas buenas, hermosas, ideas pero descuidad, luego viene el “pragmatismo” de la nueva democracia… y, por supuesto, las ideas se amoldan a la realidad. ¡Hay que ser realistas! ¡¡ar!!

    Y en la calle se queda la sombra del cadáver de ese joven mecánico asqueado de sus contratos basura, muerto por buscar un mejor futuro, o el de esa mujer campesina recién llegada a la ciudad para labrar un mejor porvenir a ese hijo que espera. Muertos en la algarada callejera. Muertos contra la dictadura. Anónimos. Olvidados.

    En las cátedras, los liberales – retornados o no – de su exilio seguirán proyectando esa límpida luz que alumbra el paisaje de las realidades imaginadas. En los flamantes parlamentos, los políticos nos deslumbrarán con sus discursos relamidos y sus enfrentamientos ficticios. Y en la calle, seguirán estando los mismos, igual que siempre. Llorando u olvidando a sus muertos. Maldiciendo su suerte.

    ¿Para qué resistir, así, una dictadura?…

  2. jserna

    Pumby habla de Dahrendorf y fantasea sobre su rostro: “No parece un rostro muy vivo, más bien fláccido, bonachón. Diríase que es un buen abuelo, un buen vecino, un buen dependiente de mercería. Una persona sensata capaz de recomendar el hilo adecuado para el punto de cruz más exquisito, aunque, en realidad, no sepa enhebrar una aguja. Temo a esta gente”.

    Me parece un exceso. Yo, cuando veo a Dahrendorf, veo a alguien muy parecido a mi padre, de una misma generación muy dañada por la posguerra. Con la diferencia de que él nació en Alemania y de familia socialdemócrata: abrazó el liberalismo sin rencor…

  3. Pumby de Villa Rabitos

    Hombre, Serna, no personalicemos el asunto. Las connotaciones generacionales que pueden poner en relación a tu padre (q.e.p.d.) con Dahrendorf pueden ser muy emotivas para ti pero no dejan de ser algo muy íntimo y, por lo tanto, intransferible al caso que nos ocupa.

    Como soy un radical, se del peligro de los extremos. Y no me gustan. Eso es todo. Estas figuras etéreas, que parecen deslizarse por encima de las miserias cotidianas, con una buena soldada, eso sí, sin apreturas y siempre dispuesto a desistir a la primera contrariedad tomando el camino del exilio, interior o exterior, pero en cualquier caso, desconectando de la realidad de la gente que pretende “salvar” con sus sabios consejos de “bon vivant” ¿qué quieres?… No se trata de Dahrendorf sólo, es ese tipo de intelectual que se abstrae tanto del mundo real que hace unas propuestas tan idílicas como irrealizables ya que nunca pasa el filtro del pragmatismo del que tan amigo es su primo, el liberalismo acomodaticio, cuando no sectario, como apuntas.

    Existe peligro en el iluminado, en el lunático, en el salvapatrias, en el intransigente… sin duda, y también en el transigente, el apátrida, el mundano, el cerebral. En los del “extremo centro moderado”. En demasiadas ocasiones, sólo vemos la primera parte que es la más caricaturesca, olvidando la segunda y, por eso, confiando bienes y libertad a unas personas que, lejos de llevar las ideas liberales a la práctica, bien las retuercen hasta hacerlas irreconocibles, bien, simplemente, no las aplican. Y ello sin que la bonhomía de los liberales teóricos se altere, ni levante una sola voz protestando por la perversión de sus propias ideas. Si admiten eso en un sistema pergeñado por ellos… ¿qué no admitirán de una dictadura? ¿Nada? En efecto, nada. Y por eso huyen.

    Al final, insisto, serán las gentes sencillas, sin ninguna especial formación, las que levantarán las barricadas, las que morirán en ellas y las que acabarán con las dictaduras. Lo que pasa, es que, tras ellos, se re/instaura un régimen de liberales ficticios, apoltronados en sus escaños burgueses, que haciendo bandera del pragmatismo permiten que todo siga igual, sólo aportan un cambio epidérmico; y de liberales utópicos, amparados en cátedras (o revistas, o fundaciones, o instituciones públicas), que sólo sirven para especular, desasidos de la vida cotidiana de las personas.

    Y, al final, de lo que se trata es de saber si el liberalismo le es útil a las personas comunes, las que conforman el cuerpo social o se trata de un divertimento intelectual para unos y una forma de enmascarar y amordazar la democracia para otros, los que usan su nombre para pervertirla. O dicho de otra forma, porqué el liberalismo, fuera del mundo occidental, ya no aparece como un caudal de ideas apreciable, ni nada envidiable, y se prefiere la dictadura o la teocracia antes que entrar en esos salones decimonónicos de vendedores de hilo para punto de cruz. Steiner ya nos lo avisó.

  4. Alejandro Lillo

    Para empezar, respeto mucho a todos estos pensadores como Dahrendorf, Popper, Aron etc. Es gente muy preparada, muy inteligente, acostumbrada a grandes reflexiones, con muchos conocimientos, estudios y libros a sus espaldas. Mi tendencia es la de leerlos e intentar comprender lo que me quieren transmitir, escuchar lo que dicen y pensar sobre ello. Ha veces no los entiendo, otras me cuesta contradecirles o ponerles algún pero, porque al fin y al cabo no soy ningún experto, ni ningún lumbreras, sino más bien un tipo normal tirando a vago.

    Tampoco los he leído a todos, y muchas veces hablo de oídas, pero bueno, a falta de que alguien me lo explique mejor y a riesgo de decir alguna que otra tontería, les diré que en el liberalismo, y en las palabras y escritos de quienes se presentan como tales, hay algo que me chirría, que no me acaba de agradar, que me cansa y que en ocasiones hasta me enoja.

    El asunto tiene que ver con su obsesión por la “libertad”. La noción de libertad está en el centro de su discurso hasta tal punto que prácticamente lo absorbe todo. La libertad es la solución a todos nuestros problemas, el nivel de realización del hombre es proporcional a su grado de libertad alcanzada, definiéndola como lo hace Berlin, como lo hace Hayek o como se quiera.

    Sin duda la idea de libertad es muy importante, fundamental para llevar una vida mínimamente decente y digna, pero creo que hay que concretar muy bien de qué tipo de libertad hablamos. Mejor: a qué tipo de libertad hacen referencia estos liberales. Porque claro, la libertad así, en abstracto, es algo muy bonito, la estatua con su antorcha y todo eso. Por un lado está, en efecto, la libertad de las democracias occidentales frente a las dictaduras comunistas o a la tentación del totalitarismo; está la libertad del individuo frente a las exigencias del estado, pero está también la libertad de mercado, la libertad de culto, la libertad que tienen los niños de disfrutar de una infancia saludable, etc. Lo que vendría a ser, en definitiva, la libertad de elección, lo que presupone -perdón por la obviedad- tener la posibilidad de elegir entre diferentes opciones.

    Pero resulta que cuando leo a esos teóricos liberales me encuentro con que hablan de libertad en un contexto muy determinado, restringiendo mucho su significado. No quiero parecer demagógico, pero, ¿dónde está la libertad de los africanitos? ¿Dónde la libertad de los inmigrantes? ¿Dónde la de esos millones de norteamericanos que no tienen seguro médico y por tanto tampoco dónde caerse muertos? Yo creo que el liberalismo pontifica sobre la libertad desde su propia posición de cómoda superioridad. Reivindican libertad para lo que les interesa, y así cometen, a mi parecer, una doble injusticia. Primero porque en realidad nadie es absolutamente libre, estamos todos determinados, condicionados u orientados (como cada uno prefiera o considere), y muchas veces no es nada fácil (e incluso resulta imposible) cambiar la situación que has heredado sin ayuda. Así resulta que es precisamente es esa noción sectaria de libertad la que impide el propio desarrollo en libertad del individuo (estaríamos hablando entonces de “la noción de libertad” como un determinante más que se impone brutalmente al individuo, contradiciendo así el propio discurso liberal, ¿no?); la segunda injusticia que creo que se comete es la de no conceder el mismo peso a la libertad que a la justicia y a la igualdad. La libertad está muy bien si todos partimos con las mismas oportunidades. Si no, no. El liberalismo económico es cojonudo si, como postula su teoría idealista, el mercado fuera un sistema de equilibrio. Pero como eso nunca se da, pues siempre hay gente que tiene información privilegiada, gente que controla la producción, la distribución etc. y que se aprovecha de esa “libertad” (que proclaman a manos llenas) para hacerse ricos y explotar a los demás. A eso se le llama competencia, pero es mentira, es hijoputismo puro y duro, porque no hay igualdad ni justicia en ese planteamiento. Es como si a mí me obligaran a boxear contra Tyson. Vamos a ver, explíquenme de qué me sirve la libertad en este caso. Allá voy yo, canturreando una concioncilla, ufano y confiado, a pegarme con el animal ese de Tyson pensando, “es cojonudo, me las tengo que ver con esta mala bestia en libertad”. La verdad, preferiría que le vendaran los ojos y le ataran los brazos a la espalda, tal vez así tendría ALGUNA oportunidad.

    Sucede lo mismo con la noción de “propiedad”, tan liberal ella. La propiedad es sagrada, la propiedad es sagrada. Es anterior al pacto social, por lo tanto nadie nos la puede quitar, y menos aún puede el Estado decidir sobre ella y cobrarnos impuestos por tenerla, porque la propiedad es anterior al Estado. Perfecto. Entonces, ¿qué pasa con las tierras de los apaches, los sioux etc., etc., esas que a finales del siglo XIX los grandes defensores de la propiedad, el mercado y la libertad como son los EE.UU, les robaron/confiscaron/privaron? La propiedad y la libertad se reivindican siempre cuando interesa.

    Entonces resulta que la derecha política se siente muy a gusto con esos valores reivindicativos vinculados con la noción de libertad. Para ellos la libertad es lo primero. Con ella llegará el resto. Libertad, libertad, libertad. A manos llenas. Desde arriba claman al cielo pidiendo libertad para los pueblos del mundo mientras tienen la bota sobre las espaldas de sus asalariados; su sección religiosa se esfuerza por acabar con el comunismo y demás dictaduras al tiempo que en su casa utiliza su libertad religiosa para adoctrinar y, en no pocas ocasiones, abusar sexualmente de menores que crecerán libres y sanos. La justicia y la igualdad, a la espera de la de Dios, se la pasan por el forro.

    Perdón, que me disperso. La libertad, tal y como yo la entiendo (y me atrevería a decir: tal y como la tradición del pensamiento de izquierdas la entiende), no es tal si no va acompañada de justicia e igualdad.

    Conclusión: me parece bien que nos preguntemos por qué algunos intelectuales aguantaron la tentación totalitaria y optaron por el camino más difícil de defender y apostar por la libertad. Ahora bien, lo que tampoco estaría mal es que nos preguntáramos por qué muchos de ellos no lucharon, no han luchado y no luchan con el mismo denuedo y convicción contra la injusticia y la desigualdad.

    Dados los tiempos que corren no parece mal momento para plantearse esta pregunta, ¿no creen?

    Pd. Pumby eso de “Como soy un radical, se del peligro de los extremos. Y no me gustan.” me ha encantado, me parece genial. Ya está bien, hombre. Hay que ir a la raíz de una vez por todas.

  5. Alejandro Lillo

    Bizco quedo al ver un “a veces” con hache. (Tyson me dió demasiado fuerte)

    Se me ocurren otras preguntas a lo que yo mismo afirmo. Digo: “está la libertad del individuo frente a las exigencias del estado”, pero, ¿y la libertad del Estado (democrático) frente a las exigencias de los individuos (asociaciones, agrupaciones, iglesias etc.)?

  6. jserna

    Oiga, Pumby, ¿pero qué dice de Dahrendorf? ¿A santo de qué esa inquina a destiempo, la que le profesa? “Estas figuras etéreas, que parecen deslizarse por encima de las miserias cotidianas, con una buena soldada, eso sí, sin apreturas y siempre dispuesto a desistir a la primera contrariedad tomando el camino del exilio, interior o exterior, pero en cualquier caso, desconectando de la realidad de la gente que pretende “salvar” con sus sabios consejos de “bon vivant” ¿qué quieres?… No se trata de Dahrendorf sólo…”. ¿Dahrendorf etéreo? Usted conocerá cuáles fueron los orígenes sociopolíticos de Dahrendorf. Justamente por eso ignoro a qué se debe esa personal animadversión. ¿Usted cree que Dahrendorf tomó el camino del exilio a la primera contrariedad? Me parece que se equivoca rotunda y radical y extremadamente con Dahrendorf.

    Fue un liberal no sectario.

  7. Angel Duarte

    No, don Justo, Dahrendorf no fue un sectario. Y sí, don Justo, conozco otros liberales que no son sectarios. Por conocer, conozco hasta socialdemócratas que no lo son.

    Saludos desde una calurosísima Sevilla

  8. Marisa Bou

    Como yo soy menos lumbreras que Alejandro, es decir, una tipa de lo más normal y vaga en exceso, no puedo entrar en el debate que Serna y Pumby han iniciado. Porque, para más inri, no he leído a Dahrendorf.

    Pero -tal vez por instinto- suscribo punto pòr punto las opiniones del señor Lillo, que me parecen muy acertadas. Sobre todo cuando dice que “la libertad, tal y como yo la entiendo (y me atrevería a decir: tal y como la tradición del pensamiento de izquierdas la entiende), no es tal si no va acompañada de justicia e igualdad.”

    Y ¿qué decir del simil boxístico? Trato de imaginarlo con calzones y guantes de cuero, con su protector de dientes realzando el volumen de su boca, haciendo fintas y dando saltitos… ¡Descacharrante!

    Ahora en serio,Pumby. Yo nunca había oído a nadie opinar así de Dahrendorf. Y si Justo nos dice que fué un liberal no sectario, mi tendencia natural es a creerlo. Lo cual no quiere decir que no vaya a leer sus próximas intervenciones en el debate, con antención y buena voluntad.

  9. Marisa Bou

    ¡Vaya! El fantasma de la red me ha colocado por ahí un acento grave, sobre una “o” que no precisaba ninguno.

  10. jserna

    Hola, Àngel. Hola a todos. La derecha se queja con razón de que la izquierda se cree dueña de una supuesta superioridad moral. Efectivamente, no hay superioridad moral que colectivamente nos salve. En cada acto que realice el individuo se la juega. Pero declararse liberal no salva por principio del sectarismo. Hay gente que dice profesar el liberalismo y que carece de una actitud abierta o tolerante: la que he visto en Isaiah Berlin o en Ralf Dahrendorf o en Clifford Geertz.

    Estos tres pensadores liberales –un historiador, un politólogo y un antropólogo– decidieron aprender de sus contrarios, de aquellos que los desmentían: cosa que no hallamos en muchos ‘liberales’, que han decidido evitar todo contagio socialdemócrata. Es más, hay sedicentes liberales que se niegan a llamar ideología o doctrina o cosmovisión a aquello que profesan: supuestamente, el liberalismo estaría por encima de las ideologías, por encima de todo agonismo. Berlin, por el contrario, insistía en la trágica contradicción del mejor liberalismo.

    Creo que podemos suscribir los principios de la tolerancia liberal, esos que Clifford Geertz resumió en: “su resuelto individualismo, su énfasis en la libertad, en el procedimiento, en la universalidad de los derechos humanos y (…) su preocupación por la distribución equitativa de las posibilidades de vida”. En esto último se equivocó Geertz: la distribución equitativa de las posibilidades de vida es una idea socialdemócrata. O, en todo caso, es una idea que en versión liberal arranca de John Stuart Mill: un autor, por cierto, muy maltratado por algunos liberales de última hora y tan querido por los socialdemócratas y las feministas.

  11. Angel Duarte

    Efectivamente, negarse a aprender no es una actitud liberal, ni socialdemócrata, ni inteligente. Es una actitud sectaria.
    Por eso te leo, aunque sea desde un prudente silencio.
    Para aprender. En el post anterior no me pareció oportuno, porque, a lo sumo, me hubiese limitado a expresar mis parabienes a Miguel, a tí, y a gran parte de los horchateros. Cosa que hago ahora.
    Abrazos

  12. jserna

    Lo mismo digo.

    A ver cuando podemos compartir esa horchata o una tapita o una ración sevillana, Àngel.

  13. J. Moreno

    Después de bastante tiempo de ausencia lectora del blog de Serna, hoy entro y me encuentro con esta filípicas contra el “liberalismo”, -quizás cínico-, de tanto amante del espectador de palco.
    Serna se hace mayor y observa la realidad con un catalejo.
    Retomo la obligación diaria de leeros.

  14. Pumby de Villa Rabitos

    No, no, vamos a ver, yo no profeso inquina alguna por Dahrendorf. Pero, es difícilmente negable que él, como otros liberales teóricos, muy teóricos, extraordinariamente teóricos, ven la vida política desde la barrera. Su compromiso real es meramente intelectual con una idea abstracta. Con una abstracción. Y eso es lo que me repugna: las personas no entran en sus presupuestos.

    Porque con sus ideas – al menos, con algunas de ellas, con las que hasta puedo llegar a coincidir y admirar no pocos de sus razonamientos que me han hecho eso, razonar – con sus ideas, decía, los que hacen la política real, la pragmática, manipulan y cercenan las libertades. Vaya, hombre. Y eso, el descrédito del sistema liberal fuera de Europa – ya que Europa tiene en él una de sus bases sin la cual no sería esta Europa – es lo que permite que las dictaduras del mundo crezcan, se reproduzcan, se admitan y compartan por un número preocupantemente alto de personas. Porque al final, el ciudadano (o el súbdito) ve que toda la tramoya liberal se queda en la fachada, en palabrería, que la libertad es meramente formal. Y cuando Dahrendorf sale a la palestra para rebatirlo – que lo hace – sus palabras quedan en un juego de salón, en un aplauso académico y hasta en un Premio Príncipe de Asturias. Algo que le encanta a la feligresía universitaria pero que le dice bien poco a un estibador tanzano, a una hilandera pakistaní, o a un quiosquero vallisoletano.

    Con todo, insistí en no fijar en el germano-británico mi atención. Él es uno más. Madariaga sería nuestro producto “nacional”. Creí, más bien, que la cuestión era responder a la cuestión que se plantea: “Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones?” (sic) y que, para analizarlo, fijábamos en el liberalismo nuestra atención. Precisamente, citaba antes a George Steiner por su preocupación por la aceptación social de la dictadura; algo que descansa, entre otras cosas, en que la libertad deja de ser una presencia real en la vida de las personas. No importa la libertad. Es algo volátil, una virtud que se menosprecia. Y se menosprecia porque se devalúa. Y se devalúa porque el dictador presenta la libertad del liberalismo desde la vacuidad del concepto y la pantomima del sistema. Y el ciudadano (o el súbdito) se siente estafado y ante el concepto mendaz de “libertad” que le presenta el dictador prefiere el de “orden”, “seguridad”, “orgullo” que le brinda la dictadura.

    En más de una ocasión lo he dicho: la Ilustración dio miedo al poder y desde que se frenó, con la instauración de las democracias burguesas, la libertad ha sido, cada vez más un recipiente hueco que en Europa defrauda y en otros continentes se desacredita cada día un poquito más. Y cada día, un poquito más, crece el integrismo, el totalitarismo y el autoritarismo mientras los regímenes liberales dormitan entre sus laureles marchitos de una Ilustración que no fue y que nunca será… si de los liberales reales, de los que hacen política – no de los que especulan – depende.

    No entraré en alusiones biográficas a Ralf Dahrendorf, su novelesca oposición al nazismo con diez o doce años, su salvación entre mágica y milagrosa gracias a un estrambote de un SS piadoso y el horror al Ejército Rojo que todo lo justifica, las casualidades de folletón venezolano para su inclusión en la Cámara de los Lores y su gringofilia pesadísima que, desde luego, fue generosamente recompensada, no dan como para que me preocupe mucho por él. Prefiero leer sus libros. Aprender de lo que me dice pero, desde luego, ni considerar su inverosímil vida, ni imitar sus actitudes políticas.

  15. Alejandro Lillo

    Algunos comentarios sobre el milenarismo… perdón, liberalismo así, a vuela pluma.

    1- Gracias, doña Marisa, por su solidaridad, tanto ideológica como deportiva.

    2- No me considero a salvo del sectarismo, vaya eso por delante, aunque me esfuerzo cada día por combatirlo. Y me querellaré con quien diga lo contrario, ¿estamos?

    3- Ninguna corriente ideológica está a salvo de esa “enfermedad”, así que eso creo que va con las personas, su deseo de saber (como apuntan el señor Serna y el señor Duarte), pero también su inconformismo.

    4- Dicho esto, tampoco hay que entregarse al silencio, pues para aprender hay que dialogar –¡sin perder las formas! ¿eh?, pero dialogar (este guión no cerrado es un homenaje al señor Planas)

    5- Entro en el meollo: el liberalismo, como tantas otras cosas no es al monolítico, hay muchas variantes, corrientes y sensibilidades. A mí me gusta mucho el liberalismo de John Stuart Mill, el de Berlin y el de Rawls, por poner tres ejemplos. De cualquier forma pienso que es muy difícil hacer algún juicio de valor sobre el liberalismo en su conjunto dadas sus variantes y su complejidad, pero mucho menos sin tener en cuenta el contexto histórico en el que se desarrolla cada una de las etapas del liberalismo y los problemas/enemigos a los que tiene que hacer frente. Resumiendo y sin querer ser sistemático: qué decir del liberalismo revolucionario de principios del XIX y de su lucha contra el absolutismo; luego, ante la revolución industrial, surge, por un lado, un liberalismo sensible a la problemática obrera, y por otro, un liberalismo de corte autoritario y represor, sin contar el utilitarismo. Ambos tipos reaccionan ante el ascenso de la clase obrera, los inicios de la sociedad de masas y, por último, la revolución de octubre. Luego creo que el abanico se abre cuando entran en su órbita el socialismo reformista y la socialdemócrata (con todas las ideas que ellos aportan al estado del bienestar y la situación de las condiciones de trabajo de las clases más desfavorecidas), así como el nacionalismo, tanto el étnico-cultural como el cívico-político. Vamos, que a mí me gusta el liberalismo que me gusta, no efectivamente el dominante en nuestros días, ni siquiera el de Mario Vargas Llosa, que me irrita casi tanto como el de Azúa, pero bueno, eso es otro tema. Creo que ese liberalismo (el dominante por ahora) es el que debe someterse a una crítica muy dura, y es esencialmente al que me refería en la entrada anterior. Si se critica a Marx y a sus seguidores por utilizar un lenguaje y unos conceptos desfasados, dogmáticos, etc, etc, es de justicia exigirle lo mismo a los seguidores de John Locke y de Adam Smith, ¿no les parece?

    6- Dicho esto el señor Serna apunta cosas muy interesantes que no hacen sino plantearme más y más preguntas, dudas y más dudas. Una de ellas tiene que ver con los términos que empleamos, con los conceptos. Creo que ya lo he comentado alguna vez. No sé hasta qué punto están imbricados el liberalismo económico, el liberalismo político y la democracia; no sé hasta qué punto pueden darse los unos con el otro, y la verdad, me gustaría saberlo.

    7- Por último, y por no extenderme en exceso. Dice don Justo: “La derecha se queja con razón de que la izquierda se cree dueña de una supuesta superioridad moral”. No estoy de acuerdo con esa frase, aunque tal vez no la he entendido bien. Pero creo que los valores morales de la izquierda son mucho más exigentes que los de la derecha, los cuales, por cierto, están por los suelos. Sin exagerar, pero yendo a lo concreto, no hay mas que ver la actitud de Bermejo y la actitud de Trillo. Más allá de su comportamiento personal (que también), la izquierda en masa pedía a gritos la dimisión de Bermejo por irresponsable, cándido y tontorrón. Yo no sé cuanta gente de la derecha ha pedido la dimisión de Trillo, pero creo (que alguien me corrija) que no ha sido un clamor. Los valores de la izquierda, incluso la liberal -no es necesario irse a ningún extremo-, basados en la libertad y la justicia, entendida ésta como equidad, están a años luz de exigencia respecto a los valores de la derecha, mucho más pragmáticos.

    8- Creo que ya. Por ahora…

  16. jserna

    ¿Dahrendorf, “su inverosímil vida”?, dice Pumby. ¿Dahrendorf es uno más de los “liberales teóricos, muy teóricos, extraordinariamente teóricos, [que] ven la vida política desde la barrera”? ¿”Su compromiso real es meramente intelectual con una idea abstracta”?

    Hay que leer a Ralf Dahrendorf. En serio.

  17. Arnau Gomez

    Se que me salgo del tema propuesto,lo que siempre me ha parecido algo incorrecto.Pero permítanme,por una vez y sin que sirva de precedente,que haga esa transgresión.
    D. Justo. He estado en la exposición de los Trenor (sin acento)y esta vez si que he podido visitarla.
    Diré primero ¡gracias!, por ilustrarnos sobre esa familia y sus maneras de hacer.
    Quiero que me explique porque la considera una familia burguesa,aunque sus principios irlandeses lo fuera.Fue una familia que buscó (y encontró)un sitio entre la aristocracia valenciana,muy sobrada de títulos y muy escasa de dinero,todo lo que le sobraba a los Trenor (sin acento).
    Me gustaría,D. Justo, que nos ilustrase si esa familia irlandesa llegó a Valencia, escapando de la represión de los ingleses,como tantos irlandeses de esa época.
    Gracias y perdonen la intromisión.

  18. Pumby de Villa Rabitos

    Sí, sin duda hay que leer a Ralf Dahrendorf. Y evaluar sus ideas con la práctica liberal, real, imperante en Europa. Y contrastar el modelo liberal europeo con el, por él tan estimado, modelo estadounidense, donde “liberal” es sinónimo de “disoluto-y-disolvente”. Y, finalmente, si algún provecho queremos extraer de él, trasladar sus abstracciones ideales a la vida cotidiana de las personas comunes, con la política rastrera que vemos todos los días en la prensa, con el mundo real, vaya.

  19. David P.Montesinos

    Me voy a callar la boquita dado que no he leído nunca al pensador recién finado, por más interesante y tentador que me parezca el debate que se ha montado entre Pumby y Serna. La tradición liberal es tan fecunda en la historia de Occidente desde hace casi cinco siglos, tan indisociable de toda esa historia de conquista de derechos y libertades que llamamos modernidad, que me resulta temerario declararme radicalmente en contra. Y sin embargo, algunas de las sospechas que sutilmente desliza Alejandro Lillo me asaltan también cuando leo a ciertos autores denominados liberales. No reconozco la huella de los textos de Berlin o Rawls -menos de los viejos liberales- en la praxis neoliberal que se instala en Europa y Norteamérica a partir de los gobiernos de Thatcher y Reagan… Quizá de ahí provenga parte la mala fama que ha tomado dicha tradición ideológica. En tales modelos de gestión de la polis, cuyas consecuencias me atrevo a consignar como desastrosas, como evidencian todos los diagnósticos serios de la actual crisis global, me encuentro más bien con Hayek, Fukuyama o Huntington. Sospecho que mi desconocido Dahrendorf merece lecturas más profundas que estos… (Dos figuras a las que se refiere Lillo, y que asocia con toda esta movida, Felix de Azúa y Mario Vargas Llosa me parecen casos aparte, susceptibles de un tratamiento muy matizado)

  20. jserna

    Arnau, las cuestiones que amablemente me plantea ocupan un libro (catálogo) de cuatrocientas páginas. No digo que lo compre. Ojala pudiera regalárselo, pero tengo sólo tres ejemplares… Si usted quiere, esas cuestiones podemos tratarlascuando quedemos físicamente para tomarnos el refresco pendiente.

  21. jplanas

    Cielos, como no sé nada sobre la supuesta superioridad moral de la siniestra sobre la diestra(o viceversa) ya me había bajado del carro… Pero, menos mal que volví, y así he recuperado, al vuelo, el magnífico consuelo del guión sin cerrar que Don Alejandro Lillo tuvo a bien dedicarme. Mil gracias, amic!!!!!

    Todavía sigo emocionado:-PPP

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