Introducción.
Los escritores Antonio Muñoz Molina, Ángeles Mastretta y Luis Mateo Díez protagonizan la tercera edición de las jornadas Lecciones y maestros, que se celebran en Santillana del Mar (Cantabria) los días 22, 23 y 24 de junio.
Leo en la comunicación oficial que «esta cita internacional de la literatura iberoamericana ha reunido, en ediciones anteriores, algunas de las más destacadas figuras de nuestras letras: Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, José Saramago, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías y Mario Vargas Llosa. Tras el éxito y difusión alcanzados por las jornadas, esta nueva edición contará, una vez más, con invitados nacionales e internacionales, entre ellos catedráticos de literatura, críticos, editores, académicos, periodistas y personalidades del mundo de la cultura».
Aparte de los protagonistas, ¿quiénes participan? Luis Miguel Aguilar, Nuria Amat, J. Ernesto Ayala-Dip, Álvaro Colomer, Álvaro Delgado-Gal, Soledad Foz Maura, Luis G. Martín, Ángel G. Loureiro, Luis Leante, Olga López-Valero, Joaquín Marco Revilla, José María Merino, Julio Ortega, Chritine Pérès, José María Pozuelo Yvancos, Patricio Pron, Domingo Ródenas de Moya, Dora Esthela Rodríguez, Manuel Rodríguez Rivero, Saïd Sabia, Santos Sanz Villanueva, William Sherzer, Michi Strausfeld, Fernando Valls y yo mismo.
Me han invitado a participar. No soy catedrático de literatura, no soy crítico, no soy editor, no soy académico, no soy periodista: tampoco eso que llaman una personalidad del mundo de la cultura. Me han invitado a participar para hablar de la obra de Antonio Muñoz Molina. Allí podré exponer una parte de las conclusiones a que llegué en mi libro Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004). Y allí podré participar en las discusiones sobre la novela a partir de los casos de Luis Mateo Díez y de Ángeles Mastretta.
Leo algo más del comunicado oficial: «estas jornadas, organizadas por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Fundación Santillana, tienen lugar en la Torre de Don Borja, sede de la Fundación en Santillana del Mar, Cantabria, y forman parte de los cursos de verano de la UIMP. Aunque no constituyen una actividad abierta al público, se transmiten íntegramente a través de Internet. La sesión de clausura –con entrada libre hasta completar aforo– tiene lugar en Santander, en el Paraninfo de La Magdalena».
Todas las sesiones podrán seguirse en directo en: elpais.com, fundacionsantillana.org, uimp.es, elboomeran.com y alfaguara.santillana.es.
Luis Mateo Díez. Primera sesión del encuentro Lecciones y maestros, en este caso dedicada a Luis Mateo Díez. En la sede de la Fundación Santillana, en un espacio organizado como un café literario, sin barreras, hemos tenido el encuentro con el escritor leonés. Ha sido un repaso por su obra, una creación que no es propiamente autobiográfica. Tampoco es autoficción, aunque incorpore experiencias del autor. Es una misteriosa y afortunada aleación de datos ciertos y fantasías verosímiles. La revisión que ha hecho José María Merino ha apuntado estas y otras cosas, ha subrayado la importacia del territorio de Celama y ha destacado el lugar de la Provincia como espacio propio de sus ficciones. Los invitados de la mesa redonda moderada por Fernando Valls han incidido en estos y en otros aspectos y el propio Luis Mateo Díez ha dado la réplica amistosa haciendo especial hincapié en el callejón –en los callejones— como epicentro de las relaciones humanas, las de una demografía vasta e inventada. Interpreten esta palabra –callejón– en un sentido metafórico pero también real.
La cosa ha transcurrido severa y académicamente hasta que hemos topado con un dato característico de su obra, un dato irrepetible que ha provocado coincidencia general y un buen humor creciente: la importancia que tienen los pirados en las novelas del autor. Digo bien: los pirados, los extraviados, esos individuos algo dementes que pululan por la provincia, por los callejones, por los negociados. Son gentes capaces de no ver lo evidente o de atisbar con una clarividencia aplastante lo que está oculto, gentes de discurso tajante que vaticinan, gentes averiadas por la vida y aún esperanzadas.
No se le ha mencionado expresamente pero cuando se hablaba de estos tipos, yo estaba pensando en Alejandro Saelices Cordal, el poeta olvidado, el vate enterrado de El expediente del náufrago (1992). Es una novela antigua de Luis Mateo Díez pero su lectura o relectura actuales aún siguen conservando el encanto demente, humorístico y finalmente patético de la primera vez. ¿Alguien imagina a un versificador que decide enterrar entre legajos su obra poética? Trabaja en el Archivo –así, con mayúsculas– y allí, entre los expedientes de Actas –si no recuerdo mal– sepulta su obra. No les cuento más, claro. No sé por qué esta novela de Díez me cautivó especialmente: es probable que sea el espacio del Archivo, ese mundo de papel polvoriento en el que el tiempo arruina todo lo previsible, toda expectativa razonable.
El Archivo es un depósito ordenado, un limbo, pero es también metáfora viva del caos real que la clasificación o la catalogación de los facultativos no pueden detener, un pozo de aguas estancadas. A la postre, muchos expedientes cuidadosamente guardados en lengajos que a su vez van a parar a secciones forman eso: un archivo. ¿Podemos hacer analogías con la vida? Es posible hacerlas porque en este negociado también habitan esos individuos pirados que sobreviven o mueren entre la rapiña polvorienta de los documentos. Los documentos no son toda la existencia, no registran toda la vida. Hay siempre un exceso y una falta, y entre el exceso y la falta están los sanos y los insanos que entre sí tienen tratos directos o vicarios.
La obra de Luis Mateo Díez es como un inmenso archivo con documentos varios, algunos hermanados entre sí y otros orgullosamente solos. En todo caso, necesitan ser leídos para comprender las intenciones de los individuos que las pueblan y para explicarse el mundo general que les rodea. Si, además, su lenguaje sabe captar registros antiguos y expresiones actuales, fórmulas arcaizantes y modismos de hoy, el resultado es el de una sintaxis espectacular. No es prosa sonajero, sino una lengua de recias resonancias, de ecos cervantinos, y con un poderoso dominio de la descripción, de la representación. ¿De qué? De lo fantaseado, entre la suma ingente de pirados que luchan por hacerse un hueco entre las páginas de las averías humanas.
Ángeles Mastretta. Lo primero que llama la atención de Ángeles Mastretta es su simpatía, su expansiva humanidad, su dominio escénico. En este mundo, no es raro tropezar con el autor ensoberbecido o fatuo. En Mastretta hay humor, buen humor, y hay también seguridad en el habla, la propia de alguien que confía en sí misma y en sus propios logros.
Mastretta ha sobrevivido a la epilepsia, al miedo cierto y constante de una muerte aparente, de un ataque fulminante. Desde jovencita, esa dolencia la ha acompañado y a pesar de la medicación, algo queda del viejo temor ancestral, el que provoca un mal tan literario: de genios, según le dijo un amigo. Pero no es ésa la única barrera que ha debido saltar.
También ha sido una rémora su propia condición de novelista mujer…, como ha destacado en su presentación Nuria Amat. Mastretta ha triunfado en una cultura que suele menospreciar u olvidar a las novelistas. En un contexto de esta índole, ¿qué significa triunfar? En las letras hispánicas, en efecto, las mujeres no ocupan un lugar prestigioso. Tal vez porque el objeto frecuente que tratan es el amor, los sentimientos, las emociones, las pequeñas cosas que tantos varones –escritores o no– suelen ignorar.
En Mastretta, en las novelas de Mastretta, están la familia y el papel que los individuos juegan en su seno, a veces cargando con arquetipos que les vienen definidos de antemano. Están los machos de su México natal, pero también los hombres muy hombres de la América hispana. Revisar esos roles, contándolo todo con fluir y dominio es un ejercicio de esta autora. La novelista echa mano de sus experiencias, de gentes que ella conoció, pero sobre todo de gentes que eran así en su país, en su entorno, en su circunstancia ambiental.
Echa mano también de la cultura popular, de esas músicas que configuran el mundo y las relaciones de los hispanos: desde el bolero al tango. Eso lo he podido constatar en la novela de la que mejor podría hablarles: Mal de amores (1995). Música y amores: ¿no estaremos ante folletines, ante melodramas? No: Mastretta se vale de esos géneros para mezclarlos con la novela histórica, con la novela familiar, sirviéndose de una prosa eficaz y precisa, la propia de una mujer que estudió periodismo.
Porque lo que le interesa es contar, relatar en un flujo inagotable de historias que son vidas alternativas o paralelas: justamente las que ella no ha tenido. Pluralidad de existencias es lo que la novela nos da, cierto: algo que sabemos, pero algo que no deja de ser verdadero. Si hay muchas existencias imaginarias que amplían la experiencia de la propia autora, entonces la escritura se convierte en un descubrimiento. En efecto, Mastreta escribe a tientas –ha confesado– sin saber exactamente a qué lugar o a qué estado va a llegar. Tiene la carpintería, dice; ahora hay que rellenar ese esbozo hasta hacer un mueble completo, una novela: por ejemplo, Arráncame la vida (1992).
Antonio Muñoz Molina. El homenajeado del día estuvo cariñoso y cercano con quienes estuvimos con él, con quienes debíamos glosar su obra. Dice Juan Cruz en su blog que «Muñoz Molina está dotado de una lupa muy especial; dijo Justo Serna que es la lupa del historiador del arte, capaz de asomarse a las profundidades de un detalle para agarrar de éste todo su poder de metáfora».
Efectivamente, creo que lo que estuvo presente en todo momento es el poder de observación de que debe estar dotado un novelista. Este novelista, en concreto, está acostumbrado a mirar como historiador, como el historiador del arte que es. Quien mira así distingue cosas, personas, hechos. Toma ese repertorio interminable de objetos como las piezas sueltas de un museo o como los documentos que duermen en un archivo. Por sí solos, esos documentos y esas piezas transmiten información, pero son también un enigma: el observador no capta la totalidad de su significado, pues hay una parte de lo evidente que se ha perdido y además no siempre puede relacionar la pieza o el documento con otras u otros que son su contexto, ese que le da su coherencia final.
La mirada de Muñoz Molina es la del aturdido observador que va a la caza de lo grande y lo minúsculo para hallar su sentido y, sobre todo, para integrarlo en una narración: en un pequeño relato que luego publica bajo la forma de colaboración periodística o en una gran novela que más tarde colma las expectativas de sus muchos lectores. Si va a la caza de lo inesperado que debe ser integrado y parcialmente explicado, la materia de que se sirve es azarosa, como azaroso es también el resultado de la obra, el curso y la consumación de esa obra. La experiencia no garantiza el buen producto. La facilidad o el mucho hábito pueden arruinar una ficción, justamente por la creencia –tan difundida– de que lo ya sabido sirve para lo que está por venir. En ocasiones, un pequeño detalle sólo provoca una narración mucho tiempo después. Habrá que esperar, pues. Pongamos un ejemplo, que en mi intervención precisé brevemente.
En julio de 1969 llegaron los primeros hombres a la Luna. El muchacho llamado Antonio Muñoz Molina tenía trece años en esa fecha. Como otros contemporáneos suyos, muchos niños quedamos absolutamente hechizados por ese prodigio de la aeronáutica. Dicho acontecimiento permanecerá durante años y años… y ya para siempre como un suceso de significado incierto que nos perturbó, alimentando la imaginación. Transcurridas dos décadas, el artículista Muñoz Molina vuelve sobre ese acontecimiento en un artículo triste, emocionante, evocador titulado «Un verano en la Luna» (1990), luego incorporado en su libro Las apariencias (1995). Pasados muchos años, el novelista reelabora ese texto hasta hacer una novela de formación, El viento de la Luna (2006).
O, como también dice Juan Cruz, «un suceso de 1969, el viaje a la luna, tan distante de Úbeda, o de Mágina, dio de sí El viento de la luna, una memoria-ficción que rompe los moldes de los libros en los que los escritores cuentan la adolescencia, para contar una historia completa, la de los suyos cuando la época era aún más ruda y más opaca».
La capacidad de invención depende de la capacidad de observación, de las mezclas de lo material y lo inmaterial, de lo ocurrido y lo leído. Uno observa un minúsculo dato de lo real y lo toma como el detalle de un todo, pero no siempre ese entero es conocido, con lo que el detalle acaba siendo el fragmento de una totalidad que sólo podrá reconstruirse azarosamente. Muñoz Molina se vale de numerosos fragmentos del pasado y del presente, recogidos con avidez observadora, con la paciente escucha de quien atiende a los mayores.
Luego ese material es expresado, descrito, mostrado y narrado en sus relatos o en sus novelas, añadiéndoles el valor y la emoción que los objetos provocan en sus personajes y en sus narradores. Muñoz Molina se desdobla en esos caracteres y, por tanto, recupera vivencias propias y ajenas que ordenan o desordenan el pasado y el presente.
Colofón. ¿Y…? Espero volver sobre Luis Mateo Díez y sobre Ángeles Mastretta. Y volveré sobre Antonio Muñoz Molina, desde luego. Nos anuncia para el próximo mes de noviembre una nueva novela ambientada en 1935 y 1936: una obra de ochocientas páginas. Eso me confesó el autor. Será un un festín, seguro.
La estancia en Santillana del Mar –tan agradable, tan cuidadosamente organizada– te hace convivir durante tres apretadas jornadas con escritores, con críticos, con periodistas, con profesores. No es un Congreso de literatura; tampoco es una promoción editorial. Es un homenaje a tres autores que se han ganado el respeto y la admiración de muchos lectores. También se han granjeado la hostilidad fiel de otros tantos detractores. La importancia de un escritor no se mide únicamente por las ventas que tiene; tampoco sólo por los ditirambos que se le dedican. En realidad, la relevancia de un autor se calcula por las reacciones que es capaz de provocar: la de quienes lo leen incluso con arrobo y la de quienes lo detestan con obstinación leal. En Santillana no se trata de medir estas reacciones, sino de homenajear a quienes son autores influyentes de las letras hispánicas, novelistas que son responsables de algunas de las obras más significativas de las últimas décadas.
Yo era de los pocos historiadores que estaba invitado a este encuentro. La amabilidad de Antonio Muñoz Molina me llevó hasta allí. He tenido la oportunidad de charlar, de discutir yde compartir mesa y mantel con colegas de otras disciplinas: por ejemplo, con nuevas amigas como Christine Pérès u Olga López-Valero. Han sido extraordinariamente amables conmigo. Como lo ha sido una persona encantadora y experta, una leyenda de los estudios hispánicos: el norteamericano William Sherzer. Su sabiduría y su bonhomía las reparte a manos llenas. Otro festín.
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Apéndices
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Lecciones y maestros, edición 2008.
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La intervención de Javier Marías, aquí.
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Nuevo artículo de Justo Serna en El País:
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