1. Ralf Dahrendorf. Uno de los preceptos de las notas necrológicas es el de no justificar los datos del fallecido con circuntancias del biógrafo. Es decir, no contar la vida del muerto por las coincidencias que con él hayamos tenido. Creo es que sensata esa prescripción de buen periodismo.
Pero yo no escribo ahora una nota necrológica, sino una triste despedida. Lo dije hace un par de años y lo vuelvo a repetir ahora: el 11 de marzo de 2006 comencé a colaborar semanalmente en Levante-Emv con un artículo titulado “Los liberales y la calle”; el 26 de noviembre de 2007 se publicaba mi última columna en dicho periódico, “La cena de los políticos”. En esa fecha desaparecía, pues, la rúbrica bajo la que escribía, Lente de contacto, un epígrafe nada original –lo admito— pero que expresaba humildad: yo miraba valiéndome de recursos ajenos; yo leía para entender.
Cuando acabé lo dije públicamente: esperaba no haber sido sectario. Quizá se me reconozcan ciertas simpatías ideológicas, pero me siento cómodo leyendo a quienes me desmienten o a quienes me obligan repensar las cosas. Rarl Dahrendorf ha sido uno de ellos. En el primer artículo que publiqué en Levante-Emv empezaba citando a Ralf Dahrendorf; en el último, sin saber aún que iba a ser el último, volvía a mencionarlo. Citaba el mismo libro y por la misma razón: por la agudeza de su autor. Quién me iba a decir a mí que el ciclo se cumplía con estas simetrías imprevistas.
La lectura de Dahrendorf ha sido una prescripción muy saludable que me he administrado durante años para bien de mi raciocinio. Era un político y un politólogo, pero era sobre todo un lector de filosofía, de filología, de sociología. Lo he leído con profusión. No paso ningún curso académico sin él: regreso a dicho autor, a sus textos antiguos o a los nuevos. ¿El último que le he leído? La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trotta, 2009). Era un pensador que, como Isaiah Berlin, vivió el liberalismo sin tentaciones sectarias, sin hacer doctrina o ariete de sus ideas. Fue alemán e inglés y, como Berlin, supo hacer compatible la naturaleza de su nacimiento y la elección por la que finalmente optó: Gran Bretaña.
En ese libro que antes mencionaba, el autor celebra el coraje de algunos pensadores libres, virtuosos, vagamente erasmistas: el de quienes supieron defender la propia opinión; el de quienes supieron escuchar; el de quienes supieron hacer autocrítica para no caer en el narcisismo o en el sectarismo; el de quienes supieron observar con compromiso y distancia, con moderación y cercanía. Los pensadores libres no se sienten fuertes por pertenecer a una cofradía más o menos multitudinaria, sino que suelen estar solos o escasamente acompañados, sabiendo lo que merece ser defendido.
Eso crea un estilo: «ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido, que no se deja comprar, y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción». Recuerdo las anotaciones que hice en los márgenes de esas páginas: mi ejemplar de La libertad a prueba está subrayada, garabateada, dialogada, con admiraciones y con interrogaciones, con dudas y con rechazos. Cuando lo leí, reconocía en él a un inspirador intelectual con quien congraciarme y con quien polemizar.
Aunque no siempre compartiera sus pronunciamientos públicos, yo le tenía un enorme respeto: Dahrendorf era de la generación de mi padre, algo más joven. Pero, como él, como tantos otros, había tenido que sobrevivir a una dura posguerra europea. A diferencia de quienes abrazaron causas perversas, Dahrendorf se mantuvo firme: firme frente a los hermanos sectarios y liberales, que los hay; y firme frente a la tentación totalitaria, que seduce a tantos intelectuales. ¿Es posible un liberalismo no sectario? ¿Es posible un intelectual contrario al totalitarismo?
Tiempo atrás me lo preguntaba. ¿Por qué hay individuos, ciudadanos, intelectuales… que, sin ser especialmente valientes, se oponen a las dictaduras? ¿Por qué lo hacen si es más fácil entregarse? Las preguntas de Dahrendorf eran ésas. Una dictadura es represión, cierto, pero también alguna forma de consenso… perverso. ¿Por qué se dan estas adhesiones? ¿Porque se obtienen ventajas materiales o porque se manipula la conciencia? Si ésta es una respuesta suficiente, habría que preguntarse por qué algunos individuos desechan esas ventajas o por qué algunas conciencias se resisten. Dahrendorf fue uno de ellos.

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